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29 de noviembre de 2016

Ecologismo y veganismo van de la mano

Muchas personas de hoy en día están empeñadas en marcar diferencias donde no las hay. Un ejemplo se da en dos movimientos que se consideran en auge desde hace unos años o incluso décadas. Dos movimientos que reaccionan ante consideraciones no estrictamente humanas y que ideológicamente abarcan un terreno muchísimo más amplio como es la peotección de la naturaleza en la que también se incluiría al ser humano como especie. Portadores de teorías como la defensa y protección del medioambiente uno y la defensa de los derechos animales el otro, ambas formas de defensa que a priori puedan ser distintas no son más que la parte integrante de un todo. Porque al fin y al cabo, ¿qué es el medio ambiente si no la naturaleza y qué es la naturaleza si no la conjunción en equilibrio de todas sus formas de vida? Y por otro lado, ¿qué son los animales si no una parte esencial de la vida natural?

El primer error parte posiblemente de una mala interpretación de esta cuestión objetiva, que con el tiempo deriva en reacciones subjetivas que son las que marcarán el rumbo del movimiento y posterior desvirtuación. Así surge el movimiento ecologista, el cual cometió el error de olvidar una parte esencial de su cometido en honor a la teoría que portaba. Mientras su labor se centró en cuestiones como el calentamiento global, el agujero de la capa de ozono, el problema de la contaminación del aire y la tierra, el envenenamiento de ríos y mares, el agotamiento de los recursos naturales, etc., desde sus inicios se hizo con un enfoque únicamente antropocéntrico, es decir, se abordaban estos problemas en defensa exclusiva del ser humano y su futuro y no en defensa de la propia naturaleza. Y es por esto que el ecologismo oficial, omitiendo su cometido inicial, es antropocéntrico en casi todas sus formas, solamente se preocupa de estos problemas porque amenazan la vida humana en la Tierra, no por defender la naturaleza como un bien en sí mismo que se debe salvaguardar. En consecuencia, los animales nunca contaron en la defensa del ecologismo, salvo aquellos que se catalogaban como “especies en peligro de extinción”, pero éstos tan solo eran unos pocos pues no podían abarcar a todos dado el creciente número de especies que entraban en esa catalogación. Así se preocupaban de las ballenas, las focas o el lince ibérico, pero ¿y qué pasa con el resto de animales dignos de preocupación?

¿Por qué el ecologismo oficial nunca se preocupó del resto de animales en peligro, no de extinción sino de vida? Es obvio, porque ese “tipo de ecologismo” se preocupaba solamente de las especies y no de los individuos que las componen, algo a lo que llaman conservacionismo y otros, no menos acertadamente, especismo. El ecologismo se interesó por la conservación de especies en peligro de extinción y no de los individuos, un peligro que se ha dado exclusivamente por causa humana y no natural: ni las ballenas ni los linces ni el lobo ibérico estuvieron jamás en peligro antes de que el ser humano invadiera su territorio y redujera su población; (es más, se advierte cierta dosis de cinismo -además de especismo- cuando se prioriza en ciertas especies salvajes sobre otras que o bien ya han desaparecido y ni se les recuerda o bien pertenecen a categorías menos espectaculares o agradables como insectos o peces).

Pero no es el propósito de este artículo echar por tierra el conservacionismo de especies, pues analizado en profundidad éste no carece de sentido y lógica, siempre que se defienda en pos de la naturaleza y no exclusivamente del ser humano; sin embargo, el ecologismo debería preocuparse en su totalidad no solo de las especies en peligro de extinción, sino también de sus individuos, aunque éstos no estén en esta situación. Al fin y al cabo, tan atropello natural es el hecho de la destrucción de ecosistemas enteros con la consecuente destrucción de especies como la opresión histórica de animales para beneficio humano -cuyo eufemismo sería domesticación-, hecho este último que también ha creado a lo largo de la historia la desaparición de especies salvajes en detrimento de especies domésticas. Es esta la característica moral que también debería incluirse en toda forma de protección a la naturaleza.

En base a esto el ecologismo oficial sí que tendría razones sólidas para incluir a las especies domésticas en sus programas de la misma forma que se interesa por las especies salvajes. Su pretexto sería que los animales domésticos nunca estarán en peligro de extinción por su propia condición de domésticos, pero la respuesta es que dado que estos animales fueron en su momento sometidos y transformados con los años en seres que nada tenían que ver con su estado salvaje, esto quiere decir que esta condición ha sido impuesta por el ser humano en contra de su voluntad y por tanto en contra de la naturaleza. El hecho de que sean domésticos y de que no se encuentren en peligro de extinción no quita que sean todavía parte de la propia naturaleza.

Por lo tanto, “un ecologismo que buscara la verdad” debería defender la naturaleza contra los continuos atentados humanos y dado que los animales domésticos son todavía parte de la misma, el ecologismo debería defenderlos por igual. Con todo, este interés no debería sustituir en la práctica el interés por el conservacionismo de especies.

En el lado opuesto y a pesar del desafortunado olvido del movimiento ecologista por los animales domésticos, quienes defienden el veganismo como forma de lucha deberían tratar de entender esta cuestión en vez de rechazar de plano el ecologismo aduciendo que ambos movimientos persiguen objetivos distintos, pues no lo hacen, como se pretende demostrar. Ambos movimientos deberían luchar por todos los animales en general como parte esencial de un todo independientemente de si están en peligro de extinción o no lo están, de si son salvajes o domésticos, de si están oprimidos o si viven en libertad.  

Sin embargo, en la práctica la tendencia del movimiento por el veganismo o por los derechos de los animales camina en otra dirección. El hecho de englobar la lucha por la liberación de los animales oprimidos dentro de otras luchas sociales como la emancipación de la mujer o las minorías raciales no es ni acertado ni oportuno, ya que son más las divergencias que convergencias. Por el contrario, los animales domesticados siguen siendo parte de la naturaleza, pues todos sabemos que aún conservan gran parte de sus instintos salvajes y su liberación sería la primera etapa para volver hacia un estado salvaje futuro. De ahí que resulte más coherente hablar de liberación animal antes que igualdad.

Con esto queremos decir que los animales domesticados, a pesar de llevar miles de años domesticados, están mucho más cerca de su estado natural que de su estado humano, por eso tendría más sentido incluirlos en la defensa de la naturaleza que en luchas estrictamente humanas. Es más, la comparación que muchas veces se hace con este tipo de luchas carecen de sentido y fundamento, pues animales y humanos recorremos una gran distancia en materia de evolución. Por supuesto, nuestras necesidades estrictamente fisiológicas son prácticamente iguales -tal vez diferimos en cuestiones culturales- y por eso se denuncia su lamentable situación de opresión o su uso como recurso; pero no debemos confundirnos, el objetivo sería devolverles a su estado salvaje y a una vida en libertad lejos del ser humano, incluidos los animales de compañía, a pesar de que gocen de una mejor situación que los animales destinados únicamente para consumo humano.

Es evidente que en la práctica este proceso duraría muchísimo tiempo, al igual que la propia abolición de todas las formas de opresión hacia los animales, pero esto es algo secundario, lo importante es que esta consideración contribuiría satisfactoriamente a dejar claro cuál es el objetivo final y en qué orden de cosas está encuadrado. La liberación de los animales oprimidos y su posterior vuelta a la naturaleza estaría enmarcada en una lucha más amplia que incluiría la liberación de la Tierra de la transformación y destrucción humana, y aunque suene paradójico, incluida la propia especie humana, que a pesar de su cerrazón por convertirse en un ser exclusivamente artificial preso de sus ideas materialistas, no puede negarse que tenga su origen en la naturaleza y que por tanto forme parte de ella, al menos todavía, pues su vertiginosa transformación hacia un mundo futuro desconocido amenazan la razón de ser de su propia naturaleza..

Así pues y a modo de resumen, es importante dejar claro que ambos movimientos defienden cuestiones que son partes integrantes de un todo mayor que las engloba y que por tanto en el fondo podría decirse que son iguales. Pero para ello, deben abandonar sus prejuicios que les hacen caminar por direcciones erradas y que les impide ver la esencia de aquello por lo que están luchando. Un movimiento que defendiera la naturaleza salvaje como un bien en sí mismo englobaría la lucha por la liberación de todos los animales oprimidos y a la vez la lucha en defensa de la ecología contra los atentados humanos, y como tal sería un movimiento más coherente, más efectivo y más fuerte.

26 de julio de 2014

Carne es esclavitud


No deja de ser preocupante que las prácticas esclavistas continúen hoy en día tan vigentes o más como en el pasado, pero como están reducidas a los animales no humanos no son tomadas en cuenta por casi nadie, lo que lleva a afirmar de forma tajante que la esclavitud sistemática hacia los animales no existe. Incluso en el caso de que la sola mención de la esclavitud hacia los animales venga a perturbar la “ficción en la que vive la mayoría de la gente” resulta ser justificada en muchos casos por la visión antropocéntrica de que “los animales están en el mundo para servir a los humanos, porque además, así ha sido desde siempre”, como si los animales hubieran nacido con ese fin. Ante la objeción de que no todos los animales domesticados son usados como esclavos, sino que algunos son amados y respetados como los perros y cada vez más los gatos -al menos en la teoría-, para evadir el problema y salir del paso se suele utilizar el recurso de la consideración selectiva que no deja de ser una explicación igual de antropocéntrica que la anterior: “mientras que unos animales nacieron para ser amigos de los humanos otros lo hicieron para ser comidos”.

Mal que les pese a todos los que se han visto en situaciones como éstas que juzgan de algún modo nuestra forma de considerar a los animales, la esclavitud hacia ellos no solo es un hecho real, sino que es una práctica deleznable justificada por cuestiones de discriminación hacia especies diferentes (especismo) o de arrogancia de superioridad humana (antropocentrismo). Pero el problema principal de esta cuestión no es la justificación que se le da mayoritariamente en las pocas ocasiones que aparece el debate, sino que la esclavitud sistemática hacia los animales es un hecho oculto por casi todo el mundo porque precisamente es una verdad molesta, incómoda, una verdad que nos juzga y nos pone en entredicho. Sin embargo, el propio hecho de que estas prácticas permanezcan ocultas por los medios de comunicación por fuerza ha de significar algo.

También es significativo el hecho de que el ámbito en donde se dan más prácticas esclavistas es en el de la alimentación, en especial en el consumo de carne, leche y huevos, puesto que no deja de ser casual que un gran porcentaje de la población mundial que rechaza el maltrato animal, el uso de animales para pieles, la experimentación o los espectáculos con animales, justifica y apoya sin embargo el uso de animales para comer, sabiendo que dicho ámbito explota, esclaviza y asesina a miles de millones de animales al año en todo el mundo, independientemente del relativismo cultural y religioso. No estamos diciendo que en otros ámbitos como el que representa la industria peletera o las industrias que realizan experimentos científicos con animales no se den prácticas esclavistas, sino que la de la industria cárnica es inmensamente mayor en cifras, en grado de esclavismo, violencia y a buen seguro en nivel de sufrimiento. Por lo tanto, debemos recordar que carne no solo es asesinato, es ante todo holocausto, y como titula el artículo, también es esclavitud.

El procesamiento de la carne, además de ser algo oculto por parte de la industria cárnica y de los medios de comunicación colaboradores, está clarísimamente basado en prácticas esclavistas ampliamente probadas y grabadas por varias organizaciones de defensa de los animales. Dichas prácticas comienzan desde el nacimiento de cada animal hasta que son enviados al matadero para su asesinato. En el transcurso de su corta vida, los animales son expuestos ante las más lamentables condiciones de vida, encerrados en jaulas miserables, hacinados, humillados y separados de sus crías a los pocos días de nacer, mutilados para evitar que entre ellos se causen heridas, obligados a engordar lo más rápidamente posible para ser enviados al matadero y ofrecer a las empresas del sector el mejor rendimiento y el máximo beneficio.

A pesar de que dentro de las numerosas prácticas esclavistas que se dan en los diferentes procesos de alimentación animal, sin duda, hay algunas que repugnan por su extremada crueldad como puede ser la de la penosa obtención del foie-grass de los gansos, y que ya ha sido prohibida en algunos países. Esta práctica deleznable y despiadada, que a ojos de muchos consumidores refleja un extremo de crueldad despreciable, tiene básicamente el mismo objetivo de alcanzar el máximo rendimiento de cada unidad de producción (llamados así a cada vida animal). Sin embargo, no deja de ser una práctica demostrable de esclavitud como la que puedan sufrir cerdos, vacas, ovejas o gallinas.

Si hablamos de esclavitud hacia los animales no tenemos la necesidad de hacer comparaciones con la esclavitud que sufrieron durante la historia algunos grupos concretos de humanos, ya que hay claras diferencias esenciales que las distinguen. En primer lugar, la esclavitud humana se ha basado en el beneficio de la servidumbre y el trabajo forzado, por lo que no tiene que derivar en holocausto, mientras que la esclavitud hacia los animales ha tenido siempre como objetivo su consumo por ser considerados seres de otra especie a la humana y porque el canibalismo ha sido rechazado en prácticamente todos los pueblos de la historia. En consecuencia, la práctica esclavista hacia los animales que forzosamente siempre acaba en asesinato, ha derivado en holocausto al haberse convertido en una inmensa industria que debe alimentar a miles de millones de personas en todo el mundo.

Esta clarísima diferencia de base marca una gran diferencia e inclina la balanza negativa hacia los animales porque no solo son condenados a esclavitud sino a asesinato justificado socialmente por cuestiones supuestamente culturales, que analizadas objetivamente no dejan de ser mitos infundados como el de “siempre hemos comido carne” o “la carne es salud” y que están empezando a ser desmontados por aquellos que valoran la verdad por encima de cualquier consideración, además, por supuesto, del respeto por la vida ajena y de acabar con el sufrimiento innecesario.

Hallamos otra diferencia fundamental en el proceso de liberación, que si bien en la esclavitud humana ha durado siglos y ha concluido con la absoluta prohibición de la práctica esclavista -al menos física- en casi todo el mundo -y a pesar de que ilegalmente aún existe- es común encontrar documentos que atestiguan que en épocas y lugares diferentes muchos esclavos podían mejorar sus condiciones de vida a lo largo de su injusta condena e incluso otros muchos podían llegar a  liberarse concediéndoles los amos la manumisión. Cualquiera de estos dos hechos son del todo inconcebibles en la esclavitud sistemática hacia los animales, cuyas escasas mejoras que se les conceden se limitan al ensanchamiento ridículo de las jaulas de cautiverio y que se suele hacer por cuestiones de falsa humanidad y lavado de conciencia hacia los consumidores.

Aunque la práctica esclavista hacia los humanos fue durante muchos siglos una práctica legal, justificada e incluso valorada por las clases sociales pudientes, la que sufren los animales no solo es legal, sino que se ha convertido en una poderosa industria que contribuye directamente a perpetuar el sistema económico de rapiña actual y que cuenta además con el beneplácito de millones de consumidores, incluso de aquellos que supuestamente dicen estar en contra de dicho sistema. Así, las grandes empresas del sector cárnico como KFC, McDonalds o Burger King son los principales estandartes de la esclavitud, disfrazada a menudo por pseudocampañas publicitarias que buscan el consuelo de los consumidores, pero que ingenuamente demuestran que “si tanto disfrazan es que algo malo esconden”. Además de prácticas esclavistas contra los animales, estas multinacionales son denunciadas -quizás no suficientemente- por sus siniestros atentados contra el medioambiente y contra la salud de los propios consumidores a los que incita.

Algunas personas han propuesto que, ya que el problema principal es la forma en que tratamos a los animales, la solución estriba en abolir las prácticas esclavistas, sin abolir su encierro, pero la pregunta sería: ya que la base del sustento de la industria cárnica, lechera y de los huevos se halla en el máximo rendimiento mediante el engorde del animal para alimentar a la inmensa mayoría de la población mundial, ¿cómo podría hacerse esto sin tener que aplicar a los animales prácticas esclavistas? Sencillamente no se puede ya que los animales siguen siendo recursos. Es decir, la única forma que se podría llegar a esto es en el caso de que se diera un drástico descenso del consumo de carne en todo el mundo, algo que acabaría rápidamente con la industria cárnica y lógicamente con la cantidad de animales usados para alimento. En este caso, ¿qué sentido tendría seguir criando a unos pocos animales para alimentar a unas pocas bocas?

Con todo, debemos aclarar por otra parte que la esclavitud hacia los animales, que sin duda se refiere a la forma en que son tratados, dejando a un lado la cuestión de si deben ser tratados, no debe de ser óbice para el cuestionamiento principal de si tenemos derecho a usarlos como recursos, algo que irremisiblemente ha evolucionado de la domesticidad más primaria a las deleznables prácticas esclavistas de hoy, y a los hechos nos remitimos. Aún en el todavía lejano caso de que se abolieran las prácticas esclavistas porque ha descendido el consumo de carne, seguiríamos preguntándonos ¿por qué seguir alimentándonos de carne o productos derivados de los animales sabiendo que no es necesario hacerlo? o ¿por qué no liberar de forma definitiva a los animales domesticados y darles la oportunidad de una vuelta a la naturaleza que en su día se les arrebató? Al fin y al cabo, el acto de la domesticidad que luego derivó en esclavitud es un acto de invasión, dominación, engaño, selección, violencia y degradación.

No puede haber un mundo futuro humano diferente que continúe perpetrando la violencia y la esclavitud hacia millones de animales, y si lo hay, forzosamente seguirá siendo falso e indigno. La liberación animal en todos sus sentidos y su posterior protección para su vuelta a la naturaleza es sin duda un paso más que debe darse hacia la transformación social de la humanidad y su posible integración en el medio natural.


24 de abril de 2014

Un libro esencial


Aunque no suelo publicar entradas dedicadas a libros, con éste he de hacer una excepción, pues como dice en su prólogo, no es un libro importante, sino crucial para el curso de la humanidad.

Por fin alguien ha puesto nombre a la ideología que defiende masivamente el consumo de carne en todo el mundo: el carnismo. Una ideología que permanece invisible a casi todos, que no es reconocida y que quiere perpetuarse a costa de la violencia, de un brutal régimen esclavista y de un sistema de opresión que además ha superado ya con creces los mayores holocaustos humanos de toda la historia. Este libro argumenta de forma estudiada y pormenorizada las raíces del consumo de carne y sobre todo porqué seguimos haciéndolo, los intereses que hay detrás y las defensas injustificadas de los consumidores. Aborda de forma excelente las contradicciones en las que caemos al cuidar a unos animales y comernos a otros, los prejuicios culturales que apoyan esta dicotomía y los mitos más importantes que mantienen todo el sistema en pie. Además, aporta testimonios de cómo funciona por dentro el sistema de producción de carne incluyendo numerosas entrevistas y testimonios de quienes lo sustentan.

Desde este blog consideramos imprescindible la lectura de este libro, dirigido a todos los públicos, ya que forma parte de un cambio universal que aboga por un cambio necesario para todos los seres vivos del planeta y para el propio planeta, gravemente amenazado por el virus de la humanidad. No debe haber diferencia de especie, al igual que no hay diferencia de raza ni de sexo, ni de credo, tampoco arrogancia de superioridad ni prioridades para los humanos oprimidos, pues todos y cada uno tienen los mismos deseos de ser libres.

Por último, y no sé si por suerte o por desgracia, quiero decir que este libro ha tenido fuertes ataques en internet por los defensores más fanáticos del carnismo, en donde se han podido constatar insultos y blasfemias de todo tipo a la autora, con una falta total de respeto y de educación, y aportando pocas o nulas argumentaciones. Obviamente era algo de esperar, ya que el descubrimiento de la verdad y el deseo de libertad hace tambalear lo más profundo de las conciencias que sustentan el engranaje del sistema y la ideología que tiende a justificarlo. Estas reacciones masivas responden a la extendida irracionalidad de las sociedades de masas, contraria a cualquier cuestionamiento del status quo y de la que ya hemos advertido a menudo en este blog. Aunque por otra parte, las reacciones fanáticas, y que se pueden comparar a las de la Iglesia Católica del siglo XV contra los supuestos herejes que descubrían verdades o aquellas que repudiaban y blasfemaban a los primeros abolicionistas que reclamaban derechos para las razas o clases más oprimidas son una clarísima muestra de que la justicia y la verdad empiezan a ganar terreno y de que el sistema está construido sobre mentiras que tarde o temprano son derrumbadas por aquellas voces revolucionarias que claman libertad para todos, incluidos por supuesto los animales no humanos.

Es posible que la libertad para los animales esclavizados tarde mucho más en llegar que otros grupos oprimidos humanos, precisamente porque no son humanos, pero sin duda llegará.   


27 de marzo de 2014

Decidir por los animales

Hoy en día la adopción y tenencia de animales de compañía en las casas se ve como una posible solución al problema de los “animales callejeros”. Pero, ¿realmente lo es? Si lo vemos desde la perspectiva de las posibles molestias que puedan causar a los ciudadanos parece que sí lo soluciona, aunque solo en parte porque los principales animales de compañía que son los perros deben seguir saliendo a la calle para cumplir parcialmente con algunas de sus necesidades naturales, siempre bajo la vigilancia de los dueños y sin causar molestias al resto de paseantes. Hasta aquí podríamos estar de acuerdo.


Veámoslo ahora desde la perspectiva de los propios animales y la cosa no estará tan clara, pues al fin y al cabo y por mucho que un animal casero esté en mejores condiciones que un animal callejero, al menos en cuestión de su propia seguridad, ninguno de estos animales ha tenido la oportunidad de decidir dónde y cómo quiere vivir. Lógicamente debemos decir que el contexto actual no le da muchas opciones, y es precisamente por esto por lo que a lo largo de miles de años su mundo natural se ha visto reducido por culpa de la civilización y su cercanía a los humanos ha sido impuesta, por lo que se han quedado sin opciones. Pero si lo analizamos más concienzudamente vemos que durante toda esta larga cantidad de años se han tomado miles, sino millones de decisiones en torno a estos animales y en general hacia todos los animales domésticos, desde su domesticación más primaria hasta la modificación genética, pasando por la formación en rebaños, su elección de uso, su amansamiento, la división en razas, o su selección artificial. Todas y cada una de estas decisiones han sido exclusivamente humanas y esto se traduce por una limitación de sus opciones de vida.


Pero hagamos una pequeña digresión: ¿pueden los animales decidir por sí mismos? Si tenemos la certeza y esto nadie lo puede negar, de que los animales domésticos fueron un día animales salvajes que desarrollaban sus necesidades primarias en plena naturaleza y en armonía con ella, debemos afirmar que al menos estos animales gozaron alguna vez de capacidad de decisión propia hasta que la especial evolución de un grupo, los animales humanos, utilizaron su creciente inteligencia para anulársela y transformarlo en esclavo. Por tanto, se puede decir que un animal salvaje tiene más opciones de decisión que un animal doméstico en tanto aquél continúa en libertad mientras que éste ha sido esclavizado y su capacidad de decisión reprimida a lo largo del tiempo. El hecho de que un animal doméstico no pueda decidir por sí mismo es por su condición únicamente de esclavitud (animales como recursos) o tenencia vigilada (animales de compañía o animales caseros) y no por otro hecho. En cuanto la condición de esclavitud se redujera empezaría a recuperarse su capacidad de decisión.


Así las cosas, cualquiera podría decir que un animal doméstico no podría sobrevivir en estado salvaje, pero ni falta que le haría en tanto el período de transición hacia la vida salvaje sería probablemente tan largo como ha sido el contrario. Aún así, no es esto lo que nos preocupa en este artículo, sino el hecho de que debemos afirmar que la domesticidad tan solo es un estado de anulación de voluntad animal o esclavitud que ni mucho menos niega la capacidad de decisión de los animales dotados de alma o conciencia. Por descontado, no discutiremos aquí tampoco si los animales tienen o no tienen alma puesto que no dudamos de ello (en este blog hemos dado ya suficientes argumentos que demuestran que los animales poseen alma).


Volviendo a la cuestión principal y centrándonos únicamente en los animales domésticos, que son sin duda los que poseen menos opciones de decisión, es fácil deducir que a mayor grado de domesticidad o esclavitud, menos opciones de decisión y así, los animales de compañía como los perros o los gatos, gozan de una mayor capacidad de decisión que el resto, siendo los primeros en la pirámide en cuanto a trato recibido por los humanos. Las diferencias abismales en cuanto al trato recibido entre los primeros y los últimos de la pirámide -los animales como recursos- guardan relación con el uso que se les ha dado en la historia aunque no en todos los lugares del mundo han sido siempre utilizados de la misma manera. Al margen de las diferencias culturales y religiosas, el uso de animal de compañía -porque no deja de ser uso- otorga a estos una mayor calidad de vida por lo general dependiendo del dueño que le haya tocado, mientras que el uso como recurso, que son la mayoría (vacas, cerdos, ovejas, cabras, gallinas, pollos, caballos, toros, camellos, etc.) están condenados a una vida de esclavitud y enorme sufrimiento incluso hasta en el momento de su muerte. Cabe decir que hay animales como los conejos que son usados tanto como recurso como animal de compañía.


Tantos unos como otros, los animales siguen siendo sometidos a nuestros deseos y exigencias. En el caso de los animales como recurso, el sometimiento es brutal, su capacidad de decisión es nula puesto que ha sido totalmente sustituida por las innumerables decisiones humanas que aún hoy en día continúan afectando a su esencia comportamental, anatómica y genética. El lugar donde nacen, malviven y mueren está intencionadamente alejado de las grandes poblaciones y los métodos empleados son ocultados al público y a los medios de comunicación para que no se sepa la verdad. No se tiene en cuenta su capacidad de sufrimiento ni su capacidad de decisión y la consideración general hacia ellos es de absoluta indiferencia.


En los animales de compañía, el sometimiento se ha relajado más, son mejor considerados y se tiene en cuenta su capacidad de sufrimiento, pero en absoluto su capacidad de decisión, ya que estos animales siguen siendo sometidos al proceso de vida humana social. Se decide el lugar en donde van a vivir, la compañía que tendrán, su alimentación, el deber de ser castrados como un “mal necesario”, las horas para salir a hacer sus necesidades y a jugar, e incluso el falso convencimiento de interpretar sus sentimientos cuando en el fondo son tan distantes que jamás podremos ni siquiera intuirlos. Tras años de esfuerzo por sacar a los animales de su hábitat y de modificar su esencia solo para satisfacer nuestra sed de dominación, incluso los animales que supuestamente viven mejor y sufren menos están sometidos a nuestros deseos de forma egoísta.


A menudo se fomenta la adopción de los animales de compañía para acabar con su tráfico y abandono, pero la adopción no es más que un mal menor que sirve para calmar las conciencias y potenciar el egoísmo humano frente a los animales sometidos a nuestros deseos. Pese a lo que se diga, ni un piso es un lugar idóneo para un perro o gato ni el pienso industrial su alimentación natural. Y a pesar de que muchos dueños se esfuerzan a diario para darles todo su cariño, las condiciones de vida acelerada, el hacinamiento de las ciudades y la falta de tiempo de las personas en una sociedad de masas no podrán ser nunca compatible con las necesidades de ningún animal doméstico de compañía.


Una solución para devolver a los animales domésticos su capacidad de decisión y que tenga en cuenta sus intereses en vez de los de los humanos, pasa exclusivamente por su desadaptación a las exigencias humanas y por tanto su vuelta a la naturaleza, sea ésta de la forma que sea y tarde el tiempo que tarde.