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25 de febrero de 2015

Objeción a la publicidad

La dignidad de las personas está sometida a un ataque continuo y permanente que tiene como objetivo la represión total o parcial de su voluntad. Un sistema basado en la vertiginosa transformación de toda esencia humana hacia un mundo artificial y virtual donde las máquinas gobiernan cada vez más. Un sistema donde grandes grupos de poder, víctimas de esta transformación, se han dedicado durante milenios a influenciar y modelar a otros grupos subordinados, pero que a la vez son también grupos de poder que subordinan a otros. Y así, esto representaría una pirámide, en donde la dominación de los unos por los otros ha desembocado en la norma social.

La herramienta más utilizada por todos los grupos de poder con el fin de captar adeptos es la publicidad. Una industria que mueve en dinero miles de millones y por cuyos disvalores muchísimas personas, representantes de grandes grupos multinacionales estarían dispuestos a ejercer la fuerza sin ningún reparo.

Esta industria se ha impuesto en concordancia con la evolución del mercado capitalista y sus leyes aparejadas de productividad, consumo y competitividad, erigiéndose como una pieza clave para la retroalimentación de estas leyes y su perpetuidad. También ha crecido con la evolución del sistema tecnoindustrial, el sistema de urbanismo y la globalización, que no es más que la invasión, transformación o aniquilación de las culturas tradicionales y de los pueblos locales.

Pero la publicidad no solo se reduce al plano de lo comercial. Por extensión ha invadido todos los ámbitos de la vida, contribuyendo a crear un estilo de vida social predeterminado en un período de tiempo relativamente corto de apenas un siglo y medio. El deporte, la cultura, el arte, la religión, la ciencia e incluso el mundo de las ideas, se aprovechan también de ello como un medio elemental para su subsistencia y en muchas ocasiones acaban adoptando inevitablemente fines comerciales.

Todo sujeto físico contribuye de una u otra forma al mantenimiento de la publicidad y por tanto al engaño de aquellos a quienes va dirigida al igual que de sí mismo. Por una parte, el estado como ente que se erige en el protector de millones de personas reclutadas para servirle y que se autodefine de forma mentirosa como público y gratuito, ya sea las instituciones que lo representan, ya sea el inmenso aparato para adoctrinar, las escuelas, los centros del sistema sanitario, sistema de comunicación, etc. Por otra parte, las empresas privadas que abarcan todos los ámbitos de la vida. Y por último, el mundo de las asociaciones de toda índole y los particulares que en mayor o menor grado y a menudo de forma involuntaria están haciendo uso de la publicidad como forma de darse a conocer y ejercer algún tipo de influencia en los demás.

No vamos a entrar aquí en quién llega a más personas. Evidentemente quienes poseen más cantidad de dinero, mayores serán las inversiones que destinarán a la publicidad si quieren ser competentes y obtener beneficios.

Uno de los mayores problemas de la sociedad capitalista y competidora es que ve la publicidad como un instrumento legítimo e incluso moral, formando expertos en técnicas de marketing que serán los verdaderos garantes de esta industria. Al margen de esta visión omnipotente, la publicidad atenta de forma grave contra la dignidad humana porque alienta la competición en contra de la cooperación (fomenta la idea de que o te aprovechas del de abajo o se aprovechan de ti, o como decir todos contra todos), incita al consumo irracional e irrefrenable, inventa necesidades triviales, inventa la obsolescencia de los productos, favorece la corrupción no sólo política,  contribuye a la destrucción del medioambiente, potencia la aparición de nuevas modas casi siempre estúpidas, induce engaños descarados entre las personas, crea una falsa imagen, tiende a la universalización, al pensamiento único y homogéneo.

Por lo tanto, expuesto el peligro de esta poderosa industria, a aquellas mentes pensantes solo les queda la objeción.

Sabemos lo difícil que resulta escapar a la omnipresencia de los anuncios publicitarios, por eso supone todo un reto evitar mirarlos. Solo el hecho de ir andando por la calle, aún sin estar en una zona no comercial supone caer en las redes del reclamo publicitario mediante carteles de todo tipo. Con todo, el hecho de que inevitablemente nuestros ojos se crucen con anuncio no tiene porqué ser malo si somos capaces de advertir a nuestra mente de que está viendo algo nocivo y cuyo fin es eliminarlo inmediatamente. Aún así, hay situaciones o lugares en que es más fácil escapar:

-Si ves la televisión, cambia de canal en cuanto aparezcan anuncios, aunque lo mejor es no tener televisión. Lo mismo para la radio, periódicos y revistas.

-En internet rechaza todos los envíos que te ofrezcan de publicidad, cuando aparezcan ventanas publicitarias vete directamente a cerrar, aunque lo mejor es no tener internet ni ordenador.

-Cuando te llamen por teléfono vendiéndote cosas, rechaza las llamadas, solo tratan de engañarte diciéndote que es gratis, pero nada es gratis, todo responde a estrategias de ventas. Si quieres explicarle el porqué al operador no está de más, aunque seguro pierdes el tiempo.

-Cuando vayan a tu casa comerciales de las compañías eléctricas u otras personas haciendo proselitismo como los testigos de jehová, ni les abras y si lo haces diles que ya está bien de engaños, que tienes tu dignidad.

-En la calle o en el metro evita dirigir la mirada a los carteles publicitarios. Evita zonas y centros comerciales en donde la publicidad se te mete hasta en las entrañas tratando de aniquilar tu voluntad. Evita aquellas personas que quieren venderte cosas. Diles textualmente que no quieres que te engañen.

Pero hay otras formas de rechazar la publicidad mediante actos voluntarios:

-Elimina la propaganda comercial en coches, portales, etc. Tira a las papeleras toda la propaganda que te den en la calle. Esto es una acción legítima y muy digna. Si es posible,  transforma esta propaganda en mensajes no comerciales, que digan la verdad y que cuestionen nuestros actos.

21 de octubre de 2014

Objeción al aumento de población

Dentro de la idea general del progreso se incluye a su vez el progreso demográfico; esto es debido en gran parte a una serie de creencias ancestrales que han consolidado la idea de que el crecimiento de la población de un lugar determinado sin duda derivaría en un mayor progreso de todos y por tanto de mayor bienestar. En realidad, estos conceptos siempre han ido unidos en su formulación y posterior difusión por parte de los poderes establecidos en cada época, por lo que siempre se ha tendido a identificar mayor número de personas con progreso o con bienestar social, pero en la práctica, ¿es realmente así?

Ya incluso antes de que explosionara la economía productivista que permitió un aumento de población, los pueblos prehistóricos ya albergaban una clarísima tendencia a incrementar su número, quizás no por una cuestión de progreso que aún no tenía sentido dada la economía de supervivencia predominante, pero sí por cuestiones de defensa frente a las invasiones de grupos enemigos. De alguna forma esto permitió que tras los cambios que debían llegar, las generaciones fueran adaptando la idea del crecimiento poblacional hacia las nuevas formas de vida como algo normal.

Llegado el Neolítico y con él la rápida extensión de la economía productivista y del sedentarismo, la idea de progreso se empieza a fraguar en las personas como identificativo de seguridad y de bienestar del grupo. Sin embargo, el aparejado progreso/incremento de la población derivó inevitablemente en la instauración forzosa de jerarquías encargadas de controlar el cada vez mayor número de personas viviendo a la vez en determinado núcleo. El control se hizo gobierno y éste reportó indudablemente los privilegios de los que siempre han gozado los dirigentes en forma de posesiones y de dinero. Posteriormente, se forjarían las clases sociales y con ello, las diferencias.

Con el paso de los miles de años, la voluntad de las colectividades más importantes es reprimida por las circunstancias que motivan la idea del progreso, el incremento poblacional y las incipientes jerarquías. Los poderes de facto fueron por ende los primeros interesados en aumentar la población de forma indefinida para asegurar mayor progreso y no solo eso, decidieron difundir la creencia de que a mayor número de personas mayor bienestar. He aquí el gran engaño, pues no ha habido ninguna sociedad civilizada marcada por el progreso, lo que incluye a casi todas.

Así, el incremento de población es el fruto de una idea desarrollada por el poder, y debemos admitir por consiguiente que solo éste puede albergar un beneficio a corto plazo del triunfo de dicha creencia y nunca la propia población, convertidas hoy en día en masa autómata no pensante.

El recurso del instinto biológico en la especie humana carece totalmente de fundamento en tanto que dicha especie posee inteligencia y voluntad para controlar sus instintos más primarios, a diferencia de los animales. Resulta pues paradójico que el único animal que posee voluntad para controlar sus instintos es el único que se ha salido del equilibrio natural comportándose como un virus destructivo.

El hecho de que hayan existido en la historia sociedades capaces de controlar su voluntad para no crecer sirve para confirmar que es posible hacerlo. De entre las pocas excepciones de las sociedades que vaticinaron de alguna forma los problemas a los que se enfrentaría una sociedad demasiado poblada fueron los griegos y algunos pueblos no civilizados como los indios nativos americanos. Sin embargo, estas excepciones o bien duraron poco tiempo o bien fueron engullidas y relegadas al olvido por el avance de la civilización.

A nivel social, las creencias culturales difundidas por el poder sumado al instinto biológico ha supuesto la normalización del culto por los hijos, lo que ha conllevado con el paso de los miles de años al aumento de la población. Huelga decir que el avance de la ciencia contribuyó en el último siglo a aumentar la población más si cabe por alargar la media de la esperanza de vida.
Hoy la realidad es que tenemos un mundo hiperpoblado que avanza a trompicones en su obcecación, y cuyas consecuencias han sido nefastas para el planeta, los animales y para muchos humanos. Pero posiblemente lo peor aún está por llegar y nadie puede saber qué dimensiones alcanzará. No obstante, todavía se encuentra un gran número de defensores de la necesidad de crecer indefinidamente, lo que supone una insensatez por su parte.

Como personas que reflexionamos y cuestionamos lo establecido, no podemos aceptar de ninguna forma estas creencias sin fundamento alguno e ideadas con muy mala saña para justificar toda opresión y destrucción. Por ello, la objeción que se nos revela es la de no colaborar más al incremento poblacional siendo la única forma la del rechazo incondicional a tener descendencia. Más sencillo no puede ser.

Otras formas secundarias de objeción aparte del rechazo a tener hijos, son las de promover la no descendencia por motivos altruistas y de respeto al medio natural, así como empezar a cuestionar todas las defensas de la superpoblación, vengan de donde vengan y criticar el culto por los hijos. Vencer el instinto reproductivo es un ejercicio que va más allá de la moral dada la situación actual de dominación humana, destrucción y caos. Se trata de una necesidad de extrema urgencia para contribuir a reestablecer el orden natural.

18 de julio de 2014

Objeción tecnológica

En la certeza de que la mayoría de los que lean el título y el sentido de esta cuestión se sorprenderán o la tomarán de absurda, hay una razón a favor de objetar el progreso tecnológico difícilmente de refutar: el avance tecnológico, que tiene la facultad de incrementar su velocidad a pasos imprevisibles, supone un gasto inmensamente desproporcionado de los recursos naturales con las gravísimas consecuencias que poca gente es capaz de ver, incluso del sector ecologista, que vela por la protección de la Naturaleza. Estas fatídicas consecuencias son todavía mayores si añadimos otra máxima: la tecnología no sólo avanza en velocidad temporal, sino también espacial, al formar parte del engranaje productivista y capitalista creciente, quiere llegar a cuantas más personas en el mundo pueda, mediante las campañas de marketing y del culto por la innovación.

El sentido de esta objeción es por tanto el de cuestionar directamente el avance tecnológico sobre todo como esquilmación de los recursos y destrucción de hábitats, pero también como un rechazo a la idea dogmática del progreso y todas sus formas.  Aun a sabiendas de que son pocos los que puedan imaginarse un mundo sin teléfonos móviles, sin ordenadores ni tablets, sin coches, gepeeses ni aviones, sin televisores de plasmas y con miles de canales, sin cine ni efectos especiales, sin consolas ni videojuegos, y sin los “prometedores” y desconocidos nuevos avances propios aún de la ciencia ficción como las viajes espaciales, los robots perfeccionados, la inteligencia artificial, la biotecnología o los microchips, y que representan una seria amenaza de evolucionar hacia un mundo totalmente artificializado que llaman transhumanismo y en el que se justifica el poder de las máquinas sobre todo lo demás, se hace necesario alzar  voces que cuestionen esta tendencia y clamen por una vuelta a la naturalidad primaria más humana a pesar del pánico que se le suele tener a la palabra “retroceso”.

Es importante añadir también que el progreso tecnológico es la culminación del desarrollo histórico de la máquina y de sus mitos, y de todo el aparato industrial que explosionó en el siglo XIX, por lo que no se puede rechazar la tecnología sin hacerlo con su precedente, al menos hasta una tecnología eminentemente simple, si es que se puede hablar de que exista dicho término.

De igual forma se cuestiona cualquier adelanto científico por el hecho innegable de que tales adelantos precisan en la actualidad de los más sofisticados adelantos tecnológicos, es decir, la ciencia de hoy contribuye directamente al avance de la tecnología. En este punto se objetará sin embargo que el avance de la medicina -por poner un ejemplo- ha sido posible gracias a los avances científicos y tecnológicos, pero, ¿a qué precio? Y realmente... ¿se ha mejorado la salud de las personas? Se ha aumentado la esperanza de vida pero ¿de qué sirve vivir más años en un mundo masificado que reprime sus valores más humanos? Los avances científicos (tecnológicos) como el de la medicina no han sido más que adaptaciones a un mundo en continuo crecimiento poblacional y desenfreno consumista.

Por otra parte, jamás en la historia, tras un avance tecnológico, no solo se tuvo en cuenta el gasto de recursos ambientales ni las consecuencias de exterminio de individuos, tampoco se tuvo en cuenta la pérdida de vidas humanas y el coste que supondría, porque éstas se reducían a una “mera estadística” que no podía hacer parar la máquina iniciada del progreso. Así, era más importante que millones de personas pudieran desplazarse de un lado para otro en ciudades cada vez más grandes que el hecho de que unas cuantas pudieran morir en el intento (¿daños colaterales?). O visto de otra forma, era mucho más importante que las empresas del sector se enriquecieran cada vez más a costa de la muerte y el sufrimiento de unos pocos. Y a pesar de que se cuenten por millones las víctimas por accidentes de tráfico en apenas un siglo en todo el mundo, siguen siendo estadísticas permisibles que no pueden hacer parar la máquina del progreso. Lo mismo se puede aplicar para los accidentes laborales producidos por máquinas, muchos más antiguos que los de tráfico. Si el ser humano ni siquiera se ha preocupado por el devenir de parte de su especie, ¿cómo esperar que se preocupara por otras formas de vida no humanas y por el legado natural?

He aquí una de las trampas de la tecnología que nadie ha querido ver: la tecnología sólo se interesa por el progreso, especialmente el referente al progreso económico. Mientras se vendía y extendía la falsa idea de que las máquinas traerían innovación, comodidad, seguridad, lo único que realmente importaba era la eficacia y el rendimiento, adaptándose a un mundo cambiante, cuya población creciente y exigente demandaba mayores medios tecnológicos que satisfacieran sus cada vez mayores necesidades impulsadas por la propia idea del progreso.

Es sin duda el dogma por todo lo artificial y el progreso un rasgo distintivo y peligroso de la arrogancia humana que se ve en el derecho incuestionable de utilizar su carácter racional para continuar justificando la dominación sobre todas las formas de vida del planeta y próximamente de la conquista de otros posibles planetas con vida, demostrando con esto una total falta de respeto hacia las especies y millones de individuos que pueblan el mismo planeta que quiere dominar.

Por tanto, la objeción tecnológica es una cuestión necesaria y urgente que rompe con todos los cánones establecidos por la fuerza y una serie de circunstancias históricas desfavorables. Es además un rechazo al culto del progreso, de la artificialidad por encima de todas las cosas, de la esquilmación descontrolada de los recursos, de la dominación humana y de la colonización futura de nuevos mundos.

Para completar esta objeción expondremos a continuación algunos ejemplos de aparatos tecnológicos con evidentes poderes de atracción y control social para llevarla a cabo de forma individual, sólo aptos de momento para mentes que empiezan a cuestionar todo lo establecido:

-Televisión: si la tienes, enciéndela lo menos posible. La televisión crea un poder de atracción muy persuasivo en las personas, no te dejes vencer, pero si a menudo te vence, la mejor de las acciones es cortar de raíz, deshaciéndote de ella, tirándola, nunca vendiéndola.

-Ordenadores. Si lo utilizas en el trabajo no te queda más remedio, pero siempre se puede buscar otro trabajo en el que no tengas que usarlo. En casa, úsalo lo menos posible. Limita el Internet, pues es una fuente de comunicación sobrevalorada, hay otras formas más tradicionales de comunicarse. Recuperémoslas.

-Teléfono móvil. La dependencia que se tiene hoy en día con el móvil es inconmensurable, y aunque es muy difícil librarse de ella, no es imposible. Si no puedes vivir sin él, al menos puedes reducir su uso. Una ayuda es tratar de acordarse de cuando no teníamos móviles, y usar más el teléfono fijo. Ponte límites tecnológicos.

-Consolas. Peligroso invento creado con un solo uso, el de la adicción de la diversión, dirigido además al público más persuasible, el infantil y adolescente, aunque según estudios se está extendiendo también al público adulto. Ya que suele ser un consumo que lo realizan más los padres que los niños, el consejo sería: tratar de educar a tu hijo en la diversión tradicional, la diversión en la calle; al mismo tiempo, tratar de prevenirle de la adicción a los videojuegos.

-Coches. A pesar de que pueda tener un uso práctico porque nos lleva a los sitios, no deja de ser un símbolo ligado a la urbanidad y la sociedad de masas, un invento inmerso en la trampa tecnológica, que se ha adaptado perfectamente a la modernidad, que ha contribuido a la formación de status, de la privacidad y a la ideología enfermiza del consumo. Su uso debe ser por tanto igualmente cuestionado: a nivel personal puedes reducirlo al máximo, limitar tus desplazamientos, usar más la bicicleta o invertir más tiempo en el saludable ejercicio de caminar a pie.

-Aviones. Vendido como el medio de transporte más seguro, el avión, pocas veces se dice que es uno de los más destructivos medioambientalmente hablando, al igual que los trenes de alta velocidad. La inmensa mayoría de los vuelos transnacionales justifican el turismo invasivo y por tanto el consumo. Cuantos más aviones coges, más contribuyes a la destrucción medioambiental. Limita al máximo el número de vuelos que tienes que tomar, piensa si son realmente necesarios, pregúntate si de verdad necesitas viajar a sitios tan lejanos solo para satisfacer tu curiosidad e infórmate antes de las repercusiones que tiene la industria aeronáutica de masas. Si es preciso, abstente de coger aviones o trenes de alta velocidad.

Por último, debemos decir que no es suficiente practicar la objeción tecnológica sin otra clase de objeciones igual de necesarias para una posible futura transformación social y reintegración humana en el equilibrio natural.

23 de enero de 2014

Objeción a la competitividad y el ánimo de lucro

Estamos en esta ocasión ante lo que es quizás el pilar menos cuestionado del sistema: la fórmula económica mundial. Efectivamente, la competitividad se ha impuesto como el modo más rápido y seguro que tiene de funcionar la economía mundial, en lo que se viene a llamar sistema capitalista o monetario. Un sistema basado en la competición entre individuos, asociaciones, empresas o sociedades, cuyo objetivo único y exclusivo no es la administración equitativa de los recursos -si es que alguna vez lo fue- sino la multiplicación de beneficios a cualquier precio. Este modelo permite que muchos ganen demasiado, pero que tarde o temprano muchos más pierdan y se arruinen. Este modelo -y a la realidad nos remitimos- lleva inevitablemente a la opulencia de unos cuantos por la miseria de la mayoría.


Una de las consecuencias más funestas que ha creado este modelo económico es la implantación y extensión de una ideología a nivel social, es decir, su aceptación prácticamente inconsciente por parte de las masas. Muchas de las grandes fortunas y negocios de la historia han sido heredados de padres a hijos, y esto al fin y al cabo es entendible (dudosamente justificable), pero otras muchas han sido la culminación de una gran parte de personas que se han aprendido muy bien el modelo competitivo y lo han aplicado en sus vidas. Éstas son aquellas personas motivadas por la ambición que desde la nada han montado un negocio pequeño y con el paso del tiempo han sabido explotarlo. A estos ahora se les llama “emprendedores”, aunque no todos los emprendedores llegan hasta el mismo nivel de resultados. El resto de humanos, es decir, la mayoría, suele conformarse con tener un sueldo más o menos digno que le dé estabilidad para no calentarse la cabeza haciendo números.


El ánimo de lucro, aunque va unido a la competitividad, crea un mayor número de adeptos porque además de competitivo hace falta ser avaricioso y tener mucha envidia, algo que se hace inevitable en un mundo en donde los objetos materiales y novedosos se multiplican por segundo. Es en los trabajos en donde se encuentran los mejores ejemplos de ánimo de lucro. Millones de personas están dispuestas a ascender de categoría o de puesto con el único objetivo de multiplicar su salario, y para ello deben ser competitivos, pero no con otras empresas sino con sus propios compañeros.


Ambas formas siempre van unidas y por su causa es por lo que millones de personas dan un valor esencial al dinero y en especial a su ganancia ilimitada. Poco importa cómo administra cada uno ese dinero, si lo ahorra o se lo gasta, porque el concepto de ganar siempre está presente ya que ambos fines siempre reclaman más dinero. Así, a menudo se escucha aquello de que “el dinero no da la felicidad pero ayuda”. Esto significa que mucha gente identifica dinero con bienestar o incluso dinero con estatus, ya que en un mundo competitivo inevitablemente se crean clases sociales sujetas a consideraciones exclusivas a la posesión de materiales (“tanto tienes, tanto vales”).


La objeción individual al modelo imperante de la competitividad mundial parte de la base de no contribuir a crear más negocios, sean grandes o pequeños, con el fin de evitar precisamente caer en el dichoso juego de la competición. Otra alternativa se basaría en no pretender ganar más dinero que el resto, reduciendo nuestras necesidades y aprendiendo a vivir con menos, es decir, reduciendo nuestro nivel de vida y nuestra dependencia con el sistema. Para ello existen mil y una fórmulas poco conocidas pero de un valor trascendental::


- Como ya hemos dicho, reduciendo nuestras necesidades, empezando por las superfluas -hasta el punto de eliminar la mayoría de ellas-. Esto parece algo difícil de llevar a cabo si uno piensa siempre en términos materiales, pero el desarrollo de nuestra parte más espiritual nos facilitará el camino hacia el desapego y la renuncia.


- Tratar de eliminar nuestras envidias hacia los demás, que solo sirven para aumentar nuestra dependencia hacia lo material.


- Conceder menos valor al dinero como único medio de conseguir cosas. Debemos darnos cuenta de que el dinero como medio de intercambio nos ha sido impuesto de generación en generación y como tal tiene un potencial inmenso corruptivo en las personas que lleva a su abuso en términos de economía básica.


- Pensar y desarrollar economías alternativas válidas, libres de ánimo de lucro como algo esencial, tratando incluso de prescindir del dinero y sumándose al intercambio de bienes o servicios por trabajo.


- Reducir nuestra dependencia laboral, trabajando menos horas aunque ganemos menos dinero. Tender hacia el trabajo autónomo no lucrativo o hacia la práctica del voluntariado altruista hacia los colectivos más olvidados (tanto humanos como no humanos) para acostumbrarnos poco a poco a tener otro tipo de relaciones no competitivas.


Como estos ejemplos, todos los que se nos ocurran, y siempre con el fin de reducir hasta abandonar nuestra dependencia a la economía imperante, a los grandes negocios, a los centros comerciales, al consumismo frenético, a la competitividad, al dinero y al trabajo asalariado.

29 de octubre de 2013

Objeción laboral

Sin duda el trabajo hoy en día se ha vuelto una forma de tener a las personas sumisas y sin vía de escape. No deja de asombrarme que incluso, aún en plena época de precariedad laboral, alguien consigue un mísero trabajo de un mes, o 15 días y se alegra por ello diciendo “es lo que hay” mientras otros le congratulan con la típica frase “menos es nada”. ¿Realmente debemos alegrarnos por esto? sabiendo como sabemos que no nos lleva a ninguna parte y que no hacemos otra cosa que contribuir a perpetuar la precariedad y el esclavismo, ¿debemos encima dar gracias? Claro, ante la supuesta falta de alternativas, y ya que uno necesita el dinero para vivir, puede parecer comprensivo que uno deba agarrarse al trabajo basura que le ofrecen y que le salvará momentáneamente del desahucio o la mendicidad. Pero en el fondo no es más que una forma de autoengaño.


Aunque no es la temporalidad el problema más importante del degradante sistema laboral. Ni mucho menos. Lo es más la dependencia, el esclavismo y el obstáculo permanente que supone el trabajo actual hacia el progreso moral.


El trabajo nos hace dependientes de un sistema económico basado en el consumismo irracional, en el que se produce para consumir y se consume para producir, una rueda vacía de contenido y absurda en su totalidad. Dado que no hay alternativas a trabajar de otra forma distinta, el trabajo se vuelve dependiente para todo el mundo, las condiciones son acatadas a raja tabla y el conformismo se apodera de las personas. Además, este sistema basado en la importancia de lo material en detrimento de lo espiritual, prima siempre los trabajos basados en la producción industrial y tecnológica sobre los trabajos más humanos.


El sistema económico está controlado por grandes multinacionales, cada vez más poderosas, que fomentan desde arriba la clave del sistema productivista basado en la competición entre las empresas, el interés y el beneficio económico. Así, si uno quiere entrar en el juego y montar su propio negocio debe ser competitivo o no llegará a ningún lado. Mientras, el trabajador medio es reducido a una mera pieza de un enorme puzzle que pierde todo sentido de ser y es relegado al engaño permanente y al esclavismo latente.  


Otro dato importante es que resulta imposible hallar una ética en el mundo laboral. Pero no nos referimos a una ética de trato humano entre empresario y trabajador, algo que de existir resulta falso, sino a una ética que cuestione la naturaleza de ciertos trabajos por su tendencia a la degradación espiritual. Lógicamente, trabajos como el de policía, abogado, juez o político, publicista, matarife o técnico nuclear son trabajos legales y necesarios en una sociedad tan compleja como ésta, en donde viven hacinadas millones de personas controladas por la ley y el orden de los estados represores y las multinacionales sin escrúpulos, pero aún así no dejan de ser trabajos degradantes e irracionales.


¿Cuál debería ser la respuesta ante este panorama? La objeción laboral. Evidentemente, entiéndase que ésta no puede hacerse de forma absoluta, pues nadie que viva en una ciudad puede dejar de trabajar ya que se necesita dinero para vivir. Pero sí se puede llevar a cabo de forma parcial o reducir parte de nuestra dependencia hacia el sistema laboral.


En primer lugar, hay que empezar por desengañarse ante las asociaciones de trabajadores y los sindicatos que no dejan de ser empresas que han entrado en el sucio juego de la competición. En segundo lugar, admitiendo que hay niveles éticos en el mundo laboral, siempre tendremos la posibilidad de rechazar los trabajos más degradantes. En tercer lugar, hay formas de reducir nuestra necesidad de trabajo, tan fácilmente como reduciendo nuestras necesidades de consumo, viviendo una vida más sencilla, más espiritual, menos materialista, practicando el desapego e incluso reduciendo nuestra descendencia. Así, podremos subsistir trabajando muchas menos horas anuales, trabajando en empleos de media jornada o en empleos autónomos o fuera de la legalidad -que sean ilegales no quiere decir que sean indignos, sino que no entran dentro de los límites que quiere poner el corrupto sistema legal; aún así, no nos confundamos, los trabajos ilegales no son ninguna solución-.


Por último y más importante, la objeción laboral no deja de ser una parte esencial de una acción revolucionaria más amplia y que incluye todos los ámbitos de la vida en sociedad y su necesaria transformación. Así, fomentar el trabajo tradicional, menos industrial, sin jerarquías, dando prioridad al intercambio por servicios entre comunidades, es sin duda una forma de mejorar las condiciones laborales y no reducirlas a un complejo sistema burocrático. Las relaciones laborales al margen del sistema y de la urbanidad son esenciales y se encaminan hacia otra forma futura de vida en sociedad que nada tiene que ver con ésta.

27 de agosto de 2013

Objeción fiscal

Este tipo de objeción está muy unida al uso de las cuentas bancarias, la propiedad de bienes  inmuebles y del trabajo asalariado, pues es por medio de tales por donde el gobierno recauda la totalidad de los impuestos.


Muchas personas que se consideran de izquierdas admiten que la recaudación de impuestos es un bien necesario, siempre y cuando éstos sean destinados para bienes comunes o públicos, tales como las infraestructuras, la sanidad o la educación. En la práctica esto es así en parte, pues jamás ha habido gobierno alguno que haya transigido en esta dirección exclusivamente. El primer fin de los impuestos es y ha sido siempre el mantenimiento del ejército y en menor medida de la policía, ya que históricamente todo gobierno siempre ha necesitado de un cuerpo represivo que sirviera para su defensa ante un pueblo descontento y potencialmente insurrecto. El segundo fin es y ha sido siempre el poder religioso, que en Occidente ha sido siempre la Iglesia Católica, como institución que ejerce aún una influencia hacia la pasividad y el conformismo de las masas que interesan al propio estado. En un segundo plano, los gobiernos deciden hasta qué punto el resto de usos públicos son de interés propiamente público o estatal para decidir sobre la cantidad de impuestos que se destinan a cada uno de ellos. Otra cuestión aparte es la transparencia de los destinos fiscales -algo que un gobierno jamás otorgará- y la necesaria equidad de los mismos en proporción a los bienes económicos de cada ciudadano, que no deja de ser algo secundario. La evasión de impuestos y la corrupción es una cuestión circunstancial que no afecta a la esencia del sistema, ya que son actos que perturban el normal desarrollo del mismo.


El objetivo primero del sistema fiscal como tal es el mantenimiento del estado como fuerza de control social, de represión y de anulación de los individuos. Como tal, el estado siempre tendrá las riendas de dicho sistema, siendo la participación ciudadana una irrealidad ya que iría en contra de sus propios intereses. El objetivo final del sistema fiscal es ofrecer a las masas un estado general de satisfacción y el de dar la sensación de que se están haciendo las cosas para su propio beneficio, para lo cual es importante mantener un buen sistema de sanidad que supuestamente mantenga sanas a las personas físicamente y un sistema de educación que las adoctrine en la dirección que más convenga al estado.


Pero lo que nos interesa aquí es cómo podemos evadir en la práctica los impuestos por objeción ética y sobre todo por una cuestión de rechazo estatal. Por supuesto, la evasión fiscal que hacen las grandes fortunas no entran dentro de esta categoría ya que estas fortunas de por sí van contra toda ética al ser símbolos del capitalismo más feroz. Si echamos la vista al principio decíamos que la forma habitual que tiene el gobierno de recaudar impuestos es por medio de los trabajos y de los bancos, ya que así no hay forma de que ningún trabajador escape a la deducción de los impuestos que le corresponden pagar. La otra forma es por la declaración de la renta dependiendo de cada país en donde se regulan los impuestos que paga cada cuál en función de sus ingresos y de sus gastos. Nos encontramos aquí con que, dado que los impuestos se deducen de las nóminas de los trabajadores y de las cuentas bancarias, para hacer una verdadera objeción fiscal habría que eludir en primer lugar el trabajo legal y asalariado; en segundo lugar, evitar el uso de las cuentas bancarias y en tercer lugar, la propiedad de bienes inmuebles.


Por ello, la verdadera objeción fiscal solo sería posible si estuviera incluida como parte integrante de una transformación social integral, en donde una tendencia hacia la autosuficiencia permitiera el abandono gradual del dinero como medio de cambio, el trabajo asalariado, el recurso de los bancos y que a la vez favoreciera el intercambio o el trueque, así como la bioconstrucción sencilla y libre de deudas.







11 de agosto de 2013

Objeción a los bancos

Los bancos representan una evolución lógica del dinero como medio de intercambio, ya que se encargan de administrar su constante e inevitable tendencia a la acumulación. Si bien el dinero, que por fuerza se debió inventar antes que los bancos, daba una sensación real de poder y estatus proporcionalmente a quién más tenía, fueron éstos posteriormente quienes se hicieron oficialmente con este poder, creando lugares físicos y custodiados para su administración. Los préstamos hipotecarios son su gran negocio, siendo esta la mejor forma de tener esclavizadas a las personas, aprovechando que todas ellas necesitan una casa para vivir. Los bancos, como centros de administración del dinero contribuyen a la vez a afianzar la dependencia de las personas hacia el sistema monetario, y son sin duda la piedra angular de dicho sistema. La objeción que se debe plantear es, por tanto, la de su propia existencia.


Al mismo tiempo se nos plantea un gran problema para llevar a cabo la objeción a los bancos. Entre el banco y el dinero reside una relación evidente: en tanto exista el dinero como forma de dar valor a las cosas, sea en moneda, papel o electrónico, lógicamente deberán existir lugares que al menos lo guarden. Por desgracia, aplicando el mismo argumento, el propio hecho de tasar los objetos, motiva que los bancos se lucren mediante el crédito para las posesiones más grandes, costosas y esenciales, como las casas. Esto nos dice que ya de por sí no tiene sentido alguno querer acabar con los bancos o al menos hacer objeción si no lo hacemos al dinero, pues una cosa lleva inevitablemente a la otra; digamos que son dos cosas correlacionales. A pesar de lo cual, objetar a los bancos o reducir nuestra colaboración para con ellos es mucho más fácil que tratar de reducir nuestra dependencia del dinero. Centrémonos en los dos usos mayoritarios de los bancos.


Cuando se dice que “las hipotecas nos esclavizan” estamos hablando de forma literal. El problema es que es muy difícil escapar al gran negocio de los bancos: los créditos. Cualquiera podría prescindir de un coche, una moto o un avión privado, objetos que requieren casi siempre de la concesión de un préstamo bancario, pero nadie puede escapar de la necesidad de una casa, a no ser que quiera vivir debajo de un puente. Alguien podría decir que sí que hay una forma de escapar al hecho de hipotecarse, y esta es la del alquiler. Craso error, pues al fin y al cabo el arrendador está hipotecado y si bien es cierto que el arrendatario no está acudiendo al banco a solicitar una hipoteca está contribuyendo a que otros lo hagan.  En otras palabras, a no ser que sea el estado o un organismo inferior quienes nos alquilen la casa, fomentar los alquileres fomentaría al mismo tiempo las hipotecas y no solo eso, también la especulación.  Conclusión, la objeción hipotecaria, sea o no directa, parece que a priori no es factible. No obstante, existe ya la posibilidad de que uno se haga su propia casa no convencional por un precio tan bajo que no necesitaría más que ahorrar unos años y conseguir evitar así hipotecarse.


Veamos ahora la otra función de los bancos: la custodia del dinero.


El desigual reparto de la riqueza, de los salarios y por tanto del dinero como medio de cambio de los productos, implica que haya personas que acumulen mucho y otras poco. Así, quienes acumulan mucho, ahorran ese dinero en los bancos porque saben que al menos allí estará seguro. Quienes, por el contrario, viven al día, no solo no pueden ahorrar sino que apenas tienen para vivir. Con todo, puede darse el caso de personas que ganen mucho y que tampoco ahorren porque lo gastan todo hasta el punto de que lo único que tienen son deudas (“el dinero llama al dinero”).  Para estos últimos sería fácil evitar los bancos directamente si vivieran de alquiler, pero aún así lo tienen difícil porque casi todos los trabajos, la oficina de desempleo o el sistema de pensiones funcionan mediante el ingreso del salario en una cuenta bancaria, y si bien uno está en su derecho de reclamar el pago en metálico, las trabas que te suelen poner son numerosas, y esto es lo que obliga a abrir una cuenta en el banco o no poder deshacerse de ella. Aún así, mientras uno no tenga ingresos de ningún tipo, puede perfectamente sacar el poco o mucho dinero que tenga en el banco y guardarlo como antaño se hacía, debajo de la almohada. Obviamente, si es poco no pasará nada, pero siendo mucho, la inseguridad de robo es patente y esto hace que la gente tienda a buscar la seguridad del banco.


Por esto queremos decir que la objeción a los bancos carece de sentido si no se objeta al mismo tiempo al uso mismo del dinero, pero también hacia el nivel de consumo, ya que si una persona que trabaja poco porque no hay trabajo y por tanto tiene pocos ingresos a lo largo del año, apenas consume y por tanto vive al día; en este caso apenas necesitará de los bancos. ¿Cuál es la mejor forma entonces de objetar a los bancos? Trabajar lo justo, reducir al máximo el consumo y no ahorrar, por ejemplo, donando el dinero que nos sobre a aquellos que más lo necesiten.




10 de julio de 2013

Objeción al consumo

Este tipo de objeción como forma de combatir al sistema establecido es esencial, pues el consumo frenético se ha convertido en una de las piezas clave para que éste siga funcionando. No se trata de dejar de consumir, sino hacerlo de una forma más racional y con moderación. Para ello se hace inevitable un descenso significativo en el consumo per cápita.

Si analizáramos concienzudamente de donde viene este afán enfermizo por el consumo y en especial por el consumo superfluo, claramente nos tendríamos que remontar al gran emerger de la era industrial y publicitaria, en donde la producción empezó a sufrir un proceso que se ha llamado catalizador, por el cuál, ésta se aceleraba a velocidades cada vez mayores. Pero para que la producción pudiera mantenerse y acelerarse se hacía estrictamente necesario que el consumo se desarrollara al menos a la misma velocidad, de ahí que los analistas más retorcidos buscasen los métodos más apropiados para estimular el consumo. Y para ello valía cualquier cosa, siendo la publicidad uno de los recursos más valorados a nivel competitivo.

Una de las primeras técnicas era la multiplicación infinita de las supuestas necesidades, más allá de las necesidades básicas. Lógicamente, esto no fue explosivo, porque a lo largo de la historia invenciones de todo tipo ya habían hecho sus pinitos para este fin. Sin duda, la era industrial y tecnológica trajo consigo el triunfo de lo superfluo. No solo se trataba de incrementar el consumo -algo que por otra parte era inevitable porque la población estaba creciendo-, sino de multiplicar hacia el infinito las necesidades que venían aparejadas con cada invento. Por tanto, no es, como falsamente se ha difundido, que cada invento o innovación responde a una necesidad, sino al revés; por lo general, los inventos crean no una necesidad, sino miles de necesidades derivadas de ellos.

En un lapso de tiempo relativamente corto, las necesidades básicas lo siguen siendo, pero ahora se le han sumado millones de necesidades más. ¿Por qué? Porque en una sociedad que cada vez se vuelve más compleja y exigente, el modo de vida requiere un incremento de las necesidades y prácticamente todos los inventos que se incorporan responden a estas nuevas necesidades creadas previamente. Pondremos un ejemplo: el invento final, tras varias pruebas, del vehículo motorizado, responde a una necesidad creada de moverse a mayor velocidad en un mundo que cada vez exigía mayor producción. Hablar del transporte de mercancías por tierra o por aire solo cambia la forma y la velocidad, pero el objeto es el mismo. Posteriormente el transporte privado de personas y no solo de mercancías se hace igual de imprescindible, ya que además tiene el filón de que reporta una supuesta libertad a los utilitarios. 

Siguiendo los pasos de este mismo ejemplo en este punto, el vehículo privado se irá perfeccionando creando nuevas necesidades y comodidades como por ejemplo el aire acondicionado. Lógicamente, nadie podía resistir un viaje en un coche a cuarenta grados en los lugares más calurosos del planeta y entonces se hace necesario introducir pequeñas innovaciones como esta que se acaban convirtiendo en necesidades básicas. Para terminar este ejemplo y justificar este argumento, el desarrollo del coche privado motivó el incremento de los sistemas de seguridad debido al alto índice de siniestralidad, lo que posibilitó un mundo nuevo para la producción automovilística, la tecnológica y también por cierto para las empresas aseguradoras. Todas juntas hacen inevitable el aumento desproporcionado de las necesidades y por tanto del consumo.

Podríamos escribir miles de ejemplos procedentes de miles de inventos, pues al final todos siguen el mismo esquema: la creación de la necesidad, la creación de las necesidades derivadas y la recombinación entre necesidades no relacionadas a priori, todo con el objeto de incrementar el consumo. La publicidad se encarga de estimular todo el proceso. Por supuesto, aquí no hay espacio suficiente porque esto no es un libro.

Para quien no se haya dado cuenta todavía, este proceso es parte básica de la cadena del sistema que nos gobierna y del cuál ya adelantamos cuáles eran sus repercusiones más nocivas. Solo nos queda por tanto poner sobre la mesa las formas de objeción por las que debemos romper o intentar romper esta parte esencial de la cadena: consumir menos de todo, empezar a practicar el consumo moderado y ético, evitar las grandes superficies, que no son más que centros de formación de masas y anulación del pensamiento, tratar de no despilfarrar lo que se compre, y por supuesto, tratar de evitar la publicidad allá donde nos la encontremos. Esto en cuanto a la objeción, pero también hay fórmulas activas y equivalentes de actuar: fomentar el intercambio de objetos usados, el trabajo independiente y moderado, la vuelta a las actividades rurales y sencillas, con el fin de reducir las necesidades,etc.

Habrá quién diga que si se reduce el consumo demasiado, inevitablemente se reducirá la producción e inevitablemente se incrementará el paro. Esto por desgracia es una verdad que gusta mucho de difundir entre los prosistema, pero en el fondo no es más que una fórmula para alertar a la población de que no debe dejar de consumir. En el fondo no es más que una treta para que el control social siga anulando a las personas y frustrando su libertad y su espíritu crítico. Para quien de verdad desee ver un mundo más libre e igual se hace necesario el decaimiento de la ideología irracional del consumo. Pero por descontado se hace necesario que vaya acompañado de una transformación integral de todo, una transición del enredo en el que nos sume esta sociedad compleja hacia una sociedad sencilla.


28 de junio de 2013

Objeción política

Comenzamos esta serie de objeciones al sistema con la objeción al sistema político. Argumentaremos los motivos de dicha objeción y ejemplos de cómo ejercerla.  


La política no es algo que tenga que reducirse, como casi siempre se ha hecho, a elegir un grupo de personas constituidas en partidos que serán los que decidan por todos los demás. Esto no es la política, sino una forma de hacer política, por cierto, no solo bastante funesta, sino fácilmente corruptible. En realidad, mientras sea así, aunque lo hayan mitigado con el derecho al voto, es decir, el derecho a elegir quién decidirá por nosotros, esto no es otra cosa que una oligarquía: unos pocos gobiernan a la mayoría o dicho de otro modo, unos pocos deciden los asuntos que conciernen a la mayoría. Estos pocos no solo se han dedicado siempre a decidir por la mayoría, sino que históricamente se han atribuido por este mismo hecho una serie de privilegios injustificados, solo por la supuesta responsabilidad que llevan encima.


Como digo, la política es algo más que eso. La política es el asunto que atañe a todos y no necesariamente tiene que ser reducida a que la ejerzan un grupo de personas. Ocurre que cuantas más personas hay en una sociedad, más razones encontrarán los políticos de los partidos para autojustificar la necesaria representación, pues su argumentación es que sería imposible que una sociedad de millones de personas pudieran autoorganizarse sin nadie que los dirigiera. Esto quizás pueda venir del apego ancestral que tienen algunas personas por la autoridad y el mando, propios también de organizaciones militares y que se ha ido heredando de generación en generación. Por supuesto, la justificación de la política reduccionista estatal encuentra mayores justificaciones cuantas más personas hay en una sociedad para hacer del centralismo una práctica necesaria.


Se suele pensar que dentro de la única opción que tenemos de intervención política, que analizada en esencia resulta irrisoria porque solo elegimos a quién decidirá por nosotras y cada cuatro años, dos veces dependiendo del país, “es mejor votar que no hacerlo porque al votar al menos podremos elegir al menos malo”. Esto no es más que escoger el mal menor, en vez de tender hacia la lógica. Pero, ¿por qué conformarse con el mal menor? Puede parecer que votar a un partido minoritario tiene su razón de ser, pero analicémoslo. Si este partido tiene la hipotética intención de alcanzar el poder en un futuro, ¿quién nos asegura que no se corromperá como los anteriores? Y por otro lado, si no tiene más intención que conseguir algún diputado para tratar de intervenir en cambiar ciertas leyes -una opción más real-, ¿no es esto una forma de fomentar la creación de multitud de partidos que solo trabajan por el mal menor y que dicen que no aspiran a alcanzar el poder? Al mismo tiempo, todos estos partidos buscan a su vez incrementar sus votantes, luego de alguna forma, también buscan crecer en votos e incrementar su influencia.


En efecto, el beneplácito ciudadano hacia el gobierno y hacia el sistema de partidos es prácticamente total. Quizás todo esto venga del arraigo que se tiene ante la creencia de que siempre debe haber alguien que guíe al resto de personas. Sería bueno investigar el origen de dichas creencias, pero solo basta con saber el resultado que suele imperar ante esta forma de hacer política que por cierto, debemos añadir una vez más que ha sido impuesta en el pasado por la fuerza. Como decimos, es posible que para tantos millones de personas que viven masificadas en ciudades, en donde el parentesco se ha reducido al máximo y por tanto todos son desconocidos para todos, se hace necesario un sistema centralizado, convertidos con el tiempo en sistemas de representación totalitarios -ni muchos menos democráticos- por lo que quizás sería conveniente empezar a plantearse antes las relaciones intrínsecas entre facilidad para organizarse y crecimiento demográfico.


Mientras tanto, en lo que respecta a la objeción política actual, tan solo hay una forma posible de llevarla a cabo, y esa es la de la abstención. El voto a un partido minoritario, el voto en blanco o el voto nulo no es más que una forma de contribuir a la perpetuación del sistema de partidos y al sistema centralizado. Otra cuestión es si la abstención es activa o pasiva -si es más por una cuestión de indiferencia-, pero eso ya dependerá del grado de escepticismo e implicación que tenga cada cuál. Por supuesto, para quien de verdad quiera  una sociedad más libre e igualitaria, no solo es suficiente con negar el sistema de partidos el día que haya que ir a votar, pues esto constituiría tan solo una parte de todas las objeciones posibles.

19 de junio de 2013

Objeción al sistema

Nunca antes ninguna comunidad de humanos había vivido el modo de vida que nos ofrece la modernidad. De hecho lo que antiguamente se conocía por comunidad, hoy ya no existe. Solo existe la masa, gobernada por el sistema. Pero, ¿qué es el sistema?

Para algunos el sistema es un grupo de personas ocultas que llevan tramando un plan maquiavélico para gobernar, controlar, alienar el mundo y que ahora están muy cerca de conseguirlo totalmente gracias a un supuesto “gobierno único mundial”. Son normalmente ideas provenientes de la teoría de la conspiración. Para otros, se trata de una relación de poder entre opresores y oprimidos, o entre ricos y pobres, que son las diferencias entre las tradicionales clases sociales que empezaron con la alienación y la división del trabajo. En este caso, el poder es más etéreo y no tiene porqué ser oculto, pero para este grupo son los responsables de que millones de personas vivan en la alienación o en la miseria.

Sin embargo, habría otra definición para sistema menos escuchada y menos entendida, pero no menos crucial. Esta sutil definición responde a veces a lo que se ha llamado la crisis de las conciencias. El sistema en realidad no es ningún plan secreto de ningún club secreto, ni tampoco es un grupo reducido de personas ambiciosas y egoístas que oprimen a otras. El sistema es algo mucho más complejo que eso. El sistema es el conjunto abstracto de ideas, normas, convenciones y vicios que nos oprimen a todos y cada uno de los seres humanos, motivados por un proceso evolutivo forzado por las circunstancias, lo que vendría a ser una desviación evolutiva. Por tanto, el sistema nos afecta a todos, al menos a todos los individuos que formamos el mundo civilizado -el 99,99 %- en contraposición al mundo que aún no ha sido civilizado.

Cualquiera podrá decir que esta definición me la estoy inventando. Ciertamente es así, y por ello es necesario que la justifique para dar credibilidad al argumento. Lo haré de dos formas: la primera históricamente y la segunda, por explicaciones consecuentes.

El largo proceso del sistema comenzó de forma simultánea a la civilización -como estado opuesto a primitivo-, siendo la característica esencial el concepto de domesticación tanto de plantas y animales primero como de humanos después, que de forma genérica se dio en llamar dominación. Como decimos fue un proceso largo, pero corto en comparación con el total de la edad humana. Este proceso es el resultado de una transformación gradual que supuso y supone lo que hemos llamado desviación evolutiva. Pero, ¿por qué desviación?

Tan sencillo como que durante cientos de miles de años el ser humano había vivido en la naturaleza como un animal más. Ciertamente lo era. Su economía era exclusivamente depredadora y de subsistencia, es decir, recolectaban, cazaban y consumían solo lo estrictamente necesario. Además era nómada o seminómada y vivía en pequeñas tribus o comunidades distantes unas de otras. Esto permitía al medio regenerarse y vivir en un constante equilibrio con el resto de especies. Ni mucho menos la vida de aquellos humanos era ideal, no estamos diciendo esto, pero sí más igualitaria, más libre y lo más importante, más respetuosa con el medio que le rodeaba que la actual. Son varias las causas expuestas por diversos antropólogos encaminadas a explicar el porqué el ser humano primitivo fue rápidamente sustituyendo este modo de vida por una economía productivista con la agricultura y la ganadería intensiva hasta que fue engullendo todo vestigio cazador y recolector, pero para lo que estamos tratando ahora no son importantes. Lo esencial es que es en este punto cuando empieza la desviación, cuya característica clave es el poder de dominación.

La otra explicación que ofreceré es más contundente: el sistema es una abstracción que gobierna las mentes de las personas y que ha operado durante miles de años pasando de generación en generación por el efecto de la tradición, la costumbre, la imitación y la idea del progreso, dejando un resultado nocivo en forma de degradación de los valores humanos. En vez de transformarse en un animal racional moral, el ser humano tomó la vía fácil, aquella que aflora sus vicios más profundos y reprime lo trascendental. Al mismo tiempo se trata de la peor consecuencia de dicho sistema, ya que abre la puerta de acceso hacia la deshumanización.

La cuestión por la que el concepto de sistema confunde tanto a la gente es porque se ha vuelto piramidal, pero la perspectiva de la pirámide es relativa. La mayoría de la gente solo ve dos escalones: opresores y oprimidos. En realidad hay tantos escalones como situaciones de individuos, pues si el más rico oprime al que está por debajo, éste oprime al que está por debajo de él y así sucesivamente, siendo esto una prueba inequívoca del efecto de imitación expresado con el siguiente ejemplo: “como el de arriba oprime, manipula o engaña, yo también puedo hacerlo”. Pero detengámonos aquí con este planteamiento: ¿por qué creemos que nos están oprimiendo? ¿es realmente opresión? Si decimos que el sistema afecta a todos es porque todos aplican el sistema para vivir del mismo modo, es decir, oprimiendo o al menos colaborando en algún tipo de opresión. Sucede a menudo que muchos son opresores sin reconocerlo, como la opresión que ejercen todos los humanos con los animales.

Lo más espectacular de todo este tinglado es que se tiene la funesta idea de que los opresores, normalmente equiparados con los ricos o los poderosos, son los malos, como si a ellos no les afectara las repercusiones del sistema. De hecho, es a ellos a quién más ha afectado el sistema y la degradación, pues hasta tal extremo de corrupción mental han llegado que han perdido todo rasgo de humanidad para con sus semejantes. Pero casi nunca son más felices, ni más libres, ni mejores. El problema es que por factores forzados, se ha impuesto la degradante idea de que “cuanto más tienes, más vales”. Pero esta idea es una más de tantas que nos ha sido legada de forma perniciosa y por la fuerza. En relación con esto tiene que ver el también tergiversado concepto de la miseria. Sorprendentemente, algunos reductos de grupos primitivos nos enseñan una comunidad con escasas necesidades, escasas posesiones y que viven una vida despreocupada. Al contrario, millones de personas cuyas necesidades y bienes se multiplican a cada segundo, viven sin saberlo en una absoluta miseria espiritual.

Tampoco se puede afirmar que ha habido un plan histórico de estos poderosos por controlar al “ganado” humano. Si el poder se ha perfeccionado y ellos se lo han creído es porque las circunstancias han devenido propicias para ello. Pero fueron solamente los hechos del pasado los que motivaron este perfeccionamiento.

El resto de consecuencias fatales son las que afectan directamente al resto de especies animales, domesticadas o no, incluidas una buena parte de la humana, que se convierten en las mayores víctimas del sistema. Después tenemos las consecuencias ambientales, incrementadas de forma desproporcional con la llegada de la civilización industrial y más tarde la tecnológica, con la destrucción de ecosistemas enteros, mayor a medida que dicha tecnología se vuelve más y más compleja.

Pero todavía hay más sutileza en el asunto, pues la propia tecnología, convertida en una trampa mortal, la industrialización, la masificación, la vida urbana, la especialización laboral, la jerarquización,  son el resultado de las ideas más funestas transformadas en cosas tangibles  que fomenta el sistema, ya que atentan directamente contra la naturalidad del ser humano, contra su moral, contra todo rasgo de humanidad, contra su propia libertad y autonomía y porqué no decirlo, contra su animalidad.

Es extraordinario y no deja de ser al mismo tiempo triste, que millones de personas vivan al margen de todos estos problemas derivados, o mejor dicho causados por el ser humano y sigan consumiendo y contribuyendo a avivar la degradación. Y finalmente, esto se explica por la perniciosa idea del progreso, por el cuál se justifica de forma engañosa que el ser humano debe avanzar y jamás retroceder. Así, nos repiten una y otra vez que el progreso debe continuar, que el retroceso es malo; pero seamos cabales: el único avance que hay aquí es el de la degradación. En el fondo de vosotros mismos lo sabéis.

Por desgracia, muchas de las personas que creen que todo obedece a un plan muy bien urdido, sea secreto o no, muchos de ellos pertenecientes al movimiento llamado izquierdista, se creen que la sustitución de dichos mandatarios por otros más benévolos cambiaría el estado de las cosas, es decir, piensan tozudamente que el sistema se basa en opresores contra oprimidos, ricos contra pobres, verdugos contra víctimas,  y esperan vivir en un mundo supuestamente utópico algo más amable sin acabar con el problema de raíz, es decir, con todas aquellas ideas que seguirán viciando la virtud de lo humano.

Con estas palabras llegamos a la conclusión de que el sistema debe ser cuestionado primero, -algo que ya hemos hecho aquí en parte- y rechazado después, pues comprobado está que el sistema no puedo dejar nada bueno, sino todo lo contrario. Pero ¿cómo rechazarlo? abandonando en todo lo que uno o una pueda el conjunto de ideas, normas, convenciones y vicios que el sistema nos ha legado para crear un nuevo modo de vida, más igualitario, más libre y más respetuoso con el medio y las especies. Esto no tendría porqué ser necesariamente un retroceso, aunque si lo fuera estaría justificado. Es nuestro deber como animal racional moral que todavía somos.

Obviamente esto es una tarea que incluso para personas que son conscientes de ello, es harto difícil, pero hay fórmulas que pueden ir bien encaminadas al rechazo, si no total, sí al menos parcialmente. Al menos si las ponemos en práctica estaremos seguros de que de alguna forma estaremos combatiendo al sistema, aunque tengamos que seguir manteniéndolo.

Las objeciones que iré transmitiendo en este espacio próximamente no son ni mucho menos soluciones directas ni propuestas de solución. Tan solo son formas diversas de combatir el sistema, que por otra parte no tienen porqué ser las únicas.