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29 de julio de 2017

La exploración del espacio como ejemplo de la ambición y el egoísmo humano

De entre las numerosas atracciones tecnológicas modernas, la que se utiliza para la conquista del espacio en todas sus formas es una de las que más dinero invierte pero más recursos gasta y en consecuencia despilfarra. Sin embargo, la industria aeroespacial goza del respaldo de gran parte del conjunto de la sociedad moderna urbanizada, embaucada en la explicación de que la necesidad de descubrir el mundo espacial, incluso aunque dicho mundo esté incalculablemente lejos de nosotros y por tanto nos sea totalmente desconocido, es legítima y prioritaria. No obstante, la exploración espacial representa varios frentes y varios niveles de juicio moral, que han seguido más o menos un orden cronológico según la evolución del conocmiento humano, desde la simple curiosidad por observar las estrellas, hasta el afán de conocimiento más allá de los cuerpos celestes (incluida la búsqueda de supuesta vida remota), pasando por el ambicioso proyecto y realidad de la conquista y explotación de los recursos extraplanetarios por las diferentes potencias mundiales. Los dos últimos frentes tienen el problema de que requieren siempre un grado mayor de tecnología, grado que se vuelve más y más costoso y que no parece tener límite, dada la inmensidad del cosmos.

Antaño, todas las culturas, incluso las pertenecientes a los pueblos primitivos, han mostrado cierto interés por lo que nos envolvía, aquellos cuerpos celestes que cumplían desde siempre una regularidad de aparición y movimiento y que albergaban sin duda alguna una gran influencia sobre la vida en la Tierra y las condiciones atmosféricas, tales como la Luna y el Sol y en menor medida, las estrellas y otros cuerpos celestes menos frecuentes de ver. Pero dicho interés no pasaba de una simple curiosidad en la mayor parte de los casos y en la comprensión de cómo influían los astros a las diferentes formas de vida, tanto vegetal como animal; pero nada más allá. Descubrimientos posteriores que demostraban científicamente la verdad sobre los movimientos de la Tierra respecto al Sol, la Luna y otros planetas que forman el sistema solar, requirieron el desarrollo de la tecnología con la invención de aparatos que permitieran observar largas distancias que la vista no podía alcanzar, cuyo ejemplo más importante es el telescopio. Pero si por un lado el telescopio permitía saber más cosas sobre el lugar del hombre en el universo, a la vez abría la puerta para nuevas investigaciones que requerían mayores adelantos tecnológicos. Desde que comenzaron estos descubrimientos el alcance no fue muy significativo, pero la entrada en el siglo XX y tras el auge del industrialismo, la carrera aerospacial despega de forma considerable con la creación de la industria que lo sustenta y lo desarrolla de forma definitiva. Es entonces cuando  la curiosidad o el mero interés popular se convierten en afán de conocimiento, ambición y secretismo.

En la década de 1950 la sociedad estadounidense desarrolla una fiebre sin igual en relación al mundo del espacio, más concretamente en el interés por el fenómeno ovni cuyo contagio y extensión tuvieron mucho que ver los propios medios de comunicación. Enseguida se asoció ovni con seres extraterrestres pues a pesar de que no tienen porqué tener ninguna relación a la gente le atraía pensar que un ovni fuera algo no planetario y qué mejor que un ser alienígena que nos visita no se sabe para qué. A partir de ahí los cada vez más aficionados podían inventar todo tipo de historias y rumores sobre los cada vez más frecuentes avistamientos alimentados a su vez por un claro carácter de sugestión y por la expansión de la aviación, que multiplicaba rápidamnente los diferentes tipos de objetos que surcaban los cielos. Quizás este fenómeno de masas motivó a los científicos a la búsqueda de vida extraterrestre sin la intervención del mito, los medios o los falsos rumores. La ciencia debía ir por delante en la investigación para transmitir un mensaje de seriedad y firmeza en este campo. Pero para ello era necesario invertir grandísimas sumas de dinero con el objeto de construir enormes telescopios que pudieran ayudar sobre todo a captar señales a millones de kilómetros de la Tierra. Si bien es cierto que la ciencia realiza todo tipo de investigaciones para el estudio de los planetas y los astros, la que concierne a la búsqueda de señales de vida extraterrestre es sin duda la mayor de ellas y la que por tanto más tiempo y dinero se destina.

Los recientes estudios sobre el descubrimiento que potentes telescopios han realizado sobre planetas similares al nuestro que distan millones de años luz han aumentado el interés social por las probabilidades de encontrar vida extraterrestre, un interés que ya no es solamente fruto de la fiebre de un fenómeno social sino el estudio avalado por los científicos, a pesar de que quizás fue dicho fenómeno social quién impulsó a la ciencia a ir más allá. Para el sentido de este artículo poco importa quién fomentara ese interés llevado al negocio, ya sea mitológico o científico. Lo que importa es que la humanidad ha vivido miles de años sin interés alguno por la vida extraterrestre y solo un fenómeno social extendido en las ciudades masificadas han despertado este interés. Todas las alusiones surgidas tras el fenómeno ovni a inscripciones y dibujos pertenecientes a las culturas antiguas no son más que interpretaciones modernas que no salen de la mera especulación. Sin duda este fenómeno convertido en gran negocio podría dar para escribir líneas y líneas con el objeto de desarmar las supuestas pruebas que ufólogos y seguidores de las teorías de la conspiración han maquinado para atraer y sugestionar a millones de personas susceptibles de serlo, pero no es lo que nos ocupa. 

En referencia a encontrar rastros de vida en otros planetas con condiciones similares a la Tierra por parte de algunos científicos cabe destacar el nivel de derroche de este trabajo por lo incierto que resulta. Comenzando por la improbabilidad de que se origine la vida, pues que sepamos solo se ha originado en el lugar en el que nos encontramos en formas simples bajo condiciones concretas y que solo han evolucionado a formas complejas después de miles de millones de años. Pero aún en el caso de que se haya originado la vida simple de una forma parecida a la nuestra, ¿quién sabe en qué estado evolutivo se hallaría esa forma de vida? Y aún en el caso de que se encontrara en un estado evolutivo avanzado, ¿por qué iba a ser siquiera parecido a nosotros? ¿por qué tendemos a pensar que el estado evolutivo normal es el del desarrollo de la inteligencia? Demasiadas preguntas tan inciertas todas que extralimitan la curiosidad o el deseo de conocimiento. Conocer está bien, pero ha de ser con conciencia y razón.

Lo que se plantea aquí es la necesidad real que tiene el ser humano de encontrar vida extraterrestre, sea inteligente o no, cuando aún no se han descubierto más de la mitad de las especies que pueblan nuestro planeta, cuando cada vez menos gente se interesa en cómo funcionan los sistemas naturales -aquellos pocos que aún quedan intactos o han sufrido en menor medida el impacto humano-. Resulta una frivolidad que crezca tanto el interés en encontrar señales de vida remotas en detrimento del interés por la conservación natural que tanto daño está haciendo el modo de vida que llevamos, incluido el propio afán por encontrar vida más allá de las estrellas. Lo que decimos es que el hecho de satisfacer este deseo resta interés -además de recursos- por otros que se nos antojan mucho más prioritarios.Y esto no responde más que a ese defecto del egoísmo humano forjado desde el inicio de la civilización y tan fomentado por la modernidad. 

Pero la exploración del espacio conlleva otras utilidades mucho más siniestras y ocultas que las propiamente científicas, como la implantación de satélites orbitales para el control de las comunicaciones y el funcionamiento digitalizado de millones de aparatos tecnológicos, tales como móviles, radares, GPS, mapas interactivos, televisiones digitales, información meteorológica, es decir para todas aquellas necesidades inventadas para hacer del mundo un lugar hipercontrolado y artificializado. Lo peor es que estos satélites son instalados y manejados por las grandes potencias emergentes y su uso, cuya exclusividad y secreto es algo conocido, forman parte de la guerra espacial por el control de las comunicaciones en donde la confrontación entre EEUU-Europa vs China-Rusia-India se torna cada vez más evidente.

No obstante la ambición humana por el interés económico juega aquí un papel quizás más perverso que el afán militar o político por el control de las comunicaciones, aunque al mismo tiempo nada sorprendente. Ya son numerosas empresas multinacionales las que planean cómo explotar los recursos energéticos de la Luna o de algunos planetas del sistema solar con el objetivo de transportarlos a la Tierra. Algunos se frotan las manos con esta posibilidad al parecer próxima a ser muy real dada la inmensidad de posibilidades que tiene extraer recursos de lugares vírgenes que aún no han sufrido visita humana alguna. Esto además aumentaría las posibilidades de colonización directa por parte de humanos a planetas como Marte -algo que según llevan anunciando también está muy próximo- e incluso los viajes interestelares en naves nodriza, investigaciones que seguro también se llevan a cabo y que nos dejan la duda de si los más poderosos del planeta planean todo esto como posible vía de escape ante un futuro desalentador e inhabitable en la Tierra motivado por la imposición evolutiva de un modo de vida inmensamente destructivo. 

La llamada conquista del espacio es un ejemplo evolutivo que parte del inicio de una simple curiosidad hasta el extremado interés por conocer, justificado únicamente por el avance tecnológico y seguramente causante de la "necesidad" de conocer cosas que nos extralimitan. El poder tecnológico imbuye la falsa idea de que el hombre es un ser omnipotente que todo lo puede, fomentando el sentimiento materialista y antropocéntrico que impera en nuestros días. Este sentimiento antepone todo lo que puede llegar a hacer el ser humano sin importar los medios utilizados y las consecuencias que puedan derivarse para lograrlo, olvidando la verdadera cualidad humana que es el desarrollo de la conciencia, el respeto por todo aquello que le rodea y el cultivo del espíritu en detrimento de lo material.

27 de enero de 2017

La ciencia moderna desafía las leyes naturales

De entre las ideas más disparatadas que nos brinda la modernidad, al menos hay una que se burla del orden natural por el que se desarrollan los seres vivos de este planeta y esta es la idea de superación de la muerte, cuyo equivalente más fantasioso es la idea de inmortalidad del ser humano. Una idea que nace de un deseo, el no querer morir. Esta vez ni siquiera podemos hablar de que la ciencia empieza especulando sobre una teoría antes de cribarla por el método científico, pues es así como se desarrollan casi todas las teorías probadas por la ciencia, por lo menos aquellas que tratan de explicar un hecho o un fenómeno. Porque la negación de la muerte no tiene un carácter especulativo, sino más bien antinatural, pues es sabido y demostrado que una de las características fundamentales de todos los seres vivos es el hecho de la mortalidad. Así, este nuevo deseo de ciertos científicos contradice una teoría crucial que se supone ya ha demostrado la propia ciencia. Aunque se puede decir que esto es una tónica ya repetida en muchas ocasiones.

Este deseo antinatural se manifiesta principalmente en el ámbito de la medicina, en donde se investiga la forma de "curar el envejecimiento" (menos osado sería hablar de retrasar el envejecimiento, una expresión que tal vez sí pudiera encajar en el orden natural). Esta investigación alberga implícito el deseo de inmortalidad ya mencionado, pues si se lograra curar el envejecimiento, entonces el ser humano no moriría nunca, al menos de forma natural, se entiende. No entraremos en las bases de dicha invetigación que solo competen en realidad a los científicos que las desarrollan, pero sí podemos aventurarnos a decir porqué aparecen, de dónde vienen. 

Es evidente que no vienen de la religión, antítesis de la ciencia, pues siempre ha insistido en la inmortalidad del alma, pero no del cuerpo, es decir, que las creencias religiosas de alguna forma también han tocado esta cuestión, aunque la ciencia no ha podido demostrarlo dado que dicha inmortalidad se remontaba a una figuración supraterrenal o sobrenatural. Ahora la ciencia pretende alargar la vida humana tanto como sea posible curando el envejecimiento y ya que se pone, alargarla eternamente, pero no en un terreno supraterrenal sino terrenal, pues es el único plano en donde es capaz de demostrar hechos contrastados. 

¿Y por qué no se quiere morir? Podríamos enumerar muchas razones que estarían en franca consonancia con el contexto de sociedad moderna actual, pues es obvio que todas las ideas que surgen en la mente humana tienen relación con la forma de vivir. Durante miles de años, prácticamente desde el surgimiento de la civilización como tal, el ser humano ha inventado formas varias de alargar la vida retrasando el envejecimiento. Una fue la veneración hacia la juventud y la belleza, periodo de la vida en donde el ser humano goza de todo esplendor y fuerza antes de iniciar su descenso irremisible. Para ello se han transmitido entre generaciones multitud de historias y leyendas venerando la belleza como símbolo de virtud y éxito. En la era moderna, el culto al cuerpo se hace una realidad, la industria contribuye con el lanzamiento de cientos de productos para perfeccionar el cuerpo cada vez más mientras que la ciencia alarga la vida física con sus avances en medicina y tecnología. Todo esto permite el aumento poblacional, el alargamiento en la esperanza de vida y en consecuencia, el aumento de una población envejecida.

A pesar de los pesares, todo intento de alargar la juventud mediante historias legendarias o artimañas industriales no era más que una falacia temporal, pues todos sabían que más tarde o más temprano, el envejecimiento era algo inevitable y la muerte la etapa final. Resulta irónico también que el hecho de la muerte se haya convertido en un tabú del que pocos desean hablar al margen de las creencias religiosas que por qué no decirlo, transmitían una sensación de tranquilidad a los creyentes, por el hecho de estar convencidos de que la muerte no era el final, y que si habías sido bueno o habías sido redimido de tus pecados irías al cielo por toda la eternidad. Muy recientemente, la ciencia, negando las creencias religiosas, ha afirmado públicamente que tras la muerte no hay nada, ni dios, ni cielo ni tampoco infierno. En consecuencia la cantidad de no creyentes o ateos ha ido  en ascenso pero al mismo tiempo la tranquilidad con la que se iban los creyentes ha sido sustituida en detrimento del miedo a lo desconocido, pues resulta difícil para todos los humanos imaginarse una sensación de no respirar ni sentir absolutamente nada, esa sensación de vacío que debe venir tras la muerte. 

Ni la certidumbre religiosa, francamente dudosa, ni la incertidumbre de la que no puede escapar la ciencia han ayudado para la aceptación de la muerte como un suceso crucial que forma parte de nuestra naturaleza como animal que somos. Y sin embargo, la ciencia que estudia la historia más antigua, la antropología, ha aportado pruebas fehacientes de que en eras primitivas de la humanidad, la muerte era aceptada como algo natural sin miedo alguno, solo quizás con resignación, pues el hecho de vivir en la naturaleza y creerse un animal más dentro del orden natural era la razón que hacía comprender el sentido del ciclo natural por el que todo ser vivo ha de pasar. Dichas pruebas pueden incluso comprobarse en las tribus indígenas actuales en las que los más ancianos se dejan morir en su deseo de no ser una carga para la tribu nómada. En los animales también se puede observar cierto abandono o aceptación del final, si bien es aventurado asegurar que son conscientes de su propia muerte. El alejamiento evolutivo de la naturaleza por parte de los humanos motivado por las nuevas circunstancias materiales y sociales motivó la extensión de la idea de trascendencia del ser humano sobre el resto de seres vivos y por ende el rechazo de las leyes naturales que aún así lo definen culminando en ideas absurdas de eternidad de la vida. 

Por suerte, esta posibilidad tan solo es eso, una posibilidad todavía hoy tan remota en el tiempo que ni siquiera merecería la pena ser valorada. Pero aunque lo fuera, dicha posibilidad no está teniendo en cuenta el contexto actual en el que vivimos, ya que si el alargamiento de la vida y los avances médicos han conseguido que la población aumente de forma considerable en apenas siglo y medio, a pesar de que la muerte siga ganando la partida, la posibilidad del logro de superación de la muerte, estaríamos hablando en poco tiempo de un planeta plagado de humanos y agotado de recursos u otras formas de vida, en definitiva, un planeta hostil y vacío. Otras expectativas de superación de la muerte como la criogenización  son aún más nefastas dado su carácter selectivo que podrían ofrecer en un futuro -de momento solo se puede hablar de su carácter fraudulento ya demostrado por algunos escépticos-, y es que si la ciencia logra superar la idea de reanimación no puede garantizar la calidad de vida de una persona que despierta en un futuro remoto totalmente diferente al actual, por no hablar de que la criogenización sería solo posible para las clases sociales más adineradas.

Pero al margen de la posible reanimación futura de un cuerpo muerto congelado, el hecho de que algunos se planteen la superación de la muerte por cualquier método e incluso dediquen gran parte de su esfuerzo y su trabajo en estudiarlo es algo que resulta inquietante ya que desafía la naturaleza humana negando su propia animalidad. Además, en el contexto actual que vive la humanidad podría llegar a resultar incluso insultante pensar en alargar la cantidad de años que pueda vivir un humano antes que mejorar su calidad de vida, tan penosamente degradado por la era industrial que tanto prometió hacerlo en sus inicios. Ni la era industrial  ni la tecnología han logrado hacer progresos en este aspecto, sino más bien todo lo contrario. La fe en el progreso ha hecho creer a la gente la ecuación "a más personas más calidad de vida", y esos avances en medicina de los que tanto se ha presumido han posibilitado el aumento desproporcionado de la población y su aglutinación en masas ingentes de humanos rodeadas de máquinas llamadas ciudades.  

Por otra parte, la ciencia moderna está acaparando una influencia y reputación cada vez mayor en el pensamiento de gran parte de la sociedad incluso ante las ideas más osadas y especulativas, del mismo modo que lo hacía la religión hace siglos y aún hoy, confirmando cierta tendencia dogmática por parte de muchos científicos que se creen garantes de toda forma de conocimiento. A pesar del eterno debate tan controvertido que ha suscitado durante años la oposición entre religión y ciencia en cuanto a tratar de explicar lo inexplicable, parece que la ciencia moderna lleva el mismo camino que su antagonista en cuanto a crear cierto poder de convencimiento entre las nuevas generaciones más ligadas a ella que a las creencias religiosas.

Finalmente, se debe destacar que la razón antropocéntrica tiene un gran peso a la hora de no desear la muerte, pues esta idea forjada por milenios de alejamiento de la naturaleza y distinción con respecto al resto de animales no humanos ha hecho que muchos quieran trascender su propia existencia pretendiendo ser lo que no son. La no aceptación de la muerte no es más que una transgresión del ciclo natural de la vida.

12 de junio de 2016

La abolición de la esclavitud animal es una lucha ideológica y social

A menudo mucha gente cree que dejar de comer animales o de usarlos en general para nuestro beneficio se trata de una opción personal que cada persona elige en su vida. Esto sería como si hace siglos dejar de comprar esclavos para beneficio de los amos también fuera una elección personal. Evidentemente se trata de un grave error, ya que usar a un ser vivo, sea animal o humano en beneficio propio, es un acto de violencia que se agrava más en el contexto en que vivimos por haber sido llevada al extremo de la esclavitud y el holocausto. En este caso como en muchos otros no tiene importancia cómo y porqué se ha llegado a esto, sino el hecho mismo de que se ha llegado y peor aún el hecho de que la mayoría de humanos permite e incluso apoya que los animales tengan que ser esclavizados para su beneficio. Cierto es que muchos animales humanos también siguen siendo esclavos aún a pesar de que ya hace tiempo que supuestamente se abolió la esclavitud humana, pero dado que ningún occidental considera que esclavizar humanos sea hoy una opción personal, dejaremos este hecho al margen de la otra creencia que ahora nos atañe.

La creencia basada en “dejar de usar animales es una opción personal” se cimenta fundamentalmente en el antropocentrismo reinante, la ideología que defiende históricamente  la inferioridad de los animales en relación a los humanos o dicho de otro modo igual de correcto: la ideología que defiende el abuso del fuerte sobre el débil, o del semejante frente al diferente. Quienes deciden rebelarse ante esta creencia imperante practicando y propagando un estilo de vida que pretende abstenerse de usar animales, llamado veganismo, fueron al principio extraños y sectarios -como los primeros abolicionistas de esclavos humanos-, para más adelante hacerse oír en diversos ámbitos difundiendo además sus argumentos, llegando cada vez a más personas. Entonces la gente ya no ve al vegano como un extraño, sino alguien a respetar, no solo por sus razonamientos éticos y ecológicos sino por los referentes a la salud humana, avalados por cada vez más nutricionistas que recomiendan una dieta eminentemente vegetariana en detrimento de la carne.

Hasta ahí bien, porque si antes los carnistas podían ridiculizar al vegetariano mediante bromas macabras o anuncios perversos, ahora hacerlo ya no está bien visto y como mucho los más fanáticos y acérrimos de la carne se dedican a desacreditar a los veganos tachándolos a su vez de fanáticos. Con todo, poco tienen que temer, ya que al parecer ha calado hondo en la sociedad el hecho de que hacerse vegetariano o vegano es una opción personal como el que decide vestir de una determinada forma, practicar cualquier deporte, dejar de fumar o beber, etc.

Evidentemente “elegir la opción” de seguir comiendo animales sabiendo que con ello se está contribuyendo al sufrimiento perpetuo de miles de millones de ellos en el mundo, es un acto susceptible de crítica y condena que además se agrava por los restantes efectos no solo éticos que se derivan del consumo de animales en general como la salud o el medioambiente (principalmente en el ámbito de la alimentación, que supone la inmensa mayoría del consumo).


Por desgracia cierta tendencia condescendiente por parte de quienes defienden a los animales ha ayudado en buena parte a que se refuerce la creencia de la opción personal. Esto es porque en el movimiento por los derechos de los animales se ha dado últimamente más importancia a cuestiones referentes a los cambios de hábitos (es decir, cuestiones eminentemente prácticas) que a cuestiones ideológicas y sociales. En estos ambientes se habla más de veganismo que de abolición o esclavitud y lo que ha entendido mayoritariamente el público receptor es que el veganismo es una opción personal además de respetable, deduciendo a la vez que consumir animales (y usarlos en general) también debe de serlo, o dicho de igual modo, consentir que se esclavicen, asesinen y torturen animales para nuestro beneficio es una opción personal tan respetable como la decisión de rechazar estas acciones. Para los carnistas ambas elecciones son válidas. Pero, ¿son igual de éticas? Obviamente no.

Por el contrario, el mensaje debe ser tajante: la abolición de la esclavitud animal debe estar por encima de cualquier referencia de cambio en los hábitos cotidianos, a pesar de que en la práctica existe una relación evidente. La lucha por la abolición de la esclavitud animal está en el mismo orden de cosas que lo estuvo antes la abolición de la esclavitud humana, o el cuestionamiento del patriarcado, es decir, son luchas que plantean un problema de relación social entre miembros de una sociedad, máxime cuando dicha sociedad parece caminar hacia la justicia social y la solidaridad para con los desfavorecidos. (Sin embargo, debe decirse que las sociedades de masas eminentemente industriales presentan problemas de tipo estructural que continuamente propician un contexto de desigualdad e injusticia a nivel global entre los humanos -mucho menos el cuestionamiento moral de seguir consumiendo animales a pesar de que para ello se les deba esclavizar y someter a un sufrimiento continuo- y que por otra parte dichas relaciones basadas en un sistema económico de competencia y crecimiento ilimitado además provocan daños medioambientales irrecuperables y el más que probable agotamiento de los recursos naturales). Solamente cuando una parte de la sociedad cambia determinantemente sus ideas en base a algo y en consecuencia sus hábitos de vida, entonces la industria cede y se amolda a dichos cambios en único interés del beneficio económico.

El problema reside probablemente en la consideración que todavía se tiene de ciertos animales como meros recursos a los que se les puede explotar sin que se encuentre ningún dilema moral al hacerlo. En efecto, a todos nos educaron para creer firmemente en esto. Pero es precisamente esta cuestión la que debe empezar a cambiar y solamente puede hacerse cambiando radicalmente la idea general de dicha creencia, es decir, desmintiendo que los animales son recursos sino vidas sometidas a un régimen de esclavitud y como tal solo vale la abolición de dicho régimen. No vale tampoco contentarse con aceptar fórmulas de esclavizarlos menos o que se haga de una forma menos cruel como reclaman algunos llamados bienestaristas -ningún humano que se hallara en condiciones de esclavitud aceptaría ningún trato sobre su libertad física-.  Esto debe hacerse por tanto presentándolo como un problema moral al mismo tiempo que social, pero nunca como una opción personal recomendable. Debe entenderse a la vez que esto se reduce únicamente al mensaje a difundir, porque obviamente existirá una relación práctica y directa entre sumarse a la abolición y abstenerse de usar animales -incluido el acto de comerlos-. Pero el mensaje general a la sociedad debe ser claro: abolición de la esclavitud animal sin ambages ni rodeos para que nadie pueda entender que se trata de una opción personal.

Como ya hemos dicho tampoco valen mensajes de bienestarismo o regulación de las leyes para modificar las condiciones de los animales, sobre todo por dos razones: la primera es la duda de que estratégicamente resulte a la larga favorable para los animales; si bien algunos defenderían esto como un camino hacia la abolición podría bien tener el efecto contrario, pues hay que tener en cuenta que mientras se sigan explotando animales para alimentar a una sociedad de masas, estos siempre serán considerados como recursos de la industria y por muchas leyes que se modifiquen dichos recursos obedecerán solamente a las leyes del mercado, los animales seguirán siendo recursos. La segunda es que si efectivamente existiera un método para tener a todos los animales en condiciones supuestamente felices y en libertad pastando por el campo, esto no sería viable para alimentar a millones de humanos, a menos que hubieran reducido al mínimo sus raciones de carne, en cuyo caso no sería un negocio rentable ni siquiera para la ganadería extensiva y dicha práctica dejaría de tener sentido.  

Evidentemente, siempre habrá una enorme cantidad de carnistas que entiendan esto como una imposición, pero eso debería de importar menos, pues también había multitud de esclavistas blancos que se opusieron a los primeros abolicionistas y los tildaron de locos. Lo que se trata es de hacer ver que usar animales como recursos no debe ser en ningún caso una opción personal, sino más bien un problema a resolver por todos y cada uno de los humanos que contribuimos a ello. Al mismo tiempo hay que hacer ver que es un problema que tendría una simple solución: la abstención de consumir animales y para ello habría que desmentir los mitos extendidos, aduciendo que nadie se ha muerto por dejar de comer carne ni siquiera ha enfermado, es más, en general todo el que deja la carne y se hace vegetariano o vegano mejora su salud y que eso sí, debería hacerse mejor de forma gradual, pero con voluntad para colaborar.

25 de octubre de 2015

Cinco mitos de la tecnología

El culto a la tecnología se ha extendido como un virus oculto en las sociedades modernas, más allá que cualquier religión del pasado, pues se propaga a la par que la reinante ideología del  progreso. Es alabado por casi todos los humanos y pocos escapan a su atracción. Pero como todo culto está fundamentado en mitos que resultan fácilmente desmontables:


“La tecnología es neutral, se puede usar tanto para el bien como para el mal”.

La tecnología simple usada por los humanos precivilizados puede ser catalogada como neutral ya que se componía básicamente de herramientas usadas por la mano humana, cuya energía era la que podía imprimir con su fuerza. En cambio, la tecnología compleja no puede ser neutral porque desde su evolución forma parte de un proceso de civilización progresivo, paralelo al proceso del progreso y más adelante del proceso de industrialismo y urbanismo, por ello ha sucumbido siempre al poder de las organizaciones más poderosas y de los técnicos que las dirigían. Un crítico de la tecnología dijo al respecto: la tecnología no es neutral porque aporta su propia racionalidad y el método para su uso. Una red de ordenadores o una fábrica de acero no se pueden utilizar como una simple herramienta; deben utilizarse tal y como han sido diseñadas y en combinación coordinada con una red de procesos complejos de apoyo sin los cuales su funcionamiento es imposible (David Watson).

Lo que fundamentalmente se está tratando aquí es la tecnología compleja, aquella que se compone necesariamente de códigos, medidas y números cada vez más complejos y aquella que precisa de fuentes de energía ajenas al hombre, cada vez más costosas de obtener. Se trata de una tecnología que siempre ha sido dirigida por grandes organizaciones y expertos cualificados, cuyo único objeto ha sido el de crear un mundo más creciente, complejo y dinámico. El proceso para crear cualquier innovación tecnológica es generalmente el mismo y solo es posible mediante la organización de unos pocos expertos sobre millones de personas. Para ello, es necesario un alto nivel de jerarquización y especialización -fenómenos derivados probablemente de la esclavitud- que irremediablemente contribuyeron a la creación de las clases sociales y el sentido del status.

La segunda parte de la frase es desacertada, porque uno de los mayores problemas que conlleva la tecnología no está en el objeto del uso, sino en su propio uso y desarrollo. Cuando alguien dice “la tecnología puede servir para fabricar algo bueno como un coche o para algo malo como una bomba atómica”, en primer lugar, cabría valorar hasta qué punto es mejor una bomba atómica que un coche, pues a la larga los coches han matado muchas más personas en poco más de un siglo que las dos bombas atómicas lanzadas por los americanos en los años cuarenta. Pero aun desestimando los daños colaterales que siempre dejan los coches y considerando que es un medio para transportarse mientras que la bomba atómica sólo sirve para matar, no puede negarse que el coche, al igual que otro vehículo motorizado no puede considerarse como un herramienta aislada, implica la totalidad del sistema (y de la cultura) de producción y de consumo: es una forma de vida (...). Un sistema de autopistas no puede considerarse un instrumento neutral; es una forma de gigantismo técnico y de masificación. (David Watson).



“La tecnología nos proporciona infinidad de posibilidades a elegir”.

Como afirmando que la tecnología nos ha legado la libertad. Pero ¿qué clase de libertad? ¿Aquella supuesta libertad para elegir entre millones de objetos materiales o servicios de toda índole? Con probabilidad este es el mito más degradante en el que se basa la trampa tecnológica, pues se ha confundido la esencia de libertad humana, independiente y autónoma de toda clase de poder o ideas, por aquella ficticia libertad del presente que nos ofrece la tecnología moderna. En realidad es al contrario, según ha avanzado el sistema y se ha hecho por tanto más complejo, el grado de libertad verdadera ha ido en disminución, sustituida por una suerte de libertad ficticia. Otro crítico de la tecnología escribió hace años sobre este problema: el sistema tiene que regular estrictamente el comportamiento humano para poder funcionar. Es necesario e inevitable en cualquier sociedad tecnológicamente avanzada que el destino y decisiones de los que componen la masa dependa de las acciones de personas que están lejos de él y en cuyas decisiones, por tanto, no puede influir. Esto no es algo accidental ni el resultado de la arbitrariedad de burócratas arrogantes (Ted Kaczynski).

Además, las posibilidades a las que se refieren a menudo con este argumento son aquellas que sólo puede conocer la masa en general, es decir, el resultado de todo el proceso tecnológico. El ciudadano común no tiene la menor idea ni interés en cómo se ha fabricado el producto que llega a sus manos ni las consecuencias que ha dejado tras su proceso de fabricación, pues solo le importa el resultado final. En resumen, el ciudadano tiene inevitablemente una dependencia absoluta del experto técnico y por ello se ve obligado a venerarlo.  



“La tecnología nos proporciona más cosas buenas que malas”.

Nuevamente se obvia que el problema mayor no está en el resultado final del uso que se le dé a la tecnología, sino en las transformaciones sociales y en especial los perjuicios que genera dicho uso. Pero si por un momento diéramos por supuesto que dichos perjuicios no son tales, centrándonos en los resultados finales, tampoco se puede afirmar con rotundidad lo que dice el mito de arriba. ¿A qué se refieren con cosas buenas y cosas malas? ¿cómo se puede dictaminar con rigor si algo es intrínsecamente bueno o malo? Si la mayoría de la gente tiene la certeza de que la tecnología proporciona más cosas buenas que malas es más por una falsa perspectiva de la realidad. La gente solo ve los placeres inmediatos que da la tecnología, gracias a su fidelidad a la ideología del progreso, considerado como bien supremo y en muchos casos, la falsa sensación de que a la larga siempre será un medio de salvación o de solución para todos los problemas.

Sin embargo, la gente no puede ver las verdaderas consecuencias y perjuicios de los que hablábamos antes y que son muchos más y más graves: el vicio que crea la atracción tecnológica, su posicionamiento incondicional hacia el progreso -quizás por ser la principal motivación del mismo-, medio de dominación y control de los poderes fácticos sobre la masa, el carácter dogmático, la sensación de ser un medio de salvación, cuando desde sus inicios solo se ha movido en el marco del sistema económico imperante creando infinidad de necesidades de las que se derivaban infinidad de nuevos problemas (lo que sería el círculo vicioso), adhesión incondicional al urbanismo y la globalidad, transformación vertiginosa de la mente y de las relaciones sociales tradicionales, transformación de la comunicación oral tradicional, alejamiento del medio rural-natural, destrucción del entorno para potenciar un mundo artificial y virtual, etc.  



“La tecnología nos ha dado comodidad reduciendo los trabajos más duros y penosos”

Los trabajos duros y penosos empezaron con la esclavitud y ésta ya se apoyó en la tecnología para perfeccionarse, hace milenios. ¿Y cuál era el objetivo de la esclavitud? El bienestar de los poderosos y su sed de codicia de nuevas tierras y recursos. Para ello, era necesario crear grandes gobiernos y ciudades, lo que demandaba mayor mano de obra esclava y mayor necesidad de emprender guerras para la conquista de tierras y pueblos, que a su vez demandaba mayor poder militar. Los trabajos duros y penosos han sido heredados por años de estas formas de sumisión y han llegado hasta la era preindustrial como un supuesto mal que la tecnología podía suplir con el advenimiento de la mecanización. Todos esos trabajos duros y penosos de los que nos hablan nuestros ancestros directos pertenecen a un siglo creciente y demandante de nuevas necesidades impuestas por una burguesía cada vez más poderosa, que no es más que la continuadora de los antiguos dueños feudales, usurpadores de tierras y de fuerza de trabajo. Allí en donde el poder no era tan férreo ni dependía de un organismo centralizado, las formas de vida comunitarias y locales no eran grandes demandantes de recursos ni de trabajo, ni necesitaban más tecnología de la que pudieran desarrollar con sus propias manos o como mucho, formas de tecnología simple. Incluso las comunidades indígenas recolectoras y cazadoras destinaban al trabajo mucho menos tiempo del que destina el hombre moderno. A pesar de lo cual, la mecanización se extendió como una forma lógica de aumentar el rendimiento productivo en auge, más que por el hecho voluntario de los empresarios para acabar con los trabajos duros y penosos.

Por otra parte, aun admitiendo que la incorporación de las máquinas sustituyera de forma satisfactoria a la fuerza humana en los trabajos más duros y penosos, esto solo se refiere al aspecto físico del trabajo, pero sin duda se ha olvidado el aspecto psicológico. La mecanización trajo consigo el aumento del trabajo sedentario, el trabajo repetitivo y carente de sentido, la fijación de horario y de turnos contra natura, el aumento de las horas de trabajo, presión hacia el trabajador, amenazas de despido, acoso laboral, etc.



“La tecnología nos ofrece multitud de formas para entretenernos”

Este mito no lo parece tanto, porque superficialmente hay algo de cierto en lo que dice, pero analizado en profundidad uno puede percatarse de que sí lo es. La inmensa mayoría de los medios de entretenimiento  tecnológico responden a formas de atracción convertidas a menudo en puro vicio que a formas sanas de distracción lúdica, propias de la cultura tradicional. Muchos de estos medios como los videojuegos, el cine o la televisión permiten y muestran la violencia como algo normal, en una sociedad que administra las formas de violencia y considera de un modo amoral cuáles son justificables y cuáles no (la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia unos a otros, sin embargo en la industria del cine o los videojuegos la violencia vende, por no decir que a menudo es su razón de ser; la sociedad normalizada nos exige no usar la violencia en ningún caso, pero exime al estado de hacerlo cuando le convenga; la sociedad normalizada rechaza la violencia física entre humanos, pero consiente regímenes esclavizadores fundamentados en la violencia contra los animales; la sociedad normalizada ha tragado el anzuelo de que la violencia física es la única que hay, porque pocos se dan cuenta de que lo que impera es la violencia psicológica, más peligrosa y criminal que cualquier forma de violencia humana). Además, estas formas de entretenimiento son parte de la transformación de la mente y de las relaciones sociales basadas estrictamente en el potencial de los medios tecnológicos y casi siempre sirven para el control de las masas, su alienación y proceso de irreflexión.

Por otra parte, todas las formas de entretenimiento están controladas por una inmensa industria que es la encargada de hacer llegar dichas formas a los consumidores, transformados en máquinas que buscan ante todo el placer, y cuya capacidad de opinión y decisión ha sido intencionadamente reducida; tan solo vale su necesidad de consumo. Para ello, utilizan medios cada vez más persuasivos que inciden y restringen la capacidad de la mente humana sumiéndola en una única dirección posible, alimentada por la falsedad, el vicio y la atracción patológica. Por supuesto, este proceder de la industria tampoco puede considerarse de ninguna de las maneras como un posicionamiento neutral.


Para aquellos o aquellas que deseen profundizar más sobre la crítica a la tecnología pueden consultar los siguientes autores: Lewis Mumford, Jacques Ellul, David Watson, Ted Kaczynski, John Zerzan, David F. Noble y el colectivo desaparecido de “Los amigos de Ludd”, entre otros.

9 de agosto de 2015

Respuestas para desmontar argumentos carnistas

En la causa por la abolición de la esclavitud animal, muchos defensores de la misma, que aún son muy pocos en proporción a la población humana mayoritariamente carnista, deben aguantar cada día el olvido de una gran mayoría de personas que aún no quieren ver y menos admitir que existe un problema grave en nuestras relaciones con los animales. Se trata de un problema que parte del antropocentrismo ancestral que nos han legado nuestros antepasados, lleno de mitos y mentiras que nos han repetido miles de veces y que se nos ha quedado en la sesera de forma preocupante. Es además un ataque a la dignidad humana y a una parte esencial de la naturaleza salvaje: los seres vivos que durante miles de años han sufrido el abuso de una especie que se empeña en usar a su antojo todo lo que habita este planeta.

Aunque este olvido se debe más a la ostentación y la arrogancia potenciada por la sensación de seguridad argumentativa que ofrece la masa, la inmensa mayoría que inconscientemente contribuye a la esclavitud, holocausto y sufrimiento perpetuo de millones de animales en el mundo, carece además de una base mínima de razones para defender lo que hace y lo que come; -se debe precisar que a quienes nos referimos es a aquellos millones de animales utilizados como recursos alimenticios, que representan más del 99 % del total de animales asesinados para el beneplácito de la humanidad-. Estos animales son -y no por casualidad, por cierto- quienes más sufren, a pesar de que ellos no puedan saberlo, la mayor falta de consideración, indiferencia y respeto hacia su vida y de ahí esa diferencia de consideración con respecto a otros animales usados y asesinados para otros beneficios humanos como puedan ser la vestimenta, la ciencia, el deporte o los espectáculos de todo tipo.

Pero no es el olvido y la indiferencia a lo único que se tiene que enfrentar el defensor de la causa de los animales -casi siempre en minoría- las pocas veces que se presenta la cuestión en cualquier ambiente social. A veces, los defensores de los animales se deben enfrentar al desprecio y la burla de las personas más arrogantes que hacen ostentación del antropocentrismo, los representantes de la ideología carnista, personas con extremo apego por la carne, altamente sistematizadas en esta cuestión o que tienen algún tipo de vinculación directa e interés con la industria cárnica. En su intento de desacreditar los argumentos y razones de los defensores de los animales se dedican a extender un gran número de argumentos falsos y retorcidos que se han aprendido al dedillo.

En este nuevo artículo vamos a desmontar con total seriedad y convicción algunos de estos argumentos a los que aluden no solo estos individuos, sino muchos carnistas inconscientes en favor del consumo de carne, o en honor a la verdad, en favor de la matanza indiscriminada y la opresión que sufren millones de animales para beneficio de la humanidad.


El argumento de las plantas

Aludir a las plantas como seres sintientes es uno de los argumentos más repetidos. Pero es curioso, uno esperaría que quienes aluden a las plantas como seres sintientes con el fin de justificar la legitimidad de comer animales, lo hiciera porque busca defender a las primeras del consumo humano como seres sintientes que dicen ser. Pero todo el mundo sabe que no lo hacen por eso. Si aluden a las plantas como seres sintientes es únicamente para reafirmar que “quien se niega a comer animales porque son seres sintientes debería hacer lo mismo con las plantas y no lo hacen”. Evidentemente, este argumento parte de un error nefasto: las plantas no son seres sintientes, o al menos carecen de las pruebas de la sintiencia que sí tienen todos los animales. Estas pruebas son:

-El movimiento. Las plantas carecen de locomoción, por tanto de una incapacidad de huir ante el dolor o la amenaza de muerte. En la evolución, toda adaptación tiene una función y el movimiento sirve ante todo como una huida ante el dolor, entre otras cosas. Si las plantas sintieran dolor, ¿por qué no han desarrollado el movimiento? Aunque es cierto que algunas plantas han desarrollado un medio de defensa, esto no quiere decir que el motivo haya sido evitar la amenaza por un posible dolor o muerte, sino más bien por una cuestión de preservar sus semillas y su capacidad de reproducción.

-Sistema de comunicación. Las plantas carecen de un sistema de comunicación propio, motivo que les impide alertar a otras plantas de una posible amenaza que implicara dolor o muerte. Es lo mismo que lo expuesto arriba: si las plantas sufrieran, habrían desarrollado medios para ayudarse entre ellas ante posibles amenazas, como sí han desarrollado casi todas las especies de animales.

-Sentidos. Las plantas carecen de sentidos propios de los animales: ni ojos para ver, ni oídos para oír, ni nariz para oler, ni boca para degustar, ni tacto para tocar. Esta cuestión evidencia que las plantas carecen de sistema nervioso y por tanto de la capacidad de sentir dolor y menos sufrimiento.

-Conciencia. La carencia de estos tres elementos hace que una planta no pueda tener nada que pueda compararse a la conciencia animal. Pero la ausencia de un órgano como el cerebro lo confirman del todo.

Muchas veces se objeta que las plantas reaccionan a diferentes estímulos externos como la luz, el clima y el viento, o se argumenta a su vez que algunas plantas desarrollan mecanismos de defensa especiales frente a depredadores, hongos o bacterias, lo cual no deja de ser cierto, pero esto no evidencia que las plantas posean la capacidad de sentir dolor y sufrimiento y tampoco conciencia.

Pero aún con estas pruebas observables por cualquier mortal y avaladas por la ciencia, hay quienes siguen preguntando obtusamente dónde estaría el límite. Dicen convencidos que si es ético dejar de comer animales porque sienten, también habría que hacer lo mismo con las plantas. Uno se percata de que en su argumento no hay motivación ética alguna, resulta una autojustificación errada para poder seguir comiendo de todo. Y si lo fuera, deberían ser consecuentes, dejar de comer tanto animales como plantas -seres sintientes según ellos- y limitarse a comer una dieta frugívora.


El argumento de la carne ancestral

A menudo se escucha que los seres humanos llevamos comiendo carne toda nuestra existencia. Este argumento es falso por varias razones:

En primer lugar, el ser humano no desciende de animales carnívoros ni omnívoros, tampoco de hervíboros. El ser humano desciende de animales frugívoros. Por tanto, los primeros homínidos eran recolectores de frutos y excepcionalmente comían animales muy pequeños.

En segundo lugar, las migraciones constantes y las condiciones ambientales adversas pudo motivar una disminución de los frutos que sustentaban a los hombres primitivos recolectores y esto motivó a su vez que algunos grupos de humanos se vieran obligados a alimentarse de la carne de animales más grandes, pero al principio ni podían ni sabían cazar, por lo que eran más bien carroñeros.

En tercer lugar, al cabo de miles de años de carroñear algunos grupos de humanos empezaron a cazar, pero este hecho es más bien tardío en la evolución humana: las pruebas sugieren que ocurrió sólo en los últimos milenios del paleolítico. Con el paso del tiempo, los grupos de humanos que se vieron obligados por las circunstancias a practicar la caza, pudieron perfeccionar sus técnicas y con el tiempo descubrir la domesticación.

Es cierto que llevamos muchos milenios comiendo carne pero las pruebas antropológicas nos confirman que fue un hecho motivado por las circunstancias. Con todo, el hecho de que algo se lleve haciendo muchos años no justifica por ello que deba seguir haciéndose si conlleva problemas de tipo moral.


El argumento de la salud

Las proteínas constituyen un nutriente esencial en nuestra dieta, al igual que otros, pero ello no quiere decir que tengan que provenir de la carne. Muchos vegetales las tienen en cantidad suficiente para cualquier ser humano. Si no, millones de vegetarianos en la India y en otros tantos países del mundo no hubieran sobrevivido. El motivo de que se le haya dado tanta importancia a este nutriente más que a otros no es en absoluto arbitrario, pues existen fuertes intereses comerciales detrás, pero como tantos otros mitos que se han difundido durante años, resulta insostenible. Numerosos estudios de expertos en nutrición atestiguan que las proteínas vegetales son igual de válidas y sanas que las proteínas animales y dicen más, las dietas con poca o nada de carne y pescado son a menudo más saludables que las dietas omnívoras comunes.


El argumento de la opción personal

Aún refutados tres de los argumentos más comunes, muchas de estas personas continuarían en su cerrazón diciendo que aún así, su decisión y deseo de comer carne debe ser respetado porque se trata de una opción personal. No pueden estar más equivocados. Comer carne no puede tratarse de una opción personal en la medida en que dicha opción está fundada en la violencia sistematizada, la esclavitud y la opresión de millones de seres con capacidad de sentir y sufrir; por tanto existe un problema moral grave que nadie debería tolerar y todo el que lo hace es por presión social y engaño. Es la acción de comer carne la que no debe respetarse en la misma medida que no se debe respetar toda acción basada en la violencia y el abuso, y es precisamente esto lo que denuncia todo defensor de los animales. Se respeta al individuo en sí pero no sus acciones si las mismas contribuyen a la violencia y la opresión injustificada de terceros.

17 de junio de 2015

Por qué el izquierdismo es prosistema (2) Adhesión al sistema de partidos

Desde sus inicios, la estrategia izquierdista siempre ha estado ubicada en el sistema  político de partidos, en su deseo inicial de llevar a la práctica la teoría de Marx o los intentos por forjar sociedades comunistas, como la revolución rusa o china. Con el tiempo, la izquierda debió de admitir que aquellas ideas eran demasiado utópicas para llevarlas a cabo en una sociedad cada vez más exigente y compleja, tendiendo claramente hacia posiciones más moderadas y adaptativas. Tras el desastre de la revolución en Rusia y las dos grandes guerras mundiales, el izquierdismo traía una solución más acorde a los tiempos, la cual conciliaba el capitalismo imperante con la miseria del pueblo ante el gran cambio de la era industrial. Para ello solo había una opción posible, la creación de partidos políticos con tendencias capitalistas y estatales que a la vez combinaran políticas sociales. Fue el inicio de lo que llamaron socialdemocracia, una tendencia política en auge en Europa que fusionaba el neoliberalismo más voraz con las necesidades básicas de las masas crecientes.

Así fueron tomando fuerza los partidos emergentes de la izquierda que siempre defendían el capitalismo y que fueron olvidando -si es que alguna vez lo tuvieron en cuenta- la teoría marxista de supuesta transición hacia una sociedad sin clases; aunque dicha teoría no negaba la posibilidad de conseguir aquel objetivo mediante la participación en el sistema parlamentario de partidos. Si bien una mínima parte de la izquierda mantuvo su fidelidad a la teoría marxista, la otra gran parte la obvió y tendió hacia posiciones más moderadas en clara connivencia con la idea capitalista y progresista. Pero la izquierda, a diferencia de la derecha, supo aprovechar su adhesión a esta ideología en su papel de escuchar las necesidades de las masas. Así, el izquierdismo político se sumó a todos los movimientos considerados de opresión y los hizo su portavoz, dándoles la oportunidad de rebelión y protesta que luego traducía en derechos legales conseguidos a base de esfuerzo y sudor.

Poco a poco, la izquierda moderada se convirtió en un oponente digno de la derecha hasta tal punto que en muchos países solo dos partidos, representantes de cada tendencia, se disputaron por años el gobierno de cada país. La derecha tradicional, excesivamente conservadora y retrógrada se vio superada por la izquierda progresista, que se adaptaba mejor a los cambios de la modernidad. Pero la derecha supo a su vez cambiar de estrategia, admitiendo su apego por la inmovilidad y tradicionalismo, tendiendo al mismo tiempo hacia posiciones moderadas que abrían las puertas a los cambios modernos, aunque siempre fiel a sus principios básicos.

Sin embargo, ambas políticas han caminado de forma paralela bajo el yugo del poder financiero, la industria y las leyes del mercado, limitando sus movimientos y su capacidad de intervención. Si bien muchos países se han dado cuenta de que la intervención estatal -mediante el eufemismo de “público”- era necesaria para el contento de las masas consumistas, no quiere decir que dicho poder superara ni controlara las leyes del mercado de la oferta y la demanda. Así, el estado no es más que una gran empresa de tantas que tiene la función de mejorar el control de los ciudadanos mediante un férreo y estudiado sistema legal o dicho de otro modo, sumir a la masa en una especie de atontamiento patológico.

El resultado es que hoy en día, tanto izquierda como derecha se fusionan y se confunden en su adhesión a la modernidad y su ideología culmen del progresismo. La prueba es que ambas tendencias se adhieren sin tapujos a la gran mentira de la democracia, queriéndose atribuir una imagen amable y fiel a las necesidades del pueblo. A remolque de las grandes corporaciones financieras los representantes políticos se limitan a salvaguardar el poder público a la par que dejan vía libre al poder privado que extralimita la intervención de las empresas con el único objeto del beneficio económico. Mientras ambas formaciones dan cabida al poder privado de las corporaciones y empresas sin inmiscuirse en el mismo, posiblemente la izquierda se vea más obligada a dar más cabida al poder público -quizás por su tradicional defensa interesada de las necesidades de las masas-, marcando una diferencia que no es más que pura superficialidad.

La izquierda moderada, al igual que la derecha moderada, siempre mantiene las puertas abiertas a la operatividad extralimitada del poder financiero e industrial. Es más, una gran parte de los representantes políticos tienen a menudo importantes vinculaciones de todo tipo con las grandes corporaciones, los bancos y los medios de comunicación oficiales. Independientemente de quién esté gobernando en ese momento, si la izquierda o la derecha, los gobernantes sucumben al poder de las corporaciones por la cantidad de intereses que comparten. Al fin y al cabo, a las grandes empresas productoras les interesa una masa consumista, adoradora del progreso, feliz e irreflexiva, en la misma medida que al gobierno de turno.

Izquierda y derecha van de la mano en el llamado estado del bienestar, justificado mediante la llamada democracia representativa, haciendo creer al pueblo que interviene decisivamente en sus asuntos votando al partido deseado cada cuatro años. Los partidos políticos, incluidos por supuesto los considerados de izquierda, aprovechan las elecciones para bombardear e influenciar más al votante mediante campañas de publicidad invasiva, al igual que hacen las empresas para vender sus productos o servicios.

Pero el izquierdismo partidista no es representado por un sólo partido, sino que a lo largo de los años se han sumado cientos de formaciones con miles de escusas y motivaciones diferentes que buscan su parte del pastel utilizando los mismos medios farrulleros, aunque realmente a la larga poco o nada obtienen. Solo en ocasiones de crisis económica o descontento más o menos generalizado, izquierda y derecha buscan renovarse mediante la absorción de dichos partidos nuevos ofreciendo otra imagen diferente y remodelada. Al margen de estas cuestiones anecdóticas, el izquierdismo político solo busca otra forma de poder mediante la creación de élites encargadas de forjar adeptos, más sutil si cabe, pero siguiendo el culto del progreso y de la tecnología. En ese aspecto es y seguirá siendo únicamente reformista, obteniendo como mucho, cambios superficiales e inofensivos para el la perpetuación del sistema.

Por otra parte, el izquierdismo reformista excluye a la par que distorsiona cualquier propuesta e iniciativa auténticamente revolucionaria que cuestiona directamente la esencia nociva del sistema. Dichas propuestas que incluyen algunas corrientes anarquistas, de la ecología profunda y de la liberación animal han sido desvirtuadas en su movimiento por gran parte del izquierdismo institucional y reformista, desviando su camino de rechazo incondicional del sistema tecnológico e industrial, así como los valores civilizados como fenómenos degradantes para el género humano y destructivos para la naturaleza y todas sus formas de vida.

Hoy en día el izquierdismo no sirve para derribar el sistema omnipotente que es lo que está acabando con todo resquicio de la naturaleza humana, transformándola a su vez en una suerte de máquina impredecible. No cuestiona la esencia opresiva de los gobiernos, la existencia de “líderes que deben guiar a las personas porque estas no saben autogestionarse”, una idea perniciosa que ha calado en la gente como si fuera esta una necesidad innata al ser humano. Tampoco sirve para derribar ni cuestionar la idea nociva y degradante del antropocentrismo -base del progresismo- que justifica todo abuso del ser humano sobre todo aquello que le rodea.

En conclusión, solo una postura revolucionaria que cuestione todo el sistema en sí y los valores de la civilización puede ser fiel a la idea de liberación humana y de los animales del virus de la dominación. Y si de verdad hay alguna solución, ésta ha de pasar por este proceso necesariamente, por muy drásticas que sean las consecuencias. 

25 de mayo de 2015

Por qué el izquierdismo es prosistema. Sobrevaloración de los valores de justicia e igualdad social

El urbanismo y la era industrial han forjado durante los dos últimos siglos una ideología de aspecto progresista y capitalista en el mundo civilizado; una ideología que se ha extendido irremediablemente como un cáncer al resto de sociedades civilizadas -oficialmente países- en vías de desarrollo. Uno de los estandartes de esa ideología ha sido el izquierdismo en todas sus corrientes, la cuál ha calado en la mente de muchas personas mediante el engaño patológico y persistente. Como mostraremos a continuación, la ideología progresista no solo congenia con el izquierdismo, sino que en esencia puede decirse que ambas cosas son lo mismo.

No entraremos a debatir sobre el surgimiento de las ideas izquierdistas en el pasado, si fue el resultado de una desvirtuación de las luchas obreras revolucionarias o el aprovechamiento de unos cuantos reaccionarios para crear un pseudomovimiento de base progresista tendente a forjar una ideología que justificara el capitalismo en auge. Sea como fuere, en la práctica, todas las corrientes izquierdistas han hecho posible este auge mediante desviaciones, trucos y engaños de todo tipo.

En la actualidad, las ideas y corrientes izquierdistas juegan un papel fundamental para el control de las masas de cualquier sociedad civilizada. Durante años, estas ideas han basado parte de su estrategia en la victimización de los supuestos grupos oprimidos como el colectivo de las mujeres, las minorías raciales, los inmigrantes, y más recientemente otros como el colectivo de gays y lesbianas, una estrategia que tiende irremisiblemente hacia la cohesión, la estabilidad, la ausencia de conflictos y el control social, es decir, una estrategia de carácter reformista que encaja con las pretensiones del sistema.  

Influenciado en parte por la interpretación marxista de la expropiación de los medios de producción por la clase obrera, el izquierdismo continuó esta concepción en sus diferentes doctrinas y las trasladó de forma amplia a todos los grupos de opresión. Pero esta concepción tiene dos problemas: uno, es una concepción muy materialista de ver las cosas, ligada claramente al industrialismo excluyente de la época, y dos, obvia el carácter sistemático que lleva operando en las sociedades civilizadas durante miles de años, lo que Mumford dio en llamar, más acertadamente, una forma de megamáquina; esto es, la forja de un sistema progresivo que tiene una tendencia clara hacia el control social y mental de los individuos que lo componen mediante la complejidad de las relaciones; esta es la verdadera opresión: la tendencia hacia el control psicológico y no físico de los individuos.

El izquierdismo, motivado por una interpretación simplista de la situación y por su falta de análisis histórico, basó su estrategia únicamente en sobrevalorar los diferentes grupos de opresión predominantemente física como clases injustamente oprimidas por estar desposeídas de los medios de producción, lo que les llevó a plantearse metas únicamente de justicia e igualdad social y no de liberación. Pero eso fue darles un motivo suculento para justificar su necesidad de rebelarse. La verdadera rebelión nace de la necesidad de liberación, no de la igualdad social. Cuando un grupo está oprimido o esclavizado ansía liberarse de ese mal, no sumarse a él. Y esto es lo que realmente hizo el izquierdismo con estos grupos, proporcionarles la tentación de la envidia. Así, la mujer se quiso igualarse al hombre, el negro al blanco y el homosexual al heterosexual en toda su nocividad.

El sistema degrada a todos por igual, tanto a los ricos como a los pobres, los imbuye de mitos y creencias falsos que acaban normalizando, tal es el caso de la idea antropocentrista, del progreso, la propiedad y la necesidad de líderes y gobiernos que guíen a las masas, entre otras muchas. En su perfeccionamiento, el sistema modifica paulatinamente las nuevas formas de control social, se modera y se suaviza a sí mismo y donde antes permitía una excesiva opresión física de unos por otros que causaba demasiados conflictos y malestar social, después se adapta a los cambios planteados por ideologías influyentes como el izquierdismo, que finalmente le hace un excelente favor. En vez de atacar al sistema, lo justifica y se acaba adaptando a sus intereses.

El movimiento feminista jugó desde sus inicios un papel interesado con las pretensiones izquierdistas y progresistas: la igualdad de oportunidades mediante la incorporación de la mujer al mercado laboral. Así, este movimiento fue reformista desde el primer momento, ya que no cuestionó el sistema patriarcal como esclavista y degradante, sino que la mujer se quiso sumar a él en todas sus consecuencias, en su obsesión de igualarse al hombre. El feminismo hablaba de no discriminación, no en términos de liberación, sino de igualdad laboral. ¿Qué sentido tiene querer aspirar a la igualdad de un sistema que ya de por sí es nocivo y degradante?

En la misma línea, el movimiento contra el racismo y la xenofobia sufre desde hace décadas una clarísima intrusión del izquierdismo en base a una cuestión de igualdad de oportunidades, discriminación racial e integración social de los inmigrantes, sin profundizar lo más mínimo en las raíces del problema de la inmigración. En lugar de ello, el izquierdismo basa su estrategia en la integración social de los inmigrantes, forzados a abandonar sus tierras por culpa de las guerras que dejan la colonización de los países que ahora los quieren integrar. Para ello, se ha inventado argumentos en torno a un interculturalismo que no es voluntario sino impuesto, y que incluso choca con la naturaleza humana de relación por parentesco o peor aún, queriendo imponer un orden moral universal, como si todas las culturas debieran guiarse por el mismo código moral, en este caso, el código occidental, progresista y cristiano.

Más recientemente, las ideas izquierdistas han calado de forma decisiva en gran parte de las ONGs de índole humanista, continuadoras del cristianismo redentor y recurriendo a acciones y argumentos de solidaridad y compasión. Por supuesto, se entiende sobradamente que estas acciones son virtudes por sí mismas, pero no cuando se usan como un fin, dado el contexto actual. En lugar de buscar las causas de la miseria, el movimiento izquierdista de las ONGs se ha fomentado que los ciudadanos siguieran victimizando de por vida a aquellos que fueron desposeídos por los países colonizadores que provocaron su migración forzosa. Dichas ONGs que operan desde las ayudas continuas de los gobiernos, se han convertido en empresas de mercenarios que viven de la victimización y que no aportan nada en contra del sistema.

Pero incluso el movimiento ecologista ha sufrido la perversión de las ideas izquierdistas mediante la llamada “moda verde” impulsada por los partidos verdes y ONGs ecologistas, convertidas a su vez en grandes empresas que nunca atacan las raíces de la destrucción humana hacia la naturaleza. Todo lo más que se dedican es a extender mensajes que animan a reciclar, a usar el transporte público, a no tirar basura al monte o sumarse a las energías renovables, cuando no campañas de grandes empresas vendiendo imagen de compromiso medioambiental, medidas ridículas que solo sirven como lavado de conciencias. Jamás se ataca los verdaderos males como el consumismo, la urbanidad, el tráfico de masas, la ganadería industrial o el abuso de la tecnología.

Por último, cabe destacar en las últimas décadas la suma del movimiento contra la homofobia, de carácter izquierdista, y sorprendentemente festivo, en el que el colectivo afectado, con ayuda de otros, ha seguido la línea de los otros movimientos izquierdistas tradicionales, basando la discriminación y represión que han sufrido desde hace años en una cuestión de reclamar más derechos legales, como el del matrimonio homosexual, contribuyendo con ello a justificar todo el sistema legal estatal.
  
En general, todos estos movimientos y tendencias izquierdistas han mostrado durante años una imagen que no concuerda en absoluto con lo que muchas veces promulgan creando una gran confusión social en algunos casos y la adhesión incondicional al sistema en muchos otros. Quienes han criticado males como la pobreza o las desigualdades sociales, al mismo tiempo han defendido el progresismo de forma ingenua. Critican el capitalismo, las guerras por los recursos o la violación de los derechos humanos, pero no la existencia de ejércitos, la superpoblación o la invasión de la tecnología y la relación directa de estos fenómenos con muchos de los males de la humanidad.

En definitiva, los nuevos “progres” son los izquierdistas que inconscientemente o no, están haciendo que el sistema se ablande y se justifique a sí mismo, pasando de los regímenes totalitarios que creaban demasiados conflictos sociales e inestabilidad a las democracias encubiertas de supuesta paz y bienestar social. Están consiguiendo mediante falsas metas de igualdad, solidaridad e integración, forjar un sistema más estable y supuestamente unido por el interés, pero al mismo tiempo, más dependiente, sumiso y deshumanizado.

El izquierdismo jamás ha cuestionado el crecimiento, el urbanismo o el progreso. Jamás ha cuestionado las causas del mal, pues jamás ha admitido ninguna nocividad, tan solo problemas estructurales. Jamás ha cuestionado el sistema como fenómeno altamente peligroso contra la naturaleza humana y la naturaleza salvaje. Jamás ha sido ni será revolucionario porque en realidad el izquierdismo es la cara amable del sistema, disfrazado de supuesta justicia social, derechos e igualdad.

El izquierdismo, desde sus orígenes reformistas, ha perseguido una serie de cambios adaptativos y meramente estructurales mediante una imagen pseudorrevolucionaria que sólo servía a los intereses del sistema, en vez de abordar las raíces del mal, la modernidad, antes de que ésta hubiera calado demasiado hondo en la gente, convertida pronto en masa obediente y conformista. De hecho, se deduce de forma lógica que el izquierdismo nunca tuvo pretensiones revolucionarias, ni de cuestionamiento, ni de transformación. Al identificar a los grupos supuestamente oprimidos como no integrantes del sistema opresor, les dio a éstos un buen motivo para postrarse ante dicho sistema en toda su nocividad. Y a decir verdad, no podía ser tan fuerte la opresión cuando dichos colectivos se dejaron convencer rápidamente por cuestiones como la igualdad o la integración. Un colectivo realmente oprimido, esclavizado, es capaz de identificar a su opresor con el mal, y actuar en consecuencia de la única forma posible mediante el rechazo incondicional.

De ahí que un análisis crítico del papel de la ideología izquierdista en este sentido lleve a pensar en su contribución al perfeccionamiento del sistema. Quizás ahora ya sea tarde y solo queden soluciones drásticas para el papel de la especie humana en el planeta Tierra (sin pretender llegar a decir con esto si las hay). Pero está claro que el izquierdismo no lo es.