25 de febrero de 2015

Objeción a la publicidad

La dignidad de las personas está sometida a un ataque continuo y permanente que tiene como objetivo la represión total o parcial de su voluntad. Un sistema basado en la vertiginosa transformación de toda esencia humana hacia un mundo artificial y virtual donde las máquinas gobiernan cada vez más. Un sistema donde grandes grupos de poder, víctimas de esta transformación, se han dedicado durante milenios a influenciar y modelar a otros grupos subordinados, pero que a la vez son también grupos de poder que subordinan a otros. Y así, esto representaría una pirámide, en donde la dominación de los unos por los otros ha desembocado en la norma social.

La herramienta más utilizada por todos los grupos de poder con el fin de captar adeptos es la publicidad. Una industria que mueve en dinero miles de millones y por cuyos disvalores muchísimas personas, representantes de grandes grupos multinacionales estarían dispuestos a ejercer la fuerza sin ningún reparo.

Esta industria se ha impuesto en concordancia con la evolución del mercado capitalista y sus leyes aparejadas de productividad, consumo y competitividad, erigiéndose como una pieza clave para la retroalimentación de estas leyes y su perpetuidad. También ha crecido con la evolución del sistema tecnoindustrial, el sistema de urbanismo y la globalización, que no es más que la invasión, transformación o aniquilación de las culturas tradicionales y de los pueblos locales.

Pero la publicidad no solo se reduce al plano de lo comercial. Por extensión ha invadido todos los ámbitos de la vida, contribuyendo a crear un estilo de vida social predeterminado en un período de tiempo relativamente corto de apenas un siglo y medio. El deporte, la cultura, el arte, la religión, la ciencia e incluso el mundo de las ideas, se aprovechan también de ello como un medio elemental para su subsistencia y en muchas ocasiones acaban adoptando inevitablemente fines comerciales.

Todo sujeto físico contribuye de una u otra forma al mantenimiento de la publicidad y por tanto al engaño de aquellos a quienes va dirigida al igual que de sí mismo. Por una parte, el estado como ente que se erige en el protector de millones de personas reclutadas para servirle y que se autodefine de forma mentirosa como público y gratuito, ya sea las instituciones que lo representan, ya sea el inmenso aparato para adoctrinar, las escuelas, los centros del sistema sanitario, sistema de comunicación, etc. Por otra parte, las empresas privadas que abarcan todos los ámbitos de la vida. Y por último, el mundo de las asociaciones de toda índole y los particulares que en mayor o menor grado y a menudo de forma involuntaria están haciendo uso de la publicidad como forma de darse a conocer y ejercer algún tipo de influencia en los demás.

No vamos a entrar aquí en quién llega a más personas. Evidentemente quienes poseen más cantidad de dinero, mayores serán las inversiones que destinarán a la publicidad si quieren ser competentes y obtener beneficios.

Uno de los mayores problemas de la sociedad capitalista y competidora es que ve la publicidad como un instrumento legítimo e incluso moral, formando expertos en técnicas de marketing que serán los verdaderos garantes de esta industria. Al margen de esta visión omnipotente, la publicidad atenta de forma grave contra la dignidad humana porque alienta la competición en contra de la cooperación (fomenta la idea de que o te aprovechas del de abajo o se aprovechan de ti, o como decir todos contra todos), incita al consumo irracional e irrefrenable, inventa necesidades triviales, inventa la obsolescencia de los productos, favorece la corrupción no sólo política,  contribuye a la destrucción del medioambiente, potencia la aparición de nuevas modas casi siempre estúpidas, induce engaños descarados entre las personas, crea una falsa imagen, tiende a la universalización, al pensamiento único y homogéneo.

Por lo tanto, expuesto el peligro de esta poderosa industria, a aquellas mentes pensantes solo les queda la objeción.

Sabemos lo difícil que resulta escapar a la omnipresencia de los anuncios publicitarios, por eso supone todo un reto evitar mirarlos. Solo el hecho de ir andando por la calle, aún sin estar en una zona no comercial supone caer en las redes del reclamo publicitario mediante carteles de todo tipo. Con todo, el hecho de que inevitablemente nuestros ojos se crucen con anuncio no tiene porqué ser malo si somos capaces de advertir a nuestra mente de que está viendo algo nocivo y cuyo fin es eliminarlo inmediatamente. Aún así, hay situaciones o lugares en que es más fácil escapar:

-Si ves la televisión, cambia de canal en cuanto aparezcan anuncios, aunque lo mejor es no tener televisión. Lo mismo para la radio, periódicos y revistas.

-En internet rechaza todos los envíos que te ofrezcan de publicidad, cuando aparezcan ventanas publicitarias vete directamente a cerrar, aunque lo mejor es no tener internet ni ordenador.

-Cuando te llamen por teléfono vendiéndote cosas, rechaza las llamadas, solo tratan de engañarte diciéndote que es gratis, pero nada es gratis, todo responde a estrategias de ventas. Si quieres explicarle el porqué al operador no está de más, aunque seguro pierdes el tiempo.

-Cuando vayan a tu casa comerciales de las compañías eléctricas u otras personas haciendo proselitismo como los testigos de jehová, ni les abras y si lo haces diles que ya está bien de engaños, que tienes tu dignidad.

-En la calle o en el metro evita dirigir la mirada a los carteles publicitarios. Evita zonas y centros comerciales en donde la publicidad se te mete hasta en las entrañas tratando de aniquilar tu voluntad. Evita aquellas personas que quieren venderte cosas. Diles textualmente que no quieres que te engañen.

Pero hay otras formas de rechazar la publicidad mediante actos voluntarios:

-Elimina la propaganda comercial en coches, portales, etc. Tira a las papeleras toda la propaganda que te den en la calle. Esto es una acción legítima y muy digna. Si es posible,  transforma esta propaganda en mensajes no comerciales, que digan la verdad y que cuestionen nuestros actos.

3 de febrero de 2015

El terrorismo en toda su magnitud

Les llena de orgullo a los gobiernos de hoy en día hacer creer al personal que existe en la sociedad una lucha no deseada del bien contra el mal. Por supuesto, el bien lo representan ellos, y la base de los principios de dicho bien la han llamado democracia, término confuso con carácter supremo e inviolable. Todo aquel con pretensiones o actitudes atacantes hacia la democracia es tachado inmediatamente de terrorista y éste representaría el mal. Pero esta supuesta lucha es en realidad una de las mayores farsas ideadas por los gobiernos modernos.

Antes debemos aclarar algo. Quién crea que este artículo va a polemizar más aún sobre pueblos oprimidos, radicales y fanáticos, grupos nacionalistas, atentados sangrientos y gobiernos mediadores, ha errado su búsqueda. Si quien crea que tras este supuesto problema existe uno más grande y oculto entonces quizás le convenga terminar de leer.

Debemos añadir a su vez, que no suele ser de la incumbencia de este blog hablar de asuntos de “actualidad oficial”. Si por este tipo de actualidad dominante se entiende aquellas noticias que aparecen en los medios de comunicación de masas, de carácter lineal, sensacionalista y adoctrinador, es necesario recordar que existe otro tipo de actualidad oculta que no está en los medios oficiales. En realidad no nos referimos a noticias de ningún tipo. Se trata de la actualidad cotidiana, la que se ve y se siente en la calle, aquellos hábitos de la gente, comportamientos, desviaciones, adhesiones, cultos y mitos, vicios y por qué no, virtudes. Es ante todo una actualidad sin tapujos, una actualidad que busca la verdad y que no teme juzgar las acciones. Es además una actualidad transformadora (aunque en la práctica no transforme nada).

Por ello, en honor a este tipo de actualidad consideramos oportuno empezar a destapar la farsa del terrorismo porque acumula ya demasiadas mentiras. No se trata ni mucho menos de esa supuesta guerra contra un supuesto terror que empezó Occidente por provocación en nombre de la colonización, el patriotismo y la invasión deliberada de diversos pueblos o religiones. Aunque esto forma parte de la farsa, no sería más que la punta del iceberg. Lo que ha quedado abajo es lo que oficialmente no se ve ni se comenta, lo que no existe. Sin embargo, en este artículo es lo relevante.

Por terrorismo oficial entendemos la lucha violenta y generalmente armada que se ven obligados a ejercer ciertos grupos de personas por cuestiones políticas o religiosas normalmente con objetivos concretos. Aunque desde el primer momento fueron acusados de crear el terror en las calles -también han sido injustamente descalificados como anarquistas- pocas son las veces que de verdad lo han conseguido porque sus medios siempre han sido reducidos y clandestinos. En contraposición, se pueden contar a lo largo de la historia muchas más ocasiones en las que quienes de verdad han sembrado el terror han sido los gobiernos con sus acciones militares a base de golpes de estado o acciones de represión policial contra la ciudadanía. Se llega a decir también y es fácil de deducir que muchas de las acciones terroristas han sido provocadas por las naciones más poderosas como formas de justificar posteriores invasiones o guerras con fines comerciales en países con suculentos recursos naturales.

Un término más amplio de terrorismo es aquel que no hace distinciones, una forma de violencia que trata de sembrar el terror, sin importar dónde ni cómo se lleva a cabo. Pero hemos de ir más allá: aquella forma de violencia sistematizada, destructiva y criminal que no entiende de piedad ni compasión y que deja más daño dependiendo quién la ejerza y respalde. El fino trabajo del ocultamiento de esta forma devastadora de violencia como quitándose el muerto de encima y manipular su significado real culpando a otros es la culminación de la farsa, lo que hace que ésta funcione y sea absorbida por el ciudadano de a pie sin que éste se dé cuenta del engaño.

Pero vayamos desgranando las diversas formas de terrorismo no oficial.

El terrorismo de estado es aquel que perpetran los estados contra los ciudadanos que lo sustentan, a base de freirles a impuestos en gran medida para gastos militares, grandes infraestructuras comerciales y menos para servicios como sanidad o educación. Sus armas son la formulación de un aparato legislativo altamente burocratizado, plagado de incontables leyes a la cuál más compleja y más enrevesada; la creación de un aparato judicial encargado de juzgar el incumplimiento de las leyes; la creación de un aparato policial encargado de hacer cumplir las leyes, de acatar el orden establecido y de intimidar a quienes cuestionan o se rebelan y por último la creación y mantenimiento en la sombra de un ejército para solventar eventuales insurreciones.

El terrorismo laboral e industrial es aquel que ejercen las empresas con el consentimiento de los gobiernos y el amparo de los sindicatos de pastel. Un sistema que esclaviza a los trabajadores a base de horarios antinaturales, jornadas eternas, sueldos miserables, presión por producción, competitividad entre trabajadores, amenazas, despidos, acosos, y en el peor de los casos, accidentes por negligencia y muertes.   

El terrorismo multinacional se aprovecha de la miseria del tercer mundo para situar en enclaves estratégicos empresas filiales de grandes grupos empresariales con el objetivo de acaparar mano de obra barata y multiplicar los beneficios. La industria textil, alimenticia y tecnológica son las más representativas; industrias éstas que además han sembrado a su paso durante años innumerables guerras, esclavitud y millones de muertes innecesarias.

El terrorismo histórico y militar supuso la invasión colonial de los países europeos sobre África, América y gran parte de Asia en busca de tierras y recursos naturales, dejando otros tantos millones de muertos y contribuyendo a un nivel de corrupción interno que sumerge a aquellos países en guerras étnicas interminables por la extracción de las materias primas más codiciadas. Más atrás en el tiempo, el avance de los pueblos civilizados transformó por completo el modo de vida de cientos de pueblos indígenas que vivían de la recolección o de la caza, cuando no los desplazaba y exterminaba directamente. Pero esto está ya tan lejano en el tiempo que para ellos prescribió.

Existe otra clase de terrorismo más sutil, aquel que los grupos de poder, llámese estatal o empresarial, llevan ejerciendo contra la mente humana durante siglos. Mediante armas como la poderosa industria de la publicidad o la tecnología buscan persuadir a la gente, incitar al consumo, crearles una falsa realidad, imbuirles la idea absurda de ser feliz a costa del sufrimiento ajeno, hacerles creer que el ser humano es una especie superior al resto, que ha evolucionado de forma especial y que ha venido al mundo con un propósito, el de avanzar constantemente a no se sabe donde. Y que como tal puede aprovecharse de cualquier recurso natural, incluso de organismos vivos para utilizarlos a su antojo. Claramente es esto una forma de manipular la mente humana haciéndola vulnerable y débil, y en consecuencia, limitar su libertad y autonomía.

Por último, quizás el terrorismo más dañino y olvidado, aquel que lleva la marca de la devastación. Durante miles de años el ser humano ha perpetrado acciones de violencia y destrucción en la naturaleza que muy pocos son capaces de ver, menos de  juzgar, ni siquiera los grupos ecologistas mayoritarios. Un daño inconmensurable que ha supuesto la alteración de muchos de los ecosistemas vitales que mantienen el equilibrio en la Tierra, el exterminio y desplazamiento de millones de individuos no humanos con capacidades sensoriales, la desaparición de especies enteras y de sus hábitats. Todo ello para justificar el sistema de competitividad, el beneficio de los que solo buscan el poder, el beneplácito de los que no quieren saber nada al respecto. Para ser fieles a la verdad, esta acción que se ha repetido tantas veces en el tiempo en tantos lugares del mundo ni siquiera podría llamarse una forma de sembrar el terror en la naturaleza, ya que cuando todo se destruye o transforma, solo queda la desolación más absoluta.

En relación a esto, el terrorismo de especie ha justificado el antropocentrismo por encima de cualquier valor. Como tal, ha justificado la superioridad humana sobre el resto de especies animales para masacrarlas, domesticarlas, someterlas y esclavizarlas por cuestiones de capricho y conveniencia o por cuestiones puramente comerciales, ideando mitos absurdos que defiendan su consumo. Los campos de concentración de producción animal son probablemente los lugares en donde si uno acude puede sentir lo que es el verdadero terror expresado en las víctimas, humilladas y asesinadas a cualquier hora del día.

Todas estas formas de violencia que no parecen existir y de la que nadie se siente responsable son parte del terror sembrado por los más poderosos sobre los más débiles, un terror con miles de millones de víctimas a sus espaldas que han tratado de tapar inventando lo que se podría llamar también el “terrorismo de impacto”, el del tiro en la nuca o el de los atentados sangrientos con coches o trenes bomba, aquel que aparece en las televisiones de todo el mundo, el que es condenado por intelectuales prosistema y que sirve para engañar a millones de ciudadanos como la única forma de terrorismo.

Pero  para el que todavía dude, le invito a comparar. Si el terrorismo oficial ha causado unos cuantos miles de muertos en uno o dos siglos, el terrorismo no oficial expuesto aquí deja la friolera de miles de millones de muertos a lo largo de miles de años, además de miles de millones de  engañados, estafados, desplazados y esclavizados.

Por ello, todo espíritu que se precie a cuestionar el status quo, debe juzgar cuál es el verdadero terrorismo, si las acciones excepcionales de unos cuantos encapuchados, provocados y fanatizados en su mayoría por los propios gobiernos para justificar cierto tipo de intereses o aquellas que perpetramos y consentimos a diario en mayor o menor grado tanto ellos como el resto de los humanos.

6 de enero de 2015

Una condena rotunda a la dominación humana

Analizado de forma objetiva, la historia de la dominación humana en  el planeta Tierra ha alcanzado con la modernidad su momento más álgido y a la vez el más drástico, dado el nivel de destrucción que trae consigo. De forma gradual se puede decir que el ser humano civilizado se fue extendiendo al mismo ritmo que lo hacía la agricultura y la ganadería, lo que fue el principio de la dominación. Estos dos hechos son dos de los primeros pasos en pos de un control del medio que permitirían a su vez un mayor flujo de migraciones humanas por varios continentes al mismo tiempo que un aumento de la población.

La rueda en forma de cadena giratoria estaba servida, pues a más población más demanda de necesidades, más migraciones, y así sucesivamente. Al mismo tiempo, un mayor contacto entre formas de sociedad distintas trajo no solo una adopción de métodos nuevos de producción sino también un conflicto de intereses. Esto quiere decir que es más acertado pensar en una expansión humana motivada por las circunstancias externas y el instinto biológico de reproducción que por la propia voluntad de guiar su destino. Bien que una pequeña sociedad aislada de humanos pueda conseguir un mayor control de su voluntad pero cuando ya dejan de ser aisladas y se da un continuo contacto entre ellas, sólo puede esperarse una evolución motivada por las circunstancias externas.

A pesar de que se puede afirmar que un cúmulo de hechos motivara en gran medida la expansión, a nivel cultural se derivaron ciertas predisposiciones al control. De alguna forma, el humano antiguo llegó a comprender que intervenir directamente en la producción de los recursos de la tierra en vez de recolectarlos o domesticar animales en vez de cazarlos le proporcionaba supuestas ventajas, y esto hizo que lo viera como una forma de controlar la naturaleza a su voluntad. Por supuesto, lo que no podía imaginarse era el potencial de extensión que podría llevar aparejado. Así, las primeras intenciones de esta especial forma de dominación -que por cierto ni mucho menos ha sido la única ni la más larga en el tiempo: los dinosaurios dominaron durante muchos millones de años- al principio no tenían consecuencias de ningún tipo, pero lo que empezó como una pequeña dominación con idea de control aislado en una zona geográfica del planeta acabó en una forma de dominación devastadora a nivel planetario, absolutamente descontrolada -dado el nivel de destrucción ambiental- y criminal -por el exterminio de millones de formas de vida que supone- y que además es portadora de una seria amenaza de un nivel de destrucción muchísimo mayor pero imposible de determinar.

Si afirmamos que la dominación humana está descontrolada es precisamente por esto, y que además tiene la característica fatal de la depredación exclusiva, esto es, el ser humano se sale de la pirámide trófica porque es una especie de omnívoros que no tiene depredadores y que además tiene un alto poder de reproducción. Con todo, no solo se ha salido de la norma animal por cuestiones biológicas, sino culturales y sociales. Esto sólo puede hacer romper el equilibrio natural, el orden establecido, la vida funcional de los ecosistemas y la pérdida de la biodiversidad, fenómenos que en muchas ocasiones son irrecuperables.

Si la dominación de los dinosaurios - si es que se puede llamar así- duró tanto tiempo es porque no se trataba de ninguna forma de depredación exclusiva. Los dinosaurios sí que estaban integrados en la pirámide trófica, puesto que los carnívoros depredadores eran pocos y los herbívoros eran la mayoría. No modificaban su hábitat ni lo destruían. Solo un hecho fortuito -por el cuál recordemos que estamos aquí- acabó con esta forma de “dominación controlada”, pero no nos confundamos, los dinosaurios sólo eran animales sin intención ninguna de dominar ni controlar nada y es por esto precisamente por lo que duró tanto y duraría todavía.

En comparación, la dominación de los humanos es una mota de polvo en el tiempo, única y especial porque es intencionada y guiada por circunstancias más culturales que biológicas y si decimos que está descontrolada es porque está destruyendo su propio hábitat (y probablemente a sí mismo).  El hecho de tratarse de un animal con un potencial racional creciente y una tendencia hacia la socialización han contribuido a aumentar los riesgos de la expansión y sus terribles consecuencias.  

Sea como fuere, motivada o no, la evolución de los humanos derivó en la dominación natural, tanto de los recursos orgánicos como inorgánicos. De los primeros, las plantas y los animales fueron los dos principales objetivos, ya que proporcionaban alimento, vestido, y otros usos. De la extracción de los recursos inorgánicos derivó la extensa extracción de minerales, metales, fuentes de energía para fabricar todo tipo de armas, infraestructuras y objetos. El avance fue más o menos gradual hasta la era industrial y tecnológica en la que el nivel de destrucción se multiplicó de forma explosiva, porque además permitió a su vez un aumento explosivo de la población humana y por tanto un aumento de la demanda de recursos.

Este panorama que hemos descrito permite hacer un juicio de valor probadamente racional que todavía muchos críticos se empeñan en obviar: no se trata solamente de que la humanidad sea incompatible con la naturaleza salvaje, algo que queda sobradamente demostrado, sino que se puede afirmar con total rotundidad que la humanidad es un error evidente de la naturaleza salvaje. Solamente esperamos que no sea letal y que se pueda recuperar cuando la voracidad humana remita o llegue a su fin.

Los estragos que resultan de la dominación humana sobre el medio natural han influido también drásticamente en quienes han contribuido y contribuyen a la destrucción, que son prácticamente todos los humanos del planeta Tierra. Si la era industrial ha disparado los niveles de destrucción, ha servido también para forjar una ideología milenaria que defienda la dominación que se deriva de ello como una obra sublime. Esta ideología representa la arrogancia humana que se otorga el derecho de dominar y utilizar a su antojo todo recurso natural, y por cierto que no sólo es atribuible a las mentes más enfermas, aquellas que ansían más poder, a mayor o menor escala, sino también al resto de personas que sin darse cuenta la practican en su día a día.

Esta ideología afecta de gravedad a todo el conjunto de la humanidad moderna, civilizada o como quiera catalogarse y se contagia como si de una transmisión genética se tratase. Al fin y al cabo, de forma individual todos los humanos ejercen algún tipo de dominación sobre seres más débiles que ellos -no necesariamente considerados inferiores- a pesar de que no sean conscientes o de que muchos se empeñen en negarlo. Pero admitirlo es un primer paso.

Hoy ya son unas pocas mentes las que se han rebelado contra las cadenas del sistema de dominación dándole la espalda hasta donde se pueda, un reto supremo que bien merece tenerse en cuenta. Un esfuerzo que durará toda una vida y que podría suponer el principio de una revolución a escala mayor.





17 de diciembre de 2014

Los juegos de azar como forma de alienación de las masas

Entre los numerosos vicios del humano moderno podemos hallar en los juegos de azar uno de los que más atacan los valores morales. Si la creación del dinero tuvo como motivo principal la del intercambio de bienes derivados de crecientes necesidades y punto, su desarrollo ha creado multitud de usos que han desvirtuado absolutamente su esencia. Ejemplos como la creación de los bancos como entes para administrar las grandes cantidades de valores monetarios o la del complejo juego de la bolsa como forma de hacer dinero a partir de dinero, ya puestos, ¿por qué no inventar juegos en los que participara la población como un derecho para ganar dinero y que combinaran la suerte, el azar y las probabilidades?

Desde las apuestas deportivas hasta la gran oferta de sorteos de lotería, pasando por las máquinas tragaperras, las salas de casinos o bingos, todos ellos tienen en común dos alicientes: la competitividad propia del juego y el atrayente premio del dinero, porque sin recompensa por ganar, no habría aliciente y tampoco, mal que les pese a los ludópatas, adicción.

Pero no caeremos en el error de centrar el sentido del artículo en los casos derivados de adicción, que no dejan de ser por otra parte una consecuencia lógica, sino en el riguroso análisis de la esencia del juego en sí y sus peligros en las sociedades modernas.

La base de un juego es la competición y esto quiere decir solamente una cosa, a saber, que el juego como tal solamente puede darse en sociedades con cierto grado de competitividad en su modo de vida. Esto no es óbice para que posea otras motivaciones como la propia distracción, es decir, jugar por el simple placer de pasarlo bien. Lamentablemente, este placer tiene un potencial enorme que tiende a fluctuar dependiendo de la evolución de cada sociedad.

El juego en una sociedad pequeña, simple, sin dinero como medio de intercambio ni competitividad, el juego es pura distracción. El juego en una sociedad creciente, que tiende a lo complejo, que inventa el dinero como medio irremediable de intercambio y que centra su sistema económico en la competitividad entre sus miembros, desarrollará inevitablemente la competición en el juego como única motivación y peor aún, la recompensa del dinero como aliciente.

Sin duda, la competitividad es un motivo de alienación muy suculento para el control de las masas por parte del poder, ya que crea numerosos sentimientos encontrados en quiénes la practican -que suelen ser la mayoría-, ansias de ambición, de llegar más lejos que el resto, de caer en envidias y de hacer cada vez más dinero como signo de incrementar el status. Así, los juegos deportivos y sus respectivas apuestas asociadas o los juegos tipo casinos son un ejemplo de ello.

Los juegos en los que únicamente interviene el azar carecen del sentido de competitividad propio de los juegos ya mencionados, sin embargo no dejan de ser formas alienantes porque de alguna forma extienden la idea de que con el azar cualquiera puede ganar sin que tenga que emplear ninguna técnica para ello, excepto cuando irracionalmente algunos creen que pueden intervenir y controlar los números ganadores. Además, estos juegos son gestionados y administrados por el estado, uno de los grandes estandartes del poder y gran interesado en mantener a las masas alienadas. Basta con echar boletos o marcar números al azar y esperar que toque. Se trata de un juego en el que solo hace falta dinero para poder participar y muchísima gente para aumentar la emoción, ya que uno de los imperativos es la ínfima proporción de ganadores, consiguiendo con esto que millones de personas derrochen enormes sumas de dinero a lo largo de toda su vida.

De hecho, ignoro si habrá estudios sobre esto, pero es fácil deducir que la inmensa mayoría de los que juegan regularmente a los sorteos de lotería, primitiva, once o cualesquiera sean,  habrán perdido a lo largo de sus vidas más dinero del que hayan podido ganar. Unos pocos lo recuperarán y muy pocos se harán efectivamente ricos. Los peores casos, que no dejan de ser muchos, habrán desarrollado una grave adicción a dejar gran parte de su poder adquisitivo en invertir boletos que siempre perderán, así que confiar únicamente en el azar es algo que supone no solo un derroche de dinero, sino una gran estupidez.

La otra parte negativa que dejan los juegos de azar es la aportación que supone al desarrollo de antivalores. La lotería ofrece enormes sumas de dinero a los pocos que ganarán y además ha invertido a lo largo de toda su creación altísimas sumas de dinero en publicidad para extender la idea de cuán importante es hacerse rico sin hacer nada, y cuán importante es el dinero en nuestras vidas porque “con dinero todo se puede alcanzar”. Se crea con ello una contribución a adorar más todavía al dios del dinero fortaleciendo su poder. Y además se fomentan valores negativos como el materialismo, la ambición, la envidia, la estupidez, la histeria y la falsedad, propios de la sociedad moderna.

A nivel de masa, existen en muchos países algunos días al año señalados para que millones de personas desaten la histeria colectiva participando en los sorteos de lotería nacional, como por ejemplo el típico sorteo de la campaña más falsa del año, la navidad, dejándose gran parte de su dinero que utilizará una parte el estado para repartir los premios y para no se sabe qué el resto. Un derroche de dinero descomunal que podría servir para otros asuntos más importantes que repartir premios y de los que muchas veces se habla, pero que nadie dice de quitárselo a este gran tinglado porque “para muchos es la única posibilidad de hacerse ricos” (aunque sepan que es más probable que te mate un rayo a que te toque la lotería). 

Y si uno quiere comprobar el nivel de adoración y adhesión que reciben este tipo de juegos no tiene más que buscar alguna crítica en internet que no hallará ninguna. Todo son alabanzas promocionando “el bien social que promueve la lotería”. Incluso entre aquellos movimientos que pretenden que el mundo mejore, es más fácil y emocionante movilizar a las masas con falsas promesas que esforzarse en desgranar la fuente del mal de raíz; es más fácil dejarse llevar por los fenómenos alienantes que permiten al sistema perpetuarse que buscar la forma de cuestionar la propia esencia de dichos fenómenos y a quiénes interesa. En realidad, inconscientemente o no, estos movimientos supuestamente heterodoxos no analizan nunca la raíz del mal, sino cómo poder absorber mejor el mal sin que nada trascendente haya cambiado.


30 de noviembre de 2014

El engaño de las ecociudades

Con la llegada de la moda verde han surgido multitud de propuestas excéntricas que pretenden cohesionar la caótica vida en la ciudad con la conservación del medio natural. Nada más lejos de la realidad, pues es impensable que una especie como la humana que durante siglos ha pervivido gracias a su dominio hacia la naturaleza, pretenda ahora restaurar el equilibrio sin cambiar un ápice su concepción principal de la misma. Aquellas mentes obtusas que quieren cambiar la fachada sin cambiar el interior adolecen de pura soberbia por la humanidad. No analizan los daños ni los peligros y por si fuera poco no solo se engañan a sí mismos, sino al resto de personas que a su vez se dejan engañar.

El proyecto de convertir las ciudades en espacios compatibles con el equilibrio natural es uno de los mayores disparates que se pueden escuchar. No sólo es contradictorio, es insultante. Se pretende hacer creer que se pueden cambiar las nefastas consecuencias de daño ecológico que saben producen las ciudades sin cambiar en absoluto el ritmo de vida de las mismas, sin plantearse aún menos la raíz de todos o parte de los problemas.

Incomprensiblemente se mencionan continuamente problemas de contaminación, calentamiento global, extracción de materias primas o eficiencia energética sin cuestionarse el culto por el consumo, la invasión de la industrialización, el urbanismo o la tecnología, en relación con la dependencia del medio natural o en otro nivel más concreto, el uso masivo del vehículo privado, de la carne industrial, la especulación urbanística, el aumento descontrolado de población, etc. Es decir, se pretende acabar con males como aquéllos, sólo modificando la forma de producir y consumir. No se buscan las causas directas ni se buscan las relaciones entre unas cosas y otras.

Por si fuera poco, el discurso de esta propuesta que por desgracia se ha generalizado incluso a gran parte del movimiento ecologista, muestra evidentes incongruencias como querer compatibilizar un sistema económico cuya base fundamental es el crecimiento tanto de personas como de medios materiales o del vicio de la competitividad con hacer de los lugares físicos sitios sostenibles e integrados en el medio natural. Además, como no podía ser de otra manera, este discurso cae en el ingenuo error de pensar que la tecnología nos salvará del desastre, como dando a entender que en un futuro cercano los recursos tecnológicos se extraerán de la nada por arte de magia sin crear ningún perjuicio a la naturaleza, otro de los grandes disparates de la modernidad.

Desde su concepción, las ciudades son núcleos de crecimiento continuo, tanto de humanos como de bienes físicos y materiales. Además, el proceso de urbanismo, ya sea gradual o explosivo trae aparejados varios fenómenos que resultan inmanentes a toda creación de una ciudad y que a su vez resultan opuestos a toda forma de restaurar el equilibrio natural:

-Artificialismo. Este concepto inventado se define por la obsesiva transformación de materias primas naturales en productos no naturales que se convierten en sustitutorios de la naturaleza, pero que no lleva implícito ni mucho menos una independencia de la misma.

-Crecimiento continuo de todo, tanto de personas como de bienes materiales, lo que lleva a un aumento consecuente de las necesidades y por tanto del consumo.

-Complejización en las relaciones sociales y económicas, motivado por el desarrollo y exceso de sistemas de jerarquización, de normas sociales, etc. Sistema económico basado en la competitividad y el ánimo de lucro.

-Exceso de control de la sociedad por parte de los grandes poderes, culminado en el control mental que requiere un exceso de mecanización y tecnologización.

-Represión y pérdida gradual de los valores humanos esenciales y valores morales, de reflexión, de análisis crítico, de autojuicio y de voluntad para el cambio.

-Fatal combinación de estos procesos con la alienación total de las masas, su degradación espiritual y su sometimiento inconsciente basado fundamentalmente en el hedonismo crónico, en la expansión de masas de autómatas que actúan como si vivieran en un mundo normal y maravilloso.

-Invasión del espacio natural, su inevitable esquilmación, destrucción de ecosistemas y degradación ambiental.

-Expansión global planetaria de miles de núcleos urbanos, que multiplica los problemas a niveles descomunales.

Por lo tanto, ¿cómo sería posible tratar de hacer de las ciudades -lugares que abarcan todos estos fenómenos y más- espacios integrados en el orden natural sin empezar siquiera a cuestionar alguno de estos fenómenos mencionados? ¿Cómo sería posible hacer de las ciudades espacios ecológicos y sostenibles en el tiempo mientras se siguieran produciendo dichos fenómenos? Sencillamente no lo es. Todo responde a una oferta de solución que no es más que un fraude, un lavado de imagen de las empresas y gobiernos -en connivencia con la vanguardia del movimiento ecologista-, responsables directos de la mitificación de las ciudades, ante las advertencias drásticas de las últimas décadas lanzadas por ambientólogos, científicos y paradójicamente por el propio movimiento ecologista.

Sin embargo, no se puede obviar que el propio movimiento ha tenido mucho que ver ante el surgimiento de engaños tan evidentes como estos debido en gran parte a su total falta de cuestionamiento hacia el modo de vida impuesto de crecimiento invasivo, de reproducción humana sin límites, del culto al progreso, signos principales de la civilización; lo que lleva a dudar si estas propuestas absurdas no han salido de la sección más tecnófila del propio movimiento.

¿Qué son las ciudades en realidad? Son núcleos masificados de humanos consumidores descomunales de recursos, movidos por el progreso, las adicciones y la moda, e inconscientes de que mientras crean mundos artificiales y alejados de la naturaleza, lo que hacen es arrasar y destruir gran parte de la misma; sin embargo, dependen absolutamente de ella para vivir y seguir creciendo.

La única forma de conseguir una integración armónica del ser humano futuro -que no humanidad-, en el medio natural, empieza por el cuestionamiento de la esencia misma de las ciudades y todos los nefastos fenómenos socio-económicos que llevan aparejados, el cuestionamiento de su altísimo poder de destrucción, el rechazo de cualquier reforma que no empiece por cuestionar los verdaderos males que las caracterizan.

Pero al mismo tiempo que se cuestiona, se deben fomentar propuestas que aboguen por la autonomía de las personas, la independencia del trabajo asalariado e industrial, acompañado de una intención revolucionaria decrecentista -tanto poblacional como material-, así como propuestas que fomenten una vuelta inevitable a formas de vida rural, indudablemente más sensatas que la destructividad criminal de las ciudades.

9 de noviembre de 2014

Distorsión de la libertad

La era moderna ha desembocado en el mundo del desenfreno de los deseos, el consumo sin límite y la total ausencia de reflexión social, conceptos que explican una época de un control absoluto del sometimiento de la mente humana. Esto ha provocado entre otras cosas que valores esencialmente propios de la supuesta naturaleza humana (la que más cerca está de su estado de animalidad) hayan sido modificados parcial o totalmente por formas adaptativas a las formas de vida actuales. Uno de los casos más significativos es el de la libertad.

La idea de libertad que predomina hoy en día en la sociedad no tiene que ver nada con el concepto auténtico de libertad individual. El poder, llámese político, económico, empresarial, militar, etc. es el primero en distorsionar el auténtico concepto de libertad cuando pretende convencer a la masa no pensante y sometida al hecho de que es libre. Pero una persona sometida mental o físicamente como lo es en la actualidad y como lo ha sido en la historia difícilmente puede llegar a ser libre.

Ante esta distorsión, la publicidad, que es el conducto que tiene el poder para difundir sus creencias a la masa, habla continuamente de que los ciudadanos son libres para elegir lo que desean comprar, lo que desean consumir, a dónde quieren viajar, en qué quieren trabajar y cómo quieren gastarse su dinero. Pero todas estas cosas a las que puede aspirar el ciudadano medio son parte de un sistema ya estudiado en el que  todo está previamente determinado para que los sujetos a los que va dirigido sean condicionados y guiados en una única dirección. Esto confirma que la libertad de la que nos hablan no puede ser auténtica y solamente puede ser falsa.

En realidad todas las relaciones basadas en el poder y sometimiento de unos sobre otros son relaciones que no pueden ofrecer ningún grado de libertad y todo lo más que pueden hacer es disfrazarla para hacer creer a los sometidos que aún existe. Esto es lo que hacen las formas de poder: hacer creer al sujeto sometido que es libre cuando no lo es. Todos los actos, los deseos, derechos y obligaciones de un ciudadano que forma la sociedad de masas están determinados por el poder y en consecuencia no pueden ser adjetivados como actos libres. Es más, se puede llegar a afirmar que es el propio poder quién potencia las ventajas de la pseudolibertad en razón de su interés.

Ahora bien, ¿hasta qué punto es posible la libertad verdadera en una sociedad determinada? ¿Ha existido alguna sociedad auténticamente libre en la historia de la humanidad?

Es posible deducir que libertad auténtica y poder son dos términos no solo opuestos sino incompatibles, y ya que el poder en sí mismo y los sistemas de jerarquías han existido de forma progresiva desde al menos la era civilizada o Neolítico, se colige a su vez que a más poder, menos posibilidad de libertad auténtica. Pero tampoco se puede afirmar con certeza que previamente a la era civilizada no existiera poder y sí por tanto una total libertad. Claramente, cuantas menos jerarquías constituidas tenga un grupo cualquiera, más facilidades para poder ejercer la libertad verdadera, pero la historia demuestra a su vez que los grupos o sociedades se enfrentan continuamente a circunstancias externas que limitan el desarrollo de su voluntad, de su conciencia y de sus valores, incluidos el de la libertad.

Es decir, y fuera ya de un contexto dado, la unión de dos personas o más a voluntad y su deseo de convivencia por grado ya sea familiar o por cualquier tipo de afinidad o conveniencia, trae como consecuencia la adaptación por parte de cada individuo a las necesidades de los otros -que obviamente serán en principio las mismas o similares-, lo que supone la limitación de la libertad individual, pero no la libertad colectiva en tanto se respeten los unos a los otros y no se ejerza ningún acto de influencia, dominación u opresión. Este es sin duda el sentido esencial del valor de la libertad de quienes quieren vivir en sociedad, lo que lleva a suponer que sólo la aparición y posterior perfeccionamiento de cualquier tipo de poder en un grupo es la causa suprema de la pérdida gradual de libertad. Se debe añadir que hablamos de libertad entre humanos y para humanos, ya que también es necesario hablar por otra parte de libertad hacia animales no humanos e incluso hacia otras formas de vida vegetal.

21 de octubre de 2014

Objeción al aumento de población

Dentro de la idea general del progreso se incluye a su vez el progreso demográfico; esto es debido en gran parte a una serie de creencias ancestrales que han consolidado la idea de que el crecimiento de la población de un lugar determinado sin duda derivaría en un mayor progreso de todos y por tanto de mayor bienestar. En realidad, estos conceptos siempre han ido unidos en su formulación y posterior difusión por parte de los poderes establecidos en cada época, por lo que siempre se ha tendido a identificar mayor número de personas con progreso o con bienestar social, pero en la práctica, ¿es realmente así?

Ya incluso antes de que explosionara la economía productivista que permitió un aumento de población, los pueblos prehistóricos ya albergaban una clarísima tendencia a incrementar su número, quizás no por una cuestión de progreso que aún no tenía sentido dada la economía de supervivencia predominante, pero sí por cuestiones de defensa frente a las invasiones de grupos enemigos. De alguna forma esto permitió que tras los cambios que debían llegar, las generaciones fueran adaptando la idea del crecimiento poblacional hacia las nuevas formas de vida como algo normal.

Llegado el Neolítico y con él la rápida extensión de la economía productivista y del sedentarismo, la idea de progreso se empieza a fraguar en las personas como identificativo de seguridad y de bienestar del grupo. Sin embargo, el aparejado progreso/incremento de la población derivó inevitablemente en la instauración forzosa de jerarquías encargadas de controlar el cada vez mayor número de personas viviendo a la vez en determinado núcleo. El control se hizo gobierno y éste reportó indudablemente los privilegios de los que siempre han gozado los dirigentes en forma de posesiones y de dinero. Posteriormente, se forjarían las clases sociales y con ello, las diferencias.

Con el paso de los miles de años, la voluntad de las colectividades más importantes es reprimida por las circunstancias que motivan la idea del progreso, el incremento poblacional y las incipientes jerarquías. Los poderes de facto fueron por ende los primeros interesados en aumentar la población de forma indefinida para asegurar mayor progreso y no solo eso, decidieron difundir la creencia de que a mayor número de personas mayor bienestar. He aquí el gran engaño, pues no ha habido ninguna sociedad civilizada marcada por el progreso, lo que incluye a casi todas.

Así, el incremento de población es el fruto de una idea desarrollada por el poder, y debemos admitir por consiguiente que solo éste puede albergar un beneficio a corto plazo del triunfo de dicha creencia y nunca la propia población, convertidas hoy en día en masa autómata no pensante.

El recurso del instinto biológico en la especie humana carece totalmente de fundamento en tanto que dicha especie posee inteligencia y voluntad para controlar sus instintos más primarios, a diferencia de los animales. Resulta pues paradójico que el único animal que posee voluntad para controlar sus instintos es el único que se ha salido del equilibrio natural comportándose como un virus destructivo.

El hecho de que hayan existido en la historia sociedades capaces de controlar su voluntad para no crecer sirve para confirmar que es posible hacerlo. De entre las pocas excepciones de las sociedades que vaticinaron de alguna forma los problemas a los que se enfrentaría una sociedad demasiado poblada fueron los griegos y algunos pueblos no civilizados como los indios nativos americanos. Sin embargo, estas excepciones o bien duraron poco tiempo o bien fueron engullidas y relegadas al olvido por el avance de la civilización.

A nivel social, las creencias culturales difundidas por el poder sumado al instinto biológico ha supuesto la normalización del culto por los hijos, lo que ha conllevado con el paso de los miles de años al aumento de la población. Huelga decir que el avance de la ciencia contribuyó en el último siglo a aumentar la población más si cabe por alargar la media de la esperanza de vida.
Hoy la realidad es que tenemos un mundo hiperpoblado que avanza a trompicones en su obcecación, y cuyas consecuencias han sido nefastas para el planeta, los animales y para muchos humanos. Pero posiblemente lo peor aún está por llegar y nadie puede saber qué dimensiones alcanzará. No obstante, todavía se encuentra un gran número de defensores de la necesidad de crecer indefinidamente, lo que supone una insensatez por su parte.

Como personas que reflexionamos y cuestionamos lo establecido, no podemos aceptar de ninguna forma estas creencias sin fundamento alguno e ideadas con muy mala saña para justificar toda opresión y destrucción. Por ello, la objeción que se nos revela es la de no colaborar más al incremento poblacional siendo la única forma la del rechazo incondicional a tener descendencia. Más sencillo no puede ser.

Otras formas secundarias de objeción aparte del rechazo a tener hijos, son las de promover la no descendencia por motivos altruistas y de respeto al medio natural, así como empezar a cuestionar todas las defensas de la superpoblación, vengan de donde vengan y criticar el culto por los hijos. Vencer el instinto reproductivo es un ejercicio que va más allá de la moral dada la situación actual de dominación humana, destrucción y caos. Se trata de una necesidad de extrema urgencia para contribuir a reestablecer el orden natural.

4 de octubre de 2014

El mal de la indiferencia

Los sustitutos dogmáticos que han creado las sociedades de consumo sumen al ciudadano medio en un mundo de ficción marcado por la obsesión de que la vida consiste en trabajar para divertirse a costa de todo. Así, los asuntos más trascendentales que afectan a individuos que nada tienen que ver con este modo de vida son relegados al olvido en una suerte de indiferencia tanto o más destructiva que el hecho de hacer desprecio. Además, y a pesar de que este sentimiento tan negativo guarda estrecha relación con el egoísmo más cerrado, la indiferencia padece de ausencia total de corrección.

En esencia, se podría objetar que un sujeto que muestra tendencia a la indiferencia no debería tampoco sentir interés por ninguno de estos sustitutos creados intencionadamente como forma alienante de las masas, pero precisamente hay que recalcar que esta intención logra sumir a la masa consumidora en tal indiferencia, ya que los sustitutos, además de que están fundamentados en el condicionamiento del individuo, no contemplan nunca materias reflexivas ni trascendentales, sino superficiales e inmediatas.

Por ello, al margen de los sustitutos de condicionamiento, la indiferencia sí que afecta a una gran mayoría de personas, que dicho de forma coloquial “pasan” de inmiscuirse en cualquier asunto  que no afecte a sus vidas. En este punto, egoísmo e indiferencia se confunden aunque a menudo van de la mano. Quizás una diferencia sea que, al menos en esencia, el egoísmo es más consciente, mientras que la indiferencia lo es menos, lo que acarrea, como decíamos, serias dificultades a la hora de corregirse. También debemos descartar cualquier interés por los asuntos políticos o económicos, ya que éstos se han convertido en poderosos instrumentos de control, condicionamiento y alienación, lo que supone que si existe interés, éste ya está de antemano condicionado en una dirección clara y por consiguiente no puede haber neutralidad.

Con todo esto queremos decir que este pasotismo hacia lo trascendental ha sido el fruto de largos años de obstáculos y que la indiferencia no resulta en modo alguno un estado neutral. El ciudadano medio se recrea continuamente en toda esta serie de sustitutos, sumergiéndose más y más en su dependencia, demostrando un apego dogmático, y en contraposición, padece indiferencia y egoísmo por las preguntas más elemantales de la vida, la filosofía, la forma de mejorar la conducta o el respeto por la vida ajena. Así, cualquier cuestionamiento moral es ahogado apenas entra en contacto con la vida desenfrenada de las masas.

En esta distorsión, los sujetos que más sufren la indiferencia generalizada son aquellos que menos pueden defenderse, los animales, los indígenas o los pueblos en proceso de civilización, que son rápidamente y antes de que nadie pueda plantearse nada en su favor, relegados al olvido más miserable cuando no son humillados o despreciados. Debemos incidir en que la indiferencia que queremos mostrar aquí no es en modo alguno no contextual, es decir, no es la que padece aquel sujeto que ni opina ni contesta, que todo le da igual y que nada parece interesarle, sino la de la masa que se deja adaptar o condicionar por la norma social.

Sea como fuere, la indiferencia neutral o la motivada por el contexto es el fruto de un carácter que tiende de forma recurrente a la falta de interés por reflexionar o a una educación demasiado orientada a la socialización y poco a la filosofía y el espíritu crítico. Por supuesto, la educación es la antesala para formar adeptos al sistema productivista y consumista, por lo que no se puede esperar gran cosa. Algunos intelectuales han llegado a decir incluso que antes prefieren una mente que juzga con desprecio que aquella que se abstiene siempre de inmiscuirse en asuntos de importancia social y menos de juzgarse a sí misma.

El resultado final de la indiferencia de las masas es ante todo una falta de sensibilidad, empatía y compasión por quienes más sufren, además de una negación de asumir el grado de responsabilidad que siempre existe. Por otra parte, es también un refuerzo del egoísmo en general y en muchos casos concretos, de la arrogancia y la soberbia humana.

10 de septiembre de 2014

El turismo también es consumo

La necesidad de conocer nuevos mundos o lugares exóticos ha sido una norma desde los albores de los tiempos en la historia de la humanidad, pero mucho ha cambiado su concepción desde las épocas de las grandes conquistas de territorios de la Antigüedad, pasando por las exploraciones de los famosos descubridores hasta el casi psicótico afán de movilidad de la era moderna. Como decimos, mucho ha cambiado, pues si bien antes, independientemente de la ambición de los grandes imperios y conquistadores, todo estaba por descubrir, ahora, casi todo resquicio de tierra lleva alguna marca humana. No obstante, para la mayoría de la gente todos estos resquicios están por conocer, pues el afán de viajar cuanto más lejos mejor es algo que según parece se lleva muy dentro; el problema estriba en que si antes eran unos pocos cientos los valientes que salían hacia lo desconocido en busca de aventuras, ahora son millones de personas los que tratan de emular sin conseguirlo a aquellos primeros aventureros.

A pesar de que como decimos, para esa mayoría de personas, todos los lugares visitables, ya sean urbanos históricos, culturales o naturales, están por visitar, el hecho de viajar no deja de ser un acto bien preconcebido y guiado previamente en donde las agencias de viajes y los guías turísticos lo dan todo hecho y bien masticado, ofreciendo paquetes de viajes en donde se vende aquello de “todo incluido” (más acorde a la realidad sería decir “todos tus caprichos incluidos”). A menudo, los lugar visitables están preparados, acondicionados y bien delimitados para el grueso de la masa turística en los llamados complejos turísticos, que suelen ser además centros de consumo irrefrenable.

Viajar es tan fácil como ahorrar un poco de dinero y tomar un avión que te plantará en la otra punta del globo en unas cuantas horas. Algo accesible para la gran mayoría de la población urbana, más occidental que oriental. Sin embargo, los vuelos cortos son lógicamente muchos más numerosos, mientras que los desplazamientos en automóvil, tren o autobús lo son todavía mucho más. Esto significa que la gran mayoría de la gente que decide viajar en sus vacaciones escoge destinos cercanos y costeros buscando sol y playa, alojándose en hoteles y comiendo en restaurantes. Este es el turismo por excelencia, aquél del que tanto presumen países como España y que por lo visto reporta enormes cantidades de beneficios. Al mismo tiempo, este es el tipo de turismo que más daño hace al medio natural, pero también a las distintas formas de vida locales y tradicionales.

Una de esas presunciones de las que hacen hincapié los gobiernos como España es que el turismo activa la economía del país, incrementa el consumo y ofrece gran cantidad de puestos de trabajo. Teniendo en cuenta que el 99 por ciento de estos puestos de trabajo son temporales, esto soluciona mínimamente el sustento de los trabajadores destinados al turismo, o sea nada, y sin embargo, enriquece las grandes compañías hoteleras y de comida rápida. Las otras gran beneficiarias son las empresas aeronáuticas y las compañías petrolíferas, por el claro aumento en el número de los desplazamientos.

Por supuesto, el discurso de los gobiernos en defensa del turismo es para quién se lo quiera creer, pues no hay mayor ciego que el que no quiere ver. Para los gobiernos con alto índice de turismo, éste proporciona una fuente de ingresos importante que solo enriquece a las grandes compañías y al propio gobierno, que además les ofrece una posibilidad de atracción de un público que durante un mes al año y en puentes señalados tendrán más tiempo de relax y dado que están acostumbrados a consumir, en dicho período lo harán todavía más. Los gobiernos se aprovechan de las ansias de búsqueda de placer y descanso vacacional “merecido” tras largos meses de trabajo para ofrecer a los turistas los mejores vuelos, los mejores hoteles y las mejores tiendas y restaurantes. Así, la gente que viaja para descansar en busca de sol y playa, y que repetimos, son la mayoría, se concentran en destinos altamente masificados, en donde todo está acondicionado para un nivel de consumo más alto si cabe que en las grandes ciudades de donde viene esta gran masa de personas.

Como hemos dicho, este es el turismo masivo, pero el resto de tipos de turismo, aunque son menos usuales, están en alza, puesto que están de moda. Así, el turismo rural, el turismo deportivo, el turismo cultural o el turismo de lugares exóticos, no están exentos de un nivel alto de consumo y daño medioambiental y cultural, pues a pesar de que puedan resultar turismos alternativos y menos concurridos, solamente los desplazamientos por coche o avión son inevitables. Salvo contadas excepciones de personas que viajan en bicicleta y se alojan en campings o al aire libre, este tipo de turismos son explotados rápidamente por empresas ávidas por impulsar estas modas pasajeras atrayendo así al mayor número de turistas posibles.

Todo este conglomerado ha permitido que el turismo se convierta en una gran industria que abarca gran cantidad de empresas beneficiarias, empezando por las aeronáuticas, las automovilísticas, las petrolíferas, las agencias de viajes, las compañías hoteleras, los centros comerciales, los restaurantes, las tiendas  de todo tipo, etc. contribuyendo de forma drástica al aumento del consumo en proporciones vastas, pero también a la masificación, al aumento de los desplazamientos, a la obsesión por llegar antes a los sitios, y sobre todo a la idea preconcebida de que vivimos para trabajar y para el placer, independientemente del daño medioambiental o el grave perjuicio hacia las diversas formas de vida tanto humanas como no humanas.

Por desgracia, aún hoy en día, a nivel social el turismo se ve como un bien necesario para que las personas puedan descansar y divertirse tras un largo tiempo de servicio al sistema, además de conocer “nuevos mundos” sin dar importancia al hecho de que es en estas épocas cuando se hace más gasto de todo. Evidentemente, si uno está acostumbrado a escuchar a todas horas en los medios de comunicación que el consumo es bueno, nadie pondrá pegas ni se parará a analizar cuál es el problema. Se da por otra parte y de forma asombrosa una total falta de crítica de los medios considerados antisistema, de los grupos ecologistas, los movimientos sociales y menos de los partidos denominados de izquierda contra la invasiva industria del turismo, su inherente alto índice de consumo y sus aparejadas consecuencias.

Pero, ¿cuáles son esas drásticas consecuencias que venimos anticipando durante todo el texto y que muy pocos se han puesto analizar?

Primera: falsa concepción del consumo. Es necesario cuestionar de una vez por todas lo que repiten los gobiernos continuamente de que el incremento del consumo es un bien porque incrementa la producción y por tanto los puestos de trabajo. Aún admitiendo que la primera parte puede ser cierta, sólo lo es en favor del sistema, pues analizado en el fondo no deja de ser un tremendo despropósito muy bien urdido por quienes más se aprovechan del beneficio a corto plazo. El aumento del consumo provoca ante todo dependencia, apego a lo material, acumulación, despilfarro, agotamiento de los recursos naturales, indiferencia social, alienación, sometimiento a los líderes y en última instancia precariedad laboral, eventualidad y adhesión incondicional al trabajo esclavo. En compensación, la reducción del consumo implica un cambio espiritual que llevaría a las personas que lo practicaran a ser más autónomos y buscar medios económicos alternativos al sistema.

Segunda: desplazamiento cultural. Las explotaciones turísticas durante décadas en determinadas zonas costeras o en muchas islas de conocida atracción turística provocan un enorme desplazamiento en los medios de sustento locales y tradicionales hasta el punto de que en muchos sitios focalizados, estos medios son sustituidos por la invasiva industria del turismo, la cuál promete en un corto período de plazo suculentos puestos de trabajo e ingresos altos a la población local, acabando parcial o totalmente en la mayoría de los casos con las economías locales y tradicionales, además de todo su valor cultural.

Tercera: daño al medio natural. Quizás sea este daño el más trascendental, pues empezando por el enorme gasto de recursos que conllevan los desplazamientos por aire o carretera, además de la contaminación, hasta la destrucción directa de hábitats a causa de la urbanización turística, tanto en zonas costeras como en zonas rurales o de montaña, el impacto ambiental que crea el consumo del turismo puede ser catalagodo como catastrófico. Talas masivas de los bosques y selvas, desequilibrio en los ecosistemas vitales, pérdida de la biodiversidad, exterminio y desplazamiento de miles de especies, modificación del paisaje, desperdicio y contaminación del agua, etc. son muchas de las consecuencias de este daño, que en muchas ocasiones suele ser irrecuperable; daño que muy pocos son capaces de apreciar por la falsa creencia de que no afectan a la vida cotidiana y de que sucederían a largo plazo.

Al margen del egoísmo que nos ofrece la vida civilizada, no sólo resulta necesario sino prioritario replantearse todas estas cuestiones referentes a la industria del turismo; cuestiones sobre si realmente es una necesidad movernos tánto como lo hacemos, coger aviones como quien compra en un todo a cien o visitar lugares exóticos y culturas diferentes con el argumento de aprender de ellos, cuando resulta imposible aprender nada de nadie en quince días. Desengañarse y desarraigar el mito que supone el hecho de viajar, más sabiendo el enorme despilfarro que supone, es uno de los objetivos de dicho replanteamiento. En contraste, defender los viajes culturales no vacacionales que creen el menor impacto en el medio y en las diversas culturas, preferiblemente en bicicleta o caminando y usando alojamientos locales o al aire libre.

Quizás sean este tipo de viajes, más largos y pausados, y sin duda más auténticos, los que más se podrían comparar a las antiguas expediciones de los grandes aventureros de siglos pasados, en donde primaba el instinto por conocer nuevos mundos sin nada preconcebido. Obviamente, muchos de aquellos aventureros quizás hubieran preferido que todo hubiera sido más fácil, pues no fueron pocos los que dejaron su vidas en el intento. Otros valorarían por encima de todo la libertad que tenían al recorrer aquellos lugares vírgenes. Hoy en día, cuando ya no queda nada por conocer, cuando ya está todo territorio invadido por el ser humano, incluso los paraísos naturales más ricos en vida animal, el auténtico sentido de viajar como forma de explorar y de buscar la libertad se desvanece y sucumbe a las garras del consumo y del progreso.