7 de marzo de 2016

La moral interesada

En nuestras relaciones directas con los animales que nos proporcionan beneficio, ya sea en forma de comida, vestido o espectáculo, la postura de la mayoría de las personas es la de “mejor no saber cómo son tratados”. Esto en el caso de que alguna vez sean cuestionados, porque la mayoría de la mayoría no lo serán nunca, es decir, nunca tendrán la oportunidad de saber cómo son tratados -o mejor decir mal tratados- los animales cuyas partes se comen a diario o se visten con ellas en ocasiones.

Pero la cuestión no está solamente en el desconocimiento, pues muchos de los que ya lo saben siguen comiéndoselos como si no pasara nada. Estaríamos hablando no solo de un problema de saber, sino de consciencia, de que aún sabiendo cómo son tratados de mal los animales, “no me importa, me los sigo comiendo”. Los argumentos al respecto los hay de todo tipo, pero ninguno exento de gran dosis de egoísmo: “la carne está muy buena, llevamos toda la vida comiéndola, hay muchos problemas más importantes que los animales, etc.” Lo contrario sería hacer un ejercicio de empatía: preocuparse por lo que siente el animal que nos creemos con el derecho de arrebatar la vida por cuestiones de superioridad y arrogancia. Sin embargo, para evitar este sentimiento contrario al egoísmo, la mayoría de la gente lo recurre con evasiones o desviaciones. Aquí juega un papel importante la doble moral que nos han enseñado desde niños los sometidos y engañados del sistema. Pero a mí me parece más acertado llamarle “moral interesada”.

Y es que este tipo de moral que tan dañinamente nos impone el sistema es aplicada por muchísima gente que es incapaz de verla y reconocerla. Supone un gran problema no solo en las relaciones directas con los animales que nos sirven de beneficio, sino también en otros ámbitos de la vida que implican cuestiones morales. Si hablamos en primer lugar de los animales es porque es el caso más flagrante de moral interesada, ya que en este caso el sistema se ha tenido que esforzar en gran medida en el último siglo para hacer que los consumidores de animales puedan salir del paso usando la doble moral en sus argumentaciones y que dicha moral pueda resultar válida e incluso ser aceptada dentro de una ideología o sistema de valores, tal es el poder del sistema. Respecto a otro tipo de discriminaciones dentro del ámbito humano, tales como discriminaciones raciales o sexuales, todavía hoy se siguen dando posturas que se excusan en la doble moral, pero el sistema ha sabido adaptarse y ya son señaladas como formas reprobables.

Sin embargo nadie que viva dentro del sistema puede definirse como persona absolutamente moral, pues esta no solo es aplicable según la teoría, sino también en igual medida de la práctica. Esto significa que la moral teórica no sirve de nada sin la moral práctica, y de hecho, ésta última sería la más importante ya que es la que realmente ejecuta el acto en último término. A pesar de que pueda ser un caso raro, alguien puede practicar una moral de no discriminación y de respeto para con todos los que viven a su alrededor y en cambio tener ideas contrarias a ello, es decir, ser partidario del uso de la violencia y la discriminación por cualquier motivo. El caso más común es al contrario, la mayoría de las personas tienen ideas repulsivas contra el empleo de la violencia y contra la discriminación por motivos cuales fuera -o al menos así lo manifestarían si fueran cuestionados-, mientras que sus hábitos sociales les obligan no a ejercer directamente ellos la violencia ni la discriminación sino a permitir e incluso justificar que otros lo hagan por él, lo que hace que millones de seres sigan siendo esclavizados. En el trato hacia los animales esto está a la orden del día, pero también como veremos en el que se le da aún a muchos seres humanos que han nacido en zonas empobrecidas o conflictivas.

La discordancia entre la moral teórica y la moral práctica que impone el sistema de vida pulido por la modernidad no es más que una falta de coherencia entre nuestras ideas y nuestros actos. Lo que viene a afirmar que la moral y la coherencia son dos conceptos que o van de la mano por fuerza o no sirven para nada. Si la moral teórica nos enseña el modo en que debemos vivir respetando a los otros, la coherencia -o moral práctica - hace que estas ideas puedan materializarse. En el actual modo de vida impuesto por un sistema de valores difusos hay una discordancia absoluta entre lo que la mayoría de la gente piensa y lo que hace -o el resultado de lo que hace-. Por eso y otras cosas, este sistema social es reprobable e inmoral.

El problema de todo esto es que el sistema no permite a ninguno de sus miembros aplicar la coherencia moral absoluta -si es que esta es posible para el ser humano social y cultural-, incluso a aquellos que se erigen en la vanguardia de la lucha contra la discriminación y la violencia: aquellas personas con más conciencia que se esfuerzan en dar argumentos sólidos al resto, tal es el ejemplo del movimiento por los derechos animales o movimiento antiespecista (ambos términos son utilizados). Si bien estas personas han conseguido un nivel de coherencia bastante elevado dado que sus ideas antiespecistas precisamente defienden la no discriminación hacia todos los animales que no sean de la especie humana, de la misma forma que el antirracismo o el antisexismo (ampliamente aceptado hoy en día en la sociedad moderna), no puede admitirse que estas personas que además suelen llamarse veganas puedan ser absolutamente coherentes con sus ideas por el hecho de vivir en el sistema y tener que alimentarse de él.

Por eso, incluso hasta los veganos no pueden afirmar ser coherentes en sus ideas, pues aunque hayan dejado de contribuir a que se sigan esclavizando animales en granjas, circos o festejos de todo tipo donde se torturan animales, aún siguen usando y consumiendo coches, móviles y ordenadores, aparatos cuyo sistema complejo de fabricación permite y necesita que otros tantos millones de individuos tanto humanos como no humanos sean exterminados, desplazados y asesinados para ello. Por supuesto, no es este el lugar para extenderse en cómo funciona este proceso, pero la devastación natural por parte del ser humano es una prueba más que suficiente para afirmarlo. Podría objetarse “¿qué culpa tienen los individuos que han nacido y han sido educados para esta forma de vida?” Y podría responderse con total justificación que ninguna, pero esto no nos exime de ella, aunque sería más correcto afirmar que el sistema nos hace culpables y nos empuja constantemente a practicar la moral interesada. Admitir esto es importante porque nos hace ver con claridad lo negativo del sistema en cuanto a su contribución para la moral interesada o que las personas actúen siempre con doble moral.

El mayor de los problemas es que el sistema jamás podrá hacer que seamos absolutamente morales ya que fomenta constantemente la moral interesada entre sus miembros, tanto que es su razón de ser y así lo ha demostrado la historia de los movimientos contra la discriminación de todo tipo incluida la discriminación especista. El sistema puede adaptarse y hacer que el acto de superioridad del hombre sobre la mujer antes fuera  normal mientras que ahora es absolutamente reprobable. Con ello las mujeres han logrado después de años de lucha una cierta igualdad con los hombres en muchos aspectos sociales y laborales, pero tanto para lo bueno como para lo malo, lo que significa que ha sido más una lucha de igualación que de liberación, aunque esto sería otra cuestión. De una manera similar el movimiento contra el racismo y la xenofobia ha logrado al menos el respeto no total pero en gran parte de muchas personas que antes eran excluidas por su color de la piel. Y esto demuestra que el sistema puede adaptarse a los cambios que demanda la sociedad pero estableciendo para ello su nuevo código moral.

En la historia también se ha demostrado a su vez que los diferentes modos de vida sociales han tenido que imponer su propio código moral cambiante a medida que cambiaban las costumbres sociales y en este código ha desempeñado un papel crucial la moral interesada, sin la cual muchos de los supuestos avances culturales y/o técnicos no se podrían haber realizado y posiblemente no estaríamos como estamos. ¿Significa esto que cuanto más compleja es una sociedad menos relevancia tiene la verdadera moral? Por ejemplo, el hecho de que el ser humano se diera cuenta de forma gradual de que era mejor domesticar animales que cazarlos -o al menos menos peligroso- hizo que la ganadería -y también la agricultura- fueran posible y por tanto formas de vida sedentarias; que después se dieron cuenta de que la agricultura  alimentaba a mucha más gente y esto hacía aumentar el grupo es algo que se cae por su propio peso. Pero cuanto más se avanzaba en este sentido más se perdía en actos de moral y es que aquellas personas -al igual que muchas de hoy- no se planteaban sobre la voluntad del propio animal que decidían matar o criar. Nada se puede reprochar a individuos que solo se guiaban por cuestiones de subsistencia y adaptación.

Ahora, tras diez mil años de aquellas épocas ya lejanas pero cruciales en nuestra evolución, se quiere volver a rescatar la verdadera moral, reprimida en muchas almas, sin darnos cuenta de que ésta no puede ser sino una ilusión, una utopía o incluso una cuestión frívola. La moral verdadera es simplemente incompatible con una sociedad sistematizada que ha demostrado ser incapaz de vivir acorde al medio físico que le rodea, una sociedad que se empeña en vivir al margen y a costa de dicho medio y de las formas de vida que lo componen.

Porque, ¿cómo se puede aspirar a practicar una moral verdadera en sociedades que se aprovechan de otras, que las invaden, las transforman, las desplazan o exterminan? ¿cómo se puede esperar que la moral se imponga en una sociedad que desarrolla formas de vida parasitarias y destructivas en el medio físico que le rodea? ¿cómo se puede esperar que llegue una forma de moral verdadera en una sociedad que no reconoce estos hechos, que los niega y los desprecia? y finalmente, ¿cómo se puede esperar la moral verdadera en una sociedad que se engaña a sí misma permitiendo y fomentando la nocividad entre sus individuos? No se puede esperar nada de esto mientras continúe este modo de vida y todo intento de mejora o cambio no son más que vagas y falsas expectativas que refuerzan la única forma deformada de moral, la moral interesada.

20 de enero de 2016

Las víctimas de la civilización

Constantemente los medios de comunicación oficiales nos meten en la sesera la inmensidad de adelantos tecnológicos que ha traído el progreso con la era industrial, mientras las grandes marcas multinacionales nos engañan con falsas campañas de publicidad diciéndonos que sus productos son los mejores; constantemente los políticos nos hablan de democracia como el valor más elevado de cualquier sociedad avanzada y del que se debe dar ejemplo mientras el izquierdismo nos habla de que debemos progresar en el ámbito moral, aún cuando casi siempre lo hacen de forma interesada. Todos ellos y muchos otros encargados de repetir monsergas a la masa coinciden en encumbrar a la vida civilizada y el progreso como la mejor forma de vida a la que puede aspirar cualquier sociedad humana. Aducen que en la pirámide de la evolución, la vida civilizada y el progreso son la meta más alta jamás lograda.

Sin embargo, estos individuos no hablan de los estragos de la vida civilizada, de las fatales consecuencias que ha dejado en el pasado, de las que continúa dejando en el presente y de las que irremediablemente seguirá dejando en el futuro. Por desgracia, estos estragos son infinitamente más numerosos que todos los supuestos adelantos que ha traído la vida civilizada. Pero este no es el momento para desmontar los mitos de la civilización, a pesar de que en este espacio ya se han desmontado unos cuantos. Al contrario de ello, en este escrito haremos un repaso en forma de recordatorio y homenaje a todas aquellas víctimas verdaderas de la civilización y de las que el mundo de los humanos se ha olvidado por completo en pos de su mundo de arrogancia y derroche.

Desde que la civilización de la especie humana comenzó su andadura extendiéndose a través de los años, millones de seres vivos, incluidos los propios seres humanos, han sucumbido a su poder. Probablemente las primeras víctimas fueron no humanas, cuando la domesticación de animales y plantas se hizo realidad, lo que fue un proceso de anulación de la naturaleza de las especies de animales más propensas a ser domesticadas y que duró miles de años. Animales que vivían salvajes y en libertad en la naturaleza fueron sometidos al potencial que desplegaba la inteligencia humana, pues ya en los albores de la dominación, ésta empezaba a pensar en términos de aprovechamiento y eficacia.

Pero este modo de pensar ya había aparecido antes con la especialización de la caza por numerosos grupos precivilizados que ya habían contribuido a mermar un buen número de especies animales, lo que motivó el primer periodo de escasez. Sin duda, esta fue una de las primeras formas de invasión natural; la vida sedentaria, la agricultura y la ganadería lo fue de un modo más vasto, pues a su vez este cambio propició un aumento poblacional y este a su vez una mayor interacción entre grupos humanos que entraban en guerras continuas por la conquista de tierras y recursos. De estas guerras se inventó el crimen de la esclavitud entre los propios humanos invasores, que tampoco tuvieron ningún pudor, como hicieron con animales indefensos, a la hora de someter a sus propios semejantes.  

A partir de aquí, algunos humanos adquieren más poder, mayores propiedades, levantando ciudades e imperios que daban cabida a más personas sometidas y esclavizadas. No hace falta decir que cuanto más grande se hace el poder, cuanta más tierra abarca, más necesidades demanda y por tanto mayor es la intrusión natural, pues mayores recursos de plantas y animales necesita. Pero además, este creciente modo de vida humano se mueve en una continua evolución que provee de mejores técnicas en el modo de vida desarrollando el potencial de la inteligencia y esto a su vez acarrea de nuevo un número de población mayor, mejores técnicas de sometimiento entre los grupos de poder y los súbditos y mayor necesidad de recursos para cubrir las necesidades crecientes de todo el conjunto.

Pero mientras la historia oficial solamente cuenta con detalle los hechos de cómo se ha llegado a formar la civilización humana, justificando la mayoría de las veces cada acontecimiento como un avance de la humanidad hacia el progreso, la mayoría de acontecimientos perpetrados por la civilización contra la naturaleza son ignorados, silenciados y en muchos otros casos desmentidos. Crímenes contra el mundo natural que se llevan perpetrando durante milenios, condenando al exterminio a millones de animales, destruyendo sus ecosistemas, su modo de vida independiente de la humanidad. Nadie en la historia levantó la voz para denunciar estas agresiones continuas que se pueden contar por millones y que no aparecen en ningún libro de historia. El mundo de los humanos estaba muy ocupado en conocer, inventar y crecer sin preguntarse las consecuencias de todos estos actos de los que nadie quiere sentirse culpable pero de los que realmente todos lo son.

La era industrial y tecnológica, que potenciaba por seis todas las cosas humanas multiplicables, no solo no ayudó en nada, sino que contribuyó a acrecentar las agresiones físicas a la naturaleza, añadiendo además nuevas formas de destructividad y estrechando cada vez más el hábitat de los animales salvajes que morían en incendios provocados por humanos en sus bosques, cruzando carreteras que limitaban sus trayectos o envenenados en sus aguas contaminadas. Así, muchos de estos animales salvajes que vivían en plena libertad perecieron en bosques, praderas y campos que fueron arrasados para extender monopolios de cultivo; otros animales marinos que fueron y son atrapados a millones en los océanos, y animales terrestres capturados para ser convertidos en domésticos con el fin de servir de alimento, vestido o para el divertimento de la masa engañada. Nada de esto aparece en los libros de historia si no es de forma arrogante o autojustificatoria. Veamos muy resumidos algunos ejemplos de tantos:

Las miles de muertes deliberadas que ocurren a diario en los campos de concentración de animales son sin duda mucho más horrendas que cualquier otra época del pasado, pues si antiguamente muchos de los animales que morían a manos humanas eran cazados para comer, al menos lo hacían en libertad y por una causa de supervivencia; incluso los primeros en ser domesticados puede decirse que llevaban una buena vida hasta que caían bajo el cuchillo de su amo, pero con el advenimiento de la era industrial y urbana, el régimen esclavista que padecen hoy miles de millones de animales es el resultado de una abominación fatal carente de ningún tipo de compasión y empatía por quienes desde siempre han compartido nuestra tierra. El cambio brutal y a peor acaecido en el trato a los animales domesticados desde los albores de la civilización hasta la llegada de las máquinas nos demuestra hasta qué punto llega a ser arrogante la especie que domina, relegando al olvido a millones de animales por el supuesto beneficio de la humanidad, o peor aún, del progreso.

Al margen de las muertes sistematizadas de la ganadería industrial, miles de animales pierden su vida y su libertad por culpa de los actos cotidianos de miles de humanos; muchos, destrozados por el paso vertiginoso de los coches en carreteras que han sido construidas en lo que era la morada del conejo, el ciervo o el jabalí, mientras sus tripas y demás desechos corpóreos ya triturados son contemplados con indiferencia por la mayoría que pasa una y otra vez por encima; crímenes -no accidentes- que ocurren a diario, que no salen en ningún telediario y que son vistos todo lo más como un mal necesario; pero, ¿necesario para qué? ¿para cubrir nuestras ansias de ir más rápido a todos los sitios?

Pero igual que la invasión dramática del tráfico de vehículos destrozavidas en los hábitats de animales salvajes, otros muchos caen por la propia extensión de la industria y de las ciudades, que de forma arrogante han invadido los territorios que eran suyos, por los que podían transitar con plena libertad. Pero incluso después de haber sido desplazados a territorios lejos de las ciudades, con el tiempo, la extensión de éstas les ha ido desplazando o limitando más aún hasta el punto de que muchos ya no han podido sobrevivir. Muchos de esos desplazamientos han sido la consecuencia del fuego perpetrado por el propio humano para extender los núcleos urbanos, acabando no solo con los árboles sino con cientos de formas de vida que habitan gracias a ellos. En esta misma realidad de avance tecnológico, hasta hace bien poco los animales que más libertad gozaban y que supuestamente no podían ser alcanzados por la demencia humana, las aves, han visto como miles de ellas han caído en sus vuelos por culpa de las aspas de los parques eólicos, otro drama silenciado y que además es promovido como una energía limpia y ecológica -por supuesto desde una perspectiva únicamente humana-.

En el reino vegetal ha habido todavía menos escrúpulos a la hora de arrasar con violencia e indiferencia miles de hectáreas de terreno, cuyo objeto ha sido el de incrementar los monocultivos: la deforestación a nivel mundial representa una de las mayores agresiones al mundo natural perpetradas jamás en la historia de la humanidad. Millones de árboles han sido talados indiscriminadamente en todo el planeta para convertir el bosque en tierra cultivable, ya sea para humanos o ganado y ya de paso para extraer madera y papel. Pero, ¿cuánta vida se ha perdido por culpa de estas conversiones trágicas e insensatas? Los bosques no son solamente lugares donde moran árboles, son lugares ricos en vida orgánica tanto vegetal como animal, cuya función es imprescindible para el buen desarrollo y equilibrio del ecosistema que sustentan. Y lo más triste es que ahora nos damos cuenta de que incluso los ecosistemas que forman los bosques son vitales para el devenir del planeta y por tanto de todos sus seres, incluidos los humanos. El destrozo de miles de hectáreas de estas enormes superficies en nombre del progreso es otro de los crímenes silenciados por la humanidad.  

Pero una buena parte de la población humana también ha sufrido y sufre las consecuencias dramáticas del avance industrial, ya que aún hoy millones de humanos son esclavizados y asesinados en guerras, “necesarias” para la extracción de recursos que necesita el mundo civilizado opulento. También debemos recordar todas aquellas comunidades indígenas que se resistieron a aceptar el mundo invasivo civilizado, pero que finalmente fueron forzados a la adaptación, mientras que si la resistencia era tenaz y molesta para el colonizador, eran desplazados o exterminados. Aún hoy perviven y resisten cada vez menos grupos tribales en América y África, amenazados por el avance irremisible de la civilización. Por supuesto, tampoco esto suele aparecer en ningún libro de historia oficial ni en los telediarios, si no es para justificar la versión del invasor.

En el presente de la atracción tecnológica y de la postración a las máquinas, la masa de humanos civilizados parece justificarse cada vez más en la arrogancia sin querer saber nada de las verdaderas víctimas que trae consigo este proceder carente de sentido, pues hoy más que nunca demandan más recursos de todo tipo, y peor aún, más humanos nacen y se suman al consumismo irracional. Y para justificarlo, los grupos de poder se encargan de engañar a la mayoría consumista mediante técnicas de persuasión haciéndolos creer que todos sus actos son inocentes y libres de cualquier crimen, y que pueden entregarse a la vida hedonista y opulenta sin ningún tipo de remordimiento. En determinadas épocas del año como las fiestas navideñas este estado de supuesta felicidad se intensifica y todos aparentan ser más humanos entre ellos, dibujando sonrisas falsas, fingiendo normalidad y solidaridad para con el prójimo. Este es el “mundo feliz” ya vaticinado por un visionario hace más de setenta años, el peor de los mundos habido y por haber.

De hecho, hoy más que nunca, la suma de todos los actos cotidianos diarios de los humanos modernos que viven en Occidente junto a los que están en vías de occidentalización provocan un mayor número de daños en la naturaleza que cualquier acontecimiento histórico llámese guerras mundiales o civiles e incluso que cualquier catástrofe natural focalizada.

Pero por suerte para el planeta y para las distintas formas de vida no sometidas, el sistema industrial perpetrado por la humanidad tiene visos de terminar más pronto que tarde, por un modo de vida tan insensato como suicida, y todo parece indicar que lo hará de forma drástica y dejando consecuencias que no pueden siquiera intuirse, tanto más graves cuanto más tiempo se alargue la osadía humana contra el mundo natural, una osadía que se pagará muy cara. Cuando lo haga, todo el equilibrio se reestablecerá, la vida brotará de nuevo en toda su plenitud. Ya no morirán más animales arrollados por la indiferencia de los coches y quienes los conducen, ya no más animales se quemarán en incendios provocados por criminales pagados por otros criminales, ya no más peces morirán envenenados por petróleo o axfisiados fuera del agua. Y si quedan humanos, los más cuerdos se darán cuenta por fin del valor del respeto hacia el medio que nos rodea pudiendo vivir armónicamente con los demás seres vivos, mientras que los más insensatos se devanarán los sesos pensando en cómo levantar de nuevo una civilización arrogante y despiadada.

9 de diciembre de 2015

Falso ecologismo

La sociedad moderna se engaña continuamente, fingiendo lo que jamás podrá ser. En este intento falaz se insta a los individuos a tratar de alcanzar metas inalcanzables como la felicidad, una ilusión provista de una alta dosis de egoísmo; o como la generosidad con los más necesitados solo en los escasos momentos que dejan de ser competitivos. El ejemplo que propondremos ahora, en la misma línea, tiene que ver con el sentido de falsa protección del entorno que nos rodea y nos provee de sustento, una de las actitudes más ridículas que se han generalizado últimamente entre ciertas corrientes progresistas y en otras que no lo son tanto.

No deja de ser una actitud ingenua el hecho de preocuparse ahora por los innumerables males que la sociedad industrial no ha parado de extender desde sus inicios. Pero peor aún, no deja de ser una actitud patéticamente falaz el hecho de querer preocuparse por salvar el medioambiente de los ataques humanos diarios y al mismo tiempo contribuir a que dichos ataques se incrementen, porque esa es la actitud de los nuevos ecologistas, disfrazados de progresistas, que de manera insensata están haciendo creer a la gente que ciudades, consumo y conservación de la naturaleza son fenómenos compatibles.

Para variar, esta actitud sigue teniendo un carácter eminentemente antropocéntrico. La causa empezó con la preocupación de los científicos y meteorólogos alertando de que estábamos contaminando demasiado el ambiente, cambiando el clima y agotando demasiados recursos -aunque esto último no era tan grave como lo primero según ellos- y esto podía hacer tambalear el sistema global, incluso amenazar el futuro de la especie humana. No había ningún interés en los ataques que estaba sufriendo la propia naturaleza salvaje, la transformación vertiginosa de los ecosistemas, el desplazamiento y exterminio de las especies, incluida paradójicamente, la especie humana, el expolio criminal de los recursos naturales, la falta de moral ante los usos históricos de las vidas orgánicas sintientes. De esta manera, impera entre todo el mundo la idea de que el planeta debe ser cuidado y salvado para el bien de la humanidad y no como un bien en sí mismo que hay que librar de toda agresión -humana, se sobreentiende, porque no hay ni ha habido en la historia ninguna otra especie animal ni vegetal que deteriore tanto la naturaleza, y esto es una certeza innegable-.

Así pues, en defensa de todo lo humano y en contra de todo lo demás, el poder progresista ha secuestrado el ecologismo en su totalidad y lo ha moldeado según su propio interés. De ahí que estos poderes, tanto de ámbito estatales como mercantiles, hayan abanderado la nueva imagen del ecologismo, difundiendo medidas que no pasan de ser falacias limpia-conciencias.

Una de esas medidas se centra en las continuas campañas de los grandes grupos de empresas, interesadas en subirse al tren del ecologismo con el oculto fin de mantener la fidelidad de los consumidores ante una posible desconfianza generalizada. Estas empresas han sabido darle la vuelta a la situación: de resultar grandes responsables del ataque medioambiental a ser grupos “responsables y comprometidos”, inventando límites de no agresión o agresión reducida en sus sistemas de producción para dar a entender que algo están cambiando y que son más responsables con el medioambiente. Ingeniosamente, y aprovechando su alto poder de imagen, desvían la atención de los consumidores en asuntos que realmente carecen de importancia o que representan una gota en un océano, obviando las causas de la agresión generalizada. Tal puede ser el ejemplo que siguieron las grandes cadenas de supermercado con la campaña de la reducción de bolsas de plástico, poniéndolas a un precio ridículo y haciendo gala del gran compromiso medioambiental sólo por el hecho de que se utilizarían menos bolsas de plástico.

Aparte de medidas puntuales como ésta, son muchas las empresas que se suman a iniciativas supuestamente responsables con el medioambiente, realizando mediciones y hasta clasificaciones en cuanto a sus respectivos índices de emisiones de gases, generación de residuos, etc. Y eso lo hacen público en su página web para que todos los clientes fidelizados puedan seguirlo. Si la supuesta mejora de los índices convence mediante argumentos, el cliente mantendrá su fidelidad e incluso la aumentará, comprando más de lo que ya compraba. Por ello, es fácilmente sospechable que estas medidas estén más encaminadas a aumentar el consumo que a reducir las agresiones medioambientales. De hecho, porque una empresa se sume a la moda de la “responsabilidad ecologista y sostenible” no quiere decir ni mucho menos que vaya a renunciar a su naturaleza, que es siempre la de vender más, y por lo tanto si estas medidas contribuyen claramente a aumentar las ventas, entonces por lógica aumentarán las agresiones, por mucho que se empeñen en reducir a un mínimo la tasa de emisiones o de generación de residuos.

Esto pasa porque en realidad no se están analizando las causas de las agresiones, que son claramente las del consumo desenfrenado, motivado por un sistema económico de rapiña y de pura competición. Por supuesto, hacer esto iría en contra de su propia naturaleza y ni las empresas ni el sistema tendría razón de ser. Pero lo que tratamos de demostrar aquí es el cinismo del sistema, no proponer que cambie lo que nunca va a cambiar.

No solo las empresas son expertas en desviar la atención de las causas reales de los problemas, también los estados. Propondremos dos ejemplos que vienen a ser lo mismo pero en diferentes ámbitos: el reciclado de residuos y la promesa de las energías renovables.

El primero, el supuesto reciclado de residuos, se trata de una medida que a priori puede ser interesante para la conservación del medioambiente, pero que con el tiempo se convierte, como era de esperar, en una pérdida de tiempo, dinero, esfuerzo y energía. Y finalmente resulta ser otra forma de desviar la atención.

En primer lugar, potenciando el reciclado de los residuos, independientemente del grado de eficacia que se alcance con ello, estás extendiendo peligrosamente la idea de que dado que todos los materiales desechables pueden ser reconvertidos para fabricar nuevos productos, podemos seguir consumiendo lo mismo o incluso más. Esto estaría bien si el cien por cien de los materiales de desecho pudiera ser realmente convertido en productos, lo que haría reducir drástricamente el expolio de los recursos naturales. Pero todo el mundo sabe que no es así, que el reciclado no podrá proporcionar ni siquiera índices que se puedan considerar significativos para paliar las agresiones naturales. Y eso, solo contando los reciclados reales, tales como el vidrio o el papel, porque el reciclado de plásticos es una farsa ya demostrada. En segundo lugar, por desgracia el empeño de las autoridades por el reciclado obvia dos medidas mucho más cuerdas y consecuentes: por una parte, el reutilizado de los productos, una actitud previa al reciclado que no es tenida en cuenta y por otra, la reducción drástica del consumo. Pero dado que estas dos medidas son por naturaleza opuestas al sistema de rapiña imperante, ni siquiera son planteadas y mucho menos difundidas. Por otro lado, el reciclado solo sirve supuestamente para la reconversión de los recursos destinados a la elaboración de productos, pero no sirve en el caso de la obtención de recursos utilizados como fuente de energía, que contribuye probablemente más tanto al agotamiento de los recursos como a la destrucción natural.

El segundo, el de la promesa de que las energías renovables nos salvarán de la hecatombe no deja de ser un ejemplo ridículo y absurdo en su totalidad. Es irreal porque la amenaza de escasez de las energías fósiles -según bastantes expertos en energía- está tan próxima que no daría tiempo a una reconversión satisfactoria para cubrir las necesidades energéticas de toda la población mundial urbanizada; incluso aunque se hiciera un esfuerzo sobrehumano para su sustitución, la inversión tecnológica debería ser faraónica y las consecuencias ambientales entonces serían peores que un posible colapso por la escasez de las energías fósiles. Además, las energías renovables como el viento o el sol son energías no constantes e irregulares, por lo que no pueden proporcionar una fuente de energía constante, algo que no podría satisfacer las exigencias de los millones de personas urbanizadas. Se necesitarían enormes y potentes equipos para almacenar y transformar energía, lo que llevaría a incrementar la inversión tecnológica a límites inimaginables.

Pero también resulta cínico pensar que aunque fuera posible una sustitución -que solo puede ser radical y rápida o no será posible- de las energías fósiles por renovables, esto solo serviría para paliar el problema de la energía, pero no el de la extracción de los recursos naturales para la fabricación indiscriminada de productos. Peor aún, resuelto el problema de la energía, esto daría pie a que el momentáneo peligro de la escasez desapareciera y millones de empresarios levantaran la mano para multiplicar la producción, multiplicando el consumo y a la vez la extracción de recursos naturales, aparte de la inversión previa en tecnología necesaria para realizar con éxito dicha sustitución. Esto sería admitir que la resolución de un problema mediante parches falsos acentúa otro mayor, con lo que el problema en sí continúa e incluso se incrementa. Por otro lado, el sistema de dominación se perpetuaría y amenazaría con perfeccionarse, no solo estaría extendiéndose a nivel físico con más carreteras, más casas, más edificios, más personas, sino que se estrecharía aún más el control de poder sobre una población cada vez más consumista y con la conciencia limpia por haber resuelto en parte uno de los principales problemas.

Nuevamente, para el problema del abastecimiento energético se buscan soluciones que permitan a la humanidad seguir perpetuando el sistema de dominación en vez de cuestionar la naturaleza invasiva e irracional del mismo, cuestionando sus valores de carácter antropocéntrico, que son al fin y al cabo los que han reinado mayoritariamente en la historia de la humanidad por los siglos de los siglos.

El peor grado de cinismo en este capítulo de falso ecologismo se lo llevan quizás algunas ONGs, que en connivencia descarada colaboran con las multinacionales y estados en su juego de engaño y de supuesto compromiso con el medioambiente y la sostenibilidad, instándoles a entrar en el juego creando incluso ellas mismas sus propias listas de compromiso para con las empresas escogidas, ganándose así al público más concienciado.

Más de lo mismo, el sistema continúa engañándose a sí mismo engañando a sus fieles. Los propios ecologistas abanderados se han vendido neciamente a los estados acatando sus medidas a cambio de la suculenta recompensa de las subvenciones. Esto ha llevado a inspirar un ecologismo exclusivista y claramente antropocéntrico, al cuál le preocupa poco o nada las vidas orgánicas de los ecosistemas, el proceso de domesticación de plantas y animales o la invasión humana hacia el medio natural.

El verdadero ecologismo debe ser aquel que valora la naturaleza salvaje como un bien en sí mismo, no como una fuente de recursos para el ser humano. El verdadero ecologismo debe priorizar y profundizar en las raíces de las agresiones humanas en la historia desvinculándose de toda forma de autoengaño o soborno por parte de los poderes establecidos que anteponen los beneficios económicos a la vida natural. Y todo ello, al margen de si la especie humana es capaz o no de integrarse en la propia naturaleza mediante vínculos sociales cuyos valores fundamentales se basen en el respeto a la naturaleza, algo que por el momento no ha logrado más que de forma excepcional.

25 de octubre de 2015

Cinco mitos de la tecnología

El culto a la tecnología se ha extendido como un virus oculto en las sociedades modernas, más allá que cualquier religión del pasado, pues se propaga a la par que la reinante ideología del  progreso. Es alabado por casi todos los humanos y pocos escapan a su atracción. Pero como todo culto está fundamentado en mitos que resultan fácilmente desmontables:


“La tecnología es neutral, se puede usar tanto para el bien como para el mal”.

La tecnología simple usada por los humanos precivilizados puede ser catalogada como neutral ya que se componía básicamente de herramientas usadas por la mano humana, cuya energía era la que podía imprimir con su fuerza. En cambio, la tecnología compleja no puede ser neutral porque desde su evolución forma parte de un proceso de civilización progresivo, paralelo al proceso del progreso y más adelante del proceso de industrialismo y urbanismo, por ello ha sucumbido siempre al poder de las organizaciones más poderosas y de los técnicos que las dirigían. Un crítico de la tecnología dijo al respecto: la tecnología no es neutral porque aporta su propia racionalidad y el método para su uso. Una red de ordenadores o una fábrica de acero no se pueden utilizar como una simple herramienta; deben utilizarse tal y como han sido diseñadas y en combinación coordinada con una red de procesos complejos de apoyo sin los cuales su funcionamiento es imposible (David Watson).

Lo que fundamentalmente se está tratando aquí es la tecnología compleja, aquella que se compone necesariamente de códigos, medidas y números cada vez más complejos y aquella que precisa de fuentes de energía ajenas al hombre, cada vez más costosas de obtener. Se trata de una tecnología que siempre ha sido dirigida por grandes organizaciones y expertos cualificados, cuyo único objeto ha sido el de crear un mundo más creciente, complejo y dinámico. El proceso para crear cualquier innovación tecnológica es generalmente el mismo y solo es posible mediante la organización de unos pocos expertos sobre millones de personas. Para ello, es necesario un alto nivel de jerarquización y especialización -fenómenos derivados probablemente de la esclavitud- que irremediablemente contribuyeron a la creación de las clases sociales y el sentido del status.

La segunda parte de la frase es desacertada, porque uno de los mayores problemas que conlleva la tecnología no está en el objeto del uso, sino en su propio uso y desarrollo. Cuando alguien dice “la tecnología puede servir para fabricar algo bueno como un coche o para algo malo como una bomba atómica”, en primer lugar, cabría valorar hasta qué punto es mejor una bomba atómica que un coche, pues a la larga los coches han matado muchas más personas en poco más de un siglo que las dos bombas atómicas lanzadas por los americanos en los años cuarenta. Pero aun desestimando los daños colaterales que siempre dejan los coches y considerando que es un medio para transportarse mientras que la bomba atómica sólo sirve para matar, no puede negarse que el coche, al igual que otro vehículo motorizado no puede considerarse como un herramienta aislada, implica la totalidad del sistema (y de la cultura) de producción y de consumo: es una forma de vida (...). Un sistema de autopistas no puede considerarse un instrumento neutral; es una forma de gigantismo técnico y de masificación. (David Watson).



“La tecnología nos proporciona infinidad de posibilidades a elegir”.

Como afirmando que la tecnología nos ha legado la libertad. Pero ¿qué clase de libertad? ¿Aquella supuesta libertad para elegir entre millones de objetos materiales o servicios de toda índole? Con probabilidad este es el mito más degradante en el que se basa la trampa tecnológica, pues se ha confundido la esencia de libertad humana, independiente y autónoma de toda clase de poder o ideas, por aquella ficticia libertad del presente que nos ofrece la tecnología moderna. En realidad es al contrario, según ha avanzado el sistema y se ha hecho por tanto más complejo, el grado de libertad verdadera ha ido en disminución, sustituida por una suerte de libertad ficticia. Otro crítico de la tecnología escribió hace años sobre este problema: el sistema tiene que regular estrictamente el comportamiento humano para poder funcionar. Es necesario e inevitable en cualquier sociedad tecnológicamente avanzada que el destino y decisiones de los que componen la masa dependa de las acciones de personas que están lejos de él y en cuyas decisiones, por tanto, no puede influir. Esto no es algo accidental ni el resultado de la arbitrariedad de burócratas arrogantes (Ted Kaczynski).

Además, las posibilidades a las que se refieren a menudo con este argumento son aquellas que sólo puede conocer la masa en general, es decir, el resultado de todo el proceso tecnológico. El ciudadano común no tiene la menor idea ni interés en cómo se ha fabricado el producto que llega a sus manos ni las consecuencias que ha dejado tras su proceso de fabricación, pues solo le importa el resultado final. En resumen, el ciudadano tiene inevitablemente una dependencia absoluta del experto técnico y por ello se ve obligado a venerarlo.  



“La tecnología nos proporciona más cosas buenas que malas”.

Nuevamente se obvia que el problema mayor no está en el resultado final del uso que se le dé a la tecnología, sino en las transformaciones sociales y en especial los perjuicios que genera dicho uso. Pero si por un momento diéramos por supuesto que dichos perjuicios no son tales, centrándonos en los resultados finales, tampoco se puede afirmar con rotundidad lo que dice el mito de arriba. ¿A qué se refieren con cosas buenas y cosas malas? ¿cómo se puede dictaminar con rigor si algo es intrínsecamente bueno o malo? Si la mayoría de la gente tiene la certeza de que la tecnología proporciona más cosas buenas que malas es más por una falsa perspectiva de la realidad. La gente solo ve los placeres inmediatos que da la tecnología, gracias a su fidelidad a la ideología del progreso, considerado como bien supremo y en muchos casos, la falsa sensación de que a la larga siempre será un medio de salvación o de solución para todos los problemas.

Sin embargo, la gente no puede ver las verdaderas consecuencias y perjuicios de los que hablábamos antes y que son muchos más y más graves: el vicio que crea la atracción tecnológica, su posicionamiento incondicional hacia el progreso -quizás por ser la principal motivación del mismo-, medio de dominación y control de los poderes fácticos sobre la masa, el carácter dogmático, la sensación de ser un medio de salvación, cuando desde sus inicios solo se ha movido en el marco del sistema económico imperante creando infinidad de necesidades de las que se derivaban infinidad de nuevos problemas (lo que sería el círculo vicioso), adhesión incondicional al urbanismo y la globalidad, transformación vertiginosa de la mente y de las relaciones sociales tradicionales, transformación de la comunicación oral tradicional, alejamiento del medio rural-natural, destrucción del entorno para potenciar un mundo artificial y virtual, etc.  



“La tecnología nos ha dado comodidad reduciendo los trabajos más duros y penosos”

Los trabajos duros y penosos empezaron con la esclavitud y ésta ya se apoyó en la tecnología para perfeccionarse, hace milenios. ¿Y cuál era el objetivo de la esclavitud? El bienestar de los poderosos y su sed de codicia de nuevas tierras y recursos. Para ello, era necesario crear grandes gobiernos y ciudades, lo que demandaba mayor mano de obra esclava y mayor necesidad de emprender guerras para la conquista de tierras y pueblos, que a su vez demandaba mayor poder militar. Los trabajos duros y penosos han sido heredados por años de estas formas de sumisión y han llegado hasta la era preindustrial como un supuesto mal que la tecnología podía suplir con el advenimiento de la mecanización. Todos esos trabajos duros y penosos de los que nos hablan nuestros ancestros directos pertenecen a un siglo creciente y demandante de nuevas necesidades impuestas por una burguesía cada vez más poderosa, que no es más que la continuadora de los antiguos dueños feudales, usurpadores de tierras y de fuerza de trabajo. Allí en donde el poder no era tan férreo ni dependía de un organismo centralizado, las formas de vida comunitarias y locales no eran grandes demandantes de recursos ni de trabajo, ni necesitaban más tecnología de la que pudieran desarrollar con sus propias manos o como mucho, formas de tecnología simple. Incluso las comunidades indígenas recolectoras y cazadoras destinaban al trabajo mucho menos tiempo del que destina el hombre moderno. A pesar de lo cual, la mecanización se extendió como una forma lógica de aumentar el rendimiento productivo en auge, más que por el hecho voluntario de los empresarios para acabar con los trabajos duros y penosos.

Por otra parte, aun admitiendo que la incorporación de las máquinas sustituyera de forma satisfactoria a la fuerza humana en los trabajos más duros y penosos, esto solo se refiere al aspecto físico del trabajo, pero sin duda se ha olvidado el aspecto psicológico. La mecanización trajo consigo el aumento del trabajo sedentario, el trabajo repetitivo y carente de sentido, la fijación de horario y de turnos contra natura, el aumento de las horas de trabajo, presión hacia el trabajador, amenazas de despido, acoso laboral, etc.



“La tecnología nos ofrece multitud de formas para entretenernos”

Este mito no lo parece tanto, porque superficialmente hay algo de cierto en lo que dice, pero analizado en profundidad uno puede percatarse de que sí lo es. La inmensa mayoría de los medios de entretenimiento  tecnológico responden a formas de atracción convertidas a menudo en puro vicio que a formas sanas de distracción lúdica, propias de la cultura tradicional. Muchos de estos medios como los videojuegos, el cine o la televisión permiten y muestran la violencia como algo normal, en una sociedad que administra las formas de violencia y considera de un modo amoral cuáles son justificables y cuáles no (la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia unos a otros, sin embargo en la industria del cine o los videojuegos la violencia vende, por no decir que a menudo es su razón de ser; la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia en ningún caso, pero exime al estado de hacerlo cuando le convenga; la sociedad normalizada rechaza la violencia física entre humanos, pero consiente regímenes esclavizadores fundamentados en la violencia contra los animales; la sociedad normalizada ha tragado el anzuelo de que la violencia física es la única que hay, porque pocos se dan cuenta de que lo que impera es la violencia psicológica, más peligrosa y criminal que cualquier forma de violencia humana). Además, estas formas de entretenimiento son parte de la transformación de la mente y de las relaciones sociales basadas estrictamente en el potencial de los medios tecnológicos y casi siempre sirven para el control de las masas, su alienación y proceso de irreflexión.

Por otra parte, todas las formas de entretenimiento están controladas por una inmensa industria que es la encargada de hacer llegar dichas formas a los consumidores, transformados en máquinas que buscan ante todo el placer, y cuya capacidad de opinión y decisión ha sido intencionadamente reducida; tan solo vale su necesidad de consumo. Para ello, utilizan medios cada vez más persuasivos que inciden y restringen la capacidad de la mente humana sumiéndola en una única dirección posible, alimentada por la falsedad, el vicio y la atracción patológica. Por supuesto, este proceder de la industria tampoco puede considerarse de ninguna de las maneras como un posicionamiento neutral.


Para aquellos o aquellas que deseen profundizar más sobre la crítica a la tecnología pueden consultar los siguientes autores: Lewis Mumford, Jacques Ellul, David Watson, Ted Kaczynski, John Zerzan, David F. Noble y el colectivo desaparecido de “Los amigos de Ludd”, entre otros.

16 de septiembre de 2015

La sociedad del despilfarro

La Tierra se ha convertido en una gran fuente de recursos para los humanos, muchos de los cuáles aún continúan creyendo que dichos recursos son ilimitados, pese a las teorías de los expertos en diversas materias que empiezan a advertir que no lo son y que la forma en que hacemos uso de ellos se parece más a un saqueo que a un derecho propio. Sin embargo, lejos de juzgar el modo de vida que se nos ha impuesto como antinatural y destructivo, son muestras de alarma y preocupación por el hecho de que el agotamiento certero de los recursos, principalmente los usados como fuente de energía, pueda amenazar seriamente la vida civilizada sumiéndola en el caos o en una época de dictaduras militares y barbarie. Su preocupación principal estriba en el hecho de saber que los recursos naturales que proporcionan todo lo necesario para la sociedad industrial y tecnológica son probablemente limitados -o al menos cada vez es más difícil y costosa su extracción- y que es un error por tanto explotarlos como si fueran ilimitados. (De esto se deduce también que si no se hubiera presentado este problema o si ya hubiera métodos alternativos de energía válidos para abastecer a la inmensa población urbana -las energías renovables se ha demostrado que no pueden serlo- nada habría de lo que preocuparse).

Es una cuestión de perspectiva pero también influye el alto grado humanista que llevamos cuando nos ponemos a examen. Si uno pone el énfasis en la cuestión de saber si los recursos son limitados o no, algo que afectaría seriamente la supervivencia de la civilización a corto plazo, solamente lo hará por un motivo humanista: está preocupado por lo que le pasará a la humanidad -en especial, la humanidad más desarrollada, la que vive principalmente en ciudades- cuando empiecen a faltar estos recursos, pero a la vez estará olvidando asuntos mucho más cruciales. No solo se olvida del futuro a medio y largo plazo que afecta a la humanidad, sino que, más grave aún, se está olvidando del presente y también del pasado, de lo que la especie humana ha sembrado y no solo hacia su propia especie sino hacia el resto de especies que pueblan el planeta y que en su mayoría, estaban mucho antes que nosotros. Se olvida de toda la destrucción que hemos dejado atrás y de la que se sigue dejando ahora, al margen de si los recursos son limitados o no.

Con todo, cabe decir que al sistema financiero actual, liderado por las grandes multinacionales y respaldado por los gobiernos y la banca, poco le importa si los recursos son limitados o no, sin duda van a seguir explotándolos como hasta ahora, pues al fin y al cabo, esa es su naturaleza.

En realidad, el debate no debería centrarse en el probable agotamiento de los recursos. Si la perspectiva con la que se analiza se hace de forma no humanista, nos daremos cuenta del enorme perjuicio ambiental que deja tras de sí la civilización en su empeño por despilfarrar los recursos. Pero vayamos por partes.

Cuando hablamos de despilfarro hablamos, en su propia definición, de gasto desmesurado de los recursos. Alguien podría preguntar en qué momento concreto de la historia empiezan a ser desmesurados, pero eso es algo difícil de precisar. Aún así, hay evidentes indicadores que nos dicen que si hubiera que establecer un momento, ese sería a mediados del siglo XIX con el inicio de la extracción de los combustibles fósiles destinados a la energía, en especial el del petróleo. Si bien la humanidad preindustrial ya había consumido una gran cantidad de recursos, la repercusión ambiental que dejaba era nimia comparada con la de la era industrial. Hasta ese momento, se usaban principalmente recursos renovables como los provenientes de humanos, vegetales, animales, agua, sol, viento, etc. Mientras que la extracción de recursos a priori no renovables -o renovables a muy largo plazo-, era insignificante.

El descalabro vino por tanto en la era industrial y en especial en la era de la extracción de los combustibles fósiles, necesaria para hacer que el sistema creciera y avanzara a marchas cada vez más rápidas, actuando en un círculo vicioso, pues a más extracción de energía, más posibilidad de crecimiento de todo, incluido de población y a más crecimiento de todo, mayor necesidad de extracción de energía. Es a partir de este momento cuando todas las gráficas se disparan: petróleo, gas, carbón, metales pesados, minerales, alimentos, población, industrias de todo tipo, etc., pero también, por desgracia, se disparan las agresiones al ambiente y las formas de vida: deforestación, degradación del suelo y del agua, contaminación, desertización, desequilibrio de los ecosistemas, exterminio de especies animales y vegetales, esclavitud,  pérdida de biodiversidad, etc. Es esta la época del gran desastre natural, un despropósito sin parangón alguno, una insensatez en toda regla.

Todo viene a causa del exceso de gasto de los recursos, necesario para justificar la idea del crecimiento y la afianzada ideología del progreso, esa que hace que los alarmistas traten de advertir a los gobiernos del peligro de desabastecimiento energético. Sin embargo, todos estos gastos, desde que empiezan, son casi siempre superfluos y no responden más que a una necesidad de justificar dicho crecimiento. No es necesario para esta reflexión abordar cómo empieza el despilfarro ni sobre qué base está asentado todo invento o innovación que justifique el gasto, sino demostrar lo absurdo de un sistema que fomenta el despilfarro mediante millones de actos cotidianos por parte de todos los individuos que lo sustentan.

Son dos los elementos clave para fomentar el despilfarro y justificarlo: en primer lugar, la cantidad de humanos despilfarrando, pues obviamente, a más personas en el globo, más gasto de todo. En segundo lugar, las técnicas que emplea el sistema para incentivar el consumo en exceso, y que contribuyen definitivamente al despilfarro. Es aquí donde nos vamos a detener, pues dichas técnicas serían las culpables de dicho despilfarro e incluso una de las causas del primer elemento, el del crecimiento poblacional que hará multiplicar siempre el total del gasto.

La obsolescencia programada es una ocurrencia oculta dirigida a incentivar el consumo, multiplicar los beneficios y en consecuencia aumentar el despilfarro irracional. Si la lógica nos dice que cualquier persona que quisiera fabricarse un objeto para sí mismo e incluso para un amigo o vecino, lo haría con el objeto de que durara el mayor tiempo posible, dicha lógica no cuadraba con el sistema industrialista y capitalista que se rige siempre por la eficacia y el rendimiento económico, motivando una economía en continuo movimiento. A pesar de que tardaron en darse cuenta, finalmente los expertos más ambiciosos tuvieron que aplicar de forma consciente que todos sus productos fabricados tuvieran una vida corta de tiempo con el objetivo de hacer una economía dinámica que a su vez justificara las ansias de crecimiento que llevaban años proclamando. Pero el mundo moderno no solo vendía productos físicos, también vendía servicios y para ello debían desarrollarse técnicas que incidieran directamente en la mente de los individuos incitándolos a gastar.

Las técnicas de persuasión están dirigidas a aumentar las necesidades reales de los individuos, promoviendo su deseo de comprar más y más objetos, de querer siempre acumular más y más cosas, dejándolos siempre insatisfechos y en última estancia, de hacerlos totalmente dependientes de ellas. La primera de dichas técnicas empieza con la educación, pues se hace importantísimo formar a los individuos desde edades tempranas hacia el mundo laboral industrial; es aquí donde comienza el proceso llamado socialización, un proceso necesario para que el niño aprenda a normalizar sus actos en relación a lo que la sociedad le exige. Cuando el individuo ya ha sido formado, las técnicas continúan de forma decidida mediante la propaganda política, que ayuda a crear ideologías y establecer pautas convencionales de conducta y la publicidad, encargada directamente de dinamizar de forma continua el consumo de los productos mediante campañas llenas de engaño y falsedad. Otras técnicas no menos eficaces son la moda, encargada de establecer tendencias cambiantes en la forma de vestir y de actuar o los fenómenos de masa, que se encargan de hacer de los individuos seres irracionales y estúpidos, fácilmente absorbidos por la masa alienante e irreflexiva.

La puesta en acción de las técnicas de persuasión y condicionamiento, junto a las técnicas de control voluntario de la vida de los productos han motivado la extensión de una ideología basada en estos principios e ideada por los expertos en el control de las masas, encargada además de arraigar en las mentes todo este proceso sistemático, aumentando la fidelidad al sistema y reduciendo a su vez las posibilidades de cuestionamiento y de reflexión. Se trata de la ideología del progreso que comenzó con la era industrial y que ha tenido su culminación con el desarrollo y visión futurista de la tecnología en todas sus vertientes. Como fenómeno en constante avance, la tecnología imprime al progreso una realización más compleja y una velocidad cada vez más rápida, haciendo individuos cada vez más imbuidos en el sistema y asemejándolos a máquinas robotizadas incapaces de pensar más allá de lo que el sistema les exige ni de evaluar las consecuencias de sus acciones y sus hábitos de vida.

El descubrimiento de las energías fósiles a bajo precio posibilitó el desarrollo global de los transportes y esto a su vez, en connivencia con un sistema mercantil que solo se interesaba en el rendimiento sin importar el gasto, fomentó y extendió que los productos se pudieran fabricar en cualquier lugar del planeta y ser enviados en pocas horas a la otra punta mediante el transporte de mercancías. Pero el transporte privado constituye uno de esos cultos a los que se ha sumado irreflexivamente el hombre moderno, impulsado a desplazarse innumerables veces a lo largo del día, ya sea por cuestiones laborales o de placer y creando una megaestructura de autopistas y carreteras que han invadido hectáreas de territorios no urbanizados -igualmente las líneas crecientes de trenes de baja y alta velocidad-. El crecimiento de las ciudades en extensión agranda las largas distancias motivando la supuesta necesidad del vehículo privado -respaldado por la poderosa industria automovilística que es quien crea la necesidad-  mientras que el sistema laboral no incentiva en ninguna parte los trabajos cercanos a los domicilios, por la misma historia de siempre, solo importa el rendimiento de las personas y sus capacidades laborales.  

Una de las industrias más irracionales la representa la industria agroalimentaria. La imposición del monocultivo frente a los cultivos tradicionales, junto al desarrollo de los transportes posibilitó la readaptación forzosa de variedad de cultivos a zonas lejanas de su lugar de origen y fuera de su temporada de crecimiento, en vez de fomentar el empleo del producto local y los productos de temporada, que por lógica implican un gasto de recursos incomparablemente menor. Además, el monocultivo deja notables estragos con la degradación del suelo y su empobrecimiento, dejándolo estéril en muchos casos. Por supuesto, todo esto degenera en un empeoramiento de la calidad del producto, puesto en condiciones antinaturales en su conservación y transporte, que luego repercute en el consumidor. La tecnología también cumple su papel con avances como el producto modificado genéticamente, el transgénico, justificado a veces como un método para paliar el hambre en el mundo, una paradoja difícil de explicar.

En relación a esto último se haya la industria de la ganadería usada como alimento y la pesca, que sigue incentivando un elevado consumo cuando ya se ha demostrado de sobra lo innecesario e irracional que supone comer carne y pescado, no solo por una cuestión de moral que juzga el régimen esclavista al que son sometidos los animales, sino por ser inmensamente más derrochador que cualquier forma de agricultura -a pesar de que sea industrial-.

Las industrias del entretenimiento han alcanzado a su vez un alto grado de poder, mayor incluso que la alimentación o el transporte, en su empeño por extender por todas partes el culto por el placer. Como ejemplo, la industria del turismo, que transporta millones de personas a diario a miles de kilómetros de sus casas, está enfocada a satisfacer caprichos vacacionales, un derecho del trabajador y concedido por las empresas, que favorece a ambos, ya que tras las vacaciones el trabajador vuelve dispuesto a seguir siendo una unidad productiva, descansada y renovada. Además, la industria del turismo contribuye en gran medida al esplendor del gran negocio de la aeronáutica, uno de los más crecientes de las últimas décadas -incentivado por la ausencia en el pago de impuestos por los carburantes-, y que más contribuye a la emisión de dióxido de carbono a la atmósfera.

En resumen, todas las industrias generan un gasto descomunal de recursos naturales y son responsables de la gran dependencia que afecta hoy al hombre moderno y urbano, devorador  sin escrúpulos de dichos recursos. Debido a esa dependencia total, si un día esos recursos faltaran, probablemente todo el sistema colapsaría como un castillo de naipes y se vendría abajo, amenazando su propio final y arrastrando consigo a millones de seres que nada tienen que ver con él. Tras esto y de haber supervivientes, muchas cosas podrían pasar, o bien algunos siguieran en su cerrazón de crear otra vez sistemas complejos de sociedad que llevaran de nuevo al despilfarro o bien otros, con más capacidad de aprendizaje, se reinventaran mediante formas de relaciones sencillas basadas en la moderación y el respeto por la madre Tierra.

9 de agosto de 2015

Respuestas para desmontar argumentos carnistas

En la causa por la abolición de la esclavitud animal, muchos defensores de la misma, que aún son muy pocos en proporción a la población humana mayoritariamente carnista, deben aguantar cada día el olvido de una gran mayoría de personas que aún no quieren ver y menos admitir que existe un problema grave en nuestras relaciones con los animales. Se trata de un problema que parte del antropocentrismo ancestral que nos han legado nuestros antepasados, lleno de mitos y mentiras que nos han repetido miles de veces y que se nos ha quedado en la sesera de forma preocupante. Es además un ataque a la dignidad humana y a una parte esencial de la naturaleza salvaje: los seres vivos que durante miles de años han sufrido el abuso de una especie que se empeña en usar a su antojo todo lo que habita este planeta.

Aunque este olvido se debe más a la ostentación y la arrogancia potenciada por la sensación de seguridad argumentativa que ofrece la masa, la inmensa mayoría que inconscientemente contribuye a la esclavitud, holocausto y sufrimiento perpetuo de millones de animales en el mundo, carece además de una base mínima de razones para defender lo que hace y lo que come; -se debe precisar que a quienes nos referimos es a aquellos millones de animales utilizados como recursos alimenticios, que representan más del 99 % del total de animales asesinados para el beneplácito de la humanidad-. Estos animales son -y no por casualidad, por cierto- quienes más sufren, a pesar de que ellos no puedan saberlo, la mayor falta de consideración, indiferencia y respeto hacia su vida y de ahí esa diferencia de consideración con respecto a otros animales usados y asesinados para otros beneficios humanos como puedan ser la vestimenta, la ciencia, el deporte o los espectáculos de todo tipo.

Pero no es el olvido y la indiferencia a lo único que se tiene que enfrentar el defensor de la causa de los animales -casi siempre en minoría- las pocas veces que se presenta la cuestión en cualquier ambiente social. A veces, los defensores de los animales se deben enfrentar al desprecio y la burla de las personas más arrogantes que hacen ostentación del antropocentrismo, los representantes de la ideología carnista, personas con extremo apego por la carne, altamente sistematizadas en esta cuestión o que tienen algún tipo de vinculación directa e interés con la industria cárnica. En su intento de desacreditar los argumentos y razones de los defensores de los animales se dedican a extender un gran número de argumentos falsos y retorcidos que se han aprendido al dedillo.

En este nuevo artículo vamos a desmontar con total seriedad y convicción algunos de estos argumentos a los que aluden no solo estos individuos, sino muchos carnistas inconscientes en favor del consumo de carne, o en honor a la verdad, en favor de la matanza indiscriminada y la opresión que sufren millones de animales para beneficio de la humanidad.


El argumento de las plantas

Aludir a las plantas como seres sintientes es uno de los argumentos más repetidos. Pero es curioso, uno esperaría que quienes aluden a las plantas como seres sintientes con el fin de justificar la legitimidad de comer animales, lo hiciera porque busca defender a las primeras del consumo humano como seres sintientes que dicen ser. Pero todo el mundo sabe que no lo hacen por eso. Si aluden a las plantas como seres sintientes es únicamente para reafirmar que “quien se niega a comer animales porque son seres sintientes debería hacer lo mismo con las plantas y no lo hacen”. Evidentemente, este argumento parte de un error nefasto: las plantas no son seres sintientes, o al menos carecen de las pruebas de la sintiencia que sí tienen todos los animales. Estas pruebas son:

-El movimiento. Las plantas carecen de locomoción, por tanto de una incapacidad de huir ante el dolor o la amenaza de muerte. En la evolución, toda adaptación tiene una función y el movimiento sirve ante todo como una huida ante el dolor, entre otras cosas. Si las plantas sintieran dolor, ¿por qué no han desarrollado el movimiento? Aunque es cierto que algunas plantas han desarrollado un medio de defensa, esto no quiere decir que el motivo haya sido evitar la amenaza por un posible dolor o muerte, sino más bien por una cuestión de preservar sus semillas y su capacidad de reproducción.

-Sistema de comunicación. Las plantas carecen de un sistema de comunicación propio, motivo que les impide alertar a otras plantas de una posible amenaza que implicara dolor o muerte. Es lo mismo que lo expuesto arriba: si las plantas sufrieran, habrían desarrollado medios para ayudarse entre ellas ante posibles amenazas, como sí han desarrollado casi todas las especies de animales.

-Sentidos. Las plantas carecen de sentidos propios de los animales: ni ojos para ver, ni oídos para oír, ni nariz para oler, ni boca para degustar, ni tacto para tocar. Esta cuestión evidencia que las plantas carecen de sistema nervioso y por tanto de la capacidad de sentir dolor y menos sufrimiento.

-Conciencia. La carencia de estos tres elementos hace que una planta no pueda tener nada que pueda compararse a la conciencia animal. Pero la ausencia de un órgano como el cerebro lo confirman del todo.

Muchas veces se objeta que las plantas reaccionan a diferentes estímulos externos como la luz, el clima y el viento, o se argumenta a su vez que algunas plantas desarrollan mecanismos de defensa especiales frente a depredadores, hongos o bacterias, lo cual no deja de ser cierto, pero esto no evidencia que las plantas posean la capacidad de sentir dolor y sufrimiento y tampoco conciencia.

Pero aún con estas pruebas observables por cualquier mortal y avaladas por la ciencia, hay quienes siguen preguntando obtusamente dónde estaría el límite. Dicen convencidos que si es ético dejar de comer animales porque sienten, también habría que hacer lo mismo con las plantas. Uno se percata de que en su argumento no hay motivación ética alguna, resulta una autojustificación errada para poder seguir comiendo de todo. Y si lo fuera, deberían ser consecuentes, dejar de comer tanto animales como plantas -seres sintientes según ellos- y limitarse a comer una dieta frugívora.


El argumento de la carne ancestral

A menudo se escucha que los seres humanos llevamos comiendo carne toda nuestra existencia. Este argumento es falso por varias razones:

En primer lugar, el ser humano no desciende de animales carnívoros ni omnívoros, tampoco de hervíboros. El ser humano desciende de animales frugívoros. Por tanto, los primeros homínidos eran recolectores de frutos y excepcionalmente comían animales muy pequeños.

En segundo lugar, las migraciones constantes y las condiciones ambientales adversas pudo motivar una disminución de los frutos que sustentaban a los hombres primitivos recolectores y esto motivó a su vez que algunos grupos de humanos se vieran obligados a alimentarse de la carne de animales más grandes, pero al principio ni podían ni sabían cazar, por lo que eran más bien carroñeros.

En tercer lugar, al cabo de miles de años de carroñear algunos grupos de humanos empezaron a cazar, pero este hecho es más bien tardío en la evolución humana: las pruebas sugieren que ocurrió sólo en los últimos milenios del paleolítico. Con el paso del tiempo, los grupos de humanos que se vieron obligados por las circunstancias a practicar la caza, pudieron perfeccionar sus técnicas y con el tiempo descubrir la domesticación.

Es cierto que llevamos muchos milenios comiendo carne pero las pruebas antropológicas nos confirman que fue un hecho motivado por las circunstancias. Con todo, el hecho de que algo se lleve haciendo muchos años no justifica por ello que deba seguir haciéndose si conlleva problemas de tipo moral.


El argumento de la salud

Las proteínas constituyen un nutriente esencial en nuestra dieta, al igual que otros, pero ello no quiere decir que tengan que provenir de la carne. Muchos vegetales las tienen en cantidad suficiente para cualquier ser humano. Si no, millones de vegetarianos en la India y en otros tantos países del mundo no hubieran sobrevivido. El motivo de que se le haya dado tanta importancia a este nutriente más que a otros no es en absoluto arbitrario, pues existen fuertes intereses comerciales detrás, pero como tantos otros mitos que se han difundido durante años, resulta insostenible. Numerosos estudios de expertos en nutrición atestiguan que las proteínas vegetales son igual de válidas y sanas que las proteínas animales y dicen más, las dietas con poca o nada de carne y pescado son a menudo más saludables que las dietas omnívoras comunes.


El argumento de la opción personal

Aún refutados tres de los argumentos más comunes, muchas de estas personas continuarían en su cerrazón diciendo que aún así, su decisión y deseo de comer carne debe ser respetado porque se trata de una opción personal. No pueden estar más equivocados. Comer carne no puede tratarse de una opción personal en la medida en que dicha opción está fundada en la violencia sistematizada, la esclavitud y la opresión de millones de seres con capacidad de sentir y sufrir; por tanto existe un problema moral grave que nadie debería tolerar y todo el que lo hace es por presión social y engaño. Es la acción de comer carne la que no debe respetarse en la misma medida que no se debe respetar toda acción basada en la violencia y el abuso, y es precisamente esto lo que denuncia todo defensor de los animales. Se respeta al individuo en sí pero no sus acciones si las mismas contribuyen a la violencia y la opresión injustificada de terceros.