Mostrando entradas con la etiqueta presión social. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta presión social. Mostrar todas las entradas

16 de diciembre de 2016

En navidad, más derroche, más estupidez, más falsedad

Como cada año, la sociedad del supuesto bienestar acoge con los brazos abiertos ese período en el que todos parecen volverse un poco más dementes de lo que están, pues son unas fechas en las que no saben hacer otra cosa ni capacidad tienen para ello. Empujados por la inercia, la gran masa urbanita se dispone frenéticamente a comprar cuantas cosas pueda, ya sea en forma de objetos para regalar o comida para reventar, en estas fechas todo vale. La navidad se ha convertido en otro fenómeno de masas que se ha instaurado en nuestras vidas sin que hayamos podido hacer nada por impedirlo. Las excusas más recurridas son los niños y el placer, dos aspectos sagrados en el humano moderno de hoy en día.

A pesar de que originariamente el motivo de la navidad era exclusivamente religioso, hoy en día va perdiendo fuerza, pues la idea de un dios supremo que nos salvará a todos está siendo sustituida por el valor que se da al aspecto material. Hoy existen otros dioses para venerar como la televisión, el móvil o los videojuegos, es decir, inventos tecnológicos que enganchan fácilmente. Si bien la celebración de la navidad tradicional se centraba más en las reuniones familiares con sus pertinentes cenas, las panderetas en los villancicos y los regalitos de reyes o papá noel, según el lugar, en lo que apenas venía a durar unos días, la navidad moderna se centra ante todo en cuestiones comerciales, fomentando las compras desmedidas y adelantándose más en el tiempo para multiplicar las ganancias. Han conseguido que la navidad sea la gran mentira a la que todo el mundo acaba postrándose, incluso los que reniegan de ella.

Aquí todos sacan su provecho. En primer lugar las grandes empresas, monstruos ávidos de incrementar las ventas y los beneficios, lanzando sublimes campañas de publicidad, a la cual más estúpida y retorcida, como la nueva moda del “black friday” para dar comienzo a la locura, un sutil invento "made in USA" que a velocidad del rayo se ha extendido a toda Europa, confirmando que de la cultura yanqui se importan solo los aspectos más perniciosos o que en el fondo Europa y EEUU son dos sociedades que operan bajo las mismas leyes del mercado y que se copian la una de la otra. De la forma que se quiera mirar, esta nueva campaña representa lo estúpidos que nos estamos volviendo al permitir que las grandes multinacionales gobiernen nuestras vidas como si de dioses se trataran. 

Se permite todo lo que nos vende el sistema y por lo tanto se es condescendiente con él. Permitimos que las empresas nos engañen con millones de anuncios en todas partes, anuncios creados para que compremos más de lo que necesitamos, para hacernos adictos a las compras, para crearnos ideas antihumanas y antinaturales como la felicidad perpetua o el placer por encima de todo, incluso a costa del sufrimiento de terceros. Permitimos que el gobierno nos engañe a su vez con sus discursos pro-navidad, con importantes sorteos para ganar dinero de millones de personas que se les ha contado el cuento de que el dinero da la felicidad o si no, ayuda. El resultado es que los sorteos navideños solo sirven para confirmar adictos a estos juegos o para crear falsas esperanzas. Permitimos de igual forma que los medios de manipulación nos emboten la cabeza con información navideña a todas horas, el bombardeo de anuncios en las horas más seguidas de televisión, las referencias de cientos de programas al supuesto espíritu navideño, la inclusión de cientos de películas naviedeñas.  

Con todo, el problema del consumismo no solo es el hecho de consumir desenfrenadamente creando fanáticos de las compras. Constituye además un problema de aspecto planetario. En primer lugar, un desproporcionado gasto de recursos naturales, con las terribles consecuencias para el medioambiente y quienes lo pueblan; en segundo lugar, la acumulación de materiales deshechables motivada entre otras cosas por la insensatez de consumidores que reducen cada vez más el tiempo de uso de los objetos que compran necesitando cada vez más, aunque en realidad sea el propio sistema el que promueve esta conducta inconsciente mediante métodos de incitación al consumo y obsolescencia programada; en tercer lugar, la contaminación de dichos deshechos a la tierra, aire, mares y ríos; en cuarto lugar, el deshecho de toneladas de alimentos y de miles de litros de agua.   

Sin embargo y a pesar de esta desfachatez de la que nadie se acuerda, lo tradicional de la navidad no parece haber perdido su sentido, pues todo el mundo sigue reuniéndose para celebrarla y es aquí en donde se siente esa falsedad de la que todos parece que estén orgullosos, ese cinismo que no tiene límites. De un lado porque ya muchos consolidados ateos siguen celebrando una fiesta originariamente religiosa, contradiciendo uno de sus más férreos principios; claro, critican la religión tradicional ya anticuada pero veneran el progreso, la modernidad, ¡qué incongruencia!. De otro lado porque todos parecen olvidar en estos días las penas sufridas durante el año, los varapalos que les dan en la empresa, la presión a la que nos someten, los engaños que nos regala el sistema como la misma celebración de la navidad; y si todos hacen por olvidar las penas propias para qué hablar de las penas ajenas que suceden en el mundo fruto de un sistema drásticamente devorador como el nuestro. ¿O acaso se piensa la gente todavía que lo que está ocurriendo en Siria o en el Congo es un hecho independiente a la sociedad occidental? 

El lado más siniestro de la navidad es aquello que nos recuerda ”lo maravillosa que es la humanidad”, lo que lleva a olvidar todo el horror que dejamos a nuestro paso y del que nadie quiere saber nada. Esto tiene que ver con la arrogancia que nos caracteriza. El hecho de carecer de total remordimiento y empatía hacia las mayores víctimas de la navidad, que son, como en el resto del año, los animales.

Muchas de estas personas se manifiestan indiferentes a los hechos, pero ni en navidad ni en el resto del año les importa un bledo trocear la parte de un animal que ha sido vejado y esclavizado mientras deleitan su paladar riendo frases estúpidizantes de cuñados, nueras o primos. Otros, seguro que menos, en el resto del año mostrarían cierta empatía o deferencia hacia los animales que suelen comerse -aunque digan que lo hacen ocasionalmente o lo están dejando-, pero no tienen reparos en sumarse al frenesí navideño de corderos, pavos, terneras, langostinos o salmones, lo mismo da, sobre todo por el qué dirán, confirmando una tendencia enfermiza a la condescendencia familiar o grupal. Sin embargo, todas estas personas afirmarían odiar la violencia y la esclavitud, pero la navidad es la navidad y ante todo es la diversión de ellos y el correcto encauzamiento de los niños para engañarles y obtener nuevos obedientes prosistema. Los que malviven en los campos de concentración de animales "son un mal menor, necesario para el progreso".  

La auténtica verdad que nadie quiere reconocer es que en navidad se celebra el asesinato y esclavitud de los animales que se ponen a la mesa, y por esto la navidad es una patraña infame que confirma nuestra hipocresía, nuestro cinismo, nuestro perversidad, el avance imparable de una sociedad podrida tanto por dentro como por fuera. En definitiva, la especie humana no solo destruye y extermina todo lo que le rodea, sino que se regodea de ello y celebra con arrogancia que todo lo que hace es normal, pero cada vez está más cerca el momento en que tanta arrogancia se volverá en su contra.  

Así pues, si aún consideras que te queda algún resto de cordura en este mundo demencial, actúa con coherencia y no celebres la gran mentira de la navidad, no pongas adornos, no compres regalos, no acudas a las cenas a comer restos de animales, no engañes a tus hijos con patrañas navideñas, cena en tu casa como un día cualquiera.  

15 de noviembre de 2013

La presión social

Hay quienes dicen que la humanidad puede aún cambiar de rumbo si realmente tiene voluntad para hacerlo. Otros dicen que por lo general las personas no cambian, salvo excepciones. La primera afirmación es muy general, algo vaga y además ambigua porque habla de un futuro incierto y de una tendencia que pasaría por alto muchos factores decisivos. La segunda afirmación es algo más específica, se refiere a los individuos en concreto por lo que no tiene mucha validez si se quiere aplicar al conjunto de los mismos, porque ¿qué importancia tiene que unos pocos individuos cambien si la mayoría no lo hace? Independientemente de la veracidad de tales afirmaciones, que más bien serían interpretaciones subjetivas de la realidad, ninguna de ellas aporta nada significativo al análisis exhaustivo de la delicada situación del ser humano en relación al entorno en el que vive y el resto de individuos que habitan la Tierra por culpa de su osadía.


Si a quienes les importan estas cosas empezaran a analizar las causas radicales de la situación actual llegarían a la conclusión de que son varios los factores decisivos por los cuáles se puede afirmar que una masa de individuos homogénea no manifiesta cambios trascendentales en el curso de sus respectivas vidas. Aunque en realidad, sólo habría un factor único y este es el de la presión social. Efectivamente, en la sociedad de masas, casi la totalidad de las acciones humanas están guiadas e influenciadas drásticamente por la presión social y es esta la que motiva el hecho de que las personas tiendan a permanecer estáticas e inmutables en cuanto a sus hábitos o comportamientos esenciales. Se podría decir que esta influencia no abarca al cien por cien de las personas, pero el tanto por ciento mínimo de las consideradas excepciones y que sí experimentan cambios o bien éstos no llegan a ser nunca revolucionarios o bien son engullidos por el sistema social y por tanto desvirtuados en su esencia primaria.


La presión social ha evolucionado en un ambiente propicio para ello y a un ritmo siempre ascendente a medida que las sociedades de masas se hacían más grandes y complejas. Se encuentra presente en prácticamente todos los lugares del mundo y se da constantemente, pero su presencia no es advertida por casi nadie. Cuanto más grande, urbanizada y masificada es una sociedad, al mismo tiempo de que su desarrollo tecnológico es más complejo y avanzado, la presión a la que se ven sometidos los individuos que componen dicha sociedad se hace cada vez más intensa. Así, desde el mundo laboral hasta el mundo del entretenimiento, los individuos se ven obligados a actuar según la norma impuesta si no quieren ser relegados a la inadaptación o la miseria y todo por una cuestión anacrónica de supervivencia que a menudo es justificada. Pero lo peor no es eso. Dado que la norma social es exclusivista y reduccionista, desde que nacemos desarrolla un peligroso proceso que consiste en reprimir los valores más enteramente humanos al sobconsciente, lo que lleva al individuo a seguir a la masa en todos los ámbitos de la vida sin llegar a plantearse hacia dónde lo dirige ésta.


La presión social arrastra a los individuos hacia ideas conformadas como el progreso, la innovación tecnológica o el supuesto orden estatal. Pero no solo eso, también sirve para neutralizar cualquier posible tendencia opuesta a dichas ideas, es decir, la presión social impide que los individuos recuperen la cordura y puedan llegar a juzgar sus actos por medio de una nueva moral libre de cualquier condicionamiento impuesto por la masa.


Para demostrar que esto no es solamente una hipótesis que me he inventado se hace imprescindible poner algunos ejemplos que ratifiquen el poder de la presión social.


El más extendido de todos los ejemplos sería el que se refiere a la presión social en el mundo laboral. Cuando alguien se vé obligado a aceptar un trabajo que va en contra de sus ideales, la presión social es la responsable de que dichos ideales no perturben la importancia de dicha decisión. Pero la mayoría de las personas ni siquiera llegan a plantearse si el trabajo al que aspiran va en contra de sus ideales porque la presión social ha anulado cualquier posible presencia de dichos ideales.


En otro contexto, cuando alguien es cuestionado por sus hábitos alimenticios por comer animales y dado que el consumo de carne concretamente es un consumo de masas, salvo excepciones contadas, ese alguien se dejará llevar por la propia masa y seguirá consumiendo animales, incluso aunque manifieste dudas morales al respecto. En este caso, no es que esta persona carezca de voluntad o fortaleza psicológica para cambiar sus hábitos, sino que su voluntad es anulada por la presión social y el mayor de los miedos sería el de la inadaptación o el aislamiento. El culto por la belleza y la eterna juventud son potenciados por presión social. Las modas pasajeras, el referente del estatus y lo material, la presión del grupo, etc. son otros claros exponentes. En realidad, todas y cada una de las tomas de decisiones que se vean influidas por la masa son susceptibles de pasar por la guillotina de la presión social.


La presión social es un monstruo que anula y a la vez aliena las conciencias humanas; la presión social sirve de condicionamiento y sumisión sin que nadie tenga que dirigirla, de hecho, la presión social nunca es dirigida por nadie, pero es inmensamente más poderosa que cualquier intento de control humano: inhibe las posibilidades de análisis crítico, de pensamiento   trascendental, de desarrollo de las virtudes humanas; la presión social es algo etéreo que nadie puede ver ni sentir, y de ahí el gran peligro que esconde.


Aún así, la presión social no es infalible, contiene fisuras que pueden hacerla evitable al menos en parte, pero todo intento de vencerla ha de ser de forma individual, puesto que la razón de ser de la presión social y su capacidad de desarrollo es la masa y solo la masa, mientras que individualmente la presión social pierde todo su sentido. Aún así, entablar una lucha contra la presión social es todo un reto para aquellos que quieran trascender ésta época oscura de dominación humana contra todo lo que le rodea, pero no sólo es posible, sino necesario.