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14 de marzo de 2017

El progreso, un proceso contra natura

Desde tiempos remotos, el ser humano ha progresado, incluso en la larga y supuestamente estática época primitiva también lo hizo, aunque más lentamente. Todos y cada uno de los pasos que hemos ido dando han ido siempre en esa dirección y todos y cada uno de ellos han posibilitado cambios que a su vez posibilitaban más cambios. La era primitiva fue larga y lenta, los cambios se producían de forma gradual, los humanos que había eran nómadas y recolectores y eventualmente cazadores. Durante cientos de miles de años llevaron una economía básica de supervivencia, migraban con lentitud buscando mejor clima o tierras, explorando zonas vírgenes y vivían en pequeños grupos de población aislados unos de otros. Así, la población crecía muy lentamente, pero crecía, el cerebro se desarrollaba poco, pero se desarrollaba. Y aunque fuera lentamente, de alguna forma el ser humano primitivo empezaba a transformar el ambiente, como ejemplo baste decir que numerosas pruebas antropológicas sugieren que la especialización de la caza pudo motivar probablemente la extinción de grandes mamíferos del Pleistoceno como los mamuts.

Llegado el Neolítico ocurrió el primer gran cambio significativo: la economía pasó de ser de subsistencia a una economía productivista en pocos milenios, con ello cada vez más grupos se hicieron sedentarios, estableciéndose en poblados cada vez más grandes. Sin duda esto hizo aumentar la población y el contacto entre grupos, que por un lado motivó la transmisión cultural, pero por otro, trajo los primeros grandes conflictos entre clanes, que empezaban a competir por tierras, animales y esclavos. Poco a poco, pero cada vez más rápido, las sociedades se volvieron más complejas y las más grandes y avanzadas derrotaban a los grupos aún tribales, aún mayoritarios, absorbiendo a sus miembros en forma de esclavos. Así, surgieron a su vez sistemas de jerarquía cada vez más fuertes y eficaces y con ello, en poco tiempo, los grandes imperios con sus pertinentes conquistas.

El progreso estaba ya lanzado, se empezaban a formar las primeras ciudades, cunas de los primeros imperios: Sumeria, Fenicia, Mesopotamia, Persia, Egipto. Después, vendrían Grecia, Roma  y poco más tarde el Imperio español, holandés y francés. La población se contaba ya por millones en todo el mundo y el saqueo de los recursos naturales empezaba ya a hacer mella en el medio natural.

Pero no fue hasta entrado el siglo XIX cuando acaeció el segundo gran cambio significativo con la llegada de la era industrial y del petróleo, haciendo del progreso la auténtica razón de ser de la humanidad. Las ciudades se hacían inmensas, albergando a millones de individuos que formaban las primeras sociedades de masas. Los estados -naciones se consolidanan como garantes del orden y la ley, además de ejercer todo el poder sobre los ciudadanos. El trabajo en cadena preeminentemente industrial se imponía en los países post-imperialistas y la economía de libre mercado establecía el dinero como la primera razón para crecer de forma ilimitada. La población mundial se duplicaba en pocas décadas llegando a la astronómica cifra de siete mil millones de la actualidad. Es en esta época cuando el progreso se extiende y se justifica como si fuera el propósito por el cuál el ser humano ha colonizado la Tierra. Incluso se llegó a decir al princpio que el progreso traería la paz y la prosperidad a todo el mundo, acabando con la miseria y con las guerras y todavía hay muchos que así lo creen. Sin embargo, hoy, solo unos pocos pueden darse cuenta del inmenso daño que está provocando la imperante ideología del progreso y el crecimiento económico. 

El progreso no solo no ha traído  la paz y prosperidad que se prometió, sino todo lo contrario. El progreso ha creado el capitalismo, un sistema que todo lo basa en el beneficio económico ilimitado, cuyo "mayor logro" es la sobreexplotación de los recursos naturales de los países colonizados, creando en pocas décadas desorbitadas desigualdes entre las personas y condenando al hambre y los perpetuos conflictos armados a sus habitantes. Pero el progreso no solo mata por hambre o guerra a millones de personas que han tenido la mala suerte de nacer en el lugar colonizado, sino que mata indirectamente a los habitantes de los países ricos creándoles enfermedades por alimentación basura y adictiva, mediante el consumo de drogas de todo tipo, incluidas las tecnológicas o por accidentes, presentados como daños colaterales del progreso. 

Por desgracia,  el impacto negativo del progreso no solo repercute en el humano sino también en el resto de seres vivos no humanos. El progreso ha condenado a la violencia y muerte sistemática de millones de animales que se consumen para comer u otros usos, pero sobre todo para comer. Claro, cuando se prometió paz para todos, no se referían a los animales. Y por último, y sin salir del impacto en el medio natural, el progreso es el responsable directo de la destrucción diaria de miles de hectáreas de espacio natural, con las funestas consecuencias que esto tiene para millones de organismos, tanto del mundo vegetal como animal e incluso humano no civilizado. Con todo, millones de personas siguen viviendo engañadas en pos del progreso, responsables del crimen natural y paradójicamente ignorantes de que están cavando su propia tumba y la de sus futuros hijos.

Tras esta breve exposición de lo que ha supuesto el fenómeno maldito del progreso, pasaremos a argumentar porqué esta tendencia tan poderosa no solo es peligrosa y destructiva para el resto de seres vivos sino que va contra natura, es decir, se extiende en contra de la naturaleza. Para ello expondré varias premisas que lo demuestran:

En primer lugar, cabe decir que el progreso se ha forjado con los siglos haciéndose cada vez más fuerte y poderoso, embaucando a millones de humanos en su osadía. Sin embargo, en la naturaleza ninguna especie animal y menos vegetal ha desarrollado jamás un comportamiento parecido, la evolución, como ya afirmó el biólogo Stephen Jay Gould, no tiene ninguna dirección concreta, solo supone cambio, ni progresa ni retrocede, al menos en términos generales. Es evidente que el ser humano se ha salido claramente de esta tendencia con esa carrera desbocada hacia la sobreexplotación. Así pues, el progreso de la humanidad como fenómeno predominante está en claro conflicto con la evolución de las especies y la selección natural.

Otro factor contra natura del progreso es el desbocado incremento de la población humana, siendo el factor demográfico quizás el resultado más notable del mismo y que además justifica el círculo vicioso que esconde este fenómeno social. Ningún ser vivo ha crecido jamás tanto en número como para crear un desbarajuste serio en el planeta, modificando las condiciones esenciales para la vida, incuido el clima. Tan solo las bacterias y los virus podrían ser más numerosos, incluso los insectos, pero aún siendo los primeros organismos parasitarios su elevado número no provoca ni mucho menos el impacto destructivo que provoca el ser humano en la Tierra (a no ser que nuestra especie fuera considerada una clase de virus). Esto se entiende porque el ser humano en su desarrollo intelectual se ha salido de la cadena trófica natural en la que estaba inmerso cuando era más animal que humano, y si bien antes tenía depredadores que de alguna forma mantenían a raya su número, ahora carece de ellos, convirtiéndose con ello solo en depredador. Además, los animales depredadores apenas se alimentan de unas pocas especies sin modificar el ambiente en absoluto, mientras que el depredador humano se alimenta de cientos de especies diferentes transformándolo todo a su antojo, provocando con ello la destrucción indirecta de otras especies de animales y cuando no es por alimento es por decenas de necesidades superfluas. Son muchos biólogos los que hablan de esto como la sexta gran extinción masiva y a diferencia de las otras grandes cinco extinciones del pasado, es muy probable que la causa de la actual esté relacionada con el modo de vida de una sola especie, la humana.

El aumento generalizado de la media de vida es otro factor claro que va contra la naturaleza y muchos de los que lean esto pondrán el grito en el cielo.  Si lo hacen es porque son defensores a ultranza del progreso, ya que solo éste ha logrado que se vivan más años y en especial el progreso de los últimos doscientos años con el avance de la medicina convencional y la tecnología. Pero ni la medecina convencional ni la tecnología son hechos naturales sino artificiales y aumentar la media de vida bajo estos medios no tiene ningún mérito, es como hacer trampas. Por otro lado, el aumento de la media de vida ha contribuido claramente al aumento poblacional. El ser humano vive más años en general, pero ¿a costa de qué? ¿y para qué? En la antigüedad la media de vida apenas llegaba a los cuarenta años y nadie estaba preocupado por ello, a pesar de que algunos se salían de la media y podían llegar hasta los setenta u ochenta años. Solo cuando la ideología del progreso ha sido motivo de culto la gente ha empezado a preocuparse por cumplir más años, e incluso los más visionarios y alocados de alcanzar un día la inmortalidad del cuerpo. En la naturaleza ningún ser vivo ha superado jamás su media de vida ni se ha preocupado en hacerlo, porque de hecho a la naturaleza no le conviene en absoluto que algo así les sucediera a muchas especies, iría contra natura. Nuevamente solo una se ha salido de la norma general. 

Valores tan ligados al progreso como la búsqueda de  la felicidad son exclusivamente humanos, en la naturaleza nadie se preocupa de ser feliz, ni siquiera de tener una vida colmada de placeres. De hecho, hay pruebas de que lo opuesto al placer, el dolor, es un motivo mayor de evolución (no de progreso) ya que ayuda a la supervivencia y perpetuidad de las especies. En la naturaleza, los seres vivos luchan permanente y únicamentemente por estos dos factores y una especie que buscara la felcidad permanente no podría durar mucho y de hecho la única que lo hace parece querer estar buscándose un final triste y rápido. Ciñéndonos a los animales como únicos seres que podemos afirmar con seguridad que tienen conciencia, es evidente que buscan huir del dolor y en muchas ocasiones buscan estados de tranquilidad, juego y placer, pero estos estados no entran en conflicto con los estados de alerta o protección necesarios para la supervivencia. De hecho, la mayor parte del tiempo lo ocupan en buscar alimentos y en aparearse, los dos factores claves para la supervivencia y la perpetuación de la espcie. Tanto se ha alejado el ser humano de la naturaleza que ya no la teme, y peor aún, ya no tiene que preocuparse de su supervivencia, por lo que puede dedicarse a buscar cosas triviales como la felicidad permanente o la diversión sin límites pero siempre como partes subordinadas al progreso, el motor que lo hace posible. La pregunta es, ¿le ayudará esto a sobrevivir mucho tiempo?  

Por último, pero en clara relación con las anteriores, el progreso de la humanidad ha contribuido y contribuye de forma unánime a la destrucción de la naturaleza, y cada vez en mayor medida, dado que cada vez hay más humanos en el planeta y cada vez más humanos se suman al consumo desmedido de Occidente. La ideologíoa del progreso ha logrado extender la absurda creencia de que miles de millones de humanos pueden vivir para siempre al ritmo que lo están haciendo y para ello, se ha valido de ideologías subordinadas como el materialismo, el consumismo y el ya mencionado hedonismo. Pero este ritmo de vida supone el exterminio de millones de organismos tanto animales como vegetales, en lo que algunos ecólogos se refieren a ello como una pérdida irreversible de la biodiversidad de la Tierra, necesaria para que los ecosistemas vitales sigan funcionando. Es decir que para que millones de humanos puedan vivir como lo están haciendo ahora muchos más millones de seres vivos tienen que morir e incluso malvivir hasta morir.

A pesar de que pueda paracer que el progreso permite a la gente llevar una vida normalizada o al menos así lo creen sus defensores, los más engañados, es sin duda un modo de vida no solo destructivo con el resto de organismos sino consigo mismo, un modo de vida claramente suicida y algunos expertos ya han hablado de que si todo sigue como hasta ahora, las posibilidades de una extinción humana aumentan drásticamente. Aunque siendo objetivos no sería tan grave, se estima que cada año se extinguen entre 10.000 y 50.000 especies. Con todo, es necesario decir que todavía ningún biólogo ni paleontólogo ha corroborado que ninguna especie se haya extinguido jamás por un comportamiento claramente autodestructivo, sino por circunstancias totalmente ajenas a ellas. 

Expuestas esta serie de premisas a modo de conclusión surgirían varias preguntas sobre el progreso, ¿Es esta tendencia ihenerente al ser humano? Si queda demostrado que desde tiempos remotos el ser humano ha progresado, entonces la respuesta es sí -incluso en los períodos que lo haya hecho muy lentamente-. ¿Es por tanto el progreso inherente a la naturaleza humana? Probablemente lo sea. ¿Podría escapar de él? Actualmente no puede, y solo en un futuro remoto en el que el modo de vida actual haya desaparecido y solo quedaran unos pocos humanos, éstos podrían a voluntad llevar una vida libre de progreso, agrupados en sociedades minúsculas y sencillas que apenas dejen impacto en el medio natural y sin ánimo alguno de crecimiento, a pesar de que siempre existiera la posibilidad de que éste volviera a ganar la partida y todo volviera a empezar. 

Aunque se salga del tema en cuestión, cabría añadir porqué la humanidad no puede actualmente escapar al progreso. En primer lugar porque la inmensa mayoría de personas creen firmemente en que el progreso es la razón de ser del ser humano e incluso de que en algún momento traerá la paz a todo el mundo. En segundo lugar porque todas esas personas no están capacitadas para ver la relación entre el progreso y la destrucción del medio natural, ni mucho menos lo pernicioso que resulta aquel para todos los ámbitos de la vida y en tercer lugar porque los pocos que lo pueden ver solo proponen soluciones que inciden en las causas próximas y no en las causas primarias. En cuarto lugar, porque incluso aunque una parte importante de la humanidad reconociera las causas primarias, abordarlas supondría un choque brutal con el modo de vida impuesto, si no un colapso inevitable del propio sistema y lo que pasara después nadie puede saberlo. 

Es importante añadir a su vez otra cuestión y es la diferencia entre la ideología del progreso, forjada con los años, que es la que actualmente mueve el mundo de los humanos y el hecho del conocimiento. Aunque pueda parecer que desde siempre ha acompañado al progreso, el conocimiento, que se puede decir también es inherente al ser humano, por tanto a su naturaleza, podría desarrollarse independientemente del progreso en un futuro de sociedades minúsculas y sencillas, dirigido únicamente hacia la naturaleza y el ambiente que nos rodea en general. Por tanto, y aunque esto formaría parte de otro escrito, habría que dejar clara la diferencia entre lo que es el conomiento ilimitado marcado por el progreso y auspiciado por la tecnología, que es el que se ha impuesto por la fuerza y el conocimiento sencillo dirigido únicamente hacia el medio natural. 


  

11 de octubre de 2016

Sociedad nociva (2)

Nocividad en la educación guiada (o la anulación de la voluntad)

Obviamente el proceso de embaucamiento de personas sumisas y absorbidas por el sistema comienza en las edades más tempranas, pues casi desde que nacemos somos conducidos en nuestra existencia para cumplir con las exigencias del mismo. Pero las escuelas tan solo son una parte de la educación de los niños hacia el mundo adulto, cuyo objetivo es crear adeptos sumisos, fanáticos del sistema que no den problemas de rebelión ni de capacidad de reflexión. Por ello, hablamos de educación en un sentido más amplio que incluye todos aquellos factores externos que inciden en la mente de las personas desde que nacen hasta que se convierten en adultos. Es este el período de más deformación de la mente humana y en el que intervienen una gran cantidad de sumisos adultos dispuestos a darlo todo por guiar con éxito a los niños hacia el mundo del trabajo y la máquina del consumo.

Uno de los objetos de la educación guiada es hacer que el niño no tenga la necesidad de reflexionar ni de preguntarse el porqué las cosas son de la manera que son, y esto quizá sea el más importante de todos los objetos, porque anulando esta parte de su voluntad el acto de sumisión funcionará correctamente. El niño absorberá todos los conocimientos que se le metan en la cabeza sin cuestionarse nada y con el tiempo habrá perdido dicha facultad y estará bien integrado en la rueda del consumismo. Para esto intervienen todos los agentes externos de la educación guiada, ya sea el encierro en la escuela -privada o estatal apenas hay diferencia- la importantísima influencia de los padres y la familia, adultos ya absorbidos por el sistema, el grupo de amigos como el primer grupo de presión, y los medios de comunicación tecnológicos, medio perversamente embaucador, pieza clave para completar el potencial consumidor del niño y el adolescente.

Bien se podría decir que todas estas partes forman lo que es el sistema educativo intencionado y cada vez más funciona en el sentido deseado, es decir, a medida que las generaciones nuevas nacen en un sistema tan cerrado y dogmático como este cuyo dios ya no es un señor todopoderoso con barbas blancas al que adorar sino una idea probablemente más perniciosa como es el progreso, la educación funcionará por sí sola como un todo, ya que cada parte cumplirá el papel que otros le introdujeron a base de manipulación y lo hará cada vez de forma más efectiva. A medida que pase el tiempo el sistema ya no tendrá que plantearse si existen atisbos de rebelión ni capacidad de reflexión, pues cada nuevo niño que nazca estará cada vez más lejos de tiempos pasados en los que aún se podía encontrar algo de esto.

Efectivamente en el presente actual aún no se ha llegado a esta peligrosa situación, pues el sistema no es perfecto, ya que aunque pocas, hay personas o colectivos que aún analizan las causas y los efectos llegando a conclusiones definitivas sobre la nocividad que emana este tipo de sociedad. Estas personas reaccionan de forma distinta: unos piensan que lo que hay que hacer es cambiar de sistema, otros que hay que derribarlo y otros simplemente lo rechazan y ponen tierra de por medio, escapando a los márgenes.


Nocividad en los valores

La falta total de valores en una sociedad como esta es patente, de hecho es un signo inequívoco de que sufrimos una desviación en los mismos provocada por los factores psicosociales que se derivan de una sociedad basada en la competitividad económica y el fenómeno de masa. Estos factores influyen determinante y drásticamente en las relaciones humanas hasta el punto de extender un falso ambiente de “buenismo” que no corresponde en modo alguno con la realidad de poseer valores y específicamente, valores morales. Y esto sucede porque el sistema no permite a sus integrantes actuar en consecuencia a sus valores más profundos. Estos están reprimidos por la opinión general de la masa o por la presión social. El sistema secuestra dichos valores e impide que exista coherencia con los actos, que son los que importan para que la máquina siga funcionando.

Para entendernos, pongamos el ejemplo de la violencia: la mayoría de la población de la sociedad moderna condenaría en lo más profundo de su ser cualquier forma de violencia contra seres vivos, tanto humanos como no humanos, pero en la práctica la vida cotidiana de casi todos causa un altísimo grado de violencia a terceros -hasta el extremo de la muerte, la esclavitud, la tortura, el exterminio- , de hecho esta violencia es la causa principal de que dichos actos se transformen en beneficios para organizaciones diversas y en bienestar para millones de consumidores. Por otra parte, a menudo se produce una doble moral, el humano moderno encontraría permisible y aplicable cierto tipo de violencia contra cierto tipo de seres vivos como los cerdos, vacas u ovejas, mientras que la encontraría reprobable contra otros como perros o gatos.

Pero el humano moderno encuentra tranquila su conciencia porque la gran mayoría desconoce estos hechos por ocultamiento intencionado de la verdad, siendo el propio sistema quien extiende la idea de que la vida en masa permite estas cosas sin que nuestra conciencia nos perturbe ni que nos sintamos culpables o pecadores,  mientras que los pocos que lo conocen se tranquilizan formándose una imagen de inocencia y pureza que no corresponde con la realidad, ofreciendo a sus miembros que se sumen a actos filantrópicos para mostrar solidaridad y amor donde solo existe limosna y lavado de conciencia. No buscan causas ni efectos, solo expurgación. Y hoy, ya no es dios quien perdona, sino la masa. El ser humano moderno se escuda en la masa para creerse inocente y seguir con su miserable vida de placer inagotable. Los muertos que provoca el sistema son insignificantes porque son siempre lejanos,  desconocidos, y en cualquier caso son daños colaterales o un mal menor porque pertenecen a otra raza o especie. Y para que pase rápido cualquier posible sentimiento de culpabilidad, el sistema nos imbuye continuamente de distracciones de placer que hagan olvidar dicho posible sentimiento.


Nocividad en las ideas

Si los valores son nocivos es porque las ideología imperante también lo es y esta solo es una, la ideología del progreso. No es que no existan otras ideologías, pero las restantes son minoritarias e irrelevantes con respecto a esta. La ideología del progreso está dogmáticamente extendida a nivel mundial en todos los países civilizados y representa sin ningún género de dudas la idea más seguida y reverenciada de toda la historia de la humanidad, más incluso que cualquier creencia religiosa. Su globalidad es quizás el factor más pernicioso que se desprende de ella, pues es lo que la hace dogmática y supuestamente invulnerable. Todos los miembros del sistema obedecen a esta idea y ella misma consigue que el resto de ideas sean reprimidas y olvidadas por la mente humana.

Por otro lado, consumo y hedonismo son dos caras de la misma moneda que se atraen una a otra y son probablemente las dos fuerzas más potentes que resultan de la idea del progreso y a la vez son aquellas que hacen que éste perviva y se extienda. El sistema sabe que esto es así y por eso favorece los actos cuyo objeto sean el placer inmediato, la búsqueda de felicidad y la sensación constante del éxito mediante el consumo y la competición. Para ello es necesario una presión social activa y un ritmo de vida de locura generalizada. Así, las únicas ideas que se derivan de esta forma de vida estrictamente superficial son esas mismas, incluso toda idea política pasa por ello, sea denominada de izquierdas o de derechas, convirtiéndose en ideas progresistas que buscan ante todo el bienestar de la población a cualquier precio. Los cambios en el poder son meras reformas que no afectan en nada a la idea general que es la que manda.

¿Qué efectos negativos se desprenden de esto? En primer lugar, la creación de un sistema de vida que se mueve gracias a ideas superficiales y arrogantes; en segundo lugar, el mantenimiento del sistema mediante fórmulas perversas de vida; en tercer lugar,  la ocultación de los enormes costes que se derivan de un sistema como éste para el resto de seres vivos que pueblan el planeta; en cuarto lugar, el secuestro y represión de ideas verdaderas destinadas a mejorar la vida del humano en el planeta Tierra y sus relaciones con el resto de terrícolas con el que compartimos espacio.


Nocividad en la conducta

Por último cabe advertir la vertiginosa desviación de la conducta de los individuos del sistema de vida actual como una extensión lógica de un pensamiento nocivo. A continuación destacaré varias de estas desviaciones:

-Ritmo acelerado de la sociedad, acostumbrada al cumplimiento exhaustivo de horarios laborales y escolares, además de actividades extralaborales, lo que lleva a la gente a moverse siempre a un ritmo frenético y de auténtica locura, la sensación real de ir a todas partes con prisas, la supuesta necesidad de incrementar la velocidad con la ayuda del invento de los vehículos motorizados que contribuyeron determinantemente en la extensión de las ciudades, los trayectos largos, la construcción de más carreteras y el transporte de mercancías. Otros medios tecnológicos como la televisión, el ordenador o el teléfono móvil también contribuyen a ello ya que uno de sus aspectos fundamentales es el aumento de la velocidad de las imágenes o los sonidos.

-Competitividad, como una clave esencial para conseguir ser alguien en la vida o alcanzar el éxito, fruto de envidias que fomenta el sistema mediante la publicidad. Por si no fuera poco, la competitividad se extiende no sólo al aspecto económico y social, sino al político, al mundo del trabajo, los deportes, el arte o la ciencia. Hasta tal punto que muchos de los individuos hacen de la competición su razón de ser.

-Fenómeno de masa, como medio de control por parte de los poderes fácticos, se trata de uno de los fenómenos que más moldean la conducta de los individuos hacia una tendencia favorable a la sumisión, la irreflexión y el conformismo. De ahí que la cultura del hedonismo o del “cachondeo” haya tenido tanto éxito. El humano medio tiende a asociarse mejor hacia los grupos mayoritarios que conforman una masa porque se siente arropado por ella ante cualquier situación de duda o rebelión personal, la masa lo protege contra juicios minoritarios aunque no lleven razón, que es casi siempre, porque la masa es ante todo irracional, solo atiende a las necesidades del sistema.

-Desequilibrio y trastorno mental. De las pautas anteriores se desprende un aumento de nuevas formas de comportamiento que raya el desequilibrio, la falta total de moral, el desprecio y la burla por lo diferente, la tendencia al vicio y el exceso, la indiferencia y la falta de empatía por los que sufren, la pasividad y la rapiña, la postración hacia todo lo que promueve el sistema, y en muchos casos la obscenidad y la afición por lo grotesco. Nuevamente, el auge de las  tecnologías emergentes ayuda en gran parte a difundir esta serie de comportamientos antinaturales mediante la grabación de imágenes y su difusión por internet.

-Hipocresía en el pensamiento. El auge de ideas izquierdistas no ha hecho más que confundir al individuo en su pensamiento y llenarle la mente de contradicciones mediante la difusión de ideas antirracistas y sexistas, pacifismo, amor al prójimo, honestidad, compasión o incluso rebelión contra el sistema, ideas que por sí mismas albergan un gran sentido de la justicia, pero que siempre estarán limitadas a lo que dicte el sistema mediante sus patrones conductuales y aspectos legales. Peor aún, el sistema ha demostrado que puede adaptar estas ideas para su buen funcionamiento y de hecho lo hace. Por ello, el fomento de estas ideas sin plantearse el contexto social en las que se desarrollan es una hipocresía que no conduce nada más que a actitudes progresistas y a acciones que contienen doble moral, además de que provoca una incoherencia permanente entre acción y pensamiento.

-Forma de vida contra natura: distanciamiento de la naturaleza y orden natural, aumento artificial de la esperanza de vida, aumento desproporcionado de la población, invasión del medio, matanza indiscriminada de individuos de otras especies, esclavismo de seres vivos, conflictos perpetuos dentro de la misma especie, transformación, envenenamiento y agotamiento del medio natural… En consecuencia, un sistema de vida contra natura sólo puede provocar comportamientos de la misma clase si sus individuos son auténticos adeptos al régimen sin remedio.

-Ausencia total de ideas de reflexión, que conduzcan al cuestionamiento de las bases que rigen el sistema y su patente nocividad para llevar a cabo acciones coherentes. Las acciones de rebelión que fomentan algunos grupos denominados de izquierda o antisistema no contribuyen de ninguna manera a la reflexión de la nocividad reduciendo sus acciones a meros actos de desahogo o luchas superficiales y reformistas que casi siempre son absorbidas por el propio sistema para hacerlas productivas y consumibles.


La conclusión es clara y rotunda: vivimos en una sociedad que emana nocividad por todas partes y que goza del respaldo inconsciente de millones de adeptos atraídos por sus engaños en forma de bienestar y placer sin límites. Que la voluntad humana pueda combatir el sistema hasta derribarlo es algo poco probable dadas las circunstancias presentes e históricas. En realidad no es la voluntad humana la que nos ha llevado hasta este punto. Sí que pienso que en lo individual uno puede rechazar el sistema al menos en parte y de alguna forma eso es combatirlo.

23 de agosto de 2016

Sociedad nociva

A marchas cada vez más rápidas la sociedad moderna avanza hacia su propio suicidio mediante el estado demencial y perverso de sus miembros. Pero el calibre de demencia que está adquiriendo la sociedad por culpa fundamentalmente del avance tecnológico deja a su alrededor un grado inconmensurable de nocividad imposible ya de percibir por los individuos, imbuidos en vidas sin sentido y abducidos por el dogma del progreso. Tan grave es su grado que apenas hay ya posibilidades de mitigar la lamentable situación y menos revertirla. Se trata de un cáncer en estado de metástasis. La nocividad se extiende a todos los ámbitos del sistema de vida humano y peor aún, alcanza a casi todos los ecosistemas ajenos a la especie dominante. Empezando por las necesidades físicas más básicas como la alimentación, en donde miles de alimentos son fuentes de enfermedad física y mental, hasta aquellas cuestiones psicosociales y convivenciales entre la masa de individuos que solamente se basan en el fenómeno de masa, pasando por el régimen de embrutecimiento e indiferencia hacia el resto de formas de vida que pueblan el planeta.


Nocividad alimentaria.

Como decimos, la forma de alimentarse del humano-masa de la sociedad moderna es un auténtico desastre, un continuo hartarse hasta la saciedad de alimentos prefabricados e industriales, llenos de sustancias químicas y tóxicas que provocan trastornos y enfermedades nuevos en el organismo que las ingiere y que cada vez más está provocando muertes prematuras.

En primer lugar, destaca la cantidad de comida que ingiere el humano medio de las sociedades modernas, mucho más en general de lo que debiera, se añade a esto la cantidad de alimentos de origen animal altamente procesados, procedentes de animales explotados en condiciones perversas de hacinamiento e hinchados de antibióticos y hormonas para el engorde, incluidos peces en piscifactorías, que representan ya más de la mitad del pescado consumido en todo el mundo.

En segundo lugar destaca el grado de adicción que las empresas del sector incluyen a sus alimentos para aumentar las compras y crear sujetos adictos legales, más propensos a enfermar y consumir más medicamentos innecesarios. Alimentos como el azúcar refinada, usada en miles de productos, incluso productos supuestamente salados, la proteína del gluten, usada en alimentos tradicionales como el pan o la pasta y que se ha probado ya su relación en enfermedades de todo tipo incluido enfermedades neuronales, o el queso -y los lácteos en general- como uno de los alimentos más adictivos que existen, probado ya en varios estudios de nutrición. Este propósito de crear consumidores adictos no solo viene dado por las sustancias físicas en sí que contienen los alimentos, pues también contribuye el grado de engaño que contienen los anuncios publicitarios en los medios tecnológicos de comunicación.

Dentro del ámbito de la alimentación cabría destacar también el vital consumo del agua, y del que muchos estudios lo relacionan con la acidez del organismo y por tanto de ambientes propensos a la enfermedad por consumo de cloro, flúor o metales pesados, pero también por otras sustancias tóxicas incluidos restos de medicamentos que no depuran las plantas de reciclaje del agua destinadas a este fin. Este es el precio de vivir con agua corriente.

Dadas estas pésimas formas de alimentarse de la población moderna y sin haber entrado en detalles mayores, el hecho de que quienes fomentan esta forma de alimentación solo para engordar su bolsillo están de alguna forma induciendo a la muerte prematura de millones de personas, incluidos ellos mismos -también son consumidores de lo que ellos venden y promocionan- es el resultante de un sistema rematadamente pueril pero a la vez perverso. ¿Cómo puede llegar a cegar de tal forma el hecho de querer ganar más y más dinero a costa de empeorar la salud de la gente y del planeta? A pesar de ser casi todos los consumidores inconscientes del problema, bien podría decirse que este es el resultado de un plan premeditado.


Nocividad en la medicina.

En clarísima connivencia con la perversa industria alimentaria, se haya la aún más perversa industria farmacéutica, que no sólo vive de la mala alimentación de la masa sino que obtiene enormes sumas de dinero por los trastornos y enfermedades que crean en el organismo los alimentos industriales. Esta podría ser perfectamente una de las demencias de la sociedad moderna: promover la enfermedad del cuerpo del individuo -aunque también de la mente- para que otros se lucren por ello, pero la paradoja más cómica es que quienes se están lucrando también son consumidores, o sea, se lucran por envenenarse ellos mismos. Sin embargo, la industria farmacéutica goza de enormes beneficios y de una gran influencia en el sistema legal y político.

Los medicamentos más usados solo sirven para paliar los síntomas de la enfermedad originada por una deficiente alimentación y los malos hábitos de vida en general, jamás para atajar sus causas, algo que sería propio solamente de una alimentación natural libre de nocividad y hábitos de vida preindustriales. Además, normalmente los medicamentos dejan una gran cantidad de efectos secundarios en el resto de zonas no afectadas por la enfermedad, que a la larga pueden provocar otro tipo de trastornos que requerirán otro tipo de medicamentos.

Por otra parte, al igual que los productos destinados a la alimentación, muchos de los medicamentos recetados tienen un alto grado de adicción en los pacientes que le hacen depender de él incluso cuando no los necesita, favoreciendo el efecto placebo que ataca directamente a la mente y logrando una adicional suma de beneficios.

A todo esto contribuye una creencia popular sesgada que se ha instaurado en las sociedades modernas y que se traduce en una confianza ciega en la medicina convencional, tan alejada de la medicina natural basada en la prevención de la enfermedad mediante la alimentación natural y hábitos de vida no industriales, practicada tradicionalmente en las poblaciones rurales tan cercanas al medio natural y al saber curar mediante las plantas. Al mismo tiempo esta confianza ciega conlleva el rechazo, escepticismo e incluso el desprecio mediante burla de la medicina tradicional y naturista. Pero el tiempo pondrá cada cosa en su lugar.


Nocividad por consumo de sustancias tóxicas

La adicción a otras sustancias no alimenticias comúnmente llamadas drogas roza lo absurdo de una sociedad ya de por sí absurda. No entraremos aquí en el debate manido de si deben ser legales o no, pues queda demostrado que la legalidad de una sustancia cualquiera apta de ser ingerida por el ser humano no tiene porqué tener relación con su grado de adicción o toxicidad, de hecho hay productos alimenticios legales más adictivos y dañinos para el organismo que otros consideradas drogas ilegales, o peor aún, drogas sintetizadas legales como el tabaco que provocan más muertes que otras no legales como la cocaína. Esto no quita que las drogas ilegales no sean dañinas. El problema es que toda forma de droga legal o ilegal consumida mayoritariamente ha sido adulterada, ya no tiene apenas nada de sustancia natural, consiguiendo con esto que su consumo provoque daños a menudo irreversibles en el organismo.

El tabaco es quizás el mejor ejemplo del absurdo pues a pesar de que probablemente haya descendido su consumo por la guerra antitabaco de los últimos años, sigue aún siendo muy alto entre la población y entre los jóvenes, más vulnerables a engancharse. El tabaco tiene todos los aspectos que puedan asociarse a la nocividad: es una droga totalmente adulterada, su consumo es antinatural e innecesario para el organismo, empieza en edades muy tempranas, su consumo es legal y está visto como normal -hace apenas unas décadas hasta estaba bien visto y era signo de status social- y sin embargo es la droga más consumida en el mundo y la que más enfermedades y muertes causa.

La cocaína es otro ejemplo de droga adulterada cuyo consumo vía nasal es antinatural e innecesario para el organismo y cuyos efectos son quizás más dañinos a corto plazo que el tabaco, pero sin embargo ni por asomo es tan consumida por tanta gente ni su consumo está bien visto ni es normal. Se puede ver a cualquier persona fumando en la calle como algo normal pero a nadie se le ocurriría esnifar una raya de cocaína en el mismo lugar; el estado hace campañas contra el consumo de cocaína pero no contra el consumo del tabaco ya que tiene la potestad absoluta de considerar bajo interés económico qué drogas deben ser legales y cuáles no.

En cuanto al alcohol es más difícil saber o dilucidar si su consumo es antinatural, ya que el proceso de fermentación de ciertas frutas o verduras es algo natural. Probablemente tenga que ver más con la dosis que se ingiere pues su consumo oral está asociado al consumo de líquido normal que el organismo necesita y en dosis pequeñas podría resultar hasta beneficioso. El problema es cuando crea adicción pues sus efectos son desastrosos y muchas veces mortales. Con todo, su consumo no está tan generalizado como el tabaco y en ciertos ambientes o circunstancias está totalmente desaconsejado e incluso prohibido por los rápidos efectos que provoca en el comportamiento.

Del resto de drogas sintéticas utilizadas mayoritariamente entre la población más juvenil, por tanto más inconsciente e inmadura, cabe poco más que añadir, salvo que quizás su estado de prohibición rodea a su consumo de un misterio aún más atrayente para el joven más vulnerable, que muchas veces las toma como forma de buscar sensaciones nuevas que le aporten una vía de escape a la nefasta rutina en que se va transformando su vida de adolescente.


Nocividad tecnológica

De entre todas las formas de nocividad esta es con seguridad la más dañina por ser la menos aparente para casi nadie, de hecho muchas personas que ahora se empiezan a preocupar por su alimentación o la del planeta apenas invierten tiempo en analizar su dependencia con los medios tecnológicos domésticos que más nos invaden como el teléfono móvil, el ordenador, el coche o la televisión; y este es el gran peligro de la tecnología: la creencia de que carece de nocividad alguna, tal es su inserción en la idea arraigada del progreso, tanto que podría afirmarse que la tecnología es el motor del progreso, es el mejor indicador de que el progreso funciona y marcha a todo tren y es quizás la mejor forma de atraer a la gente hacia esta creencia. El efecto más negativo de la tecnología es que afecta exclusivamente a los aspectos superficiales de la mente y nunca a los aspectos espirituales. El resultado es que el ser humano moderno llena su gran vacío espiritual con superficialidad tecnológica.

Los nuevos adoradores de la tecnología también están siendo inconscientes al desdeñar los riesgos que supone para la vida humana y la del planeta. Ya no solo se trata de los efectos físicos que numerosos aunque silenciados estudios han probado que crean ciertos aparatos tecnológicos al organismo: efectos y cambios en el funcionamiento del cerebro, efectos negativos en la vista, pérdida de audición, contaminación electromagnéticas por ondas, relación con diversas formas de cáncer, etc.; tampoco se trata solamente de los efectos psicológicos: adicción, depresión, envidias por no tener el aparato del vecino, etc. Se trata fundamentalmente de las transformaciones vertiginosas que se derivan directamente de la aparición de nuevos aparatos o nuevas aplicaciones exclusivamente tecnológicas, su omnipresencia en todos los ámbitos de la vida, incluso en aquellos colectivos que se manifiestan supuestamente detractores del sistema. La tecnología precisa que todo sea artificial y a la vez antinatural, y hoy por hoy precisa al cien por cien de materiales para su fabricación que provienen del medio natural mediante formas de explotación humana y el exterminio de miles de individuos de otras especies, hasta tal punto que las empresas dedicadas a la comunicación viven de ello.

Pero quizás la parte más nociva de la tecnología es el riesgo y el peligro impredecible que encierra su potencial mediante nuevas formas tecnológicas futuristas como la robótica, la nanotecnología o la biotecnología, tan atrayentes para los técnicos y científicos como la droga para el drogadicto. Dada la velocidad cada vez mayor que imprime este fenómeno fuera de control, en poco tiempo podría revolucionar de forma definitiva la vida humana y acabar con toda esencia de vida tradicional y cercana a la naturaleza que durante muchísimo más tiempo ha predominado en la especie humana. De hecho, la novedad de la tecnología moderna supone tan solo una mota de polvo en relación a la historia de la evolución humana.

25 de octubre de 2015

Cinco mitos de la tecnología

El culto a la tecnología se ha extendido como un virus oculto en las sociedades modernas, más allá que cualquier religión del pasado, pues se propaga a la par que la reinante ideología del  progreso. Es alabado por casi todos los humanos y pocos escapan a su atracción. Pero como todo culto está fundamentado en mitos que resultan fácilmente desmontables:


“La tecnología es neutral, se puede usar tanto para el bien como para el mal”.

La tecnología simple usada por los humanos precivilizados puede ser catalogada como neutral ya que se componía básicamente de herramientas usadas por la mano humana, cuya energía era la que podía imprimir con su fuerza. En cambio, la tecnología compleja no puede ser neutral porque desde su evolución forma parte de un proceso de civilización progresivo, paralelo al proceso del progreso y más adelante del proceso de industrialismo y urbanismo, por ello ha sucumbido siempre al poder de las organizaciones más poderosas y de los técnicos que las dirigían. Un crítico de la tecnología dijo al respecto: la tecnología no es neutral porque aporta su propia racionalidad y el método para su uso. Una red de ordenadores o una fábrica de acero no se pueden utilizar como una simple herramienta; deben utilizarse tal y como han sido diseñadas y en combinación coordinada con una red de procesos complejos de apoyo sin los cuales su funcionamiento es imposible (David Watson).

Lo que fundamentalmente se está tratando aquí es la tecnología compleja, aquella que se compone necesariamente de códigos, medidas y números cada vez más complejos y aquella que precisa de fuentes de energía ajenas al hombre, cada vez más costosas de obtener. Se trata de una tecnología que siempre ha sido dirigida por grandes organizaciones y expertos cualificados, cuyo único objeto ha sido el de crear un mundo más creciente, complejo y dinámico. El proceso para crear cualquier innovación tecnológica es generalmente el mismo y solo es posible mediante la organización de unos pocos expertos sobre millones de personas. Para ello, es necesario un alto nivel de jerarquización y especialización -fenómenos derivados probablemente de la esclavitud- que irremediablemente contribuyeron a la creación de las clases sociales y el sentido del status.

La segunda parte de la frase es desacertada, porque uno de los mayores problemas que conlleva la tecnología no está en el objeto del uso, sino en su propio uso y desarrollo. Cuando alguien dice “la tecnología puede servir para fabricar algo bueno como un coche o para algo malo como una bomba atómica”, en primer lugar, cabría valorar hasta qué punto es mejor una bomba atómica que un coche, pues a la larga los coches han matado muchas más personas en poco más de un siglo que las dos bombas atómicas lanzadas por los americanos en los años cuarenta. Pero aun desestimando los daños colaterales que siempre dejan los coches y considerando que es un medio para transportarse mientras que la bomba atómica sólo sirve para matar, no puede negarse que el coche, al igual que otro vehículo motorizado no puede considerarse como un herramienta aislada, implica la totalidad del sistema (y de la cultura) de producción y de consumo: es una forma de vida (...). Un sistema de autopistas no puede considerarse un instrumento neutral; es una forma de gigantismo técnico y de masificación. (David Watson).



“La tecnología nos proporciona infinidad de posibilidades a elegir”.

Como afirmando que la tecnología nos ha legado la libertad. Pero ¿qué clase de libertad? ¿Aquella supuesta libertad para elegir entre millones de objetos materiales o servicios de toda índole? Con probabilidad este es el mito más degradante en el que se basa la trampa tecnológica, pues se ha confundido la esencia de libertad humana, independiente y autónoma de toda clase de poder o ideas, por aquella ficticia libertad del presente que nos ofrece la tecnología moderna. En realidad es al contrario, según ha avanzado el sistema y se ha hecho por tanto más complejo, el grado de libertad verdadera ha ido en disminución, sustituida por una suerte de libertad ficticia. Otro crítico de la tecnología escribió hace años sobre este problema: el sistema tiene que regular estrictamente el comportamiento humano para poder funcionar. Es necesario e inevitable en cualquier sociedad tecnológicamente avanzada que el destino y decisiones de los que componen la masa dependa de las acciones de personas que están lejos de él y en cuyas decisiones, por tanto, no puede influir. Esto no es algo accidental ni el resultado de la arbitrariedad de burócratas arrogantes (Ted Kaczynski).

Además, las posibilidades a las que se refieren a menudo con este argumento son aquellas que sólo puede conocer la masa en general, es decir, el resultado de todo el proceso tecnológico. El ciudadano común no tiene la menor idea ni interés en cómo se ha fabricado el producto que llega a sus manos ni las consecuencias que ha dejado tras su proceso de fabricación, pues solo le importa el resultado final. En resumen, el ciudadano tiene inevitablemente una dependencia absoluta del experto técnico y por ello se ve obligado a venerarlo.  



“La tecnología nos proporciona más cosas buenas que malas”.

Nuevamente se obvia que el problema mayor no está en el resultado final del uso que se le dé a la tecnología, sino en las transformaciones sociales y en especial los perjuicios que genera dicho uso. Pero si por un momento diéramos por supuesto que dichos perjuicios no son tales, centrándonos en los resultados finales, tampoco se puede afirmar con rotundidad lo que dice el mito de arriba. ¿A qué se refieren con cosas buenas y cosas malas? ¿cómo se puede dictaminar con rigor si algo es intrínsecamente bueno o malo? Si la mayoría de la gente tiene la certeza de que la tecnología proporciona más cosas buenas que malas es más por una falsa perspectiva de la realidad. La gente solo ve los placeres inmediatos que da la tecnología, gracias a su fidelidad a la ideología del progreso, considerado como bien supremo y en muchos casos, la falsa sensación de que a la larga siempre será un medio de salvación o de solución para todos los problemas.

Sin embargo, la gente no puede ver las verdaderas consecuencias y perjuicios de los que hablábamos antes y que son muchos más y más graves: el vicio que crea la atracción tecnológica, su posicionamiento incondicional hacia el progreso -quizás por ser la principal motivación del mismo-, medio de dominación y control de los poderes fácticos sobre la masa, el carácter dogmático, la sensación de ser un medio de salvación, cuando desde sus inicios solo se ha movido en el marco del sistema económico imperante creando infinidad de necesidades de las que se derivaban infinidad de nuevos problemas (lo que sería el círculo vicioso), adhesión incondicional al urbanismo y la globalidad, transformación vertiginosa de la mente y de las relaciones sociales tradicionales, transformación de la comunicación oral tradicional, alejamiento del medio rural-natural, destrucción del entorno para potenciar un mundo artificial y virtual, etc.  



“La tecnología nos ha dado comodidad reduciendo los trabajos más duros y penosos”

Los trabajos duros y penosos empezaron con la esclavitud y ésta ya se apoyó en la tecnología para perfeccionarse, hace milenios. ¿Y cuál era el objetivo de la esclavitud? El bienestar de los poderosos y su sed de codicia de nuevas tierras y recursos. Para ello, era necesario crear grandes gobiernos y ciudades, lo que demandaba mayor mano de obra esclava y mayor necesidad de emprender guerras para la conquista de tierras y pueblos, que a su vez demandaba mayor poder militar. Los trabajos duros y penosos han sido heredados por años de estas formas de sumisión y han llegado hasta la era preindustrial como un supuesto mal que la tecnología podía suplir con el advenimiento de la mecanización. Todos esos trabajos duros y penosos de los que nos hablan nuestros ancestros directos pertenecen a un siglo creciente y demandante de nuevas necesidades impuestas por una burguesía cada vez más poderosa, que no es más que la continuadora de los antiguos dueños feudales, usurpadores de tierras y de fuerza de trabajo. Allí en donde el poder no era tan férreo ni dependía de un organismo centralizado, las formas de vida comunitarias y locales no eran grandes demandantes de recursos ni de trabajo, ni necesitaban más tecnología de la que pudieran desarrollar con sus propias manos o como mucho, formas de tecnología simple. Incluso las comunidades indígenas recolectoras y cazadoras destinaban al trabajo mucho menos tiempo del que destina el hombre moderno. A pesar de lo cual, la mecanización se extendió como una forma lógica de aumentar el rendimiento productivo en auge, más que por el hecho voluntario de los empresarios para acabar con los trabajos duros y penosos.

Por otra parte, aun admitiendo que la incorporación de las máquinas sustituyera de forma satisfactoria a la fuerza humana en los trabajos más duros y penosos, esto solo se refiere al aspecto físico del trabajo, pero sin duda se ha olvidado el aspecto psicológico. La mecanización trajo consigo el aumento del trabajo sedentario, el trabajo repetitivo y carente de sentido, la fijación de horario y de turnos contra natura, el aumento de las horas de trabajo, presión hacia el trabajador, amenazas de despido, acoso laboral, etc.



“La tecnología nos ofrece multitud de formas para entretenernos”

Este mito no lo parece tanto, porque superficialmente hay algo de cierto en lo que dice, pero analizado en profundidad uno puede percatarse de que sí lo es. La inmensa mayoría de los medios de entretenimiento  tecnológico responden a formas de atracción convertidas a menudo en puro vicio que a formas sanas de distracción lúdica, propias de la cultura tradicional. Muchos de estos medios como los videojuegos, el cine o la televisión permiten y muestran la violencia como algo normal, en una sociedad que administra las formas de violencia y considera de un modo amoral cuáles son justificables y cuáles no (la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia unos a otros, sin embargo en la industria del cine o los videojuegos la violencia vende, por no decir que a menudo es su razón de ser; la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia en ningún caso, pero exime al estado de hacerlo cuando le convenga; la sociedad normalizada rechaza la violencia física entre humanos, pero consiente regímenes esclavizadores fundamentados en la violencia contra los animales; la sociedad normalizada ha tragado el anzuelo de que la violencia física es la única que hay, porque pocos se dan cuenta de que lo que impera es la violencia psicológica, más peligrosa y criminal que cualquier forma de violencia humana). Además, estas formas de entretenimiento son parte de la transformación de la mente y de las relaciones sociales basadas estrictamente en el potencial de los medios tecnológicos y casi siempre sirven para el control de las masas, su alienación y proceso de irreflexión.

Por otra parte, todas las formas de entretenimiento están controladas por una inmensa industria que es la encargada de hacer llegar dichas formas a los consumidores, transformados en máquinas que buscan ante todo el placer, y cuya capacidad de opinión y decisión ha sido intencionadamente reducida; tan solo vale su necesidad de consumo. Para ello, utilizan medios cada vez más persuasivos que inciden y restringen la capacidad de la mente humana sumiéndola en una única dirección posible, alimentada por la falsedad, el vicio y la atracción patológica. Por supuesto, este proceder de la industria tampoco puede considerarse de ninguna de las maneras como un posicionamiento neutral.


Para aquellos o aquellas que deseen profundizar más sobre la crítica a la tecnología pueden consultar los siguientes autores: Lewis Mumford, Jacques Ellul, David Watson, Ted Kaczynski, John Zerzan, David F. Noble y el colectivo desaparecido de “Los amigos de Ludd”, entre otros.

30 de noviembre de 2014

El engaño de las ecociudades

Con la llegada de la moda verde han surgido multitud de propuestas excéntricas que pretenden cohesionar la caótica vida en la ciudad con la conservación del medio natural. Nada más lejos de la realidad, pues es impensable que una especie como la humana que durante siglos ha pervivido gracias a su dominio hacia la naturaleza, pretenda ahora restaurar el equilibrio sin cambiar un ápice su concepción principal de la misma. Aquellas mentes obtusas que quieren cambiar la fachada sin cambiar el interior adolecen de pura soberbia por la humanidad. No analizan los daños ni los peligros y por si fuera poco no solo se engañan a sí mismos, sino al resto de personas que a su vez se dejan engañar.

El proyecto de convertir las ciudades en espacios compatibles con el equilibrio natural es uno de los mayores disparates que se pueden escuchar. No sólo es contradictorio, es insultante. Se pretende hacer creer que se pueden cambiar las nefastas consecuencias de daño ecológico que saben producen las ciudades sin cambiar en absoluto el ritmo de vida de las mismas, sin plantearse aún menos la raíz de todos o parte de los problemas.

Incomprensiblemente se mencionan continuamente problemas de contaminación, calentamiento global, extracción de materias primas o eficiencia energética sin cuestionarse el culto por el consumo, la invasión de la industrialización, el urbanismo o la tecnología, en relación con la dependencia del medio natural o en otro nivel más concreto, el uso masivo del vehículo privado, de la carne industrial, la especulación urbanística, el aumento descontrolado de población, etc. Es decir, se pretende acabar con males como aquéllos, sólo modificando la forma de producir y consumir. No se buscan las causas directas ni se buscan las relaciones entre unas cosas y otras.

Por si fuera poco, el discurso de esta propuesta que por desgracia se ha generalizado incluso a gran parte del movimiento ecologista, muestra evidentes incongruencias como querer compatibilizar un sistema económico cuya base fundamental es el crecimiento tanto de personas como de medios materiales o del vicio de la competitividad con hacer de los lugares físicos sitios sostenibles e integrados en el medio natural. Además, como no podía ser de otra manera, este discurso cae en el ingenuo error de pensar que la tecnología nos salvará del desastre, como dando a entender que en un futuro cercano los recursos tecnológicos se extraerán de la nada por arte de magia sin crear ningún perjuicio a la naturaleza, otro de los grandes disparates de la modernidad.

Desde su concepción, las ciudades son núcleos de crecimiento continuo, tanto de humanos como de bienes físicos y materiales. Además, el proceso de urbanismo, ya sea gradual o explosivo trae aparejados varios fenómenos que resultan inmanentes a toda creación de una ciudad y que a su vez resultan opuestos a toda forma de restaurar el equilibrio natural:

-Artificialismo. Este concepto inventado se define por la obsesiva transformación de materias primas naturales en productos no naturales que se convierten en sustitutorios de la naturaleza, pero que no lleva implícito ni mucho menos una independencia de la misma.

-Crecimiento continuo de todo, tanto de personas como de bienes materiales, lo que lleva a un aumento consecuente de las necesidades y por tanto del consumo.

-Complejización en las relaciones sociales y económicas, motivado por el desarrollo y exceso de sistemas de jerarquización, de normas sociales, etc. Sistema económico basado en la competitividad y el ánimo de lucro.

-Exceso de control de la sociedad por parte de los grandes poderes, culminado en el control mental que requiere un exceso de mecanización y tecnologización.

-Represión y pérdida gradual de los valores humanos esenciales y valores morales, de reflexión, de análisis crítico, de autojuicio y de voluntad para el cambio.

-Fatal combinación de estos procesos con la alienación total de las masas, su degradación espiritual y su sometimiento inconsciente basado fundamentalmente en el hedonismo crónico, en la expansión de masas de autómatas que actúan como si vivieran en un mundo normal y maravilloso.

-Invasión del espacio natural, su inevitable esquilmación, destrucción de ecosistemas y degradación ambiental.

-Expansión global planetaria de miles de núcleos urbanos, que multiplica los problemas a niveles descomunales.

Por lo tanto, ¿cómo sería posible tratar de hacer de las ciudades -lugares que abarcan todos estos fenómenos y más- espacios integrados en el orden natural sin empezar siquiera a cuestionar alguno de estos fenómenos mencionados? ¿Cómo sería posible hacer de las ciudades espacios ecológicos y sostenibles en el tiempo mientras se siguieran produciendo dichos fenómenos? Sencillamente no lo es. Todo responde a una oferta de solución que no es más que un fraude, un lavado de imagen de las empresas y gobiernos -en connivencia con la vanguardia del movimiento ecologista-, responsables directos de la mitificación de las ciudades, ante las advertencias drásticas de las últimas décadas lanzadas por ambientólogos, científicos y paradójicamente por el propio movimiento ecologista.

Sin embargo, no se puede obviar que el propio movimiento ha tenido mucho que ver ante el surgimiento de engaños tan evidentes como estos debido en gran parte a su total falta de cuestionamiento hacia el modo de vida impuesto de crecimiento invasivo, de reproducción humana sin límites, del culto al progreso, signos principales de la civilización; lo que lleva a dudar si estas propuestas absurdas no han salido de la sección más tecnófila del propio movimiento.

¿Qué son las ciudades en realidad? Son núcleos masificados de humanos consumidores descomunales de recursos, movidos por el progreso, las adicciones y la moda, e inconscientes de que mientras crean mundos artificiales y alejados de la naturaleza, lo que hacen es arrasar y destruir gran parte de la misma; sin embargo, dependen absolutamente de ella para vivir y seguir creciendo.

La única forma de conseguir una integración armónica del ser humano futuro -que no humanidad-, en el medio natural, empieza por el cuestionamiento de la esencia misma de las ciudades y todos los nefastos fenómenos socio-económicos que llevan aparejados, el cuestionamiento de su altísimo poder de destrucción, el rechazo de cualquier reforma que no empiece por cuestionar los verdaderos males que las caracterizan.

Pero al mismo tiempo que se cuestiona, se deben fomentar propuestas que aboguen por la autonomía de las personas, la independencia del trabajo asalariado e industrial, acompañado de una intención revolucionaria decrecentista -tanto poblacional como material-, así como propuestas que fomenten una vuelta inevitable a formas de vida rural, indudablemente más sensatas que la destructividad criminal de las ciudades.

10 de marzo de 2013

Superpoblación: la antesala del caos (II)

Como ya anunciamos en la anterior entrada sobre este asunto, existe entre la gente un rechazo general a considerar como problema el hecho de que cada vez somos más personas vagando por el planeta. Asimismo, hicimos un recorrido histórico mostrando los efectos principales del crecimiento poblacional y comprobamos cómo éste es el causante directo de muchos de los males que nos afligen hoy en día. Pero ¿por qué esta tendencia desmesurada a crecer ilimitadamente? Es lógico pensar, ya que el ser humano es un animal más, que la tendencia a reproducirse obedece a una ley natural y que por tanto éste no hace más que lo que le dicta su instinto. Ahora bien, durante los primeros millones de años de su existencia, el ser humano apenas ha modificado el ambiente y ha participado del equilibrio natural como cualquier otra especie, y aunque crecía en número de personas muy lentamente, más por factores ambientales que por otra cosa, su impacto en el medio no fue significativo.  

Al mismo tiempo, dado que ésta especie se distinguía del resto por unos rasgos un tanto peculiares, tuvo una evolución totalmente distinta. Así, mientras durante millones de años se limitó a participar como uno más en el medio sin apenas cambios, en un corto período de tiempo en términos evolutivos introdujo importantes modificaciones en sus hábitos y una mejora en las técnicas que aceleraron a marchas agigantadas su capacidad de crecimiento poblacional. Esta época se caracterizó, como ya hemos contado en otros sitios, por la introducción de una noción básica: la capacidad de dominación del medio y de sus formas de vida, que le llevó a depender totalmente de sus recursos y a transformar lo natural en artificial.

A partir de entonces, la nueva noción de dominación embaucó al ser humano en la sospechosa idea del crecimiento infinito, con lo que a nivel cultural el meme del crecimiento se instauraba en las mentes de las personas como una meta racional. Así pues, nos encontramos no solo con una ley biológica que explicaría una parte de dicho crecimiento, sino que las primeras formaciones sociales irían encaminadas claramente a explicar dicho crecimiento a nivel cultural. La biología por tanto seguía su ritmo evolutivo, pero fue la cultura la que lo justificó ideológicamente. En aquella época en la que el hombre se dedicaba a experimentar, nadie podía darse cuenta de los efectos que tendría a largo plazo el crecimiento infinito. Los poderes fácticos tampoco ayudaron, pues solo obedecían a su naturaleza de riqueza y control, y fueron un obstáculo más que otra cosa. No solo eso, fueron conscientes de que cuanto más numerosa era la población más tendía a la irracionalidad y por tanto más fácil era de someter.

Es posiblemente la excepción del pueblo griego la que mejor rompa la tónica general. Sin saber las causas exactas de su preocupación, los griegos sospecharon de esta tendencia a crecer básicamente por su modo de vida moderado, pero además llegaron a comprender la incompatibilidad de una organización política estable con un elevado número de personas y en menor medida por el hecho de crecer más que de lo que se podía abastecer. Algunos legisladores como Solón aplicaron en la práctica dichas medidas cuyo fin era evitar el aumento desproporcionado de población (Malthus). Sin embargo, es complicado encontrar cuáles fueron las medidas que tomaron para controlarlo. Platón incluso se dio cuenta de esto, y así lo plasmó en la ficticia República que ideó, estableciendo el límite de habitantes en 5.040.

No fue ya hasta el siglo XVII y XVIII con la introducción de la demografía moderna, cuando varios expertos se dieron cuenta del problema que suponía el hecho de que la población crecía más rápidamente que los medios de subsistencia, aunque no estudiaron en profundidad los otros efectos de este crecimiento (probablemente porque casi todos los que teorizaron sobre ello pertenecían a las clases altas y estaban preocupados por el aumento poblacional en las clases más bajas). Todo lo más que hizo Malthus, que fue el recopilador principal, fue atribuir el peso de la culpa a los pobres y proponer como medida la abstinencia sexual y la castidad, por supuesto solo en las clases más bajas.

Con la llegada explosiva de la maquinización en las ciudades, el éxodo rural masivo de finales del XIX condujo definitivamente a un aumento descomunal en el número de personas gracias sobre todo al fuerte descenso de la mortalidad, conocido como la explosión demográfica, y es aquí cuando el crecimiento no solo se normaliza, sino que se convierte en la nueva ideología a seguir. A pesar de ello, no fue un hecho aislado, pues el paralelo sueño que ofrecía una vida atractiva en la ciudad y los acelerados cambios que ofrecía ésta acostumbraron en poco tiempo a las personas a la vida masificada, un mundo antagónico de las antiguas relaciones rurales. Así, este novedoso mundo que fomenta más que nunca la necesidad de crecer por crecer, y que ofrece una supuesta vida feliz entre sueños falsos e ilusorios, ha sentado sin darse cuenta las bases que conducirán al caos poblacional.

No es de extrañar entonces que tan poca gente se cuestione este hecho y de que hoy en día sea un tabú para la mayoría de la gente, acostumbrada ya a vivir entre millones de individuos desconocidos. Tampoco sorprende ya que incluso en Filipinas se haya celebrado el nacimiento del niño que alcanzó en 2011 la cifra de los 7.000 millones. Mientras en los países industrializados la tasa de natalidad desciende, sin embargo la población sigue subiendo. ¿Por qué? Pues porque por mucho que baje, ésta sigue estando más alta que la tasa de mortalidad que también tiende a bajar aunque de forma menos continuada. Además, dado que la ciencia sigue avanzando, también por cierto de forma ilimitada, la esperanza de vida se alarga y como la gente vive más, lógicamente habrá más personas viviendo a la vez.

En los países en vías de desarrollo, los países pobres, la explosión demográfica continúa en claro ascenso por su concentración de personas en el medio rural. Algunos países como China tomaron el siglo pasado medidas restrictivas para frenar el desproporcionado aumento de la población que sufría su país con la política de “un solo hijo por familia”. Ahora es la vecina India la que crece con más rapidez, hasta tal punto que prácticamente ha alcanzado ya a China. En principio, la densidad de la población y los movimientos de migración no influyen en el crecimiento demográfico (Ehrlich).

Sin embargo, desde el punto de vista ecológico (que hoy es el efecto más relevante en cuanto al daño causado) no es del todo cierto que el crecimiento demográfico sea un problema atribuible exclusivamente a los países en vía de desarrollo, porque el mayor impacto ecológico paradójicamente lo crean los países ricos que poseen más del 80 % de la riqueza mundial (un ciudadano americano de EEUU crea un impacto 280 veces mayor que un ciudadano de Haití o Ruanda). El mismo porcentaje se puede aplicar al uso de las energías y la contaminación en la atmósfera. Eso sí, el problema lo será en la medida que dichos países se sumen a la industrialización, ya que no podemos esperar la situación inversa, que los ricos bajen su nivel de vida para equipararse a los pobres. Para que esto ocurriera, nuestra conducta respecto al progreso tendría que cambiar radicalmente, algo que es poco probable que suceda porque sería  ir contra la evolución cultural de miles de años.

Los efectos reales que nos depara el hecho de que la población siga creciendo son indeterminados, pero se pueden vaticinar. El primero es el más importante, el que ya ha ido creando a lo largo de la historia: la nefasta estructuración social que a su vez es la que ha creado las enormes desigualdades entre ricos y pobres. El segundo se deriva de una ecuación lógica: si un número elevado de personas crean un impacto en la Tierra “x”, a medida que siga subiendo dicho número, el impacto será mayor (dado que no parece viable que a corto plazo se sustituyan los recursos no renovables por recursos renovables, Ehrlich). El mayor impacto y más dañino es el que destruye el suelo y los ecosistemas y el que provoca el agotamiento de los acuíferos. El tercero es que, aunque suene extraño, a medida que las naciones pobres más pobladas se enriquezcan y avancen tecnológicamente, el impacto se multiplicará entonces todavía más. El cuarto es otra deducción fatal: a medida que la población continúe aumentando desproporcionadamente en todo el mundo, las posibilidades para que sobrevenga una catástrofe nuclear o incluso natural se multiplican en gran medida.

Ante este panorama, y dejando al margen el progreso económico actual que no hará nada por revertir la situación, podrían establecerse dos medidas básicas de urgencia: o bien se motiva un descenso significativo de la población, o bien se propicia un fuerte descenso del consumo sobre todo en los países ricos. Pero mucho nos tememos que dichas reacciones nunca se van a dar, pues chocan con la propia naturaleza del progreso. Huelga decir que todas estas advertencias formuladas por expertos ecologistas, científicos y sociólogos chocan con los intereses económicos imperantes e incluso con los intereses sociales.

Si analizamos las dos posibles medidas llegaremos a la conclusión de que ninguna tiene visos de llevarse a cabo al menos de momento. Los obstáculos son numerosos y complejos, porque no solo habría que hacer bajar la natalidad considerablemente, sino hacer aumentar la mortalidad, algo más impensable todavía. Es curioso como incluso en la última fase del crecimiento demográfico, a medida que un país crea una supuesta prosperidad, mientras que la natalidad advierte un fuerte descenso no llega a ser nunca inferior a los índices de mortalidad que siguen también bajos, gracias al avance de la medicina. Pero al mismo tiempo, estos avances han conseguido alargar la esperanza de vida hasta tal punto que sea este otro factor crucial para el crecimiento.

El caso más significativo de intento de control de la población es el de China con su política restrictiva del hijo único, pero que solamente ha servido para que la población creciera más lentamente, además de haber creado un malestar a nivel social por su carácter coactivo y totalitario. Esto demuestra que estas medidas prohibitibas nunca funcionarían por su tendencia a despertar el malestar social y posibles conflictos, pero además dichas medidas tampoco resultarían eficaces si la ciencia sigue alargando la vida. Por otra parte, medidas claramente autoritarias como éstas chocarían con los derechos de las personas a reproducirse y crearían un clima desfavorable para la economía del país. En la misma línea, son los propios economistas los que advierten que si baja mucho la natalidad, existe un claro peligro de envejecimiento futuro, con las consecuencias negativas que podría acarrear para el progreso económico el hecho de tener menos jóvenes para mantener a más personas mayores. Las readaptaciones que se tendrían que hacer y que ya muchos inevitablemente están formulando parecen más improvisaciones que otra cosa, y anuncian un riesgo de inestabilidad social motivado por altos índices de desempleo y por ende, de miseria económica.

Mientras, en los países pobres, salvo el caso de China, es menos probable que pueda llevarse a cabo algún tipo de control. Mayoritariamente rural, la planificación familiar no suele funcionar, porque la tendencia es, al igual que hace un siglo en Europa, a tener cuantos más hijos mejor. Lo único que hace que este crecimiento sea menos significativo a nivel de impacto ecológico es que como ya dijimos, mientras estos países sigan viviendo a expensas de los ricos su nivel de endeudamiento será tan alto que nunca podrán desarrollarse y por tanto su impacto en el medio será mucho menos relevante. A medida que estos países fueran sumándose a la carrera del progreso y el crecimiento, como es el caso de China e India, y dado que poseen un volumen demográfico altísimo, obviamente el nivel de impacto ecológico se multiplicaría también.

No parece pues que haya posibilidad alguna de que de forma intencionada la población vaya a descender en ninguna parte del globo. ¿Y qué hay del decrecimiento del consumo en los países ricos? Pues menos todavía, aún siendo esta medida la más sensata de todas, en tanto que ayudaría a dar un respiro a los sistemas vitales de la Tierra. Para ello, la economía imperante tendría que cambiar de forma radical y abandonar de una vez por todas su fe en la competición y la acumulación material por la de una relación de cooperación y austeridad racional.

Pero no solo no hay posibilidad de que todo esto ocurra, sino que ni siquiera los estados lo desean por varias razones: una de ellas es que la amenaza de una sociedad futura envejecida es real; otra es que no existe ninguna forma intencionada de detener el avance científico que alarga la vida ni de aumentar drásticamente la mortandad (salvo hecatombe nuclear); otra quizás sea la oposición todavía muy poderosa de la Iglesia Católica a usar métodos anticonceptivos y por último, no existe, por descontado, ningún interés por parte de las grandes corporaciones de revertir el progreso y fomentar el decrecimiento.

¿Y qué podríamos esperar de los ciudadanos ante este problema ya que de los estados y las corporaciones no se puede esperar nada? En tanto que este problema siga siendo un tabú y las personas sean incapaces de ver las conexiones que hay entre el progreso económico, tecnológico y demográfico, y a su vez entre estos tres factores y los impactos en los sistemas vitales del planeta, poco se podrá esperar, pues la gente seguirá anteponiendo su deseo instintivo de tener hijos al hecho de no tenerlos, para contribuir al descenso poblacional. Pero no es suficiente bajar la natalidad hasta crecimiento cero o negativo, sino que al mismo tiempo habría que, o bien reducir la esperanza de vida, algo que nadie puede hacer de forma individual e intencionada, o bien influir en la comunidad científica para que no sigan avanzando, algo que tampoco pueden hacer los ciudadanos por sí mismos. Dicho lo cual, es más que probable que toda medida que se tomara fuera ya demasiado tarde, pues el círculo vicioso no solo opera con la misma fuerza o más que antaño, sino que ha creado un sinfín de nuevos problemas, a los cuáles más complejos que hacen más difícil todavía una solución. Resulta irónico que aquellos que expusieron el crecimiento económico y demográfico como el remedio de todos los males, no son conscientes de que probablemente sea la enfermedad que acabará por destruirnos.

Quizás si las circunstancias hubieran sido otras, el ser humano hubiera tenido la opción de plantearse las negativas consecuencias que acarrea el hecho de un crecimiento poblacional desproporcionado, no solo por el problema básico de reparto de los recursos, sino por la causa que lleva a ello: la creación de todo un aparato de poder que actuará por interés propio y que solo busca la forma de perpetuarse a sí mismo (esto es quizás lo que desde antiguo ha creado la desestructuración social). Esto demuestra que hubiera sido mejor prevenir antes que curar después. Los griegos se dieron cuenta pero pocos les hicieron caso. Quizás en un futuro lejano, cuando la hecatombe que pueda venir o la Naturaleza nos haya puesto en el lugar que nos merecemos por nuestra osadía de ponerla sobre las cuerdas, y en el caso de que los que sobrevivan, que serán, paradójicamente los que vivan en las zonas más empobrecidas, puedan replantearse las verdaderas causas del desastre, actuar con la racionalidad que le caracteriza a esta especie y evitar de nuevo caer en el error del crecimiento ilimitado y más aún de la nefasta noción de dominación del medio.