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12 de junio de 2017

La invasión de los coches (mil millones de vehículos en el mundo)

El vehículo privado representa todo un símbolo para las sociedades modernas y de hecho podría afirmarse que ostenta con diferencia el mayor grado de valor del conjunto de la sociedad moderna, en torno al cuál se ha forjado una inmensa cultura en apenas unos decenios. Del lado de la industria y el lobby automovilístico el vehículo privado aporta señales constantes de bienestar económico, tecnológico y laboral, definiéndolo ellos mismos como el motor de la economía. Para los consumidores o la sociedad en general el coche aporta mucho más que una utilidad práctica: es señal de clase, valor, riqueza, indicador económico, poder, libertad e independencia. Así pues, no es de extrañar que la industria automovilística sea en la actualidad una de las más poderosas e influyentes del mundo, augurada por un crecimiento constante del parque total de vehículos. A partir de aquí entramos en materia con el objeto de desgranar con detalle lo que se esconde detrás de esta industria.

Efectivamente el parque automovilístico supera ya los mil millones de coches (en adelante hablaremos de coches en vez de vehículos, dado que el símbolo del vehículo privado es el coche), concretamente se han superado los 1.200 millones de coches en todo el mundo (aunque esta cifra incluye otro tipo de vehículos como camiones usados con fines exclusivamente de transporte de mercancías, la inmensa mayoría son coches).

De los principales países del mundo, se puede decir que EEUU ostenta el récord de más coches por habitantes (más de 300 millones de coches en total, lo que casi supone uno por habitante). China es el país que más coches fabrica, por tanto el que más crecimiento tiene anualmente, con más de 25 millones cada año y subiendo (aunque por su enorme población de 1.400 millones de personas apenas tiene una densidad de uno por cada diez habitantes: unos 150 millones en total). India le sigue muy de cerca en crecimiento y en número total. En cuanto a los demás países sorprende que España sea uno de los primeros países europeos en crecimiento (de 2 a 3 millones por año, rondando ya los 30 millones) y que Italia sea el primero en densidad (más de un coche por cada dos habitantes, aunque seguido de cerca por el resto de países europeos como Alemania y Francia). Cifras por supuesto aproximadas y extraídas de fuentes de internet no siempre fiables. Pero lo que de verdad importa es que hay en el mundo más de 1.200 millones de coches en circulación, que cada año esta cifra aumenta en unos 80-100 millones y que dicha cifra aumenta a su vez cada año y que de seguir la tónica supondría superar los 2.000 millones en unos 15 o 20 años y los 4.000 millones para el año 2.050, aunque lógicamente estas cifras están sujetas a ciertas variables que podrían darse como un empobrecimiento de la clase media o un más que posible colapso de la sociedad.

Lo más increible de estas cifras es el ritmo de crecimiento de coches en todo el mundo. Aunque en internet no se encuentran datos muy precisos, al parecer se fabrican y venden unos 80 millones de coches al año y que en unos cinco años esta cifra pueda llegar a los 100 por el incremento que se está dando en países emergentes como China, India o Brasil. No obstante estas cifras no indican el incremento real del total de vehículos en el mundo ya que no cuentan las bajas, un dato que ha sido imposible averiguar. Pero si nos ponemos a suponer que el número de bajas está en la mitad de altas, es decir, unos 40 millones, podemos suponer un incremento de 40 millones al año, lo que supondría superar los 2.000 millones en unos 20 años, siempre y cuando la economía se mantenga estabilizada, algo cada vez más improbable dada la tendencia de la sociedad globalizada hacia un cada vez más cercano agotamiento de los recursos.

Para que los coches puedan circular no solo hace falta una poderosa industria que los fabrique y los venda. A la industria que fabrica coches hay que unirle la industria del petróleo, cuyo objeto principal de su producto es este medio de transporte, y además una parte de la industria de las obras públicas, dado que para que millones de coches puedan circular hacen falta miles de carreteras. Por supuesto, no es necesario decir que todas estas industrias están claramente relacionadas. Y cada una de ellas deja una huella ecológica inmensa. Dejando al margen la industria petrolífera que abarca un campo más amplio de actuación y que abastece a otros medios de transporte, es importante centrarse en la relación entre las obras públicas y la industria del coche. 

Los gobiernos gastan una enorme suma de dinero en la red de carreteras y autopistas necesarias para que millones de vehículos puedan circular. El ritmo creciente de coches en circulación ha obligado a construir muchas más carreteras. Y como dicho crecimiento ha afectado sobre todo a las ciudades, grandes poblaciones y sus periferias, supone que la intensidad del tráfico sean una consecuencia lógica, ya que la construcción de carreteras está afectada por un límite espacial y sin embargo la venta de coches aumenta sin que ninguna barrera se interponga. La acumulación de coches en las principales carreteras de entrada y salida de las ciudades, así como las circunvalaciones, provoca embotellamientos y atascos kilométricos en muchas zonas urbanas todos los días laborales. Dado que la inmensa mayoría de coches son conducidos por una sola persona y dado que la inmensa mayoría de personas tienen los centros de trabajo lejos de sus casas, la intensidad del tráfico en las horas punta es inevitable. 

Por tanto en las ciudades y sus alrededores se produce la mayor concentración de coches y de contaminación de CO2 a la atmósfera, pero el tráfico afecta también a largas distancias nacionales y transnacionales a diario de vehículos de mercancía así como conductores en busca de placer en época vacacional, lo que obliga a la construcción de miles de carreteras secundarias que conectan las grandes ciudades con las zonas costeras más demandadas, así como zonas de turismo rural. El transporte de mercancías transnacional supone que miles de camiones recorran a diario autopistas y carreteras para transportar productos a lugares que distan miles de kilómetros con el consiguiente gasto de energía y más contaminación, en vez de favorecer la producción local para evitar tanto desplazamiento. Pero es evidente que el sistema económico es quién ha posibilitado que esto sea así, potenciando que los medios de transporte sean cada vez más rápidos y eficientes.

A nivel social la industria del coche ha creado una influencia brutal sobre las personas, invirtiendo para ello altísimas sumas de dinero en publicidad, aprovechando la supuesta necesidad de transporte privado en las ciudades crecientes pero al mismo tiempo creando toda una cultura en torno al coche que parece ahora indispensable para el buen funcionamiento de la economía y el bienestar de la sociedad. Cualquier persona puede acceder a un coche utilitario para moverse por la ciudad a un precio asequible pero al mismo tiempo la diversidad de marcas y tipos de coche hacen que las diferencias de precio sean significativas, un hecho necesario para fomentar la pertenencia a una clase superior por tener un coche mejor y más nuevo además de la envidia que afecta a quién no lo tiene aún. Los diseñadores de coches estudian continuamente las necesidades de los consumidores y adaptan sus nuevos modelos a las mismas. A veces una simple innovación en un modelo o una nueva campaña publicitaria hace subir las ventas de forma considerable, lo que provoca que ambas partes queden satisfechas. Nada más engañoso porque este continuo nunca tiene fin, y tan pronto están satisfechas como insatisfechas, lo que promueve más compras en un intervalo de tiempo menor, algo que la propia obsolescencia del producto también ayuda, pues es sabido que esta norma es esencial para que el sistema económico de oferta y demanda pueda seguir funcionando.

Todo esto permite que la industria automovilística sume cada año pingües beneficios -a pesar de la crisis del 2008 que hizo que las ventas se estancaran, en 2015 han vuelto a subir-, dando trabajo a menudo estable a millones de personas y que a su vez actúe de motor para el resto de sectores económicos que de alguna forma dependen de ella. Sin embargo, debemos decir que todo esto tiene un coste social que no es tenido en cuenta por casi nadie. El uso del coche en la ciudad se hace universal, hasta el punto que muchas personas hacen de él su forma de vida y no pueden separarse de él. Algunas ciudades de EEUU están diseñadas exclusivamente para el tráfico rodado y permiten de forma normalizada que los ciudadanos hagan toda su vida en el coche cuando no están en el trabajo o en casa, contribuyendo decisivamente al sedentarismo de gran parte de la población. La costumbre antinatural de la velocidad se hace una constante en las nuevas generaciones que ya han nacido en un mundo infectado de coches por todas partes, hasta el punto que mucha gente se vuelve adicta a ella y no sorprende que sea la causa número uno de los accidentes de tráfico. El estrés y los nervios que provocan los atascos es una tónica general a la que se acaba acostumbrando todo conductor y que nadie es capaz de poner solución alguna. El resultado es que muchos conductores tienden a una considerable agresividad al volante.

Los accidentes de tráfico cuyas causas principales son los dos aspectos mencionados, es decir, la velocidad y las distracciones provocadas por estrés o agresividad, son asumidas por la sociedad y las autoridades como un mal inevitable del progreso que solo puede ser mitigado mediante campañas de sensibilización a los conductores -no siempre efectivas-. Aunque  el objetivo principal de dichas campañas es reducir el número de víctimas también lo es el de reducir el enorme gasto económico derivado de los accidentes. Sin embargo,  otra forma de ver los inevitables accidentes de tráfico en vez de daños colaterales, es como hechos incontrolados del progreso tecnológico que deja consecuencias indeseables y dramáticas, en este caso, víctimas absurdas de la velocidad que no deberían dejar su vida atrapadas entre hierros. Pero como sucede siempre, se enseña que el progreso es más importante que este hecho y como tal se reduce a un mero resultado porcentual que no afecta a que éste siga su curso. En referencia a los accidentes de tráfico cabe destacar la impactante cifra aproximada de 1,25 millones de muertos al año en todo el mundo y otros tantos millones de heridos.

Los accidentes conllevan una serie de gastos en cuestión de reparaciones a familiares por parte de las autoridades, tanto físicas como psicológicas, pero a su vez suponen la inversión de enormes sumas dinero en materia de seguridad automovilísitica para paliar dichos accidentes, algo que supone otra de las trágicas paradojas del mundo moderno, por la que unos cuantos salen beneficiados por el dolor de otros muchos. En las guerras pasa algo parecido, empresas relacionadas con el armamento y la seguridad salen siempre beneficiadas de la muerte de millones de personas. ¿Daños colaterales o crímenes del progreso?

A nivel ecológico el aumento del número de coches en circulación y de las carreteras se traduce en una pérdida y destrucción irreparable del espacio natural así como de miles de organismos que viven en él. La industria de la minería que abastece de materia prima a la indsutria del coche es una de las mayores derrochadoras de recursos, de destrucción de hábitats, erosión y desertificación de los suelos, agotamiento del agua, fomento del esclavismo infantil humano así como provocadora directa de conflictos bélicos y por tanto de desplazamiento forzado de millones de humanos. Le sigue de cerca la industria energética, en especial la del petróleo, causante de numerosas campañas militares de los países occidentales en Orienete Próximo. La otra parte negativa es la enorme cantidad de residuos que producen la fabricación de coches y que acaban en los ríos o mares, así como de partículas contaminantes a la atmósfera que mezclada con otros gases afectan cada vez más a millones de organismos incluidos los humanos, en especial los que habitan en núcleos urbanos aunque también alcanza a los que viven en zonas rurales.  

Si la parte que se refiere a la fabricación de vehículos por parte de las respectivas industrias que lo abastecen se torna inmensamente destructiva, la parte que se refiere al uso del mismo por los usuarios no le queda lejos ni mucho menos. La contaminación atmosférica es la parte que más afecta a los propios humanos receptores de dicha contaminación, pero solo es la parte más visible y últimamamente más tenida en cuenta. La consecuencia más destructiva y exterminadora de la velocidad contranatura del vehículo a motor es la muerte en carretera de millones de animales de todos los tamaños pertenecientes a numerosas especies y poblaciones. 

Tan solo en un país como España se calculan aproximadamente 10 millones de animales asesinados por los coches al año, y decimos asesinados sin ningún tipo de reparo porque la incipiente construcción de carreteras en espacios salvajes que albergaban la morada de los animales que lo poblaban para el tráfico rodado de humanos constituye uno de los mayores crímenes contra la naturaleza y al mismo tiempo una contribución nefasta a la pérdida de biodiversidad y reducción de poblaciones silvestres. Sin embargo se me antoja que esta cifra no incluye a insectos, lo que sería muchísimo más elevada. La forma en que son matados animales inocentes ajenos a la expansión de la especie dominante es cruel y rastrera porque mueren aplastados, destripados y despellejados sin que nadie se moleste en recoger sus restos en un gesto de desprecio por la vida que no debe tener parangón alguno en la historia de la humanidad, más si cabe que los otros tantos millones de animales esclavizados para comerse, pues al menos mueren por un motivo, aunque este es claramente innecesario. Los animales salvajes obligados a cruzar carreteras en su rutina de buscar alimento o socializarse con otros miembros de su especie han visto como se ha estrechado su hábitat cada vez más y las alambradas que se instalan en algunas carreteras para su supuesta protección a menudo sirven también de una muerte atroz por atrapamiento. La cifra total de animales que dejan la vida en la carretera en todo el mundo debe ser incalculable y sin duda constituye otro de los numerosos ecocidios perpetrados por el "necesario progreso humano" contra la vida natural.   

Lejos de reflexionar sobre los alcances reales del problema, algunos sectores de la sociedad empiezan a plantear posibles soluciones del tráfico rodado. Pero su motivo es básicamente que resultan muy contaminantes para los ciudadanos. No se tienen en cuenta ni el problema que se deriva de su fabricación, sin duda mucho más grave, ni las terribles consecuencias que tiene para otros animales habitantes del planeta porque en cualquier caso ambos problemas están sucediendo lejos de las ciudades. Así pues, las supuestas soluciones solo abordan problemas que atañen a los ciudadanos que además son demandantes insaciables de más coches porque la industria solo busca beneficios sin tener en cuenta los costes sociales o ecológicos. Y por ello una vez más se demuestra que este sistema está tremendamente enfermo de egoísmo incluso en el diágnóstico de algunos de sus síntomas. Pero al fin y al cabo las autoridades actúan supeditadas al enorme poder de las grandes industrias.

El desarrollo del coche se impuso como un hecho ineherente al progreso, por tanto resultó ser algo supuestamente positivo para la sociedad, sin darle la oportunidad a ésta de plantearse los costes del mismo, los riesgos de su peligrosidad y los males ecológicos derivados de su fabricación excesiva. Esto forjó una ideología que defendía el coche como un bien necesario y útil en las ciudades. Así pues, cien años después se sigue venerando al coche como un bien supremo,  en vez de plantear un debate en la sociedad sobre la supuesta necesidad del coche como símbolo de un sistema económico creciente y no como un instrumento mortal así como perjudicial para la salud humana -y animal, como hemos demostrado-, extremadamente antiecológico y derrochador de recursos. El símbolo del sistema social marcado por el materialismo y el progreso ha demostrado ser un invento maldito y destructivo, un arma que mata millones de animales, incluidos humanos (probablemente muchos más que cualquier arma al uso). 

Una vez más en este espacio no tenemos posibles soluciones para este gran problema porque de haberlas pasarían por un cambio tan radical y global que creemos de una tendencia improbable dado que chocaría con los intereses de la industria, las autoridades y los propios usuarios inconscientes del verdadero problema. Y porque además, la historia de la humanidad ha demostrado que la voluntad humana nunca ha provocado cambios de significancia alguna sino que son aspectos externos a ella los que han provocado dichos cambios. 

Tan solo la consciencia individual de las personas que se hallan en el camino de recuperar la cordura podría hacerles replantearse cosas como renunciar al uso del coche por ser un invento nefasto; decisión que formaría parte de un todo integral que cuestiona al mismo tiempo el disparatado modo de vida urbano y tecnologizado.  


14 de marzo de 2017

El progreso, un proceso contra natura

Desde tiempos remotos, el ser humano ha progresado, incluso en la larga y supuestamente estática época primitiva también lo hizo, aunque más lentamente. Todos y cada uno de los pasos que hemos ido dando han ido siempre en esa dirección y todos y cada uno de ellos han posibilitado cambios que a su vez posibilitaban más cambios. La era primitiva fue larga y lenta, los cambios se producían de forma gradual, los humanos que había eran nómadas y recolectores y eventualmente cazadores. Durante cientos de miles de años llevaron una economía básica de supervivencia, migraban con lentitud buscando mejor clima o tierras, explorando zonas vírgenes y vivían en pequeños grupos de población aislados unos de otros. Así, la población crecía muy lentamente, pero crecía, el cerebro se desarrollaba poco, pero se desarrollaba. Y aunque fuera lentamente, de alguna forma el ser humano primitivo empezaba a transformar el ambiente, como ejemplo baste decir que numerosas pruebas antropológicas sugieren que la especialización de la caza pudo motivar probablemente la extinción de grandes mamíferos del Pleistoceno como los mamuts.

Llegado el Neolítico ocurrió el primer gran cambio significativo: la economía pasó de ser de subsistencia a una economía productivista en pocos milenios, con ello cada vez más grupos se hicieron sedentarios, estableciéndose en poblados cada vez más grandes. Sin duda esto hizo aumentar la población y el contacto entre grupos, que por un lado motivó la transmisión cultural, pero por otro, trajo los primeros grandes conflictos entre clanes, que empezaban a competir por tierras, animales y esclavos. Poco a poco, pero cada vez más rápido, las sociedades se volvieron más complejas y las más grandes y avanzadas derrotaban a los grupos aún tribales, aún mayoritarios, absorbiendo a sus miembros en forma de esclavos. Así, surgieron a su vez sistemas de jerarquía cada vez más fuertes y eficaces y con ello, en poco tiempo, los grandes imperios con sus pertinentes conquistas.

El progreso estaba ya lanzado, se empezaban a formar las primeras ciudades, cunas de los primeros imperios: Sumeria, Fenicia, Mesopotamia, Persia, Egipto. Después, vendrían Grecia, Roma  y poco más tarde el Imperio español, holandés y francés. La población se contaba ya por millones en todo el mundo y el saqueo de los recursos naturales empezaba ya a hacer mella en el medio natural.

Pero no fue hasta entrado el siglo XIX cuando acaeció el segundo gran cambio significativo con la llegada de la era industrial y del petróleo, haciendo del progreso la auténtica razón de ser de la humanidad. Las ciudades se hacían inmensas, albergando a millones de individuos que formaban las primeras sociedades de masas. Los estados -naciones se consolidanan como garantes del orden y la ley, además de ejercer todo el poder sobre los ciudadanos. El trabajo en cadena preeminentemente industrial se imponía en los países post-imperialistas y la economía de libre mercado establecía el dinero como la primera razón para crecer de forma ilimitada. La población mundial se duplicaba en pocas décadas llegando a la astronómica cifra de siete mil millones de la actualidad. Es en esta época cuando el progreso se extiende y se justifica como si fuera el propósito por el cuál el ser humano ha colonizado la Tierra. Incluso se llegó a decir al princpio que el progreso traería la paz y la prosperidad a todo el mundo, acabando con la miseria y con las guerras y todavía hay muchos que así lo creen. Sin embargo, hoy, solo unos pocos pueden darse cuenta del inmenso daño que está provocando la imperante ideología del progreso y el crecimiento económico. 

El progreso no solo no ha traído  la paz y prosperidad que se prometió, sino todo lo contrario. El progreso ha creado el capitalismo, un sistema que todo lo basa en el beneficio económico ilimitado, cuyo "mayor logro" es la sobreexplotación de los recursos naturales de los países colonizados, creando en pocas décadas desorbitadas desigualdes entre las personas y condenando al hambre y los perpetuos conflictos armados a sus habitantes. Pero el progreso no solo mata por hambre o guerra a millones de personas que han tenido la mala suerte de nacer en el lugar colonizado, sino que mata indirectamente a los habitantes de los países ricos creándoles enfermedades por alimentación basura y adictiva, mediante el consumo de drogas de todo tipo, incluidas las tecnológicas o por accidentes, presentados como daños colaterales del progreso. 

Por desgracia,  el impacto negativo del progreso no solo repercute en el humano sino también en el resto de seres vivos no humanos. El progreso ha condenado a la violencia y muerte sistemática de millones de animales que se consumen para comer u otros usos, pero sobre todo para comer. Claro, cuando se prometió paz para todos, no se referían a los animales. Y por último, y sin salir del impacto en el medio natural, el progreso es el responsable directo de la destrucción diaria de miles de hectáreas de espacio natural, con las funestas consecuencias que esto tiene para millones de organismos, tanto del mundo vegetal como animal e incluso humano no civilizado. Con todo, millones de personas siguen viviendo engañadas en pos del progreso, responsables del crimen natural y paradójicamente ignorantes de que están cavando su propia tumba y la de sus futuros hijos.

Tras esta breve exposición de lo que ha supuesto el fenómeno maldito del progreso, pasaremos a argumentar porqué esta tendencia tan poderosa no solo es peligrosa y destructiva para el resto de seres vivos sino que va contra natura, es decir, se extiende en contra de la naturaleza. Para ello expondré varias premisas que lo demuestran:

En primer lugar, cabe decir que el progreso se ha forjado con los siglos haciéndose cada vez más fuerte y poderoso, embaucando a millones de humanos en su osadía. Sin embargo, en la naturaleza ninguna especie animal y menos vegetal ha desarrollado jamás un comportamiento parecido, la evolución, como ya afirmó el biólogo Stephen Jay Gould, no tiene ninguna dirección concreta, solo supone cambio, ni progresa ni retrocede, al menos en términos generales. Es evidente que el ser humano se ha salido claramente de esta tendencia con esa carrera desbocada hacia la sobreexplotación. Así pues, el progreso de la humanidad como fenómeno predominante está en claro conflicto con la evolución de las especies y la selección natural.

Otro factor contra natura del progreso es el desbocado incremento de la población humana, siendo el factor demográfico quizás el resultado más notable del mismo y que además justifica el círculo vicioso que esconde este fenómeno social. Ningún ser vivo ha crecido jamás tanto en número como para crear un desbarajuste serio en el planeta, modificando las condiciones esenciales para la vida, incuido el clima. Tan solo las bacterias y los virus podrían ser más numerosos, incluso los insectos, pero aún siendo los primeros organismos parasitarios su elevado número no provoca ni mucho menos el impacto destructivo que provoca el ser humano en la Tierra (a no ser que nuestra especie fuera considerada una clase de virus). Esto se entiende porque el ser humano en su desarrollo intelectual se ha salido de la cadena trófica natural en la que estaba inmerso cuando era más animal que humano, y si bien antes tenía depredadores que de alguna forma mantenían a raya su número, ahora carece de ellos, convirtiéndose con ello solo en depredador. Además, los animales depredadores apenas se alimentan de unas pocas especies sin modificar el ambiente en absoluto, mientras que el depredador humano se alimenta de cientos de especies diferentes transformándolo todo a su antojo, provocando con ello la destrucción indirecta de otras especies de animales y cuando no es por alimento es por decenas de necesidades superfluas. Son muchos biólogos los que hablan de esto como la sexta gran extinción masiva y a diferencia de las otras grandes cinco extinciones del pasado, es muy probable que la causa de la actual esté relacionada con el modo de vida de una sola especie, la humana.

El aumento generalizado de la media de vida es otro factor claro que va contra la naturaleza y muchos de los que lean esto pondrán el grito en el cielo.  Si lo hacen es porque son defensores a ultranza del progreso, ya que solo éste ha logrado que se vivan más años y en especial el progreso de los últimos doscientos años con el avance de la medicina convencional y la tecnología. Pero ni la medecina convencional ni la tecnología son hechos naturales sino artificiales y aumentar la media de vida bajo estos medios no tiene ningún mérito, es como hacer trampas. Por otro lado, el aumento de la media de vida ha contribuido claramente al aumento poblacional. El ser humano vive más años en general, pero ¿a costa de qué? ¿y para qué? En la antigüedad la media de vida apenas llegaba a los cuarenta años y nadie estaba preocupado por ello, a pesar de que algunos se salían de la media y podían llegar hasta los setenta u ochenta años. Solo cuando la ideología del progreso ha sido motivo de culto la gente ha empezado a preocuparse por cumplir más años, e incluso los más visionarios y alocados de alcanzar un día la inmortalidad del cuerpo. En la naturaleza ningún ser vivo ha superado jamás su media de vida ni se ha preocupado en hacerlo, porque de hecho a la naturaleza no le conviene en absoluto que algo así les sucediera a muchas especies, iría contra natura. Nuevamente solo una se ha salido de la norma general. 

Valores tan ligados al progreso como la búsqueda de  la felicidad son exclusivamente humanos, en la naturaleza nadie se preocupa de ser feliz, ni siquiera de tener una vida colmada de placeres. De hecho, hay pruebas de que lo opuesto al placer, el dolor, es un motivo mayor de evolución (no de progreso) ya que ayuda a la supervivencia y perpetuidad de las especies. En la naturaleza, los seres vivos luchan permanente y únicamentemente por estos dos factores y una especie que buscara la felcidad permanente no podría durar mucho y de hecho la única que lo hace parece querer estar buscándose un final triste y rápido. Ciñéndonos a los animales como únicos seres que podemos afirmar con seguridad que tienen conciencia, es evidente que buscan huir del dolor y en muchas ocasiones buscan estados de tranquilidad, juego y placer, pero estos estados no entran en conflicto con los estados de alerta o protección necesarios para la supervivencia. De hecho, la mayor parte del tiempo lo ocupan en buscar alimentos y en aparearse, los dos factores claves para la supervivencia y la perpetuación de la espcie. Tanto se ha alejado el ser humano de la naturaleza que ya no la teme, y peor aún, ya no tiene que preocuparse de su supervivencia, por lo que puede dedicarse a buscar cosas triviales como la felicidad permanente o la diversión sin límites pero siempre como partes subordinadas al progreso, el motor que lo hace posible. La pregunta es, ¿le ayudará esto a sobrevivir mucho tiempo?  

Por último, pero en clara relación con las anteriores, el progreso de la humanidad ha contribuido y contribuye de forma unánime a la destrucción de la naturaleza, y cada vez en mayor medida, dado que cada vez hay más humanos en el planeta y cada vez más humanos se suman al consumo desmedido de Occidente. La ideologíoa del progreso ha logrado extender la absurda creencia de que miles de millones de humanos pueden vivir para siempre al ritmo que lo están haciendo y para ello, se ha valido de ideologías subordinadas como el materialismo, el consumismo y el ya mencionado hedonismo. Pero este ritmo de vida supone el exterminio de millones de organismos tanto animales como vegetales, en lo que algunos ecólogos se refieren a ello como una pérdida irreversible de la biodiversidad de la Tierra, necesaria para que los ecosistemas vitales sigan funcionando. Es decir que para que millones de humanos puedan vivir como lo están haciendo ahora muchos más millones de seres vivos tienen que morir e incluso malvivir hasta morir.

A pesar de que pueda paracer que el progreso permite a la gente llevar una vida normalizada o al menos así lo creen sus defensores, los más engañados, es sin duda un modo de vida no solo destructivo con el resto de organismos sino consigo mismo, un modo de vida claramente suicida y algunos expertos ya han hablado de que si todo sigue como hasta ahora, las posibilidades de una extinción humana aumentan drásticamente. Aunque siendo objetivos no sería tan grave, se estima que cada año se extinguen entre 10.000 y 50.000 especies. Con todo, es necesario decir que todavía ningún biólogo ni paleontólogo ha corroborado que ninguna especie se haya extinguido jamás por un comportamiento claramente autodestructivo, sino por circunstancias totalmente ajenas a ellas. 

Expuestas esta serie de premisas a modo de conclusión surgirían varias preguntas sobre el progreso, ¿Es esta tendencia ihenerente al ser humano? Si queda demostrado que desde tiempos remotos el ser humano ha progresado, entonces la respuesta es sí -incluso en los períodos que lo haya hecho muy lentamente-. ¿Es por tanto el progreso inherente a la naturaleza humana? Probablemente lo sea. ¿Podría escapar de él? Actualmente no puede, y solo en un futuro remoto en el que el modo de vida actual haya desaparecido y solo quedaran unos pocos humanos, éstos podrían a voluntad llevar una vida libre de progreso, agrupados en sociedades minúsculas y sencillas que apenas dejen impacto en el medio natural y sin ánimo alguno de crecimiento, a pesar de que siempre existiera la posibilidad de que éste volviera a ganar la partida y todo volviera a empezar. 

Aunque se salga del tema en cuestión, cabría añadir porqué la humanidad no puede actualmente escapar al progreso. En primer lugar porque la inmensa mayoría de personas creen firmemente en que el progreso es la razón de ser del ser humano e incluso de que en algún momento traerá la paz a todo el mundo. En segundo lugar porque todas esas personas no están capacitadas para ver la relación entre el progreso y la destrucción del medio natural, ni mucho menos lo pernicioso que resulta aquel para todos los ámbitos de la vida y en tercer lugar porque los pocos que lo pueden ver solo proponen soluciones que inciden en las causas próximas y no en las causas primarias. En cuarto lugar, porque incluso aunque una parte importante de la humanidad reconociera las causas primarias, abordarlas supondría un choque brutal con el modo de vida impuesto, si no un colapso inevitable del propio sistema y lo que pasara después nadie puede saberlo. 

Es importante añadir a su vez otra cuestión y es la diferencia entre la ideología del progreso, forjada con los años, que es la que actualmente mueve el mundo de los humanos y el hecho del conocimiento. Aunque pueda parecer que desde siempre ha acompañado al progreso, el conocimiento, que se puede decir también es inherente al ser humano, por tanto a su naturaleza, podría desarrollarse independientemente del progreso en un futuro de sociedades minúsculas y sencillas, dirigido únicamente hacia la naturaleza y el ambiente que nos rodea en general. Por tanto, y aunque esto formaría parte de otro escrito, habría que dejar clara la diferencia entre lo que es el conomiento ilimitado marcado por el progreso y auspiciado por la tecnología, que es el que se ha impuesto por la fuerza y el conocimiento sencillo dirigido únicamente hacia el medio natural. 


  

27 de enero de 2017

La ciencia moderna desafía las leyes naturales

De entre las ideas más disparatadas que nos brinda la modernidad, al menos hay una que se burla del orden natural por el que se desarrollan los seres vivos de este planeta y esta es la idea de superación de la muerte, cuyo equivalente más fantasioso es la idea de inmortalidad del ser humano. Una idea que nace de un deseo, el no querer morir. Esta vez ni siquiera podemos hablar de que la ciencia empieza especulando sobre una teoría antes de cribarla por el método científico, pues es así como se desarrollan casi todas las teorías probadas por la ciencia, por lo menos aquellas que tratan de explicar un hecho o un fenómeno. Porque la negación de la muerte no tiene un carácter especulativo, sino más bien antinatural, pues es sabido y demostrado que una de las características fundamentales de todos los seres vivos es el hecho de la mortalidad. Así, este nuevo deseo de ciertos científicos contradice una teoría crucial que se supone ya ha demostrado la propia ciencia. Aunque se puede decir que esto es una tónica ya repetida en muchas ocasiones.

Este deseo antinatural se manifiesta principalmente en el ámbito de la medicina, en donde se investiga la forma de "curar el envejecimiento" (menos osado sería hablar de retrasar el envejecimiento, una expresión que tal vez sí pudiera encajar en el orden natural). Esta investigación alberga implícito el deseo de inmortalidad ya mencionado, pues si se lograra curar el envejecimiento, entonces el ser humano no moriría nunca, al menos de forma natural, se entiende. No entraremos en las bases de dicha invetigación que solo competen en realidad a los científicos que las desarrollan, pero sí podemos aventurarnos a decir porqué aparecen, de dónde vienen. 

Es evidente que no vienen de la religión, antítesis de la ciencia, pues siempre ha insistido en la inmortalidad del alma, pero no del cuerpo, es decir, que las creencias religiosas de alguna forma también han tocado esta cuestión, aunque la ciencia no ha podido demostrarlo dado que dicha inmortalidad se remontaba a una figuración supraterrenal o sobrenatural. Ahora la ciencia pretende alargar la vida humana tanto como sea posible curando el envejecimiento y ya que se pone, alargarla eternamente, pero no en un terreno supraterrenal sino terrenal, pues es el único plano en donde es capaz de demostrar hechos contrastados. 

¿Y por qué no se quiere morir? Podríamos enumerar muchas razones que estarían en franca consonancia con el contexto de sociedad moderna actual, pues es obvio que todas las ideas que surgen en la mente humana tienen relación con la forma de vivir. Durante miles de años, prácticamente desde el surgimiento de la civilización como tal, el ser humano ha inventado formas varias de alargar la vida retrasando el envejecimiento. Una fue la veneración hacia la juventud y la belleza, periodo de la vida en donde el ser humano goza de todo esplendor y fuerza antes de iniciar su descenso irremisible. Para ello se han transmitido entre generaciones multitud de historias y leyendas venerando la belleza como símbolo de virtud y éxito. En la era moderna, el culto al cuerpo se hace una realidad, la industria contribuye con el lanzamiento de cientos de productos para perfeccionar el cuerpo cada vez más mientras que la ciencia alarga la vida física con sus avances en medicina y tecnología. Todo esto permite el aumento poblacional, el alargamiento en la esperanza de vida y en consecuencia, el aumento de una población envejecida.

A pesar de los pesares, todo intento de alargar la juventud mediante historias legendarias o artimañas industriales no era más que una falacia temporal, pues todos sabían que más tarde o más temprano, el envejecimiento era algo inevitable y la muerte la etapa final. Resulta irónico también que el hecho de la muerte se haya convertido en un tabú del que pocos desean hablar al margen de las creencias religiosas que por qué no decirlo, transmitían una sensación de tranquilidad a los creyentes, por el hecho de estar convencidos de que la muerte no era el final, y que si habías sido bueno o habías sido redimido de tus pecados irías al cielo por toda la eternidad. Muy recientemente, la ciencia, negando las creencias religiosas, ha afirmado públicamente que tras la muerte no hay nada, ni dios, ni cielo ni tampoco infierno. En consecuencia la cantidad de no creyentes o ateos ha ido  en ascenso pero al mismo tiempo la tranquilidad con la que se iban los creyentes ha sido sustituida en detrimento del miedo a lo desconocido, pues resulta difícil para todos los humanos imaginarse una sensación de no respirar ni sentir absolutamente nada, esa sensación de vacío que debe venir tras la muerte. 

Ni la certidumbre religiosa, francamente dudosa, ni la incertidumbre de la que no puede escapar la ciencia han ayudado para la aceptación de la muerte como un suceso crucial que forma parte de nuestra naturaleza como animal que somos. Y sin embargo, la ciencia que estudia la historia más antigua, la antropología, ha aportado pruebas fehacientes de que en eras primitivas de la humanidad, la muerte era aceptada como algo natural sin miedo alguno, solo quizás con resignación, pues el hecho de vivir en la naturaleza y creerse un animal más dentro del orden natural era la razón que hacía comprender el sentido del ciclo natural por el que todo ser vivo ha de pasar. Dichas pruebas pueden incluso comprobarse en las tribus indígenas actuales en las que los más ancianos se dejan morir en su deseo de no ser una carga para la tribu nómada. En los animales también se puede observar cierto abandono o aceptación del final, si bien es aventurado asegurar que son conscientes de su propia muerte. El alejamiento evolutivo de la naturaleza por parte de los humanos motivado por las nuevas circunstancias materiales y sociales motivó la extensión de la idea de trascendencia del ser humano sobre el resto de seres vivos y por ende el rechazo de las leyes naturales que aún así lo definen culminando en ideas absurdas de eternidad de la vida. 

Por suerte, esta posibilidad tan solo es eso, una posibilidad todavía hoy tan remota en el tiempo que ni siquiera merecería la pena ser valorada. Pero aunque lo fuera, dicha posibilidad no está teniendo en cuenta el contexto actual en el que vivimos, ya que si el alargamiento de la vida y los avances médicos han conseguido que la población aumente de forma considerable en apenas siglo y medio, a pesar de que la muerte siga ganando la partida, la posibilidad del logro de superación de la muerte, estaríamos hablando en poco tiempo de un planeta plagado de humanos y agotado de recursos u otras formas de vida, en definitiva, un planeta hostil y vacío. Otras expectativas de superación de la muerte como la criogenización  son aún más nefastas dado su carácter selectivo que podrían ofrecer en un futuro -de momento solo se puede hablar de su carácter fraudulento ya demostrado por algunos escépticos-, y es que si la ciencia logra superar la idea de reanimación no puede garantizar la calidad de vida de una persona que despierta en un futuro remoto totalmente diferente al actual, por no hablar de que la criogenización sería solo posible para las clases sociales más adineradas.

Pero al margen de la posible reanimación futura de un cuerpo muerto congelado, el hecho de que algunos se planteen la superación de la muerte por cualquier método e incluso dediquen gran parte de su esfuerzo y su trabajo en estudiarlo es algo que resulta inquietante ya que desafía la naturaleza humana negando su propia animalidad. Además, en el contexto actual que vive la humanidad podría llegar a resultar incluso insultante pensar en alargar la cantidad de años que pueda vivir un humano antes que mejorar su calidad de vida, tan penosamente degradado por la era industrial que tanto prometió hacerlo en sus inicios. Ni la era industrial  ni la tecnología han logrado hacer progresos en este aspecto, sino más bien todo lo contrario. La fe en el progreso ha hecho creer a la gente la ecuación "a más personas más calidad de vida", y esos avances en medicina de los que tanto se ha presumido han posibilitado el aumento desproporcionado de la población y su aglutinación en masas ingentes de humanos rodeadas de máquinas llamadas ciudades.  

Por otra parte, la ciencia moderna está acaparando una influencia y reputación cada vez mayor en el pensamiento de gran parte de la sociedad incluso ante las ideas más osadas y especulativas, del mismo modo que lo hacía la religión hace siglos y aún hoy, confirmando cierta tendencia dogmática por parte de muchos científicos que se creen garantes de toda forma de conocimiento. A pesar del eterno debate tan controvertido que ha suscitado durante años la oposición entre religión y ciencia en cuanto a tratar de explicar lo inexplicable, parece que la ciencia moderna lleva el mismo camino que su antagonista en cuanto a crear cierto poder de convencimiento entre las nuevas generaciones más ligadas a ella que a las creencias religiosas.

Finalmente, se debe destacar que la razón antropocéntrica tiene un gran peso a la hora de no desear la muerte, pues esta idea forjada por milenios de alejamiento de la naturaleza y distinción con respecto al resto de animales no humanos ha hecho que muchos quieran trascender su propia existencia pretendiendo ser lo que no son. La no aceptación de la muerte no es más que una transgresión del ciclo natural de la vida.

7 de marzo de 2016

La moral interesada

En nuestras relaciones directas con los animales que nos proporcionan beneficio, ya sea en forma de comida, vestido o espectáculo, la postura de la mayoría de las personas es la de “mejor no saber cómo son tratados”. Esto en el caso de que alguna vez sean cuestionados, porque la mayoría de la mayoría no lo serán nunca, es decir, nunca tendrán la oportunidad de saber cómo son tratados -o mejor decir mal tratados- los animales cuyas partes se comen a diario o se visten con ellas en ocasiones.

Pero la cuestión no está solamente en el desconocimiento, pues muchos de los que ya lo saben siguen comiéndoselos como si no pasara nada. Estaríamos hablando no solo de un problema de saber, sino de consciencia, de que aún sabiendo cómo son tratados de mal los animales, “no me importa, me los sigo comiendo”. Los argumentos al respecto los hay de todo tipo, pero ninguno exento de gran dosis de egoísmo: “la carne está muy buena, llevamos toda la vida comiéndola, hay muchos problemas más importantes que los animales, etc.” Lo contrario sería hacer un ejercicio de empatía: preocuparse por lo que siente el animal que nos creemos con el derecho de arrebatar la vida por cuestiones de superioridad y arrogancia. Sin embargo, para evitar este sentimiento contrario al egoísmo, la mayoría de la gente lo recurre con evasiones o desviaciones. Aquí juega un papel importante la doble moral que nos han enseñado desde niños los sometidos y engañados del sistema. Pero a mí me parece más acertado llamarle “moral interesada”.

Y es que este tipo de moral que tan dañinamente nos impone el sistema es aplicada por muchísima gente que es incapaz de verla y reconocerla. Supone un gran problema no solo en las relaciones directas con los animales que nos sirven de beneficio, sino también en otros ámbitos de la vida que implican cuestiones morales. Si hablamos en primer lugar de los animales es porque es el caso más flagrante de moral interesada, ya que en este caso el sistema se ha tenido que esforzar en gran medida en el último siglo para hacer que los consumidores de animales puedan salir del paso usando la doble moral en sus argumentaciones y que dicha moral pueda resultar válida e incluso ser aceptada dentro de una ideología o sistema de valores, tal es el poder del sistema. Respecto a otro tipo de discriminaciones dentro del ámbito humano, tales como discriminaciones raciales o sexuales, todavía hoy se siguen dando posturas que se excusan en la doble moral, pero el sistema ha sabido adaptarse y ya son señaladas como formas reprobables.

Sin embargo nadie que viva dentro del sistema puede definirse como persona absolutamente moral, pues esta no solo es aplicable según la teoría, sino también en igual medida de la práctica. Esto significa que la moral teórica no sirve de nada sin la moral práctica, y de hecho, ésta última sería la más importante ya que es la que realmente ejecuta el acto en último término. A pesar de que pueda ser un caso raro, alguien puede practicar una moral de no discriminación y de respeto para con todos los que viven a su alrededor y en cambio tener ideas contrarias a ello, es decir, ser partidario del uso de la violencia y la discriminación por cualquier motivo. El caso más común es al contrario, la mayoría de las personas tienen ideas repulsivas contra el empleo de la violencia y contra la discriminación por motivos cuales fuera -o al menos así lo manifestarían si fueran cuestionados-, mientras que sus hábitos sociales les obligan no a ejercer directamente ellos la violencia ni la discriminación sino a permitir e incluso justificar que otros lo hagan por él, lo que hace que millones de seres sigan siendo esclavizados. En el trato hacia los animales esto está a la orden del día, pero también como veremos en el que se le da aún a muchos seres humanos que han nacido en zonas empobrecidas o conflictivas.

La discordancia entre la moral teórica y la moral práctica que impone el sistema de vida pulido por la modernidad no es más que una falta de coherencia entre nuestras ideas y nuestros actos. Lo que viene a afirmar que la moral y la coherencia son dos conceptos que o van de la mano por fuerza o no sirven para nada. Si la moral teórica nos enseña el modo en que debemos vivir respetando a los otros, la coherencia -o moral práctica - hace que estas ideas puedan materializarse. En el actual modo de vida impuesto por un sistema de valores difusos hay una discordancia absoluta entre lo que la mayoría de la gente piensa y lo que hace -o el resultado de lo que hace-. Por eso y otras cosas, este sistema social es reprobable e inmoral.

El problema de todo esto es que el sistema no permite a ninguno de sus miembros aplicar la coherencia moral absoluta -si es que esta es posible para el ser humano social y cultural-, incluso a aquellos que se erigen en la vanguardia de la lucha contra la discriminación y la violencia: aquellas personas con más conciencia que se esfuerzan en dar argumentos sólidos al resto, tal es el ejemplo del movimiento por los derechos animales o movimiento antiespecista (ambos términos son utilizados). Si bien estas personas han conseguido un nivel de coherencia bastante elevado dado que sus ideas antiespecistas precisamente defienden la no discriminación hacia todos los animales que no sean de la especie humana, de la misma forma que el antirracismo o el antisexismo (ampliamente aceptado hoy en día en la sociedad moderna), no puede admitirse que estas personas que además suelen llamarse veganas puedan ser absolutamente coherentes con sus ideas por el hecho de vivir en el sistema y tener que alimentarse de él.

Por eso, incluso hasta los veganos no pueden afirmar ser coherentes en sus ideas, pues aunque hayan dejado de contribuir a que se sigan esclavizando animales en granjas, circos o festejos de todo tipo donde se torturan animales, aún siguen usando y consumiendo coches, móviles y ordenadores, aparatos cuyo sistema complejo de fabricación permite y necesita que otros tantos millones de individuos tanto humanos como no humanos sean exterminados, desplazados y asesinados para ello. Por supuesto, no es este el lugar para extenderse en cómo funciona este proceso, pero la devastación natural por parte del ser humano es una prueba más que suficiente para afirmarlo. Podría objetarse “¿qué culpa tienen los individuos que han nacido y han sido educados para esta forma de vida?” Y podría responderse con total justificación que ninguna, pero esto no nos exime de ella, aunque sería más correcto afirmar que el sistema nos hace culpables y nos empuja constantemente a practicar la moral interesada. Admitir esto es importante porque nos hace ver con claridad lo negativo del sistema en cuanto a su contribución para la moral interesada o que las personas actúen siempre con doble moral.

El mayor de los problemas es que el sistema jamás podrá hacer que seamos absolutamente morales ya que fomenta constantemente la moral interesada entre sus miembros, tanto que es su razón de ser y así lo ha demostrado la historia de los movimientos contra la discriminación de todo tipo incluida la discriminación especista. El sistema puede adaptarse y hacer que el acto de superioridad del hombre sobre la mujer antes fuera  normal mientras que ahora es absolutamente reprobable. Con ello las mujeres han logrado después de años de lucha una cierta igualdad con los hombres en muchos aspectos sociales y laborales, pero tanto para lo bueno como para lo malo, lo que significa que ha sido más una lucha de igualación que de liberación, aunque esto sería otra cuestión. De una manera similar el movimiento contra el racismo y la xenofobia ha logrado al menos el respeto no total pero en gran parte de muchas personas que antes eran excluidas por su color de la piel. Y esto demuestra que el sistema puede adaptarse a los cambios que demanda la sociedad pero estableciendo para ello su nuevo código moral.

En la historia también se ha demostrado a su vez que los diferentes modos de vida sociales han tenido que imponer su propio código moral cambiante a medida que cambiaban las costumbres sociales y en este código ha desempeñado un papel crucial la moral interesada, sin la cual muchos de los supuestos avances culturales y/o técnicos no se podrían haber realizado y posiblemente no estaríamos como estamos. ¿Significa esto que cuanto más compleja es una sociedad menos relevancia tiene la verdadera moral? Por ejemplo, el hecho de que el ser humano se diera cuenta de forma gradual de que era mejor domesticar animales que cazarlos -o al menos menos peligroso- hizo que la ganadería -y también la agricultura- fueran posible y por tanto formas de vida sedentarias; que después se dieron cuenta de que la agricultura  alimentaba a mucha más gente y esto hacía aumentar el grupo es algo que se cae por su propio peso. Pero cuanto más se avanzaba en este sentido más se perdía en actos de moral y es que aquellas personas -al igual que muchas de hoy- no se planteaban sobre la voluntad del propio animal que decidían matar o criar. Nada se puede reprochar a individuos que solo se guiaban por cuestiones de subsistencia y adaptación.

Ahora, tras diez mil años de aquellas épocas ya lejanas pero cruciales en nuestra evolución, se quiere volver a rescatar la verdadera moral, reprimida en muchas almas, sin darnos cuenta de que ésta no puede ser sino una ilusión, una utopía o incluso una cuestión frívola. La moral verdadera es simplemente incompatible con una sociedad sistematizada que ha demostrado ser incapaz de vivir acorde al medio físico que le rodea, una sociedad que se empeña en vivir al margen y a costa de dicho medio y de las formas de vida que lo componen.

Porque, ¿cómo se puede aspirar a practicar una moral verdadera en sociedades que se aprovechan de otras, que las invaden, las transforman, las desplazan o exterminan? ¿cómo se puede esperar que la moral se imponga en una sociedad que desarrolla formas de vida parasitarias y destructivas en el medio físico que le rodea? ¿cómo se puede esperar que llegue una forma de moral verdadera en una sociedad que no reconoce estos hechos, que los niega y los desprecia? y finalmente, ¿cómo se puede esperar la moral verdadera en una sociedad que se engaña a sí misma permitiendo y fomentando la nocividad entre sus individuos? No se puede esperar nada de esto mientras continúe este modo de vida y todo intento de mejora o cambio no son más que vagas y falsas expectativas que refuerzan la única forma deformada de moral, la moral interesada.

25 de octubre de 2015

Cinco mitos de la tecnología

El culto a la tecnología se ha extendido como un virus oculto en las sociedades modernas, más allá que cualquier religión del pasado, pues se propaga a la par que la reinante ideología del  progreso. Es alabado por casi todos los humanos y pocos escapan a su atracción. Pero como todo culto está fundamentado en mitos que resultan fácilmente desmontables:


“La tecnología es neutral, se puede usar tanto para el bien como para el mal”.

La tecnología simple usada por los humanos precivilizados puede ser catalogada como neutral ya que se componía básicamente de herramientas usadas por la mano humana, cuya energía era la que podía imprimir con su fuerza. En cambio, la tecnología compleja no puede ser neutral porque desde su evolución forma parte de un proceso de civilización progresivo, paralelo al proceso del progreso y más adelante del proceso de industrialismo y urbanismo, por ello ha sucumbido siempre al poder de las organizaciones más poderosas y de los técnicos que las dirigían. Un crítico de la tecnología dijo al respecto: la tecnología no es neutral porque aporta su propia racionalidad y el método para su uso. Una red de ordenadores o una fábrica de acero no se pueden utilizar como una simple herramienta; deben utilizarse tal y como han sido diseñadas y en combinación coordinada con una red de procesos complejos de apoyo sin los cuales su funcionamiento es imposible (David Watson).

Lo que fundamentalmente se está tratando aquí es la tecnología compleja, aquella que se compone necesariamente de códigos, medidas y números cada vez más complejos y aquella que precisa de fuentes de energía ajenas al hombre, cada vez más costosas de obtener. Se trata de una tecnología que siempre ha sido dirigida por grandes organizaciones y expertos cualificados, cuyo único objeto ha sido el de crear un mundo más creciente, complejo y dinámico. El proceso para crear cualquier innovación tecnológica es generalmente el mismo y solo es posible mediante la organización de unos pocos expertos sobre millones de personas. Para ello, es necesario un alto nivel de jerarquización y especialización -fenómenos derivados probablemente de la esclavitud- que irremediablemente contribuyeron a la creación de las clases sociales y el sentido del status.

La segunda parte de la frase es desacertada, porque uno de los mayores problemas que conlleva la tecnología no está en el objeto del uso, sino en su propio uso y desarrollo. Cuando alguien dice “la tecnología puede servir para fabricar algo bueno como un coche o para algo malo como una bomba atómica”, en primer lugar, cabría valorar hasta qué punto es mejor una bomba atómica que un coche, pues a la larga los coches han matado muchas más personas en poco más de un siglo que las dos bombas atómicas lanzadas por los americanos en los años cuarenta. Pero aun desestimando los daños colaterales que siempre dejan los coches y considerando que es un medio para transportarse mientras que la bomba atómica sólo sirve para matar, no puede negarse que el coche, al igual que otro vehículo motorizado no puede considerarse como un herramienta aislada, implica la totalidad del sistema (y de la cultura) de producción y de consumo: es una forma de vida (...). Un sistema de autopistas no puede considerarse un instrumento neutral; es una forma de gigantismo técnico y de masificación. (David Watson).



“La tecnología nos proporciona infinidad de posibilidades a elegir”.

Como afirmando que la tecnología nos ha legado la libertad. Pero ¿qué clase de libertad? ¿Aquella supuesta libertad para elegir entre millones de objetos materiales o servicios de toda índole? Con probabilidad este es el mito más degradante en el que se basa la trampa tecnológica, pues se ha confundido la esencia de libertad humana, independiente y autónoma de toda clase de poder o ideas, por aquella ficticia libertad del presente que nos ofrece la tecnología moderna. En realidad es al contrario, según ha avanzado el sistema y se ha hecho por tanto más complejo, el grado de libertad verdadera ha ido en disminución, sustituida por una suerte de libertad ficticia. Otro crítico de la tecnología escribió hace años sobre este problema: el sistema tiene que regular estrictamente el comportamiento humano para poder funcionar. Es necesario e inevitable en cualquier sociedad tecnológicamente avanzada que el destino y decisiones de los que componen la masa dependa de las acciones de personas que están lejos de él y en cuyas decisiones, por tanto, no puede influir. Esto no es algo accidental ni el resultado de la arbitrariedad de burócratas arrogantes (Ted Kaczynski).

Además, las posibilidades a las que se refieren a menudo con este argumento son aquellas que sólo puede conocer la masa en general, es decir, el resultado de todo el proceso tecnológico. El ciudadano común no tiene la menor idea ni interés en cómo se ha fabricado el producto que llega a sus manos ni las consecuencias que ha dejado tras su proceso de fabricación, pues solo le importa el resultado final. En resumen, el ciudadano tiene inevitablemente una dependencia absoluta del experto técnico y por ello se ve obligado a venerarlo.  



“La tecnología nos proporciona más cosas buenas que malas”.

Nuevamente se obvia que el problema mayor no está en el resultado final del uso que se le dé a la tecnología, sino en las transformaciones sociales y en especial los perjuicios que genera dicho uso. Pero si por un momento diéramos por supuesto que dichos perjuicios no son tales, centrándonos en los resultados finales, tampoco se puede afirmar con rotundidad lo que dice el mito de arriba. ¿A qué se refieren con cosas buenas y cosas malas? ¿cómo se puede dictaminar con rigor si algo es intrínsecamente bueno o malo? Si la mayoría de la gente tiene la certeza de que la tecnología proporciona más cosas buenas que malas es más por una falsa perspectiva de la realidad. La gente solo ve los placeres inmediatos que da la tecnología, gracias a su fidelidad a la ideología del progreso, considerado como bien supremo y en muchos casos, la falsa sensación de que a la larga siempre será un medio de salvación o de solución para todos los problemas.

Sin embargo, la gente no puede ver las verdaderas consecuencias y perjuicios de los que hablábamos antes y que son muchos más y más graves: el vicio que crea la atracción tecnológica, su posicionamiento incondicional hacia el progreso -quizás por ser la principal motivación del mismo-, medio de dominación y control de los poderes fácticos sobre la masa, el carácter dogmático, la sensación de ser un medio de salvación, cuando desde sus inicios solo se ha movido en el marco del sistema económico imperante creando infinidad de necesidades de las que se derivaban infinidad de nuevos problemas (lo que sería el círculo vicioso), adhesión incondicional al urbanismo y la globalidad, transformación vertiginosa de la mente y de las relaciones sociales tradicionales, transformación de la comunicación oral tradicional, alejamiento del medio rural-natural, destrucción del entorno para potenciar un mundo artificial y virtual, etc.  



“La tecnología nos ha dado comodidad reduciendo los trabajos más duros y penosos”

Los trabajos duros y penosos empezaron con la esclavitud y ésta ya se apoyó en la tecnología para perfeccionarse, hace milenios. ¿Y cuál era el objetivo de la esclavitud? El bienestar de los poderosos y su sed de codicia de nuevas tierras y recursos. Para ello, era necesario crear grandes gobiernos y ciudades, lo que demandaba mayor mano de obra esclava y mayor necesidad de emprender guerras para la conquista de tierras y pueblos, que a su vez demandaba mayor poder militar. Los trabajos duros y penosos han sido heredados por años de estas formas de sumisión y han llegado hasta la era preindustrial como un supuesto mal que la tecnología podía suplir con el advenimiento de la mecanización. Todos esos trabajos duros y penosos de los que nos hablan nuestros ancestros directos pertenecen a un siglo creciente y demandante de nuevas necesidades impuestas por una burguesía cada vez más poderosa, que no es más que la continuadora de los antiguos dueños feudales, usurpadores de tierras y de fuerza de trabajo. Allí en donde el poder no era tan férreo ni dependía de un organismo centralizado, las formas de vida comunitarias y locales no eran grandes demandantes de recursos ni de trabajo, ni necesitaban más tecnología de la que pudieran desarrollar con sus propias manos o como mucho, formas de tecnología simple. Incluso las comunidades indígenas recolectoras y cazadoras destinaban al trabajo mucho menos tiempo del que destina el hombre moderno. A pesar de lo cual, la mecanización se extendió como una forma lógica de aumentar el rendimiento productivo en auge, más que por el hecho voluntario de los empresarios para acabar con los trabajos duros y penosos.

Por otra parte, aun admitiendo que la incorporación de las máquinas sustituyera de forma satisfactoria a la fuerza humana en los trabajos más duros y penosos, esto solo se refiere al aspecto físico del trabajo, pero sin duda se ha olvidado el aspecto psicológico. La mecanización trajo consigo el aumento del trabajo sedentario, el trabajo repetitivo y carente de sentido, la fijación de horario y de turnos contra natura, el aumento de las horas de trabajo, presión hacia el trabajador, amenazas de despido, acoso laboral, etc.



“La tecnología nos ofrece multitud de formas para entretenernos”

Este mito no lo parece tanto, porque superficialmente hay algo de cierto en lo que dice, pero analizado en profundidad uno puede percatarse de que sí lo es. La inmensa mayoría de los medios de entretenimiento  tecnológico responden a formas de atracción convertidas a menudo en puro vicio que a formas sanas de distracción lúdica, propias de la cultura tradicional. Muchos de estos medios como los videojuegos, el cine o la televisión permiten y muestran la violencia como algo normal, en una sociedad que administra las formas de violencia y considera de un modo amoral cuáles son justificables y cuáles no (la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia unos a otros, sin embargo en la industria del cine o los videojuegos la violencia vende, por no decir que a menudo es su razón de ser; la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia en ningún caso, pero exime al estado de hacerlo cuando le convenga; la sociedad normalizada rechaza la violencia física entre humanos, pero consiente regímenes esclavizadores fundamentados en la violencia contra los animales; la sociedad normalizada ha tragado el anzuelo de que la violencia física es la única que hay, porque pocos se dan cuenta de que lo que impera es la violencia psicológica, más peligrosa y criminal que cualquier forma de violencia humana). Además, estas formas de entretenimiento son parte de la transformación de la mente y de las relaciones sociales basadas estrictamente en el potencial de los medios tecnológicos y casi siempre sirven para el control de las masas, su alienación y proceso de irreflexión.

Por otra parte, todas las formas de entretenimiento están controladas por una inmensa industria que es la encargada de hacer llegar dichas formas a los consumidores, transformados en máquinas que buscan ante todo el placer, y cuya capacidad de opinión y decisión ha sido intencionadamente reducida; tan solo vale su necesidad de consumo. Para ello, utilizan medios cada vez más persuasivos que inciden y restringen la capacidad de la mente humana sumiéndola en una única dirección posible, alimentada por la falsedad, el vicio y la atracción patológica. Por supuesto, este proceder de la industria tampoco puede considerarse de ninguna de las maneras como un posicionamiento neutral.


Para aquellos o aquellas que deseen profundizar más sobre la crítica a la tecnología pueden consultar los siguientes autores: Lewis Mumford, Jacques Ellul, David Watson, Ted Kaczynski, John Zerzan, David F. Noble y el colectivo desaparecido de “Los amigos de Ludd”, entre otros.

11 de julio de 2015

Un análisis excepcional sobre la televisión





En este vídeo, un experto estadounidense analiza de forma acertada las repercusiones de la televisión como aparato tecnológico que modifica la mente humana de forma alarmante y como medio letal para el control de las masas. También existe un libro que desarrolla la cuestión en profundidad.

Aunque el autor expone razones para eliminar la televisión, resulta evidente que la sociedad de masas jamás se planteará tal cosa, pues forma parte de su razón de ser, al igual que el coche, los aviones, la industria, la tecnología, la ciudad, el progreso. Por ello, esta crítica debería entenderse no como un alegato literal para reclamar eliminar la televisión, sino como una reflexión individual de por qué y para qué fue inventada. Por otro lado, la televisión no es más que una parte importante de un todo, el sistema tecnológico, responsable de la degradación humana y la destrucción natural y de nada serviría plantearse eliminar esta parte sin hacerlo con el todo.

28 de abril de 2015

Adaptación es imposición y engaño

Desde que nacemos hasta que morimos los seres humanos civilizados y urbanizados, que representan la mayoría de los humanos en el planeta Tierra, estamos sometidos a un proceso de adaptación social que incrementa a una velocidad de vértigo su capacidad de adhesión y de atontamiento a la vez. El objetivo básico es facilitar el control social total de los grupos de poder sobre toda la población mediante las técnicas de control y cuyo culmen podría ser la fusión tecnológica del ser humano con las máquinas, algo que suena a ciencia ficción pero que ya es real.

Sin embargo, este proceso, que al humano civilizado le parece normal, es la evolución de una serie interminable de actos pasados impuestos por la fuerza entre diversos grupos de poder y de estos a la masa adaptable. Desde hace miles de años, la civilización ha centrado su expansión en dos rasgos de carácter invasivo y exterminador: por un lado, el saqueo del mundo natural, llevándose millones de formas de vida por delante y por el otro, el desplazamiento de las comunidades indígenas del pasado o su transformación impuesta por la fuerza hacia el modo de vida civilizado y urbano.

En lo que toca a la vida individual de cualquier ser-masa urbanizado, el proceso se inicia en el momento en que el individuo empieza a ser moldeado en los centros de encierro escolares durante varios años. Un encierro sistemático altamente disciplinado en el que se le impregna al niño miles de ideas falsas y mitos durante varias horas al día. En las escuelas, importa tanto la forma en que debe ser el encierro como el contenido que se imparte. Así, se habitúa a los niños y adolescentes a obedecer sin rechistar, siguiendo una rutina de horarios de obligatorio cumplimiento. Se les enseña el comportamiento cívico como si éste fuera un modelo ejemplar, con el fin de obtener un adulto obediente.

El contenido de lo que se quiere imbuir en la mente de los niños es también fundamental. Se le impone materias indicadas para formar trabajadores ejemplares que se adapten sin problemas al mundo laboral. Para ello, desde el primer momento es imprescindible el cultivo de las matemáticas, una ciencia potencialmente compleja que básicamente sirve para iniciar a los niños en el creciente mundo de las técnicas aplicadas.

Pero la combinación de las ciencias con las letras es algo más importante de lo que se pueda creer y en absoluto es inseparable como se ha podido pensar. De hecho, estratégicamente, esta combinación se justifica de forma evidente ya que si bien al sistema le interesa crear seres adaptables a las técnicas emergentes que sirven para sustentar el propio sistema, también le interesa que dicha adaptabilidad se justifique mediante las ideas para crear arraigo y es por eso que las materias de humanidades como la historia o la filosofía realizan una función básica.

Una de esas ideologías elementales, forjada a lo largo de los siglos dentro y fuera de las escuelas, es la idea antropocéntrica, que justifica cualquier tipo de invasión o expolio humano sobre el mundo natural. En última estancia, en la era previa al industrialismo esta idea sirve de base para lo que será la forja de la idea progresista, mediante la que se perfecciona una sociedad de masas sistémica globalizada, basada en el perfeccionamiento y complejidad de las técnicas. Hoy en día, lamentablemente las escuelas continúan justificando mediante este engaño el derecho humano de expolio natural, imponiendo una idea claramente fascista y destructiva.

Hay que objetar sin embargo que la idea antropocéntrica se empieza a forjar con la invasión de la era civilizada sobre los tipos de sociedades tribales que nada tienen que ver con ella. En este aspecto, ambas formas de invasión, tanto natural como propiamente humana son impositivas, y se caracterizan tanto por el expolio de los recursos como por la transformación de los pueblos no civilizados. Esto último tiene que ver con lo que el izquierdismo tradicional se ha referido como interculturalismo, cuando lo que en realidad se trata de una colonización cultural, una continuación de la intencionalidad cristiana u otra forma de adaptabilidad impuesta por la fuerza mediante la intrusión de los valores civilizados sobre las comunidades indígenas.

Al final, sea la idea antropocéntrica que justifica la superioridad humana sobre el mundo natural y sus formas de vida o la que justifica la imposición de la vida civilizada sobre las sociedades no civilizadas, ambas cosas son en definitiva una demostración de poder del fuerte sobre el débil.

El proceso de adaptación no termina en la niñez ni mucho menos sino que es continuado en la edad adulta, fundamentalmente en el mundo laboral, así como el del consumo o el placer. Mediante los medios de control de masas con los medios de comunicación a la cabeza, continúan forjando ideologías engañosas que arraigan fácilmente en las mentes de los individuos.  

El proceso de adaptación social tiene varios fines. Entre ellos, uno de los más importantes es el de lograr un ambiente de normalidad funcional en el que el propio individuo debe tener un papel primordial para sustentar la sociedad, acostumbrándose a relacionarse siempre entre otros millones de individuos que forman la masa, a moverse entre millones de vehículos y edificios, convenciéndose ellos mismos de que forman parte de un mundo único y especial y que además pertenecen a una especie superior. Por ello, se desviven por formar parte del mismo a cualquier precio, aceptando el juego de la competición y la complejidad. El otro objetivo es anular toda posibilidad de reflexión y análisis de los individuos sobre su papel en el mundo en relación al sistema establecido, mediante técnicas de engaño en forma de ideologías y cultos como el progreso, el desarrollo, la modernidad, la tecnología, la publicidad, la industria del entretenimiento, etc.

Pero la adaptación es el resultado de problemas más que de soluciones ya que supone el sostenimiento de un sistema degenerativo que reduce a los individuos a pequeños eslabones de una cadena gigantesca que representa la masa, sumidos en el autoengaño en dosis que han sobrepasado todo lo inimaginable, transmitiendo al individuo un comportamiento generalizado de indiferencia e indecencia lamentables y que solo se interesa del proceso de adaptación y sostenimiento del sistema. Metafóricamente hablando -aunque quizás no lo sea-, la adaptación social es un veneno que se nos va introduciendo al nacer y que es perfeccionado según crecemos, como creando en nosotros un estado de envenenamiento del cual es muy difícil salir, porque casi nadie puede darse cuenta de ello. Quién lo hace, solo podrá desprenderse de ciertas partes del veneno pero difícilmente lo hará completamente.

Tampoco pueden saber, y esto es lo peor, que el sistema en el que han sido engañados mediante la tan valorada adaptación social, no sólo amenaza con destruir el mundo natural y millones de formas de vida y especies, sino todo en lo que creen y por lo que viven, incluso haciendo caso omiso de las advertencias de ciertos expertos en ecologismo y de los que cuestionan la base misma de la civilización.  

Por ello, poco o nada puede esperarse de una masa de humanos atrapados en un mundo tan falso como cruel, inconsciente de que el sistema empeñados en sostener es el fruto de un gran engaño, una trampa, un veneno mortal que irremediablemente les lleva a la autodestrucción y que ha perdido la capacidad para evaluar sensatamente las consecuencias de sus actos en relación a su futuro.

Menos puede esperarse de su capacidad extraviada por reencontrar su lugar en la naturaleza, un lugar al que posiblemente perteneció durante muchos miles de años y que sin duda resultó más provechoso para su equilibrio que el triste derrotero por el que transita hoy.