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16 de diciembre de 2016

En navidad, más derroche, más estupidez, más falsedad

Como cada año, la sociedad del supuesto bienestar acoge con los brazos abiertos ese período en el que todos parecen volverse un poco más dementes de lo que están, pues son unas fechas en las que no saben hacer otra cosa ni capacidad tienen para ello. Empujados por la inercia, la gran masa urbanita se dispone frenéticamente a comprar cuantas cosas pueda, ya sea en forma de objetos para regalar o comida para reventar, en estas fechas todo vale. La navidad se ha convertido en otro fenómeno de masas que se ha instaurado en nuestras vidas sin que hayamos podido hacer nada por impedirlo. Las excusas más recurridas son los niños y el placer, dos aspectos sagrados en el humano moderno de hoy en día.

A pesar de que originariamente el motivo de la navidad era exclusivamente religioso, hoy en día va perdiendo fuerza, pues la idea de un dios supremo que nos salvará a todos está siendo sustituida por el valor que se da al aspecto material. Hoy existen otros dioses para venerar como la televisión, el móvil o los videojuegos, es decir, inventos tecnológicos que enganchan fácilmente. Si bien la celebración de la navidad tradicional se centraba más en las reuniones familiares con sus pertinentes cenas, las panderetas en los villancicos y los regalitos de reyes o papá noel, según el lugar, en lo que apenas venía a durar unos días, la navidad moderna se centra ante todo en cuestiones comerciales, fomentando las compras desmedidas y adelantándose más en el tiempo para multiplicar las ganancias. Han conseguido que la navidad sea la gran mentira a la que todo el mundo acaba postrándose, incluso los que reniegan de ella.

Aquí todos sacan su provecho. En primer lugar las grandes empresas, monstruos ávidos de incrementar las ventas y los beneficios, lanzando sublimes campañas de publicidad, a la cual más estúpida y retorcida, como la nueva moda del “black friday” para dar comienzo a la locura, un sutil invento "made in USA" que a velocidad del rayo se ha extendido a toda Europa, confirmando que de la cultura yanqui se importan solo los aspectos más perniciosos o que en el fondo Europa y EEUU son dos sociedades que operan bajo las mismas leyes del mercado y que se copian la una de la otra. De la forma que se quiera mirar, esta nueva campaña representa lo estúpidos que nos estamos volviendo al permitir que las grandes multinacionales gobiernen nuestras vidas como si de dioses se trataran. 

Se permite todo lo que nos vende el sistema y por lo tanto se es condescendiente con él. Permitimos que las empresas nos engañen con millones de anuncios en todas partes, anuncios creados para que compremos más de lo que necesitamos, para hacernos adictos a las compras, para crearnos ideas antihumanas y antinaturales como la felicidad perpetua o el placer por encima de todo, incluso a costa del sufrimiento de terceros. Permitimos que el gobierno nos engañe a su vez con sus discursos pro-navidad, con importantes sorteos para ganar dinero de millones de personas que se les ha contado el cuento de que el dinero da la felicidad o si no, ayuda. El resultado es que los sorteos navideños solo sirven para confirmar adictos a estos juegos o para crear falsas esperanzas. Permitimos de igual forma que los medios de manipulación nos emboten la cabeza con información navideña a todas horas, el bombardeo de anuncios en las horas más seguidas de televisión, las referencias de cientos de programas al supuesto espíritu navideño, la inclusión de cientos de películas naviedeñas.  

Con todo, el problema del consumismo no solo es el hecho de consumir desenfrenadamente creando fanáticos de las compras. Constituye además un problema de aspecto planetario. En primer lugar, un desproporcionado gasto de recursos naturales, con las terribles consecuencias para el medioambiente y quienes lo pueblan; en segundo lugar, la acumulación de materiales deshechables motivada entre otras cosas por la insensatez de consumidores que reducen cada vez más el tiempo de uso de los objetos que compran necesitando cada vez más, aunque en realidad sea el propio sistema el que promueve esta conducta inconsciente mediante métodos de incitación al consumo y obsolescencia programada; en tercer lugar, la contaminación de dichos deshechos a la tierra, aire, mares y ríos; en cuarto lugar, el deshecho de toneladas de alimentos y de miles de litros de agua.   

Sin embargo y a pesar de esta desfachatez de la que nadie se acuerda, lo tradicional de la navidad no parece haber perdido su sentido, pues todo el mundo sigue reuniéndose para celebrarla y es aquí en donde se siente esa falsedad de la que todos parece que estén orgullosos, ese cinismo que no tiene límites. De un lado porque ya muchos consolidados ateos siguen celebrando una fiesta originariamente religiosa, contradiciendo uno de sus más férreos principios; claro, critican la religión tradicional ya anticuada pero veneran el progreso, la modernidad, ¡qué incongruencia!. De otro lado porque todos parecen olvidar en estos días las penas sufridas durante el año, los varapalos que les dan en la empresa, la presión a la que nos someten, los engaños que nos regala el sistema como la misma celebración de la navidad; y si todos hacen por olvidar las penas propias para qué hablar de las penas ajenas que suceden en el mundo fruto de un sistema drásticamente devorador como el nuestro. ¿O acaso se piensa la gente todavía que lo que está ocurriendo en Siria o en el Congo es un hecho independiente a la sociedad occidental? 

El lado más siniestro de la navidad es aquello que nos recuerda ”lo maravillosa que es la humanidad”, lo que lleva a olvidar todo el horror que dejamos a nuestro paso y del que nadie quiere saber nada. Esto tiene que ver con la arrogancia que nos caracteriza. El hecho de carecer de total remordimiento y empatía hacia las mayores víctimas de la navidad, que son, como en el resto del año, los animales.

Muchas de estas personas se manifiestan indiferentes a los hechos, pero ni en navidad ni en el resto del año les importa un bledo trocear la parte de un animal que ha sido vejado y esclavizado mientras deleitan su paladar riendo frases estúpidizantes de cuñados, nueras o primos. Otros, seguro que menos, en el resto del año mostrarían cierta empatía o deferencia hacia los animales que suelen comerse -aunque digan que lo hacen ocasionalmente o lo están dejando-, pero no tienen reparos en sumarse al frenesí navideño de corderos, pavos, terneras, langostinos o salmones, lo mismo da, sobre todo por el qué dirán, confirmando una tendencia enfermiza a la condescendencia familiar o grupal. Sin embargo, todas estas personas afirmarían odiar la violencia y la esclavitud, pero la navidad es la navidad y ante todo es la diversión de ellos y el correcto encauzamiento de los niños para engañarles y obtener nuevos obedientes prosistema. Los que malviven en los campos de concentración de animales "son un mal menor, necesario para el progreso".  

La auténtica verdad que nadie quiere reconocer es que en navidad se celebra el asesinato y esclavitud de los animales que se ponen a la mesa, y por esto la navidad es una patraña infame que confirma nuestra hipocresía, nuestro cinismo, nuestro perversidad, el avance imparable de una sociedad podrida tanto por dentro como por fuera. En definitiva, la especie humana no solo destruye y extermina todo lo que le rodea, sino que se regodea de ello y celebra con arrogancia que todo lo que hace es normal, pero cada vez está más cerca el momento en que tanta arrogancia se volverá en su contra.  

Así pues, si aún consideras que te queda algún resto de cordura en este mundo demencial, actúa con coherencia y no celebres la gran mentira de la navidad, no pongas adornos, no compres regalos, no acudas a las cenas a comer restos de animales, no engañes a tus hijos con patrañas navideñas, cena en tu casa como un día cualquiera.  

11 de octubre de 2016

Sociedad nociva (2)

Nocividad en la educación guiada (o la anulación de la voluntad)

Obviamente el proceso de embaucamiento de personas sumisas y absorbidas por el sistema comienza en las edades más tempranas, pues casi desde que nacemos somos conducidos en nuestra existencia para cumplir con las exigencias del mismo. Pero las escuelas tan solo son una parte de la educación de los niños hacia el mundo adulto, cuyo objetivo es crear adeptos sumisos, fanáticos del sistema que no den problemas de rebelión ni de capacidad de reflexión. Por ello, hablamos de educación en un sentido más amplio que incluye todos aquellos factores externos que inciden en la mente de las personas desde que nacen hasta que se convierten en adultos. Es este el período de más deformación de la mente humana y en el que intervienen una gran cantidad de sumisos adultos dispuestos a darlo todo por guiar con éxito a los niños hacia el mundo del trabajo y la máquina del consumo.

Uno de los objetos de la educación guiada es hacer que el niño no tenga la necesidad de reflexionar ni de preguntarse el porqué las cosas son de la manera que son, y esto quizá sea el más importante de todos los objetos, porque anulando esta parte de su voluntad el acto de sumisión funcionará correctamente. El niño absorberá todos los conocimientos que se le metan en la cabeza sin cuestionarse nada y con el tiempo habrá perdido dicha facultad y estará bien integrado en la rueda del consumismo. Para esto intervienen todos los agentes externos de la educación guiada, ya sea el encierro en la escuela -privada o estatal apenas hay diferencia- la importantísima influencia de los padres y la familia, adultos ya absorbidos por el sistema, el grupo de amigos como el primer grupo de presión, y los medios de comunicación tecnológicos, medio perversamente embaucador, pieza clave para completar el potencial consumidor del niño y el adolescente.

Bien se podría decir que todas estas partes forman lo que es el sistema educativo intencionado y cada vez más funciona en el sentido deseado, es decir, a medida que las generaciones nuevas nacen en un sistema tan cerrado y dogmático como este cuyo dios ya no es un señor todopoderoso con barbas blancas al que adorar sino una idea probablemente más perniciosa como es el progreso, la educación funcionará por sí sola como un todo, ya que cada parte cumplirá el papel que otros le introdujeron a base de manipulación y lo hará cada vez de forma más efectiva. A medida que pase el tiempo el sistema ya no tendrá que plantearse si existen atisbos de rebelión ni capacidad de reflexión, pues cada nuevo niño que nazca estará cada vez más lejos de tiempos pasados en los que aún se podía encontrar algo de esto.

Efectivamente en el presente actual aún no se ha llegado a esta peligrosa situación, pues el sistema no es perfecto, ya que aunque pocas, hay personas o colectivos que aún analizan las causas y los efectos llegando a conclusiones definitivas sobre la nocividad que emana este tipo de sociedad. Estas personas reaccionan de forma distinta: unos piensan que lo que hay que hacer es cambiar de sistema, otros que hay que derribarlo y otros simplemente lo rechazan y ponen tierra de por medio, escapando a los márgenes.


Nocividad en los valores

La falta total de valores en una sociedad como esta es patente, de hecho es un signo inequívoco de que sufrimos una desviación en los mismos provocada por los factores psicosociales que se derivan de una sociedad basada en la competitividad económica y el fenómeno de masa. Estos factores influyen determinante y drásticamente en las relaciones humanas hasta el punto de extender un falso ambiente de “buenismo” que no corresponde en modo alguno con la realidad de poseer valores y específicamente, valores morales. Y esto sucede porque el sistema no permite a sus integrantes actuar en consecuencia a sus valores más profundos. Estos están reprimidos por la opinión general de la masa o por la presión social. El sistema secuestra dichos valores e impide que exista coherencia con los actos, que son los que importan para que la máquina siga funcionando.

Para entendernos, pongamos el ejemplo de la violencia: la mayoría de la población de la sociedad moderna condenaría en lo más profundo de su ser cualquier forma de violencia contra seres vivos, tanto humanos como no humanos, pero en la práctica la vida cotidiana de casi todos causa un altísimo grado de violencia a terceros -hasta el extremo de la muerte, la esclavitud, la tortura, el exterminio- , de hecho esta violencia es la causa principal de que dichos actos se transformen en beneficios para organizaciones diversas y en bienestar para millones de consumidores. Por otra parte, a menudo se produce una doble moral, el humano moderno encontraría permisible y aplicable cierto tipo de violencia contra cierto tipo de seres vivos como los cerdos, vacas u ovejas, mientras que la encontraría reprobable contra otros como perros o gatos.

Pero el humano moderno encuentra tranquila su conciencia porque la gran mayoría desconoce estos hechos por ocultamiento intencionado de la verdad, siendo el propio sistema quien extiende la idea de que la vida en masa permite estas cosas sin que nuestra conciencia nos perturbe ni que nos sintamos culpables o pecadores,  mientras que los pocos que lo conocen se tranquilizan formándose una imagen de inocencia y pureza que no corresponde con la realidad, ofreciendo a sus miembros que se sumen a actos filantrópicos para mostrar solidaridad y amor donde solo existe limosna y lavado de conciencia. No buscan causas ni efectos, solo expurgación. Y hoy, ya no es dios quien perdona, sino la masa. El ser humano moderno se escuda en la masa para creerse inocente y seguir con su miserable vida de placer inagotable. Los muertos que provoca el sistema son insignificantes porque son siempre lejanos,  desconocidos, y en cualquier caso son daños colaterales o un mal menor porque pertenecen a otra raza o especie. Y para que pase rápido cualquier posible sentimiento de culpabilidad, el sistema nos imbuye continuamente de distracciones de placer que hagan olvidar dicho posible sentimiento.


Nocividad en las ideas

Si los valores son nocivos es porque las ideología imperante también lo es y esta solo es una, la ideología del progreso. No es que no existan otras ideologías, pero las restantes son minoritarias e irrelevantes con respecto a esta. La ideología del progreso está dogmáticamente extendida a nivel mundial en todos los países civilizados y representa sin ningún género de dudas la idea más seguida y reverenciada de toda la historia de la humanidad, más incluso que cualquier creencia religiosa. Su globalidad es quizás el factor más pernicioso que se desprende de ella, pues es lo que la hace dogmática y supuestamente invulnerable. Todos los miembros del sistema obedecen a esta idea y ella misma consigue que el resto de ideas sean reprimidas y olvidadas por la mente humana.

Por otro lado, consumo y hedonismo son dos caras de la misma moneda que se atraen una a otra y son probablemente las dos fuerzas más potentes que resultan de la idea del progreso y a la vez son aquellas que hacen que éste perviva y se extienda. El sistema sabe que esto es así y por eso favorece los actos cuyo objeto sean el placer inmediato, la búsqueda de felicidad y la sensación constante del éxito mediante el consumo y la competición. Para ello es necesario una presión social activa y un ritmo de vida de locura generalizada. Así, las únicas ideas que se derivan de esta forma de vida estrictamente superficial son esas mismas, incluso toda idea política pasa por ello, sea denominada de izquierdas o de derechas, convirtiéndose en ideas progresistas que buscan ante todo el bienestar de la población a cualquier precio. Los cambios en el poder son meras reformas que no afectan en nada a la idea general que es la que manda.

¿Qué efectos negativos se desprenden de esto? En primer lugar, la creación de un sistema de vida que se mueve gracias a ideas superficiales y arrogantes; en segundo lugar, el mantenimiento del sistema mediante fórmulas perversas de vida; en tercer lugar,  la ocultación de los enormes costes que se derivan de un sistema como éste para el resto de seres vivos que pueblan el planeta; en cuarto lugar, el secuestro y represión de ideas verdaderas destinadas a mejorar la vida del humano en el planeta Tierra y sus relaciones con el resto de terrícolas con el que compartimos espacio.


Nocividad en la conducta

Por último cabe advertir la vertiginosa desviación de la conducta de los individuos del sistema de vida actual como una extensión lógica de un pensamiento nocivo. A continuación destacaré varias de estas desviaciones:

-Ritmo acelerado de la sociedad, acostumbrada al cumplimiento exhaustivo de horarios laborales y escolares, además de actividades extralaborales, lo que lleva a la gente a moverse siempre a un ritmo frenético y de auténtica locura, la sensación real de ir a todas partes con prisas, la supuesta necesidad de incrementar la velocidad con la ayuda del invento de los vehículos motorizados que contribuyeron determinantemente en la extensión de las ciudades, los trayectos largos, la construcción de más carreteras y el transporte de mercancías. Otros medios tecnológicos como la televisión, el ordenador o el teléfono móvil también contribuyen a ello ya que uno de sus aspectos fundamentales es el aumento de la velocidad de las imágenes o los sonidos.

-Competitividad, como una clave esencial para conseguir ser alguien en la vida o alcanzar el éxito, fruto de envidias que fomenta el sistema mediante la publicidad. Por si no fuera poco, la competitividad se extiende no sólo al aspecto económico y social, sino al político, al mundo del trabajo, los deportes, el arte o la ciencia. Hasta tal punto que muchos de los individuos hacen de la competición su razón de ser.

-Fenómeno de masa, como medio de control por parte de los poderes fácticos, se trata de uno de los fenómenos que más moldean la conducta de los individuos hacia una tendencia favorable a la sumisión, la irreflexión y el conformismo. De ahí que la cultura del hedonismo o del “cachondeo” haya tenido tanto éxito. El humano medio tiende a asociarse mejor hacia los grupos mayoritarios que conforman una masa porque se siente arropado por ella ante cualquier situación de duda o rebelión personal, la masa lo protege contra juicios minoritarios aunque no lleven razón, que es casi siempre, porque la masa es ante todo irracional, solo atiende a las necesidades del sistema.

-Desequilibrio y trastorno mental. De las pautas anteriores se desprende un aumento de nuevas formas de comportamiento que raya el desequilibrio, la falta total de moral, el desprecio y la burla por lo diferente, la tendencia al vicio y el exceso, la indiferencia y la falta de empatía por los que sufren, la pasividad y la rapiña, la postración hacia todo lo que promueve el sistema, y en muchos casos la obscenidad y la afición por lo grotesco. Nuevamente, el auge de las  tecnologías emergentes ayuda en gran parte a difundir esta serie de comportamientos antinaturales mediante la grabación de imágenes y su difusión por internet.

-Hipocresía en el pensamiento. El auge de ideas izquierdistas no ha hecho más que confundir al individuo en su pensamiento y llenarle la mente de contradicciones mediante la difusión de ideas antirracistas y sexistas, pacifismo, amor al prójimo, honestidad, compasión o incluso rebelión contra el sistema, ideas que por sí mismas albergan un gran sentido de la justicia, pero que siempre estarán limitadas a lo que dicte el sistema mediante sus patrones conductuales y aspectos legales. Peor aún, el sistema ha demostrado que puede adaptar estas ideas para su buen funcionamiento y de hecho lo hace. Por ello, el fomento de estas ideas sin plantearse el contexto social en las que se desarrollan es una hipocresía que no conduce nada más que a actitudes progresistas y a acciones que contienen doble moral, además de que provoca una incoherencia permanente entre acción y pensamiento.

-Forma de vida contra natura: distanciamiento de la naturaleza y orden natural, aumento artificial de la esperanza de vida, aumento desproporcionado de la población, invasión del medio, matanza indiscriminada de individuos de otras especies, esclavismo de seres vivos, conflictos perpetuos dentro de la misma especie, transformación, envenenamiento y agotamiento del medio natural… En consecuencia, un sistema de vida contra natura sólo puede provocar comportamientos de la misma clase si sus individuos son auténticos adeptos al régimen sin remedio.

-Ausencia total de ideas de reflexión, que conduzcan al cuestionamiento de las bases que rigen el sistema y su patente nocividad para llevar a cabo acciones coherentes. Las acciones de rebelión que fomentan algunos grupos denominados de izquierda o antisistema no contribuyen de ninguna manera a la reflexión de la nocividad reduciendo sus acciones a meros actos de desahogo o luchas superficiales y reformistas que casi siempre son absorbidas por el propio sistema para hacerlas productivas y consumibles.


La conclusión es clara y rotunda: vivimos en una sociedad que emana nocividad por todas partes y que goza del respaldo inconsciente de millones de adeptos atraídos por sus engaños en forma de bienestar y placer sin límites. Que la voluntad humana pueda combatir el sistema hasta derribarlo es algo poco probable dadas las circunstancias presentes e históricas. En realidad no es la voluntad humana la que nos ha llevado hasta este punto. Sí que pienso que en lo individual uno puede rechazar el sistema al menos en parte y de alguna forma eso es combatirlo.

23 de agosto de 2016

Sociedad nociva

A marchas cada vez más rápidas la sociedad moderna avanza hacia su propio suicidio mediante el estado demencial y perverso de sus miembros. Pero el calibre de demencia que está adquiriendo la sociedad por culpa fundamentalmente del avance tecnológico deja a su alrededor un grado inconmensurable de nocividad imposible ya de percibir por los individuos, imbuidos en vidas sin sentido y abducidos por el dogma del progreso. Tan grave es su grado que apenas hay ya posibilidades de mitigar la lamentable situación y menos revertirla. Se trata de un cáncer en estado de metástasis. La nocividad se extiende a todos los ámbitos del sistema de vida humano y peor aún, alcanza a casi todos los ecosistemas ajenos a la especie dominante. Empezando por las necesidades físicas más básicas como la alimentación, en donde miles de alimentos son fuentes de enfermedad física y mental, hasta aquellas cuestiones psicosociales y convivenciales entre la masa de individuos que solamente se basan en el fenómeno de masa, pasando por el régimen de embrutecimiento e indiferencia hacia el resto de formas de vida que pueblan el planeta.


Nocividad alimentaria.

Como decimos, la forma de alimentarse del humano-masa de la sociedad moderna es un auténtico desastre, un continuo hartarse hasta la saciedad de alimentos prefabricados e industriales, llenos de sustancias químicas y tóxicas que provocan trastornos y enfermedades nuevos en el organismo que las ingiere y que cada vez más está provocando muertes prematuras.

En primer lugar, destaca la cantidad de comida que ingiere el humano medio de las sociedades modernas, mucho más en general de lo que debiera, se añade a esto la cantidad de alimentos de origen animal altamente procesados, procedentes de animales explotados en condiciones perversas de hacinamiento e hinchados de antibióticos y hormonas para el engorde, incluidos peces en piscifactorías, que representan ya más de la mitad del pescado consumido en todo el mundo.

En segundo lugar destaca el grado de adicción que las empresas del sector incluyen a sus alimentos para aumentar las compras y crear sujetos adictos legales, más propensos a enfermar y consumir más medicamentos innecesarios. Alimentos como el azúcar refinada, usada en miles de productos, incluso productos supuestamente salados, la proteína del gluten, usada en alimentos tradicionales como el pan o la pasta y que se ha probado ya su relación en enfermedades de todo tipo incluido enfermedades neuronales, o el queso -y los lácteos en general- como uno de los alimentos más adictivos que existen, probado ya en varios estudios de nutrición. Este propósito de crear consumidores adictos no solo viene dado por las sustancias físicas en sí que contienen los alimentos, pues también contribuye el grado de engaño que contienen los anuncios publicitarios en los medios tecnológicos de comunicación.

Dentro del ámbito de la alimentación cabría destacar también el vital consumo del agua, y del que muchos estudios lo relacionan con la acidez del organismo y por tanto de ambientes propensos a la enfermedad por consumo de cloro, flúor o metales pesados, pero también por otras sustancias tóxicas incluidos restos de medicamentos que no depuran las plantas de reciclaje del agua destinadas a este fin. Este es el precio de vivir con agua corriente.

Dadas estas pésimas formas de alimentarse de la población moderna y sin haber entrado en detalles mayores, el hecho de que quienes fomentan esta forma de alimentación solo para engordar su bolsillo están de alguna forma induciendo a la muerte prematura de millones de personas, incluidos ellos mismos -también son consumidores de lo que ellos venden y promocionan- es el resultante de un sistema rematadamente pueril pero a la vez perverso. ¿Cómo puede llegar a cegar de tal forma el hecho de querer ganar más y más dinero a costa de empeorar la salud de la gente y del planeta? A pesar de ser casi todos los consumidores inconscientes del problema, bien podría decirse que este es el resultado de un plan premeditado.


Nocividad en la medicina.

En clarísima connivencia con la perversa industria alimentaria, se haya la aún más perversa industria farmacéutica, que no sólo vive de la mala alimentación de la masa sino que obtiene enormes sumas de dinero por los trastornos y enfermedades que crean en el organismo los alimentos industriales. Esta podría ser perfectamente una de las demencias de la sociedad moderna: promover la enfermedad del cuerpo del individuo -aunque también de la mente- para que otros se lucren por ello, pero la paradoja más cómica es que quienes se están lucrando también son consumidores, o sea, se lucran por envenenarse ellos mismos. Sin embargo, la industria farmacéutica goza de enormes beneficios y de una gran influencia en el sistema legal y político.

Los medicamentos más usados solo sirven para paliar los síntomas de la enfermedad originada por una deficiente alimentación y los malos hábitos de vida en general, jamás para atajar sus causas, algo que sería propio solamente de una alimentación natural libre de nocividad y hábitos de vida preindustriales. Además, normalmente los medicamentos dejan una gran cantidad de efectos secundarios en el resto de zonas no afectadas por la enfermedad, que a la larga pueden provocar otro tipo de trastornos que requerirán otro tipo de medicamentos.

Por otra parte, al igual que los productos destinados a la alimentación, muchos de los medicamentos recetados tienen un alto grado de adicción en los pacientes que le hacen depender de él incluso cuando no los necesita, favoreciendo el efecto placebo que ataca directamente a la mente y logrando una adicional suma de beneficios.

A todo esto contribuye una creencia popular sesgada que se ha instaurado en las sociedades modernas y que se traduce en una confianza ciega en la medicina convencional, tan alejada de la medicina natural basada en la prevención de la enfermedad mediante la alimentación natural y hábitos de vida no industriales, practicada tradicionalmente en las poblaciones rurales tan cercanas al medio natural y al saber curar mediante las plantas. Al mismo tiempo esta confianza ciega conlleva el rechazo, escepticismo e incluso el desprecio mediante burla de la medicina tradicional y naturista. Pero el tiempo pondrá cada cosa en su lugar.


Nocividad por consumo de sustancias tóxicas

La adicción a otras sustancias no alimenticias comúnmente llamadas drogas roza lo absurdo de una sociedad ya de por sí absurda. No entraremos aquí en el debate manido de si deben ser legales o no, pues queda demostrado que la legalidad de una sustancia cualquiera apta de ser ingerida por el ser humano no tiene porqué tener relación con su grado de adicción o toxicidad, de hecho hay productos alimenticios legales más adictivos y dañinos para el organismo que otros consideradas drogas ilegales, o peor aún, drogas sintetizadas legales como el tabaco que provocan más muertes que otras no legales como la cocaína. Esto no quita que las drogas ilegales no sean dañinas. El problema es que toda forma de droga legal o ilegal consumida mayoritariamente ha sido adulterada, ya no tiene apenas nada de sustancia natural, consiguiendo con esto que su consumo provoque daños a menudo irreversibles en el organismo.

El tabaco es quizás el mejor ejemplo del absurdo pues a pesar de que probablemente haya descendido su consumo por la guerra antitabaco de los últimos años, sigue aún siendo muy alto entre la población y entre los jóvenes, más vulnerables a engancharse. El tabaco tiene todos los aspectos que puedan asociarse a la nocividad: es una droga totalmente adulterada, su consumo es antinatural e innecesario para el organismo, empieza en edades muy tempranas, su consumo es legal y está visto como normal -hace apenas unas décadas hasta estaba bien visto y era signo de status social- y sin embargo es la droga más consumida en el mundo y la que más enfermedades y muertes causa.

La cocaína es otro ejemplo de droga adulterada cuyo consumo vía nasal es antinatural e innecesario para el organismo y cuyos efectos son quizás más dañinos a corto plazo que el tabaco, pero sin embargo ni por asomo es tan consumida por tanta gente ni su consumo está bien visto ni es normal. Se puede ver a cualquier persona fumando en la calle como algo normal pero a nadie se le ocurriría esnifar una raya de cocaína en el mismo lugar; el estado hace campañas contra el consumo de cocaína pero no contra el consumo del tabaco ya que tiene la potestad absoluta de considerar bajo interés económico qué drogas deben ser legales y cuáles no.

En cuanto al alcohol es más difícil saber o dilucidar si su consumo es antinatural, ya que el proceso de fermentación de ciertas frutas o verduras es algo natural. Probablemente tenga que ver más con la dosis que se ingiere pues su consumo oral está asociado al consumo de líquido normal que el organismo necesita y en dosis pequeñas podría resultar hasta beneficioso. El problema es cuando crea adicción pues sus efectos son desastrosos y muchas veces mortales. Con todo, su consumo no está tan generalizado como el tabaco y en ciertos ambientes o circunstancias está totalmente desaconsejado e incluso prohibido por los rápidos efectos que provoca en el comportamiento.

Del resto de drogas sintéticas utilizadas mayoritariamente entre la población más juvenil, por tanto más inconsciente e inmadura, cabe poco más que añadir, salvo que quizás su estado de prohibición rodea a su consumo de un misterio aún más atrayente para el joven más vulnerable, que muchas veces las toma como forma de buscar sensaciones nuevas que le aporten una vía de escape a la nefasta rutina en que se va transformando su vida de adolescente.


Nocividad tecnológica

De entre todas las formas de nocividad esta es con seguridad la más dañina por ser la menos aparente para casi nadie, de hecho muchas personas que ahora se empiezan a preocupar por su alimentación o la del planeta apenas invierten tiempo en analizar su dependencia con los medios tecnológicos domésticos que más nos invaden como el teléfono móvil, el ordenador, el coche o la televisión; y este es el gran peligro de la tecnología: la creencia de que carece de nocividad alguna, tal es su inserción en la idea arraigada del progreso, tanto que podría afirmarse que la tecnología es el motor del progreso, es el mejor indicador de que el progreso funciona y marcha a todo tren y es quizás la mejor forma de atraer a la gente hacia esta creencia. El efecto más negativo de la tecnología es que afecta exclusivamente a los aspectos superficiales de la mente y nunca a los aspectos espirituales. El resultado es que el ser humano moderno llena su gran vacío espiritual con superficialidad tecnológica.

Los nuevos adoradores de la tecnología también están siendo inconscientes al desdeñar los riesgos que supone para la vida humana y la del planeta. Ya no solo se trata de los efectos físicos que numerosos aunque silenciados estudios han probado que crean ciertos aparatos tecnológicos al organismo: efectos y cambios en el funcionamiento del cerebro, efectos negativos en la vista, pérdida de audición, contaminación electromagnéticas por ondas, relación con diversas formas de cáncer, etc.; tampoco se trata solamente de los efectos psicológicos: adicción, depresión, envidias por no tener el aparato del vecino, etc. Se trata fundamentalmente de las transformaciones vertiginosas que se derivan directamente de la aparición de nuevos aparatos o nuevas aplicaciones exclusivamente tecnológicas, su omnipresencia en todos los ámbitos de la vida, incluso en aquellos colectivos que se manifiestan supuestamente detractores del sistema. La tecnología precisa que todo sea artificial y a la vez antinatural, y hoy por hoy precisa al cien por cien de materiales para su fabricación que provienen del medio natural mediante formas de explotación humana y el exterminio de miles de individuos de otras especies, hasta tal punto que las empresas dedicadas a la comunicación viven de ello.

Pero quizás la parte más nociva de la tecnología es el riesgo y el peligro impredecible que encierra su potencial mediante nuevas formas tecnológicas futuristas como la robótica, la nanotecnología o la biotecnología, tan atrayentes para los técnicos y científicos como la droga para el drogadicto. Dada la velocidad cada vez mayor que imprime este fenómeno fuera de control, en poco tiempo podría revolucionar de forma definitiva la vida humana y acabar con toda esencia de vida tradicional y cercana a la naturaleza que durante muchísimo más tiempo ha predominado en la especie humana. De hecho, la novedad de la tecnología moderna supone tan solo una mota de polvo en relación a la historia de la evolución humana.

29 de abril de 2016

Contribución de las redes sociales a la idiotización de las masas

Dentro del inconmensurable mundo de internet, especial atención han ganado en los últimos años las llamadas redes sociales, un lugar de encuentro obligado al que acceden millones de personas cada segundo y en el que si no estás presente eres un extraño, un bicho raro, pero que apenas merece ser tenido en cuenta, tal es la psicosis que se ha creado con este lugar virtual para comunicarse, para colgar noticias, para juzgar a otros, para decir chorradas continuamente, para estar a la última, para creer que protagonizas algo y para muchas cosas más, entre otras, para que las empresas sepan más de ti y puedan por tanto mejorar sus estudios de cómo hacer que consumas más, y para la policía, que tendrá los datos de todas las personas que se adhieren y aun en el caso de que desactiven su cuenta, ya que quedan registrados. Pero al parecer esto último a la gente le da igual, pues es más importante creer que intervienes en algo o que eres protagonista cuando todo es tan grande que el hecho de que cada vez se conceda menos importancia a nuestra necesidad de libertad verdadera.

El primer despropósito de las redes sociales y en general de internet es una confirmación, la de que el sistema está venciendo sobre las mentes de las personas y sobre su naturaleza más ancestral, moldeándola a su interés. Las redes sociales -e internet en general- no son ningún invento de las masas para cambiar nada, ni democratizar, ni recuperar la libertad perdida. Han sido creadas, al igual que lo fue la televisión, por el propio sistema para su mejora y perfección y amén que lo está consiguiendo. Con su proliferación, la comunicación por medios tecnológicos ha transformado radicalmente en pocos años la comunicación tradicional y además la ha superado claramente. Esto propiciará un aislamiento de las personas en los siguientes años ideal para el desarrollo del sistema, que solo necesita que los humanos sean más máquinas que humanos, responsables trabajadores e incipientes consumistas, que valoren por encima de todo su bienestar y que no piensen por sí mismos, aunque el ambiente que les rodee les haga creer que sí lo hacen.

Con esto último tiene que ver el segundo despropósito de las redes sociales en contra de la libertad del individuo: al parecer han difundido la impresión general de que son lugares que fomentan la democracia, la unión  e incluso la solidaridad entre la gente. Evidentemente, todo esto son engaños en los que se ha caído irremediablemente aprovechando que las redes sociales han sido creadas en un ambiente de progresismo tecnológico reverenciado por todos sus adeptos. La ideología del progreso es el motor del sistema y la mejor trampa que se ha urdido jamás en la historia de la humanidad y las redes sociales están muy bien encuadradas en ella pues en primer lugar necesitan de un ordenador para su uso, aparato que se debe renovar cada poco tiempo, por lo tanto demanda un consumo mayor en tanto que cada vez hay más personas en el mundo. La fabricación de ordenadores está enmarcada en un proceso de extracción de minerales costoso y penoso para millones de personas incluidas niños, que son esclavizados en minas para su obtención, que además ha causado guerras sangrientas por su comercio y que además ha supuesto la destrucción masiva de ecosistemas enteros con la muerte de millones de animales que vivían en ellos. Por lo tanto, calificar esta forma de comunicación tan dependiente de los recursos como una forma solidaria o democrática es una cuestión frívola en el mejor de los casos y perversa en el peor de ellos.

Pero al margen de la comunicación en sí misma y del medio físico que la hace posible, las redes sociales confirman que las masas tienden a ser cada vez más irracionales e irreflexivas, haciendo seguidismo enfermizo de los patrones establecidos, de las modas y de las nuevas tendencias sensacionalistas. Uno de esos patrones es el pertinente afán de reconocimiento que han encontrado un gran número de personas creando espacios propios para difundir cualquier cosa en donde la mayoría son meras formas de superficialidad y solo unos pocos contribuyen a crear reflexión y crítica. Aquí no solo hablamos de las redes sociales propias como FB, TW o demás estercoleros virtuales, sino también los canales de Youtube, blogs y otros. Esto no solo refuerza la idea de que internet permite a uno decir lo que le entre en gana, sino de que le otorga a mucha gente la idea -real o no- de que lo que hace o dice es importante.

Puesto que el mundo de la televisión solo se hizo apta para unos cuantos profesionales que pudieron, más o menos dignamente, vivir de ella, faltaba un lugar como internet para que todo el mundo pudiera hacer realidad sus sueños de llegar a ser importante o resultar interesante, al menos durante un tiempo, y al igual que en la televisión, cuántas más chorradas hagas o digas, más te seguirán. Incluso de esta forma, algunos han encontrado un filón económico del que nada tienen que envidiar a los susodichos profesionales de la caja tonta, pues también se aprovechan de la publicidad para ganar dinero a espuertas. Youtube es sin duda el lugar más recurrido para que millones de personas abran su espacio favorito dándose a conocer en sus vídeos, porque al fin y al cabo para eso fue creado este canal que recibe tantas visitas a lo largo del día y que resultan imposible de cuantificar, un canal que se distingue ante todo por su carácter visual.

Los blogs son otro medio de expresión muy recurrido -a pesar de que prima el lenguaje escrito-, que también promueven el afán de reconocimiento, aunque están adscritos en gran medida al fenómeno de saturación de la información, -cualquiera podría decir que el que escribe este texto no escapa a ello, y así es reconocido, salvo en dos puntos: el que suscribe este blog es anónimo, luego no tiene ninguna intención de reconocimiento o protagonismo y dos, este blog es puramente reflexivo y crítico con todo lo que es susceptible de serlo y en especial con el proceso de sistema que mantiene atrapado a casi toda la humanidad-.

Pero centrándonos más en lo que son propiamente redes sociales creadas al uso, éstas han supuesto los puntos de referencia en donde la gente aprovecha el deseo enfermizo de acaparar cuanta más atención pueda mejor. Quienes lo diseñaron -y lo rediseñan- pusieron todas las bases para hacer efectivo el seguidismo de unos a otros, aunque en la mayoría de los casos no se conozcan de nada. Así, falsamente se atribuyen amigos a quienes no conocemos ni tampoco tenemos el deseo de hacerlo. Pero cuantos más “amigos” se acumulen más gente podrá ver los mensajes que se quieran lanzar, frases célebres, imágenes, vídeos o chorradas de todo tipo. También por lo visto se fundan grupos al cuál más absurdo o grotesco y por mi parte poco más puedo decir sobre el funcionamiento interno de esta pseudorrelación cibernética y ni falta que hace, porque el sentido está claro. Las redes sociales han creado una red de estúpidos adeptos del sistema para reunirlos a todos en un espacio virtual en el que puedan sentirse libres, importantes y hasta solidarios. 

Para finalizar queremos añadir que las redes sociales están amparadas por la ausencia total de crítica incluso entre corrientes o movimientos supuestamente antisistema, pero no se podía esperar otra cosa, ya que los llamados antisistema han ido acumulando y extendiendo en los últimos años un gran número de confusiones que les ha llevado a ser otra parte más del sistema con olor a rebeldía pero carente de coherencia, y que se ha fundido en una amalgama de pseudorrevolucionarios que nada aportan a la objetividad.

25 de octubre de 2015

Cinco mitos de la tecnología

El culto a la tecnología se ha extendido como un virus oculto en las sociedades modernas, más allá que cualquier religión del pasado, pues se propaga a la par que la reinante ideología del  progreso. Es alabado por casi todos los humanos y pocos escapan a su atracción. Pero como todo culto está fundamentado en mitos que resultan fácilmente desmontables:


“La tecnología es neutral, se puede usar tanto para el bien como para el mal”.

La tecnología simple usada por los humanos precivilizados puede ser catalogada como neutral ya que se componía básicamente de herramientas usadas por la mano humana, cuya energía era la que podía imprimir con su fuerza. En cambio, la tecnología compleja no puede ser neutral porque desde su evolución forma parte de un proceso de civilización progresivo, paralelo al proceso del progreso y más adelante del proceso de industrialismo y urbanismo, por ello ha sucumbido siempre al poder de las organizaciones más poderosas y de los técnicos que las dirigían. Un crítico de la tecnología dijo al respecto: la tecnología no es neutral porque aporta su propia racionalidad y el método para su uso. Una red de ordenadores o una fábrica de acero no se pueden utilizar como una simple herramienta; deben utilizarse tal y como han sido diseñadas y en combinación coordinada con una red de procesos complejos de apoyo sin los cuales su funcionamiento es imposible (David Watson).

Lo que fundamentalmente se está tratando aquí es la tecnología compleja, aquella que se compone necesariamente de códigos, medidas y números cada vez más complejos y aquella que precisa de fuentes de energía ajenas al hombre, cada vez más costosas de obtener. Se trata de una tecnología que siempre ha sido dirigida por grandes organizaciones y expertos cualificados, cuyo único objeto ha sido el de crear un mundo más creciente, complejo y dinámico. El proceso para crear cualquier innovación tecnológica es generalmente el mismo y solo es posible mediante la organización de unos pocos expertos sobre millones de personas. Para ello, es necesario un alto nivel de jerarquización y especialización -fenómenos derivados probablemente de la esclavitud- que irremediablemente contribuyeron a la creación de las clases sociales y el sentido del status.

La segunda parte de la frase es desacertada, porque uno de los mayores problemas que conlleva la tecnología no está en el objeto del uso, sino en su propio uso y desarrollo. Cuando alguien dice “la tecnología puede servir para fabricar algo bueno como un coche o para algo malo como una bomba atómica”, en primer lugar, cabría valorar hasta qué punto es mejor una bomba atómica que un coche, pues a la larga los coches han matado muchas más personas en poco más de un siglo que las dos bombas atómicas lanzadas por los americanos en los años cuarenta. Pero aun desestimando los daños colaterales que siempre dejan los coches y considerando que es un medio para transportarse mientras que la bomba atómica sólo sirve para matar, no puede negarse que el coche, al igual que otro vehículo motorizado no puede considerarse como un herramienta aislada, implica la totalidad del sistema (y de la cultura) de producción y de consumo: es una forma de vida (...). Un sistema de autopistas no puede considerarse un instrumento neutral; es una forma de gigantismo técnico y de masificación. (David Watson).



“La tecnología nos proporciona infinidad de posibilidades a elegir”.

Como afirmando que la tecnología nos ha legado la libertad. Pero ¿qué clase de libertad? ¿Aquella supuesta libertad para elegir entre millones de objetos materiales o servicios de toda índole? Con probabilidad este es el mito más degradante en el que se basa la trampa tecnológica, pues se ha confundido la esencia de libertad humana, independiente y autónoma de toda clase de poder o ideas, por aquella ficticia libertad del presente que nos ofrece la tecnología moderna. En realidad es al contrario, según ha avanzado el sistema y se ha hecho por tanto más complejo, el grado de libertad verdadera ha ido en disminución, sustituida por una suerte de libertad ficticia. Otro crítico de la tecnología escribió hace años sobre este problema: el sistema tiene que regular estrictamente el comportamiento humano para poder funcionar. Es necesario e inevitable en cualquier sociedad tecnológicamente avanzada que el destino y decisiones de los que componen la masa dependa de las acciones de personas que están lejos de él y en cuyas decisiones, por tanto, no puede influir. Esto no es algo accidental ni el resultado de la arbitrariedad de burócratas arrogantes (Ted Kaczynski).

Además, las posibilidades a las que se refieren a menudo con este argumento son aquellas que sólo puede conocer la masa en general, es decir, el resultado de todo el proceso tecnológico. El ciudadano común no tiene la menor idea ni interés en cómo se ha fabricado el producto que llega a sus manos ni las consecuencias que ha dejado tras su proceso de fabricación, pues solo le importa el resultado final. En resumen, el ciudadano tiene inevitablemente una dependencia absoluta del experto técnico y por ello se ve obligado a venerarlo.  



“La tecnología nos proporciona más cosas buenas que malas”.

Nuevamente se obvia que el problema mayor no está en el resultado final del uso que se le dé a la tecnología, sino en las transformaciones sociales y en especial los perjuicios que genera dicho uso. Pero si por un momento diéramos por supuesto que dichos perjuicios no son tales, centrándonos en los resultados finales, tampoco se puede afirmar con rotundidad lo que dice el mito de arriba. ¿A qué se refieren con cosas buenas y cosas malas? ¿cómo se puede dictaminar con rigor si algo es intrínsecamente bueno o malo? Si la mayoría de la gente tiene la certeza de que la tecnología proporciona más cosas buenas que malas es más por una falsa perspectiva de la realidad. La gente solo ve los placeres inmediatos que da la tecnología, gracias a su fidelidad a la ideología del progreso, considerado como bien supremo y en muchos casos, la falsa sensación de que a la larga siempre será un medio de salvación o de solución para todos los problemas.

Sin embargo, la gente no puede ver las verdaderas consecuencias y perjuicios de los que hablábamos antes y que son muchos más y más graves: el vicio que crea la atracción tecnológica, su posicionamiento incondicional hacia el progreso -quizás por ser la principal motivación del mismo-, medio de dominación y control de los poderes fácticos sobre la masa, el carácter dogmático, la sensación de ser un medio de salvación, cuando desde sus inicios solo se ha movido en el marco del sistema económico imperante creando infinidad de necesidades de las que se derivaban infinidad de nuevos problemas (lo que sería el círculo vicioso), adhesión incondicional al urbanismo y la globalidad, transformación vertiginosa de la mente y de las relaciones sociales tradicionales, transformación de la comunicación oral tradicional, alejamiento del medio rural-natural, destrucción del entorno para potenciar un mundo artificial y virtual, etc.  



“La tecnología nos ha dado comodidad reduciendo los trabajos más duros y penosos”

Los trabajos duros y penosos empezaron con la esclavitud y ésta ya se apoyó en la tecnología para perfeccionarse, hace milenios. ¿Y cuál era el objetivo de la esclavitud? El bienestar de los poderosos y su sed de codicia de nuevas tierras y recursos. Para ello, era necesario crear grandes gobiernos y ciudades, lo que demandaba mayor mano de obra esclava y mayor necesidad de emprender guerras para la conquista de tierras y pueblos, que a su vez demandaba mayor poder militar. Los trabajos duros y penosos han sido heredados por años de estas formas de sumisión y han llegado hasta la era preindustrial como un supuesto mal que la tecnología podía suplir con el advenimiento de la mecanización. Todos esos trabajos duros y penosos de los que nos hablan nuestros ancestros directos pertenecen a un siglo creciente y demandante de nuevas necesidades impuestas por una burguesía cada vez más poderosa, que no es más que la continuadora de los antiguos dueños feudales, usurpadores de tierras y de fuerza de trabajo. Allí en donde el poder no era tan férreo ni dependía de un organismo centralizado, las formas de vida comunitarias y locales no eran grandes demandantes de recursos ni de trabajo, ni necesitaban más tecnología de la que pudieran desarrollar con sus propias manos o como mucho, formas de tecnología simple. Incluso las comunidades indígenas recolectoras y cazadoras destinaban al trabajo mucho menos tiempo del que destina el hombre moderno. A pesar de lo cual, la mecanización se extendió como una forma lógica de aumentar el rendimiento productivo en auge, más que por el hecho voluntario de los empresarios para acabar con los trabajos duros y penosos.

Por otra parte, aun admitiendo que la incorporación de las máquinas sustituyera de forma satisfactoria a la fuerza humana en los trabajos más duros y penosos, esto solo se refiere al aspecto físico del trabajo, pero sin duda se ha olvidado el aspecto psicológico. La mecanización trajo consigo el aumento del trabajo sedentario, el trabajo repetitivo y carente de sentido, la fijación de horario y de turnos contra natura, el aumento de las horas de trabajo, presión hacia el trabajador, amenazas de despido, acoso laboral, etc.



“La tecnología nos ofrece multitud de formas para entretenernos”

Este mito no lo parece tanto, porque superficialmente hay algo de cierto en lo que dice, pero analizado en profundidad uno puede percatarse de que sí lo es. La inmensa mayoría de los medios de entretenimiento  tecnológico responden a formas de atracción convertidas a menudo en puro vicio que a formas sanas de distracción lúdica, propias de la cultura tradicional. Muchos de estos medios como los videojuegos, el cine o la televisión permiten y muestran la violencia como algo normal, en una sociedad que administra las formas de violencia y considera de un modo amoral cuáles son justificables y cuáles no (la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia unos a otros, sin embargo en la industria del cine o los videojuegos la violencia vende, por no decir que a menudo es su razón de ser; la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia en ningún caso, pero exime al estado de hacerlo cuando le convenga; la sociedad normalizada rechaza la violencia física entre humanos, pero consiente regímenes esclavizadores fundamentados en la violencia contra los animales; la sociedad normalizada ha tragado el anzuelo de que la violencia física es la única que hay, porque pocos se dan cuenta de que lo que impera es la violencia psicológica, más peligrosa y criminal que cualquier forma de violencia humana). Además, estas formas de entretenimiento son parte de la transformación de la mente y de las relaciones sociales basadas estrictamente en el potencial de los medios tecnológicos y casi siempre sirven para el control de las masas, su alienación y proceso de irreflexión.

Por otra parte, todas las formas de entretenimiento están controladas por una inmensa industria que es la encargada de hacer llegar dichas formas a los consumidores, transformados en máquinas que buscan ante todo el placer, y cuya capacidad de opinión y decisión ha sido intencionadamente reducida; tan solo vale su necesidad de consumo. Para ello, utilizan medios cada vez más persuasivos que inciden y restringen la capacidad de la mente humana sumiéndola en una única dirección posible, alimentada por la falsedad, el vicio y la atracción patológica. Por supuesto, este proceder de la industria tampoco puede considerarse de ninguna de las maneras como un posicionamiento neutral.


Para aquellos o aquellas que deseen profundizar más sobre la crítica a la tecnología pueden consultar los siguientes autores: Lewis Mumford, Jacques Ellul, David Watson, Ted Kaczynski, John Zerzan, David F. Noble y el colectivo desaparecido de “Los amigos de Ludd”, entre otros.

28 de abril de 2015

Adaptación es imposición y engaño

Desde que nacemos hasta que morimos los seres humanos civilizados y urbanizados, que representan la mayoría de los humanos en el planeta Tierra, estamos sometidos a un proceso de adaptación social que incrementa a una velocidad de vértigo su capacidad de adhesión y de atontamiento a la vez. El objetivo básico es facilitar el control social total de los grupos de poder sobre toda la población mediante las técnicas de control y cuyo culmen podría ser la fusión tecnológica del ser humano con las máquinas, algo que suena a ciencia ficción pero que ya es real.

Sin embargo, este proceso, que al humano civilizado le parece normal, es la evolución de una serie interminable de actos pasados impuestos por la fuerza entre diversos grupos de poder y de estos a la masa adaptable. Desde hace miles de años, la civilización ha centrado su expansión en dos rasgos de carácter invasivo y exterminador: por un lado, el saqueo del mundo natural, llevándose millones de formas de vida por delante y por el otro, el desplazamiento de las comunidades indígenas del pasado o su transformación impuesta por la fuerza hacia el modo de vida civilizado y urbano.

En lo que toca a la vida individual de cualquier ser-masa urbanizado, el proceso se inicia en el momento en que el individuo empieza a ser moldeado en los centros de encierro escolares durante varios años. Un encierro sistemático altamente disciplinado en el que se le impregna al niño miles de ideas falsas y mitos durante varias horas al día. En las escuelas, importa tanto la forma en que debe ser el encierro como el contenido que se imparte. Así, se habitúa a los niños y adolescentes a obedecer sin rechistar, siguiendo una rutina de horarios de obligatorio cumplimiento. Se les enseña el comportamiento cívico como si éste fuera un modelo ejemplar, con el fin de obtener un adulto obediente.

El contenido de lo que se quiere imbuir en la mente de los niños es también fundamental. Se le impone materias indicadas para formar trabajadores ejemplares que se adapten sin problemas al mundo laboral. Para ello, desde el primer momento es imprescindible el cultivo de las matemáticas, una ciencia potencialmente compleja que básicamente sirve para iniciar a los niños en el creciente mundo de las técnicas aplicadas.

Pero la combinación de las ciencias con las letras es algo más importante de lo que se pueda creer y en absoluto es inseparable como se ha podido pensar. De hecho, estratégicamente, esta combinación se justifica de forma evidente ya que si bien al sistema le interesa crear seres adaptables a las técnicas emergentes que sirven para sustentar el propio sistema, también le interesa que dicha adaptabilidad se justifique mediante las ideas para crear arraigo y es por eso que las materias de humanidades como la historia o la filosofía realizan una función básica.

Una de esas ideologías elementales, forjada a lo largo de los siglos dentro y fuera de las escuelas, es la idea antropocéntrica, que justifica cualquier tipo de invasión o expolio humano sobre el mundo natural. En última estancia, en la era previa al industrialismo esta idea sirve de base para lo que será la forja de la idea progresista, mediante la que se perfecciona una sociedad de masas sistémica globalizada, basada en el perfeccionamiento y complejidad de las técnicas. Hoy en día, lamentablemente las escuelas continúan justificando mediante este engaño el derecho humano de expolio natural, imponiendo una idea claramente fascista y destructiva.

Hay que objetar sin embargo que la idea antropocéntrica se empieza a forjar con la invasión de la era civilizada sobre los tipos de sociedades tribales que nada tienen que ver con ella. En este aspecto, ambas formas de invasión, tanto natural como propiamente humana son impositivas, y se caracterizan tanto por el expolio de los recursos como por la transformación de los pueblos no civilizados. Esto último tiene que ver con lo que el izquierdismo tradicional se ha referido como interculturalismo, cuando lo que en realidad se trata de una colonización cultural, una continuación de la intencionalidad cristiana u otra forma de adaptabilidad impuesta por la fuerza mediante la intrusión de los valores civilizados sobre las comunidades indígenas.

Al final, sea la idea antropocéntrica que justifica la superioridad humana sobre el mundo natural y sus formas de vida o la que justifica la imposición de la vida civilizada sobre las sociedades no civilizadas, ambas cosas son en definitiva una demostración de poder del fuerte sobre el débil.

El proceso de adaptación no termina en la niñez ni mucho menos sino que es continuado en la edad adulta, fundamentalmente en el mundo laboral, así como el del consumo o el placer. Mediante los medios de control de masas con los medios de comunicación a la cabeza, continúan forjando ideologías engañosas que arraigan fácilmente en las mentes de los individuos.  

El proceso de adaptación social tiene varios fines. Entre ellos, uno de los más importantes es el de lograr un ambiente de normalidad funcional en el que el propio individuo debe tener un papel primordial para sustentar la sociedad, acostumbrándose a relacionarse siempre entre otros millones de individuos que forman la masa, a moverse entre millones de vehículos y edificios, convenciéndose ellos mismos de que forman parte de un mundo único y especial y que además pertenecen a una especie superior. Por ello, se desviven por formar parte del mismo a cualquier precio, aceptando el juego de la competición y la complejidad. El otro objetivo es anular toda posibilidad de reflexión y análisis de los individuos sobre su papel en el mundo en relación al sistema establecido, mediante técnicas de engaño en forma de ideologías y cultos como el progreso, el desarrollo, la modernidad, la tecnología, la publicidad, la industria del entretenimiento, etc.

Pero la adaptación es el resultado de problemas más que de soluciones ya que supone el sostenimiento de un sistema degenerativo que reduce a los individuos a pequeños eslabones de una cadena gigantesca que representa la masa, sumidos en el autoengaño en dosis que han sobrepasado todo lo inimaginable, transmitiendo al individuo un comportamiento generalizado de indiferencia e indecencia lamentables y que solo se interesa del proceso de adaptación y sostenimiento del sistema. Metafóricamente hablando -aunque quizás no lo sea-, la adaptación social es un veneno que se nos va introduciendo al nacer y que es perfeccionado según crecemos, como creando en nosotros un estado de envenenamiento del cual es muy difícil salir, porque casi nadie puede darse cuenta de ello. Quién lo hace, solo podrá desprenderse de ciertas partes del veneno pero difícilmente lo hará completamente.

Tampoco pueden saber, y esto es lo peor, que el sistema en el que han sido engañados mediante la tan valorada adaptación social, no sólo amenaza con destruir el mundo natural y millones de formas de vida y especies, sino todo en lo que creen y por lo que viven, incluso haciendo caso omiso de las advertencias de ciertos expertos en ecologismo y de los que cuestionan la base misma de la civilización.  

Por ello, poco o nada puede esperarse de una masa de humanos atrapados en un mundo tan falso como cruel, inconsciente de que el sistema empeñados en sostener es el fruto de un gran engaño, una trampa, un veneno mortal que irremediablemente les lleva a la autodestrucción y que ha perdido la capacidad para evaluar sensatamente las consecuencias de sus actos en relación a su futuro.

Menos puede esperarse de su capacidad extraviada por reencontrar su lugar en la naturaleza, un lugar al que posiblemente perteneció durante muchos miles de años y que sin duda resultó más provechoso para su equilibrio que el triste derrotero por el que transita hoy.

17 de diciembre de 2014

Los juegos de azar como forma de alienación de las masas

Entre los numerosos vicios del humano moderno podemos hallar en los juegos de azar uno de los que más atacan los valores morales. Si la creación del dinero tuvo como motivo principal la del intercambio de bienes derivados de crecientes necesidades y punto, su desarrollo ha creado multitud de usos que han desvirtuado absolutamente su esencia. Ejemplos como la creación de los bancos como entes para administrar las grandes cantidades de valores monetarios o la del complejo juego de la bolsa como forma de hacer dinero a partir de dinero, ya puestos, ¿por qué no inventar juegos en los que participara la población como un derecho para ganar dinero y que combinaran la suerte, el azar y las probabilidades?

Desde las apuestas deportivas hasta la gran oferta de sorteos de lotería, pasando por las máquinas tragaperras, las salas de casinos o bingos, todos ellos tienen en común dos alicientes: la competitividad propia del juego y el atrayente premio del dinero, porque sin recompensa por ganar, no habría aliciente y tampoco, mal que les pese a los ludópatas, adicción.

Pero no caeremos en el error de centrar el sentido del artículo en los casos derivados de adicción, que no dejan de ser por otra parte una consecuencia lógica, sino en el riguroso análisis de la esencia del juego en sí y sus peligros en las sociedades modernas.

La base de un juego es la competición y esto quiere decir solamente una cosa, a saber, que el juego como tal solamente puede darse en sociedades con cierto grado de competitividad en su modo de vida. Esto no es óbice para que posea otras motivaciones como la propia distracción, es decir, jugar por el simple placer de pasarlo bien. Lamentablemente, este placer tiene un potencial enorme que tiende a fluctuar dependiendo de la evolución de cada sociedad.

El juego en una sociedad pequeña, simple, sin dinero como medio de intercambio ni competitividad, el juego es pura distracción. El juego en una sociedad creciente, que tiende a lo complejo, que inventa el dinero como medio irremediable de intercambio y que centra su sistema económico en la competitividad entre sus miembros, desarrollará inevitablemente la competición en el juego como única motivación y peor aún, la recompensa del dinero como aliciente.

Sin duda, la competitividad es un motivo de alienación muy suculento para el control de las masas por parte del poder, ya que crea numerosos sentimientos encontrados en quiénes la practican -que suelen ser la mayoría-, ansias de ambición, de llegar más lejos que el resto, de caer en envidias y de hacer cada vez más dinero como signo de incrementar el status. Así, los juegos deportivos y sus respectivas apuestas asociadas o los juegos tipo casinos son un ejemplo de ello.

Los juegos en los que únicamente interviene el azar carecen del sentido de competitividad propio de los juegos ya mencionados, sin embargo no dejan de ser formas alienantes porque de alguna forma extienden la idea de que con el azar cualquiera puede ganar sin que tenga que emplear ninguna técnica para ello, excepto cuando irracionalmente algunos creen que pueden intervenir y controlar los números ganadores. Además, estos juegos son gestionados y administrados por el estado, uno de los grandes estandartes del poder y gran interesado en mantener a las masas alienadas. Basta con echar boletos o marcar números al azar y esperar que toque. Se trata de un juego en el que solo hace falta dinero para poder participar y muchísima gente para aumentar la emoción, ya que uno de los imperativos es la ínfima proporción de ganadores, consiguiendo con esto que millones de personas derrochen enormes sumas de dinero a lo largo de toda su vida.

De hecho, ignoro si habrá estudios sobre esto, pero es fácil deducir que la inmensa mayoría de los que juegan regularmente a los sorteos de lotería, primitiva, once o cualesquiera sean,  habrán perdido a lo largo de sus vidas más dinero del que hayan podido ganar. Unos pocos lo recuperarán y muy pocos se harán efectivamente ricos. Los peores casos, que no dejan de ser muchos, habrán desarrollado una grave adicción a dejar gran parte de su poder adquisitivo en invertir boletos que siempre perderán, así que confiar únicamente en el azar es algo que supone no solo un derroche de dinero, sino una gran estupidez.

La otra parte negativa que dejan los juegos de azar es la aportación que supone al desarrollo de antivalores. La lotería ofrece enormes sumas de dinero a los pocos que ganarán y además ha invertido a lo largo de toda su creación altísimas sumas de dinero en publicidad para extender la idea de cuán importante es hacerse rico sin hacer nada, y cuán importante es el dinero en nuestras vidas porque “con dinero todo se puede alcanzar”. Se crea con ello una contribución a adorar más todavía al dios del dinero fortaleciendo su poder. Y además se fomentan valores negativos como el materialismo, la ambición, la envidia, la estupidez, la histeria y la falsedad, propios de la sociedad moderna.

A nivel de masa, existen en muchos países algunos días al año señalados para que millones de personas desaten la histeria colectiva participando en los sorteos de lotería nacional, como por ejemplo el típico sorteo de la campaña más falsa del año, la navidad, dejándose gran parte de su dinero que utilizará una parte el estado para repartir los premios y para no se sabe qué el resto. Un derroche de dinero descomunal que podría servir para otros asuntos más importantes que repartir premios y de los que muchas veces se habla, pero que nadie dice de quitárselo a este gran tinglado porque “para muchos es la única posibilidad de hacerse ricos” (aunque sepan que es más probable que te mate un rayo a que te toque la lotería). 

Y si uno quiere comprobar el nivel de adoración y adhesión que reciben este tipo de juegos no tiene más que buscar alguna crítica en internet que no hallará ninguna. Todo son alabanzas promocionando “el bien social que promueve la lotería”. Incluso entre aquellos movimientos que pretenden que el mundo mejore, es más fácil y emocionante movilizar a las masas con falsas promesas que esforzarse en desgranar la fuente del mal de raíz; es más fácil dejarse llevar por los fenómenos alienantes que permiten al sistema perpetuarse que buscar la forma de cuestionar la propia esencia de dichos fenómenos y a quiénes interesa. En realidad, inconscientemente o no, estos movimientos supuestamente heterodoxos no analizan nunca la raíz del mal, sino cómo poder absorber mejor el mal sin que nada trascendente haya cambiado.