28 de agosto de 2014

Obsesión por la seguridad

La viciada mente del ciudadano medio civilizado, más hueca que nunca, apenas tiene espacio para el pensamiento ni el espíritu crítico. Así, se deja llevar continuamente por los cánones emocionales establecidos y los patrones de conducta que le sumergen a menudo en conductas paranoicas y desproporcionadas. Tal es el caso de lo que vamos a hablar ahora.

En su extraña evolución, el ser humano ha desarrollado un sistema basado en la competitividad, el ánimo de lucro, el crecimiento infinito y la creación de status. Es éste último aspecto lo que lleva a valorar las diferencias entre humanos desde un principio como un mal necesario pero que se debe abordar con el mayor rigor, la protección de las leyes e incluso el establecimiento de un código moral encaminado a afrontar la situación en defensa de dicho mal, hasta el punto de que el mal deja de serlo “para convertirse en un bien”. Cientos de miles de personas que se han tragado semejante maquinación durante la historia han hecho gala de ello, amasando grandes fortunas y haciendo si cabe las diferencias más grandes a medida que se ha ido avanzando ignominiosamente hacia mundos absurdos y degradados.

Por supuesto todo esto lleva aparejado un conglomerado alrededor que raya la obcecación más profunda y que exige su cumplimiento como un deber. Tal es el caso de la seguridad, de la misma forma que lo pueda ser la privacidad. Por desgracia, esto es el resultado de una lógica aplastante, pues un mundo como el actual sin seguridad no podría perpetuarse. Por añadidura, el requisito esencial es que la seguridad jamás podrá ser imparcial, pues entonces carecería de todo sentido. Es por tanto una característica ésta propia solamente de una sociedad masificada, competitiva y con enormes e insalvables diferencias económicas.

También, como no, mucho tuvo que ver la invención del dinero que en primera instancia propicia la aparición de las clases sociales y por consiguiente de las diferencias. Dado que el sentido de propiedad es algo inherente al dinero, el deseo de proteger dicha propiedad trae como resultado la imperiosa necesidad de forjar una institución que proteja el cada vez mayor número de  posesiones. Con el tiempo, la industria de la seguridad se convierte así en una de las más poderosas del sistema, ya que obliga de alguna forma a los propietarios, ya sean grandes o pequeños, a proteger sus posesiones frente a un posible enemigo que en la mayoría de los casos no es algo físico ni concreto sino que es motivado por las circunstancias creadas por el incremento de las nuevas necesidades.

El mejor ejemplo que ilustraría esto último podría ser la “supuesta necesidad” de las empresas de seguros, que aprovechando la ingente cantidad de situaciones eventuales que se dan en un mundo tan masificado como acelerado y tecnificado, se lucran de todo ello en sectores suculentos como el del automóvil, el hogar o la propia vida -por nombrar sólo unos pocos-, ante los posibles riesgos y eventualidades que pueden surgir y que surgen a diario entre individuos o entre individuos y sus posesiones, cada vez más complejas, pero al mismo tiempo más susceptibles de sufrir eventualidades, que son parte de las inevitables situaciones y conflictos cotidianos. Al respecto no es de extrañar pues que en muchos países la ley obliga incluso a los ciudadanos a la contratación de seguros mínimos dando la razón a la naturaleza de estas empresas y disparando así sus capitales a cifras astronómicas.

Los seguros privados son una parte más del conglomerado de la seguridad y aunque aparentemente traten de atrapar a todos los ciudadanos independientemente de su capital, lógicamente se benefician más con los capitales más grandes. Quizás, el extremo más desproporcionado de los seguros privados se ha dado en los EEUU, en donde a falta de una seguridad social que dé cobertura médica supuestamente gratuita a todos los ciudadanos, ha sustituido aquella por una serie de alimañas de seguros capaces de arruinar a los individuos más desfavorecidos y enfermos en pos de salvar su vida. A pesar de lo cuál, en el resto de los países la seguridad social ofrece cobertura médica general y cobertura laboral de forma restringida, lo cuál no impide que los seguros privados campen a sus anchas en el resto de los sectores más competitivos.

Cabe decir al respecto que la seguridad social no es más que una seguridad estatal y que solamente sirve para cubrir las necesidades médicas de los ciudadanos. En absoluto es un seguro médico gratuito porque para beneficiarse de él, es necesario trabajar para poder cotizar, o cualquiera se verá en serias dificultades para ser atendido. Así pues, el estado ofrece seguridad social para todos con la condición de obligarte a trabajar.

Pero cuando el “enemigo de las posesiones” es supuestamente palpable y observable, la ley siempre protege a los más pudientes. Ese es el cometido principal de los cuerpos de seguridad del estado, creados de forma interesada y parcial no sólo para defender al propio estado ante posibles eventualidades o insurrecciones, sino también a los ciudadanos más ricos y que al mismo tiempo tienen un mayor acceso a los sistemas de seguridad que gestionan otro tipo de empresas privadas encargadas de dar cobertura de este tipo. Para justificar la supuesta necesidad de dichas empresas, el enemigo, que en este caso se trata de individuos físicos, ha sido creado con el transcurso de siglos de diferencias sociales, en lo que se ha llamado delincuencia, porque sin ella, ni los cuerpos de seguridad estatales, ni las empresas privadas que complementan dicha seguridad tendrían razón de ser.

En relación a esto, se da por sentado que la delincuencia siempre debe ser indentificada con la pobreza con el fin de aislarla y criminizarla al margen de las clases pudientes, creando una clase social marginal y peligrosa, pero al mismo tiempo necesaria para seguir justificando el castillo de la seguridad. Así, la delincuencia de tipo estatal o privada estará siempre en otro tipo de plano fácilmente tapada y protegida por las propias leyes y en segundo término, por el sistema judicial. Es en estos casos en donde se produce el mayor grado de psicosis social en pos de la seguridad, en donde millones de ciudadanos de multitud de países han desarrollado multitud de sistemas de seguridad con el fin de proteger sus posesiones de la inventada delincuencia, en vez de buscar la forma de acabar con la delincuencia. En muchas ciudades occidentales suele darse la paradoja de que conviven barrios pudientes de chalets privados altamente fortificados con muros, vigilancia constante, cámaras de seguridad, equipos de grabación, perros guardianes, alarmas, etc. identificados con riqueza y status junto a núcleos de chabolismo identificados de forma intencionada con la pobreza, las drogas y la violencia. En el resto de zonas urbanas, las personas tienden igualmente a invertir altas sumas de dinero para estar más seguros, independientemente de si al lado hay focos identificados de pobreza o no, pues al parecer “cualquier persona podría querer ser tu enemigo”.

Obviamente, no se podría esperar que en un modo de vida como éste, nadie estuviese interesado en buscar las causas del mal de la delincuencia, es decir, las diferencias sociales, porque para empezar, dicho mal es un bien camuflado que ofrece pingües beneficios a las empresas de la industria, que son las primeras interesadas en que continúe, y por otra parte, se trata de la indiferencia de muchísimos más, que son los consumidores fáciles de engañar, y que carecen de las cualidades necesarias para cuestionarse el porqué de estas cosas, “ni falta que les hace”.

La larga cadena que hace mover este sistema hace que en este caso, la seguridad impuesta por el poder corrompido sea un eslabón férreo que sólo podría ser roto con la previa destrucción de los precedentes. Para hablar en términos claros, la seguridad propiamente dicha sólo es necesaria en un sistema que inventa la delincuencia y la reduce a la miseria económica, un sistema que promueve las diferencias sociales y las normaliza, justificando con ello el conglomerado de la seguridad.

La posible transformación de un mundo que nada tenga que ver con el actual debe romper con esta serie de eslabones por orden, es decir, de nada serviría pretender acabar con la seguridad sin cuestionar previamente la llamada delincuencia, y ésta sin hacer lo mismo con las diferencias sociales. Continuando la serie de eslabones, buscando la raíz de raíces, tampoco puede pretenderse acabar con las diferencias sociales si no se hacen análisis exhaustivos sobre las complejidades de las sociedades de masas o sociedades de ficción, sobre el culto del progreso, la invasión tecnológica,etc. y que representan los pilares básicos de la civilización y/o del proceso de dominación humana.

11 de agosto de 2014

El miedo a la verdad

Poco o ningún valor se le da a la verdad en la era de la modernidad y aunque existen “atisbos de verdad” en determinados ámbitos como en las relaciones personales, en general es ocultada, despreciada y reprimida por la inmensa mayoría de la población. Además, el contexto social no hace nada por cambiar esta situación, sino todo lo contrario.

Pero, ¿qué es realmente la verdad? De las numerosas definiciones que se le pueden atribuir escogeremos solamente una, la que es sin duda la más importante para el sentido del artículo en cuestión: “la verdad es la descripción real de un acto o de un hecho”. Por lo tanto, la verdad no puede ser una, sino tantas como actos o hechos puedan darse. Tampoco puede ser una interpretación ni opinión sobre un hecho, sino la descripción real del hecho. Es decir, la verdad -o las verdades- deben ser descritas únicamente de forma objetiva, nunca subjetiva. Se podrá objetar entonces que dado que todos los hechos son hechos porque son contados e interpretados por las personas, la verdad solo podrá ser subjetiva y además relativa, pero esto es erróneo. En primer lugar, si son descripciones subjetivas entonces estamos hablando de versiones distintas sobre los hechos. En segundo lugar, la verdad sobre un hecho sólo es relativa en tanto lo cuenten más de dos personas diferentes, pero a pesar de lo cuál, la verdad sobre un hecho sólo puede ser única, aunque nunca se sepa ni pueda contarse. De hecho, las verdades relativas son una justificación de las mentes más retorcidas para admitir que no existe la verdad y que por tanto, toda acción resulta explicable por las circunstancias. Hoy en día, impera la creencia de que la verdad absoluta no existe y que solo puede ser relativa. Esta creencia ha hecho mucho daño al conjunto de la humanidad, pero ¿de dónde viene?

Esta creencia se ha forjado gracias o a pesar de una sociedad cada vez más numerosa, complejizada, artificializada y materializada. Es lógico: cuantas más personas, más acciones, cuantas más acciones, más hechos, cuantos más hechos, más interpretaciones, cuantas más interpretaciones, más subjetividad, cuanta más subjetividad, más relativismo, cuanto más relativismo, más versiones, cuantas más versiones, más dificultad para hallar la verdad, y por tanto, más mentiras. Así, hoy en día, no solo se niegan las verdades absolutas, se niega la verdad y se escoge la mentira, el engaño, la estafa, la manipulación, la seducción, la persuasión, el condicionamiento, la sugestión, la incitación, etc,etc,etc.

La verdad absoluta existe desde el principio de los tiempos y se puede aplicar en cualquiera de los contextos que se quieran exponer, mientras que la verdad relativa es un invento forjado con el paso de los siglos que sirve para idear y justificar un código moral acorde con las circunstancias culturales, religiosas o sociales. Así, actos violentos, ya sean físicos o psíquicos, son justificados como relativos y por tanto aceptables dependiendo de la época en que son cometidos, o peor, de quienes los cometen.

Pero ante todo, esta creencia impera por una total falta de valor hacia la verdad. Normalmente suele suceder que cuando algo no es valorado, se reprime y se aparta al subconsciente. ¿Cuál sería, por tanto, el valor de la verdad? Normalmente algo que tiene valor en sí mismo lo tiene por cuestiones elementales, pero siempre se puede extraer fácilmente preguntándonos para qué sirve. En este caso, ¿para qué sirve ser fiel a la verdad? Supongamos que ante un acto de violencia de una persona hacia otra, alguien cuenta la verdad sobre el hecho y otro alguien cuenta la mentira. Para juzgar ese acto con absoluto rigor y honestidad es imprescindible saber la verdad de lo que ha ocurrido. Si por el contrario, prevalece la mentira, el juicio siempre será  incierto y en muchas ocasiones el resultado será falso. Con la verdad puede haber un juicio justo, siendo este el único camino hacia la posibilidad de aprendizaje o de cambio. Este ejemplo sería muy básico pero puede valer para cualquier hecho o acción que queramos tomar.

La verdad sirve también como una vía necesaria hacia el valor de la autonomía personal y la libertad individual. Es decir, para que la auténtica libertad de una persona pueda darse es necesaria e imprescindible la total fidelidad a la verdad, pues sin ella siempre existirá el riesgo de la mentira, del engaño y con esto, de la manipulación. Sin la verdad ante los hechos o acciones, ciertas personas podrán fácilmente manipular a otras y por tanto someterlas a voluntad. Sin embargo, con la verdad, a menos que lo hagan por la fuerza, no podrán hacerlo de la misma forma. Digamos que la verdad es un paso decisivo para que los individuos puedan valorar la libertad ante el riesgo de ser sometidos, pero no es el único. Hoy en día, como tampoco se valora la libertad auténtica -al margen de las falsas libertades inventadas por el progreso- pocos son los que se dan cuenta de que lo que nos venden por libertad está fundamentado en una gran mentira. De ahí que para que se dé la auténtica libertad es imprescindible la fidelidad a la verdad.

Estas dos razones fundamentales que se derivan de la fidelidad a la verdad sirven para explicar su enorme valor, un valor que sin embargo no se tiene en cuenta, y de ahí que el sometimiento del fuerte sobre el débil haya sido una tónica que se ha repetido innumerables veces en las sociedades de la historia. De hecho, es lamentable admitir que las personas que forman la masa de la sociedad actual han tendido a preferir ser sometidos mediante el engaño sin pararse nunca a pensar porqué son sometidos, sin decidirse nunca a buscar la verdad. Ésta preferencia irracional ha contribuido definitivamente a forjar la idea de justificar la necesidad de una élite que someta a la mayoría. Puesto que a las masas les da igual si les mienten o no, es más, si con la mentira les prometen una vida colmada de deseos y supuesta felicidad, a pesar de que en la mayoría de los casos se queda en simples promesas, es decir, engaños, mientras que con la verdad solo recibirán castigo y aislamiento, sin duda, las masas elegirán su adhesión hacia la élite y por tanto a un mundo plagado de mentiras.

Procesos como estos, propios de una sociedad de masas controlada por una élite poderosa son una clarísima explicación de que dicha sociedad funciona con medias tintas y falsas verdades, con el consentimiento y justificación de la mayoría hacia la élite y la inmensa totalidad de adaptación hacia un mundo tremenda e injustamente falso. Todos los días, a todas horas se repiten actos de alabanza y apología a la mentira e indiferencia a la verdad, y nadie se inmuta, dejando como resultado un mundo inconmensurablemente cruel y despiadado. Ocultamientos a la verdad como las trágicas consecuencias ambientales y exterminio de especies por culpa del consumo frenético, ocultamientos a la verdad como la esclavitud y holocausto que padecen millones de animales, ocultamiento a la verdad que esconde el avance tecnológico, ocultamiento a la verdad que esconde la publicidad, ocultamiento a la verdad que esconde la dominación histórica de la humanidad justificando el proceso de civilización y el exterminio de las sociedades no civilizadas y un largo etcétera.

Pero no es el ocultamiento a la verdad la cúspide del problema, sino como hemos dicho antes, la falta de valor de la verdad, pues ¿de qué sirve decir la verdad si casi todo el mundo permanece indiferente a ella? Cuando estos ocultamientos son rebasados gracias a la valentía de unas pocas personas, cuando la verdad sale a la luz, cabría esperar una reacción mundial que jamás se produce precisamente por esto: la verdad se ha vuelto relativa en todas partes y por tanto justificable cultural, moral o religiosamente, es decir, circunstancialmente, y la relación que existe entre verdad y juicio o verdad y libertad son a su vez ignoradas o explicadas por dicha relatividad.

Para corroborar lo extraño que resulta la especie humana y sus inabarcables contradicciones, podemos argumentar que la verdad asoma de su represión en las relaciones más íntimas y personales en las que muchísima gente valora que su pareja o sus amigos le sean fieles, es decir, le sean sinceros, le cuenten la verdad y no los engañen nunca; una exigencia extendida que colma el egoísmo de cada cuál, reclamando verdad para nosotros pero sólo para nosotros. Esta racionalización que podemos llamar “atisbos de verdad” y que demuestra que la verdad no es que esté perdida, sino que está reprimida en el subconsciente, se quedan en nada si no se aplican al conjunto de la sociedad y hacia un altruismo que se extienda hacia todo ser vivo. ¿Por qué valoramos tanto la fidelidad a la verdad en nuestras relaciones más íntimas mientras que al mismo tiempo permitimos que nos avasallen con anuncios publicitarios, que representan uno de los atentados más graves a la verdad? ¿Por qué exigimos sinceridad hacia nosotros y al mismo tiempo giramos la cabeza cuando alguien nos cuenta verdades incómodas que suceden lejos de nuestras casas y que nos ponen en entredicho?

La respuesta está en el miedo ancestral que experimentamos hacia la verdad y por tanto hacia extraer la esencia de su valor. Mientras sigamos anclados en un mundo ficticio persiguiendo sueños inalcanzables al margen de la realidad, la verdad seguirá en el subconsciente reprimida sin permitir al ser humano salir del atolladero en el que se encuentra y en el que ha metido de forma inconsciente a todo ser viviente.

26 de julio de 2014

Carne es esclavitud


No deja de ser preocupante que las prácticas esclavistas continúen hoy en día tan vigentes o más como en el pasado, pero como están reducidas a los animales no humanos no son tomadas en cuenta por casi nadie, lo que lleva a afirmar de forma tajante que la esclavitud sistemática hacia los animales no existe. Incluso en el caso de que la sola mención de la esclavitud hacia los animales venga a perturbar la “ficción en la que vive la mayoría de la gente” resulta ser justificada en muchos casos por la visión antropocéntrica de que “los animales están en el mundo para servir a los humanos, porque además, así ha sido desde siempre”, como si los animales hubieran nacido con ese fin. Ante la objeción de que no todos los animales domesticados son usados como esclavos, sino que algunos son amados y respetados como los perros y cada vez más los gatos -al menos en la teoría-, para evadir el problema y salir del paso se suele utilizar el recurso de la consideración selectiva que no deja de ser una explicación igual de antropocéntrica que la anterior: “mientras que unos animales nacieron para ser amigos de los humanos otros lo hicieron para ser comidos”.

Mal que les pese a todos los que se han visto en situaciones como éstas que juzgan de algún modo nuestra forma de considerar a los animales, la esclavitud hacia ellos no solo es un hecho real, sino que es una práctica deleznable justificada por cuestiones de discriminación hacia especies diferentes (especismo) o de arrogancia de superioridad humana (antropocentrismo). Pero el problema principal de esta cuestión no es la justificación que se le da mayoritariamente en las pocas ocasiones que aparece el debate, sino que la esclavitud sistemática hacia los animales es un hecho oculto por casi todo el mundo porque precisamente es una verdad molesta, incómoda, una verdad que nos juzga y nos pone en entredicho. Sin embargo, el propio hecho de que estas prácticas permanezcan ocultas por los medios de comunicación por fuerza ha de significar algo.

También es significativo el hecho de que el ámbito en donde se dan más prácticas esclavistas es en el de la alimentación, en especial en el consumo de carne, leche y huevos, puesto que no deja de ser casual que un gran porcentaje de la población mundial que rechaza el maltrato animal, el uso de animales para pieles, la experimentación o los espectáculos con animales, justifica y apoya sin embargo el uso de animales para comer, sabiendo que dicho ámbito explota, esclaviza y asesina a miles de millones de animales al año en todo el mundo, independientemente del relativismo cultural y religioso. No estamos diciendo que en otros ámbitos como el que representa la industria peletera o las industrias que realizan experimentos científicos con animales no se den prácticas esclavistas, sino que la de la industria cárnica es inmensamente mayor en cifras, en grado de esclavismo, violencia y a buen seguro en nivel de sufrimiento. Por lo tanto, debemos recordar que carne no solo es asesinato, es ante todo holocausto, y como titula el artículo, también es esclavitud.

El procesamiento de la carne, además de ser algo oculto por parte de la industria cárnica y de los medios de comunicación colaboradores, está clarísimamente basado en prácticas esclavistas ampliamente probadas y grabadas por varias organizaciones de defensa de los animales. Dichas prácticas comienzan desde el nacimiento de cada animal hasta que son enviados al matadero para su asesinato. En el transcurso de su corta vida, los animales son expuestos ante las más lamentables condiciones de vida, encerrados en jaulas miserables, hacinados, humillados y separados de sus crías a los pocos días de nacer, mutilados para evitar que entre ellos se causen heridas, obligados a engordar lo más rápidamente posible para ser enviados al matadero y ofrecer a las empresas del sector el mejor rendimiento y el máximo beneficio.

A pesar de que dentro de las numerosas prácticas esclavistas que se dan en los diferentes procesos de alimentación animal, sin duda, hay algunas que repugnan por su extremada crueldad como puede ser la de la penosa obtención del foie-grass de los gansos, y que ya ha sido prohibida en algunos países. Esta práctica deleznable y despiadada, que a ojos de muchos consumidores refleja un extremo de crueldad despreciable, tiene básicamente el mismo objetivo de alcanzar el máximo rendimiento de cada unidad de producción (llamados así a cada vida animal). Sin embargo, no deja de ser una práctica demostrable de esclavitud como la que puedan sufrir cerdos, vacas, ovejas o gallinas.

Si hablamos de esclavitud hacia los animales no tenemos la necesidad de hacer comparaciones con la esclavitud que sufrieron durante la historia algunos grupos concretos de humanos, ya que hay claras diferencias esenciales que las distinguen. En primer lugar, la esclavitud humana se ha basado en el beneficio de la servidumbre y el trabajo forzado, por lo que no tiene que derivar en holocausto, mientras que la esclavitud hacia los animales ha tenido siempre como objetivo su consumo por ser considerados seres de otra especie a la humana y porque el canibalismo ha sido rechazado en prácticamente todos los pueblos de la historia. En consecuencia, la práctica esclavista hacia los animales que forzosamente siempre acaba en asesinato, ha derivado en holocausto al haberse convertido en una inmensa industria que debe alimentar a miles de millones de personas en todo el mundo.

Esta clarísima diferencia de base marca una gran diferencia e inclina la balanza negativa hacia los animales porque no solo son condenados a esclavitud sino a asesinato justificado socialmente por cuestiones supuestamente culturales, que analizadas objetivamente no dejan de ser mitos infundados como el de “siempre hemos comido carne” o “la carne es salud” y que están empezando a ser desmontados por aquellos que valoran la verdad por encima de cualquier consideración, además, por supuesto, del respeto por la vida ajena y de acabar con el sufrimiento innecesario.

Hallamos otra diferencia fundamental en el proceso de liberación, que si bien en la esclavitud humana ha durado siglos y ha concluido con la absoluta prohibición de la práctica esclavista -al menos física- en casi todo el mundo -y a pesar de que ilegalmente aún existe- es común encontrar documentos que atestiguan que en épocas y lugares diferentes muchos esclavos podían mejorar sus condiciones de vida a lo largo de su injusta condena e incluso otros muchos podían llegar a  liberarse concediéndoles los amos la manumisión. Cualquiera de estos dos hechos son del todo inconcebibles en la esclavitud sistemática hacia los animales, cuyas escasas mejoras que se les conceden se limitan al ensanchamiento ridículo de las jaulas de cautiverio y que se suele hacer por cuestiones de falsa humanidad y lavado de conciencia hacia los consumidores.

Aunque la práctica esclavista hacia los humanos fue durante muchos siglos una práctica legal, justificada e incluso valorada por las clases sociales pudientes, la que sufren los animales no solo es legal, sino que se ha convertido en una poderosa industria que contribuye directamente a perpetuar el sistema económico de rapiña actual y que cuenta además con el beneplácito de millones de consumidores, incluso de aquellos que supuestamente dicen estar en contra de dicho sistema. Así, las grandes empresas del sector cárnico como KFC, McDonalds o Burger King son los principales estandartes de la esclavitud, disfrazada a menudo por pseudocampañas publicitarias que buscan el consuelo de los consumidores, pero que ingenuamente demuestran que “si tanto disfrazan es que algo malo esconden”. Además de prácticas esclavistas contra los animales, estas multinacionales son denunciadas -quizás no suficientemente- por sus siniestros atentados contra el medioambiente y contra la salud de los propios consumidores a los que incita.

Algunas personas han propuesto que, ya que el problema principal es la forma en que tratamos a los animales, la solución estriba en abolir las prácticas esclavistas, sin abolir su encierro, pero la pregunta sería: ya que la base del sustento de la industria cárnica, lechera y de los huevos se halla en el máximo rendimiento mediante el engorde del animal para alimentar a la inmensa mayoría de la población mundial, ¿cómo podría hacerse esto sin tener que aplicar a los animales prácticas esclavistas? Sencillamente no se puede ya que los animales siguen siendo recursos. Es decir, la única forma que se podría llegar a esto es en el caso de que se diera un drástico descenso del consumo de carne en todo el mundo, algo que acabaría rápidamente con la industria cárnica y lógicamente con la cantidad de animales usados para alimento. En este caso, ¿qué sentido tendría seguir criando a unos pocos animales para alimentar a unas pocas bocas?

Con todo, debemos aclarar por otra parte que la esclavitud hacia los animales, que sin duda se refiere a la forma en que son tratados, dejando a un lado la cuestión de si deben ser tratados, no debe de ser óbice para el cuestionamiento principal de si tenemos derecho a usarlos como recursos, algo que irremisiblemente ha evolucionado de la domesticidad más primaria a las deleznables prácticas esclavistas de hoy, y a los hechos nos remitimos. Aún en el todavía lejano caso de que se abolieran las prácticas esclavistas porque ha descendido el consumo de carne, seguiríamos preguntándonos ¿por qué seguir alimentándonos de carne o productos derivados de los animales sabiendo que no es necesario hacerlo? o ¿por qué no liberar de forma definitiva a los animales domesticados y darles la oportunidad de una vuelta a la naturaleza que en su día se les arrebató? Al fin y al cabo, el acto de la domesticidad que luego derivó en esclavitud es un acto de invasión, dominación, engaño, selección, violencia y degradación.

No puede haber un mundo futuro humano diferente que continúe perpetrando la violencia y la esclavitud hacia millones de animales, y si lo hay, forzosamente seguirá siendo falso e indigno. La liberación animal en todos sus sentidos y su posterior protección para su vuelta a la naturaleza es sin duda un paso más que debe darse hacia la transformación social de la humanidad y su posible integración en el medio natural.


18 de julio de 2014

Objeción tecnológica

En la certeza de que la mayoría de los que lean el título y el sentido de esta cuestión se sorprenderán o la tomarán de absurda, hay una razón a favor de objetar el progreso tecnológico difícilmente de refutar: el avance tecnológico, que tiene la facultad de incrementar su velocidad a pasos imprevisibles, supone un gasto inmensamente desproporcionado de los recursos naturales con las gravísimas consecuencias que poca gente es capaz de ver, incluso del sector ecologista, que vela por la protección de la Naturaleza. Estas fatídicas consecuencias son todavía mayores si añadimos otra máxima: la tecnología no sólo avanza en velocidad temporal, sino también espacial, al formar parte del engranaje productivista y capitalista creciente, quiere llegar a cuantas más personas en el mundo pueda, mediante las campañas de marketing y del culto por la innovación.

El sentido de esta objeción es por tanto el de cuestionar directamente el avance tecnológico sobre todo como esquilmación de los recursos y destrucción de hábitats, pero también como un rechazo a la idea dogmática del progreso y todas sus formas.  Aun a sabiendas de que son pocos los que puedan imaginarse un mundo sin teléfonos móviles, sin ordenadores ni tablets, sin coches, gepeeses ni aviones, sin televisores de plasmas y con miles de canales, sin cine ni efectos especiales, sin consolas ni videojuegos, y sin los “prometedores” y desconocidos nuevos avances propios aún de la ciencia ficción como las viajes espaciales, los robots perfeccionados, la inteligencia artificial, la biotecnología o los microchips, y que representan una seria amenaza de evolucionar hacia un mundo totalmente artificializado que llaman transhumanismo y en el que se justifica el poder de las máquinas sobre todo lo demás, se hace necesario alzar  voces que cuestionen esta tendencia y clamen por una vuelta a la naturalidad primaria más humana a pesar del pánico que se le suele tener a la palabra “retroceso”.

Es importante añadir también que el progreso tecnológico es la culminación del desarrollo histórico de la máquina y de sus mitos, y de todo el aparato industrial que explosionó en el siglo XIX, por lo que no se puede rechazar la tecnología sin hacerlo con su precedente, al menos hasta una tecnología eminentemente simple, si es que se puede hablar de que exista dicho término.

De igual forma se cuestiona cualquier adelanto científico por el hecho innegable de que tales adelantos precisan en la actualidad de los más sofisticados adelantos tecnológicos, es decir, la ciencia de hoy contribuye directamente al avance de la tecnología. En este punto se objetará sin embargo que el avance de la medicina -por poner un ejemplo- ha sido posible gracias a los avances científicos y tecnológicos, pero, ¿a qué precio? Y realmente... ¿se ha mejorado la salud de las personas? Se ha aumentado la esperanza de vida pero ¿de qué sirve vivir más años en un mundo masificado que reprime sus valores más humanos? Los avances científicos (tecnológicos) como el de la medicina no han sido más que adaptaciones a un mundo en continuo crecimiento poblacional y desenfreno consumista.

Por otra parte, jamás en la historia, tras un avance tecnológico, no solo se tuvo en cuenta el gasto de recursos ambientales ni las consecuencias de exterminio de individuos, tampoco se tuvo en cuenta la pérdida de vidas humanas y el coste que supondría, porque éstas se reducían a una “mera estadística” que no podía hacer parar la máquina iniciada del progreso. Así, era más importante que millones de personas pudieran desplazarse de un lado para otro en ciudades cada vez más grandes que el hecho de que unas cuantas pudieran morir en el intento (¿daños colaterales?). O visto de otra forma, era mucho más importante que las empresas del sector se enriquecieran cada vez más a costa de la muerte y el sufrimiento de unos pocos. Y a pesar de que se cuenten por millones las víctimas por accidentes de tráfico en apenas un siglo en todo el mundo, siguen siendo estadísticas permisibles que no pueden hacer parar la máquina del progreso. Lo mismo se puede aplicar para los accidentes laborales producidos por máquinas, muchos más antiguos que los de tráfico. Si el ser humano ni siquiera se ha preocupado por el devenir de parte de su especie, ¿cómo esperar que se preocupara por otras formas de vida no humanas y por el legado natural?

He aquí una de las trampas de la tecnología que nadie ha querido ver: la tecnología sólo se interesa por el progreso, especialmente el referente al progreso económico. Mientras se vendía y extendía la falsa idea de que las máquinas traerían innovación, comodidad, seguridad, lo único que realmente importaba era la eficacia y el rendimiento, adaptándose a un mundo cambiante, cuya población creciente y exigente demandaba mayores medios tecnológicos que satisfacieran sus cada vez mayores necesidades impulsadas por la propia idea del progreso.

Es sin duda el dogma por todo lo artificial y el progreso un rasgo distintivo y peligroso de la arrogancia humana que se ve en el derecho incuestionable de utilizar su carácter racional para continuar justificando la dominación sobre todas las formas de vida del planeta y próximamente de la conquista de otros posibles planetas con vida, demostrando con esto una total falta de respeto hacia las especies y millones de individuos que pueblan el mismo planeta que quiere dominar.

Por tanto, la objeción tecnológica es una cuestión necesaria y urgente que rompe con todos los cánones establecidos por la fuerza y una serie de circunstancias históricas desfavorables. Es además un rechazo al culto del progreso, de la artificialidad por encima de todas las cosas, de la esquilmación descontrolada de los recursos, de la dominación humana y de la colonización futura de nuevos mundos.

Para completar esta objeción expondremos a continuación algunos ejemplos de aparatos tecnológicos con evidentes poderes de atracción y control social para llevarla a cabo de forma individual, sólo aptos de momento para mentes que empiezan a cuestionar todo lo establecido:

-Televisión: si la tienes, enciéndela lo menos posible. La televisión crea un poder de atracción muy persuasivo en las personas, no te dejes vencer, pero si a menudo te vence, la mejor de las acciones es cortar de raíz, deshaciéndote de ella, tirándola, nunca vendiéndola.

-Ordenadores. Si lo utilizas en el trabajo no te queda más remedio, pero siempre se puede buscar otro trabajo en el que no tengas que usarlo. En casa, úsalo lo menos posible. Limita el Internet, pues es una fuente de comunicación sobrevalorada, hay otras formas más tradicionales de comunicarse. Recuperémoslas.

-Teléfono móvil. La dependencia que se tiene hoy en día con el móvil es inconmensurable, y aunque es muy difícil librarse de ella, no es imposible. Si no puedes vivir sin él, al menos puedes reducir su uso. Una ayuda es tratar de acordarse de cuando no teníamos móviles, y usar más el teléfono fijo. Ponte límites tecnológicos.

-Consolas. Peligroso invento creado con un solo uso, el de la adicción de la diversión, dirigido además al público más persuasible, el infantil y adolescente, aunque según estudios se está extendiendo también al público adulto. Ya que suele ser un consumo que lo realizan más los padres que los niños, el consejo sería: tratar de educar a tu hijo en la diversión tradicional, la diversión en la calle; al mismo tiempo, tratar de prevenirle de la adicción a los videojuegos.

-Coches. A pesar de que pueda tener un uso práctico porque nos lleva a los sitios, no deja de ser un símbolo ligado a la urbanidad y la sociedad de masas, un invento inmerso en la trampa tecnológica, que se ha adaptado perfectamente a la modernidad, que ha contribuido a la formación de status, de la privacidad y a la ideología enfermiza del consumo. Su uso debe ser por tanto igualmente cuestionado: a nivel personal puedes reducirlo al máximo, limitar tus desplazamientos, usar más la bicicleta o invertir más tiempo en el saludable ejercicio de caminar a pie.

-Aviones. Vendido como el medio de transporte más seguro, el avión, pocas veces se dice que es uno de los más destructivos medioambientalmente hablando, al igual que los trenes de alta velocidad. La inmensa mayoría de los vuelos transnacionales justifican el turismo invasivo y por tanto el consumo. Cuantos más aviones coges, más contribuyes a la destrucción medioambiental. Limita al máximo el número de vuelos que tienes que tomar, piensa si son realmente necesarios, pregúntate si de verdad necesitas viajar a sitios tan lejanos solo para satisfacer tu curiosidad e infórmate antes de las repercusiones que tiene la industria aeronáutica de masas. Si es preciso, abstente de coger aviones o trenes de alta velocidad.

Por último, debemos decir que no es suficiente practicar la objeción tecnológica sin otra clase de objeciones igual de necesarias para una posible futura transformación social y reintegración humana en el equilibrio natural.

29 de junio de 2014

La dependencia de lo material

La sociedad moderna occidental ha desechado el cultivo espiritual hasta el punto de sustituirlo totalmente por el afán de lo material. Así, mientras el consumo ejerce un poder irrefrenable en la psique de los individuos cuyo resultante es una nueva ideología, la atracción por todo lo material viene a completar y moldear el comportamiento y los valores de dichos individuos. Al anteponer todo lo que representa los objetos físicos al desarrollo del espíritu, éstos han ido acumulando a lo largo de la historia tal importancia que añadido al sentido de la propiedad han ejercido un poder sublime sin rastro de comparación alguna.

Como decimos, en la historia, la sustitución gradual de la consideración de lo material por la espiritual ha evolucionado como siempre y hartos de ser reiterativos, con el culto al progreso y la tecnología propias de cada época. Todos y cada uno de los acontecimientos históricos desde la esclavitud hasta las conquistas por parte de los grandes imperios precisaron de un alto poder de invención y despliegue de objetos de todo tipo, que fueron evolucionando hasta la culminación de las máquinas modernas y el sistema productivista. Así, mientras sociedades enteras se afanaban en formar y mejorar sus medios, el cultivo de la psique, a lo que llamamos desarrollo espiritual, ha sufrido en detrimento una drástica involución.

Todo viene de la oposición entre materia y espíritu o el equivalente de cuerpo y alma, y de lo que numerosos filósofos han teorizado a lo largo de la historia. Sobre la teoría no vamos a discutir aquí, pues esto no es un tratado filosófico, pero sí que daremos argumentos para tratar de justificar que dicha oposición existe en la práctica como una seria amenaza de la degradación humana. No obstante, debemos empezar diciendo que dicha oposición no puede darse ni se da en los humanos más primitivos ya que todo espíritu -centrándonos esta vez exclusivamente en los animales humanos y considerando que los animales también poseen espíritu- necesita un mínimo de materia para sobrevivir y que debe proveerse del medio, llámese alimento, agua, abrigo o techo. Es decir, el espíritu no puede desarrollarse sin la cobertura mínima de esta materia, por lo que en este estadio primario la relación entre la materia y el espíritu es complementaria. Es con el paso gradual primero y explosivo después de una economía basada en la subsistencia hacia una economía productivista cuando aparece sin preámbulos e irremediablemente la oposición definitiva entre materia y espíritu.

El problema aparece cuando el ser humano evoluciona del largo tiempo de la supervivencia para entrar con fuerza en el período de la economía productivista, la abundancia o el abastecimiento controlado de los recursos. También influye de forma significativa el definitivo paso hacia el sedentarismo, por lo que el almacenaje de materia prima, herramientas y objetos fabricados es posible, ya que no hay que transportarlos. Así, el nuevo ser humano descubre poco a poco que se puede vivir perfectamente con algo más que la materia mínima necesaria, sin preguntarse dónde se hallaría el límite, algo que en pocas ocasiones se ha preguntado. Las necesidades mínimas van perdiendo su importancia dando paso a miles de nuevos deseos que con el tiempo se convierten en necesidades.

En aquel momento se vivía al día y todo era descubrir e inventar, por lo que es difícil pensar que aquellos seres humanos tuvieran la opción de plantearse las consecuencias de la acumulación ilimitada de materia, que por otra parte obedecía a una serie de circunstancias incipientes como el aumento de la población o la especialización en el trabajo. Tampoco podía llegar a imaginarse nadie el nivel de dependencia que ha alcanzado en la era moderna la acumulación material y más concretamente de objetos tecnológicos que nos sumergen en una forma extraña y aparentemente inocua de atracción virtual. Esta dependencia se ve reforzada por la continua incitación de la publicidad a incrementar el consumo. Por desgracia, pocos pudieron a su vez  preguntarse sobre la involución que sufriría el cultivo del espíritu al dedicar tanto empeño, trabajo y tiempo a la incipiente fabricación de materia prima en objetos.

Pero cualquiera podría cuestionar al respecto qué hay de malo en rodearse de cosas materiales e incluso qué significa exactamente eso de cultivar el espíritu y si realmente hay oposición con lo material. Para la primera cuestión debemos ser obligatoriamente objetivos, pues si no, es imposible cerciorarse del problema: si bien para una población rural de hace siglos el gasto de materia prima no era significativo, la acumulación de objetos diversos para abastecer a una población que se cuenta ya en miles de millones de individuos en todo el mundo supone un enorme gasto de materia prima natural, o lo que es lo mismo, la esquilmación extrema de los recursos naturales, su agotamiento y además, la modificación irrecuperable de los ecosistemas con el exterminio de miles de especies vitales para el buen funcionamiento de dicho ecosistema. Esto nos lleva a la conclusión de que la dependencia de lo material del mundo postmoderno es definitivamente incompatible con el equilibrio natural.

La segunda cuestión, concerniente al cultivo del espíritu, es algo complicada de definir, pero lo que sí haremos es delimitar el marco en el que el cultivo del espíritu debe desarrollarse. Como bien nos han enseñado a lo largo de los tiempos algunas de las culturas orientales, únicamente la renuncia a la tentación material puede llevarnos a un estado de paz con nuestra conciencia en nuestra relación con lo que nos rodea, por dos razones eminentemente contextuales: la primera es efectivamente la de no caer en el vicio de la tentación y la dependencia, la segunda es la de llegar a la certeza de que la acumulación y a su vez la incitación por lo material supone en la práctica social un descomunal gasto de recursos, la trágica destrucción de hábitats y formas de vida, y un desproporcionado incremento de la violencia, lo que nos lleva a elegir la renuncia de lo material como uno de los caminos imprescindibles para una futura integración del ser humano en el medio. Por supuesto, hay que añadir que no es la renuncia a lo material el único camino: quizás la continencia reproductiva podría evitar un aumento descontrolado de la población, por poner tan solo un ejemplo, aunque esta sería otra cuestión digna de argumentar de forma más exhaustiva.

En cuanto a si existe una relación inversa entre acumulación de material y descuido de lo espiritual, nos lo suelen demostrar muchas de estas sociedades orientales en épocas más pasadas que actuales -ya que el apego por lo material también tiene la característica aciaga del contagio cultural-. Como decimos, algunas culturas y pueblos orientales han practicado desde hace milenios la renuncia de lo material en detrimento del cultivo espiritual, haciéndonos ver que el desarrollo de lo primero repercute clarísimamente en el desarrollo de lo segundo hasta el punto de que la dependencia de lo material impide de forma definitiva el cultivo del espíritu. Si bien se admite que la vida no es posible sin el consumo de materia mínima necesaria, se admite a la vez que la integración respetuosa de la vida humana en el medio sólo es posible con la continencia o renuncia de los deseos y necesidades subsiguientes.

En la desenfrenada sociedad occidental, el materialismo imperante contribuyó en primer término a la justificación de la propiedad de la tierra, de las viviendas, de los medios de producción y de prácticamente todo. En segundo lugar, supuso un camino fácil hacia la creación de clases sociales y del status, justificando el dicho de “tanto tienes, tanto vales”,  y por último, ha culminado en una aportación insidiosa al culto a la felicidad y el placer, degradando a las personas y convirtiéndolas en máquinas consumistas. Así, el humano occidental se ha rodeado de miles de objetos superfluos de lujo y ha antepuesto su tenencia y conservación a cualquier otro valor humano.

En la actualidad se da ahora una aproximación creciente y a la vez engañosa sobre la espiritualidad y su relación evidente con las culturas orientales. Si bien éstas, como hemos dicho, han dado muestras de un mayor conocimiento del funcionamiento de la mente humana mediante el desapego y las técnicas del desarrollo y control del interior de la mente, no resulta del todo extrapolable dichas técnicas a la cultura occidental debido a la gran cantidad de diferencias esenciales históricas y religiosas entre una cultura y otra. En realidad, no es absolutamente necesario recurrir a ellas para darse cuenta de las consecuencias entre la oposición de materia y espíritu, pues la renuncia de la dependencia material es un ejercicio que deriva de la lógica contextual y de una perspectiva de lo que nos rodea únicamente objetiva.

Al margen de las enseñanzas orientales sobre el cultivo del espíritu, éste debe ser tenido en cuenta más para lo que sirve en su práctica que por la probable ambigüedad de su significado: el cultivo del espíritu tiende a reducir las necesidades físicas anulando por tanto la tentación de la acumulación material, de la idea de propiedad y del consumo frenético; a su vez, el cultivo del espíritu nos ayuda a ver la relación entre la renuncia material y la compatibilidad de la especie humana con el medio natural; en definitiva, el cultivo del espíritu, libre de todo afán material, es por fuerza un propulsor vital en nuestra relación con el medio, basado en el respeto de todas las formas de vida y en la certeza de que la continencia, la moderación y la renuncia son la base de la integración humana en el equilibrio natural.

12 de junio de 2014

De vueltas con el fútbol (2ª parte). Fenómeno de masas

En la primera parte de esta nueva crítica comparábamos al fútbol con los efectos de las religiones en la historia, hasta el punto que lo hemos considerado como una nueva forma de religión moderna. Ahora es el momento de poner las cosas en su sitio en forma de advertencia: el fútbol no es sólo una religión moderna, tampoco es sólo un gran negocio como pocos formado por miles de empresas que genera y mueve legal e ilegalmente millones de euros en todo el mundo, contribuyendo sobradamente a la perpetuación de un sistema económico corrupto en su esencia. El fútbol es algo más peligroso que eso, es la degradación de todo lo humano, porque es una de las muchas formas de fenómeno de masa que solamente puede darse como tal en las sociedades de masas.

Como acabamos de anticipar, el fútbol es un fenómeno inherente a las sociedades de masas, y esto quiere decir que se ha desarrollado con la formación y evolución de las mismas; aun así, hay que dejar claro que el fenómeno en sí es una consecuencia directa de la sociedad de masas, que sólo puede darse cuando ésta se forma y no al revés.

Como fenómeno de masa dirigida, el fútbol consigue reunir a millones de personas en lugares y momentos concretos pendientes de la televisión y no solo eso, consigue que incluso fuera del horario habitual de los partidos, millones de personas continúen pendientes del fútbol. Es más, la pasión que desata este fenómeno social es tan desmedida que consigue que muchas de estas personas queden atrapadas por él y no sean capaces de analizarlo objetivamente. Esto significa que incluso antes y después de cada partido, millones de personas hablan de fútbol a todas horas, desviando al mismo tiempo la atención de otros asuntos, a buen seguro, más importantes que una competición deportiva. Y no solo nos referimos a asuntos políticos o sociales, asuntos que normalmente son importantes porque suelen afectar directamente a la vida de las personas, sino a otros asuntos igual de importantes pero ocultos como la destrucción medioambiental o el holocausto de millones de animales, motivado en gran parte por los fenómenos de masa. De hecho, queda sobradamente demostrado que todo fenómeno de masa se suele formar por la expresión de la barbarie, la irracionalidad, el exclusivismo hedonista o el culto por el progreso, entre otros factores, sin que tengan que reunir todos a la vez.

Como fenómeno de masa, el fútbol crea el aborregamiento de las personas, que sería el equivalente culto de afirmar que crea su alienación, es decir, su potencial estriba en la dirección de las masas por parte del poder como si fueran rebaños de ovejas fácilmente de guiar hacia su propio interés, distrayéndolas de cualquier asunto crucial, privando cualquier atisbo revolucionario o de simple cuestionamiento  de lo establecido, y lo que es fundamental, alinear adeptos y fieles que no se den cuenta nunca de que apoyar el fútbol es apoyar el poder.

Aunque no se debe limitar el fenómeno de masa como algo exclusivo de la era moderna, ya que se puede hablar con rigor de que religiones tan antiguas como el cristianismo o el islam ya fueron auténticos fenómenos de masa intencionadamente dirigidos, sí que se puede hablar como algo que se extiende de forma homogénea en la época postmoderna o era industrial, en donde la masificación en ciudades es un signo evidente y propiciatorio. Es además cuando se consolida definitivamente la sociedad de masas mediante un evidente proceso repetido de factores en tiempos muy próximos y en las zonas más opulentas del planeta: desruralización, urbanismo a gran escala, concentración con ritmo ascendente de personas desconocidas en espacios pequeños (masificación), creación y extensión de estados burocratizados, progreso industrial y tecnológico, sistema de competitividad y sistema de productividad y consumo. El fútbol las cumple sin omisión alguna, y a pesar de que se diga que es un deporte, antes que deporte es consumismo frenético, gran negocio, capitalismo, antiecologismo y fenómeno de masas.

El fútbol es una forma evidente de consumismo ya sea viéndolo en directo o en la televisión, medios idóneos para insertar miles de anuncios que incitan a los espectadores a más consumo. Además, el fútbol se nutre de la promoción de miles de artículos que mediante estrategias publicitarias engañosas aprovechan las grandes competiciones para bombardear no sólo a los adeptos, sino incluso a quienes no les interesa lo más mínimo. Por supuesto, cualquier estrategia publicitaria es dirigida a todo el mundo, porque todo el mundo es susceptible de caer en sus garras y el fútbol es un medio con un potencial inmenso.  

El fútbol fomenta el sentido de la competitividad que es a su vez el sentido básico del sistema económico imperante, y esto no puede ser casual. Aunque a priori son equipos y selecciones de países los que compiten entre sí, a menudo, dichos equipos representan auténticos grupos empresariales que además operan en otros sectores económicos. Se podrá decir que todos los deportes tienen en común la competición y así es, pero ¿por qué la competitividad ha llegado a ser en casi todos ellos lo prioritario? El fenómeno de masa lo puede explicar a la perfección, porque sin competitividad no habría rivalidad entre clubes, ni pasiones desatadas, ni fanatismo, ni euforia colectiva, ni patriotismo. Es por tanto el fenómeno de masa el que pide y justifica el sentido de la competitividad olvidando el sentido del deporte por su pura esencia de simple movimiento para el bienestar de la salud física y psíquica.

El fútbol fomenta valores tan retrógrados como la barbarie, la violencia, la euforia colectiva, el sentido de la gloria, de la supremacía y la rivalidad, el poder, el desahogo, el mal menor y el orgullo local y nacional, pero por otra parte contribuye sin duda y gracias al sistema productivista-consumista al culto del progreso. Esto, que podría presentarse como una incuestionable paradoja, explica sin embargo cómo los fenómenos de masa contribuyen de forma definitiva a perpetuar la idea del progreso, precisamente porque las masas pueden expresar la irracionalidad por un lado y las ansias de consumo por el otro, pueden expresar su lado más visceral al mismo tiempo que exigen innovación. Esta dicotomía, que en esencia presenta sentimientos opuestos, es sin embargo una de las características propias de la modernidad, la mezcla repetida de sentimientos de tradición con los de progreso y no tiene porqué anular de modo alguno el culto por el progreso que se viene dando desde hace miles de años.  

Esto no quiere decir que el fútbol forme parte de la naturaleza humana por la cantidad de valores retrógrados que fomenta, como parece que quiso decir alguien en uno de los comentarios que se hicieron defendiendo este fenómeno. De hecho, es muy difícil hablar a estas alturas de que pueda existir una naturaleza humana concreta, debido a la cantidad de desviaciones evolutivas culturales que gracias a más por las circunstancias que por la voluntad se han dado en la historia de la humanidad. Y en caso de existir es más factible encontrarla en estados primarios de evolución ausentes prácticamente de cultura que no en estados modernos, en donde el ser humano se empeña constantemente en alejarse de la naturaleza creando mundos virtuales que extrañan cada vez más su esencia más natural. Al caso quiero añadir que en este blog se distingue claramente lo que puede definirse como naturaleza humana -aquí no lo haremos por la propia duda de su existencia, salvo en el estado más primario- y la naturaleza de las diferentes especies animales que apenas han sido influenciadas por circunstancias tan especiales como las de la especie humana.

Por supuesto, el fútbol no es el único fenómeno de masa moderno ya que existen otros como la el consumismo en general, la televisión, la tecnología, la moda, el tráfico rodado, el turismo, otros deportes o incluso la religión tradicional, que aunque es un fenómeno muchísimo más antiguo no deja de conservar y mover a millones de fieles en todo el mundo. Con todo, y a pesar de lo cuál, estamos en situación de afirmar que el fútbol es uno de los fenómenos de masa más extendido y que afecta a un mayor número de países en el mundo, pero además es uno de los fenómenos de masa más dañino que afecta gravemente la transformación de una nueva sociedad humana que pueda integrarse en el medio natural y que esté fundada en su respeto absoluto, cuestionando la idea del progreso en todas sus formas. Dicha sociedad, aunque resulte obvio decirlo, debe tender a cuestionar y eliminar la formación de sociedades de masas y de los fenómenos que las sostienen como aspecto de incompatibilidad con el equilibrio natural y como contribución drástica de la degradación humana.

a.

1 de junio de 2014

De vueltas con el fútbol (1ª parte). Una forma moderna de religión

En una de las primeras entradas que publicaba en este blog hacía una breve introducción de   por qué se puede hablar con todo rigor de que el fútbol es el “nuevo opio del pueblo”. Dos años después he comprobado que de todas las entradas que he publicado, ésta ha sido la más visitada con casi mil visitas y numerosos comentarios, de los que la muchos de ellos estaban en claro desacuerdo. Es por este hecho por lo que he creído oportuno volver a sacar el tema con el objetivo de demostrar por qué se puede hablar una vez más y con más argumentos si cabe de que el fútbol es hoy en día el opio del pueblo o lo que es casi lo mismo, una nueva forma de religión.

¿Y por qué se puede equiparar esta frase a la formulada por Carlos Marx allá por el siglo XIX refiriéndose a la religión? Sencillamente porque el fútbol crea los mismos efectos que la ésta, además de otros. El fútbol, al igual que la religión, tiene millones de adeptos que adoran con cánticos y gritos a sus equipos, tiene millones de fanáticos que adoran con la máxima pasión a dichos equipos, y que humillan y desprecian a quienes no piensen como ellos.

Al igual que la religión tiene sus dioses, el fútbol también, aunque eso sí, de carne y hueso: los jugadores, que son tomados como ídolos, modelos a imitar desde la infancia. Al igual que la religión tiene curas y obispos, el fútbol tiene emisarios, representantes que se dedican a formular toda una serie de teorizaciones que justifiquen al populacho la necesidad que tienen de fútbol y al igual que lo hacía la aristocracia más opulenta de la edad dorada de la iglesia católica, por citar un ejemplo de religión, estos emisarios se llenan los bolsillos a costa de los socios y de toda la publicidad que rodea al fútbol, que no es poca.

El fútbol, al igual que las religiones tienen las iglesias, las mezquitas o demás centros de culto, tiene también lugares inmensos donde reunir a los adeptos y fanáticos, los estadios de fútbol, las ciudades deportivas, salas de socios y medios de comunicación, y aunque en principio no sean para eso, multitud de bares se han creado para reunir a los adeptos durante los partidos, ofreciendo televisores gigantes en donde se pueden ver los partidos y donde los adeptos pueden desahogarse tranquilamente.

Al igual que casi todas las religiones tienen sus celebraciones periódicas como días de culto especial en donde millones de fieles exaltaban y exaltan a seres fantásticos como la Virgen o reales como el Papa, el fútbol celebra asimismo cada cuatro años como mínimo los mundiales en los que se enfrentan los países de todo el mundo y que también sirve como una forma de exaltación de la patria, además de otras celebraciones continentales entre clubes de diferentes países en los que se exaltan a los propios clubes o jugadores y en donde el conjunto de símbolos es exhibido como signo de culto. Si bien es cierto que el fútbol es una celebración cuya esencia es la competición entre diferentes equipos, la esencia de la religión es otra cosa muy distinta. Pero aquí lo que estamos analizando son los efectos que comparten como fenómenos de masas dirigidos y controlados.

El último ejemplo de semejanza es de tipo social: la religión desacreditaba y señalaba a aquel que osara rebelarse contra ella y en los casos más extremos, que eran muchos, acusaban de herejes a quienes se rebelaran, los torturaban o los quemaban en la hoguera. Ciertamente en la edad moderna la nueva forma de religión del fútbol no quema a las personas en ninguna hoguera pero los fanáticos desprecian y humillan a quienes se deciden valientemente a criticar con razones la lacra del fútbol. Y para demostrar esto, me remitiré a dos de los comentarios más rabiosos que me llegaron tras el artículo “fútbol: el nuevo opio del pueblo” y que define muy bien a dónde quiero llegar. No deja de ser casual que cuando haces críticas al gobierno o a los bancos o incluso a otro fenómeno de culto moderno como es el progreso o la tecnología pocos o nadie te responde o bien porque están de acuerdo o porque no les importa tanto, pero cuando pones al mismo nivel la religión del fútbol son numerosas las voces que salen en su defensa, eso sí, solo mediante insultos, acusaciones hacia la persona que critica, sin argumentos, sacando de dentro la rabia y el fanatismo, lanzando pobres palabras necias inconscientes de que el fútbol no es más que un obstáculo hacia la transformación social. 

Caer en la demagogia es extremadamente fácil, pero aún así es no excusa si quieres manifestar una opinión mediante argumentos. Hablas como si de no haber forofismo y fanatismo futbolístico las desigualdades sociales, las hambrunas, las guerras y todo tipo de lacras que campan en este planeta cobrarían importancia capital en la sociedad. La culpa de esto no es el fútbol, es del ser humano y su sociedad, que no tomará en importancia algo que no le afecte directamente, y menos si es a miles de kilómetros. El fútbol no es más que una afición exagerada que posiblemente sea más tomada en cuenta de lo que se debe, pero culparle a él del aborregamiento social no es correcto.

Palabras sin sentido y pobres que demuestran no haber entendido nada de lo que se quería expresar en el artículo. Y aunque al primero ya respondí en su momento, vuelvo a aclararlo ahora: nadie culpa al fútbol de los males de la sociedad, porque el fútbol ya es un mal en sí mismo: como he dicho antes, el fútbol impide la transformación de la sociedad porque tiene la capacidad omnipotente de absorber a las masas, de sumirlas en el fanatismo y la ignorancia, de desviar lo trascendental que representa el respeto por la naturaleza y las formas de vida, de no darnos cuenta del desastre del progreso y de la arrogancia humana. Para corregir la frase final del comentario, habría que decir lo siguiente: el fútbol, mal que les pese a los adeptos, contribuye directamente al aborregamiento social.


El texto es demagogia pura y dura.

Igual se puede hablar de los adeptos intelectuales, cada vez más numerosos, que abogan por borrar de la especie humana cualquier atisbo de su esencia, de su naturaleza.

Alguno debería existir sin cuerpo ni alma, su existencia impresa en un circuito o chip que lo hiciera eterno, seguro que sería más feliz que entre tanto "animal y borrego" como nos llaman estos "seres superiores al resto".


El siguiente comentario demuestra una mayor dosis de rabia que el anterior. Las primeras palabras son una copia: aludir a la demagogia es un patético recurso utilizado cuando nada se tiene que decir. Pero la cosa tiene su miga: en este comentario se trata inútilmente de darle la vuelta a la tortilla, diciendo que los “adeptos intelectuales” pretenden borrar la naturaleza humana, pero no aclara a qué se refiere con esto. ¿Cuál es la naturaleza humana? ¿Acaso está sugiriendo que el fútbol forma parte de dicha naturaleza? En el siguiente párrafo, tan escueto como absurdo, es en donde viene la acusación -sin argumentos, claro está- recurriendo al sarcasmo: es la ignorancia la que lleva a sentirse ofendido cuando se hacen críticas comparativas. Si el fútbol es una forma de aborregar a las masas es porque lo es, pero bien dignas que son las ovejas que siguen a un indigno pastor que las amansó, lo mismo se puede decir de los engañados futboleros que no hacen más que seguir a quienes los dirigen en su beneficio, los gobiernos y las empresas de los que, para más inri, luego se quejan. La diferencia es que las pobres ovejas jamás alzarán su voz contra la opresión a las que son sometidas, pero los humanos encima patalean y defienden a quienes los oprimen. El colmo de todos los colmos.

Al margen de estos comentarios que bien podrían generalizarse, citaré como ejemplo dos de las defensas más lamentables que se escuchan por parte de los adeptos. La primera es aquella que dice que “el fútbol une a las personas” (se sobreentiende “une en la amistad”) y que no deja de ser una gran mentira. Esto bien merece una nueva aclaración: entendiendo que el que ha difundido esta majadería no especifica nunca dónde se unen las personas, iremos desgranándola por partes:

Si se afirma que se hacen amigos en los estadios, resulta del todo imposible que miles de personas desconocidas puedan hacer amigos en un lugar en donde solo se va a gritar y despotricar.

Si se afirma que se hacen amigos en las casas en donde se queda para ver los partidos, normalmente con quienes se quedan en estos lugares íntimos es con amigos previos o con familiares, luego no se suelen hacer nuevos amigos.

Si se afirma que se hacen amigos en los bares, hay que reconocer que quizás sea este el lugar más propicio para ello, y posiblemente se harán, pero en el fondo no dejarán de ser casos puntuales y anecdóticos.

Por tanto, podríamos concluir que el fútbol como mucho podrá unir en el fanatismo y en el borreguismo, pero no en una verdadera relación de amistad. Y si hay casos que de verdad se dan, habríamos dado un paso atrás ya que precisamente es lo que quieren los directores de orquesta, que la gente se una por cosas tan nimias como el fútbol y para el fútbol. Esto demuestra quién es el autor de la difusión de esta dichosa frase. A buen entendedor...

Aludir a este recurso tan pobre para defender lo “bueno y maravilloso” que es el fútbol es obviar la realidad, recurrir a lo inrecurrible y encima mentir con alevosía.

La siguiente defensa es mucho más sutil, pero igual de lamentable: se ha difundido la idea de que a quienes no les gusta el fútbol es porque no lo entienden, como queriendo decir que este deporte es una ciencia o un arte, solo apto para quienes se apasionan con él. En primer lugar,  la práctica del fútbol no es más básica y sencilla que cualquier otro deporte de equipo o de pelota y cualquiera puede entenderlo si se lo propone. Pero en segundo lugar, este recurso solo demuestra la arrogancia de quienes lo utilizan porque sirve para darle más importancia de la que realmente tiene, con la intención añadida de despejar cualquier duda al respecto, puesto que no entender de algo no tiene por qué equivaler a no gustarte ese algo. De hecho, a la mayoría de las personas que no les interesa el fútbol no tienen necesidad alguna de entenderlo, ni quieren. Mucho menos a quienes analizan con rigor lo que de verdad representa. En el fútbol, el juego es lo trivial, el poder que ejerce en las personas es lo sustancial. O como dijo Borges: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”.




 

19 de mayo de 2014

El deber de juzgar

Cuando una persona se plantea realizar cambios importantes en sus hábitos de vida, tales como sustituir la bicicleta por el coche o dejar de comer carne, previamente ha hecho un ejercicio necesario de autojuicio. En este caso, el juicio que se ha producido viene motivado al sujeto por la certeza de que muchos de nuestros actos, si no todos, acarrean consecuencias a terceros. Sin este ejercicio, los cambios no se pueden producir. El juicio a uno mismo, que llamaremos autojuicio, es algo que les ocurre a muchas personas individuales en la vida real, pero quizás no suficientes para que sea el conjunto de la sociedad el que aborde cambios significativos. De hecho, la sociedad no está preparada para cambiar precisamente por una excesiva represión de capacidad de juicio, no solo hacia los demás, sino hacia uno mismo.

A menudo se nos recuerda y extrapola aquella bíblica frase de “no juzguéis si no queréis ser juzgados”, como dándonos a entender que ser juzgado es algo malo. Sin embargo, la vida real está llena de ejercicios de juicio: juzgamos a políticos por mentirnos y a banqueros por robarnos; las campañas antitabaco nos recuerdan que dejemos de fumar, los grupos ecologistas nos advierten una y otra vez con razón que nuestros hábitos de consumo y de vida atentan gravemente contra el medio natural, los defensores de los animales afirman que éstos no son recursos y que por tanto comerlos es inmoral, además de que no es necesario; las empresas  aprovechan su poder para juzgar -más bien prejuzgar- quién vale para trabajar en sus filas y quién no; éstas mismas entidades lucrativas bombardean a los ciudadanos con miles de anuncios publicitarios para hacer de ellos máquinas consumidoras; el gobierno fomenta el fútbol para tener al pueblo sumido en el fanatismo, mientras a la vez hace falsas campañas contra las drogas; desde pequeños nuestros padres nos dicen cómo tenemos que vestir y con quién tenemos que juntarnos y de mayores lo hace la televisión y la moda. Todos y cada uno de nuestros actos está condicionado por factores externos y uno de ellos es el juicio y en muchos más casos, el prejuicio.

Ahora bien, ¿son todos los juicios iguales? ¿hay juicios buenos y juicios malos? Hay que hacer una clara distinción: no es lo mismo juzgar a alguien que juzgar sus actos. De hecho, el único juicio válido es el que se dirige a los actos y no a las personas. Es un error juzgar a alguien por un acto, a menos que  sean actos reiterados y enfermizos que deriven de una patología. De hecho, en los ejemplos anteriores, hay claramente juicios que se dirigen a cierto tipo de actos como el de los ecologistas o defensores de los animales mientras que hay otros que se dirigen exclusivamente a las personas como dando a entender que no pueden mejorar ni cambiar. La diferencia es la siguiente: el juicio que se dirige a cierto tipo de actos es un juicio con carácter instructivo. Este tipo de juicio tiene un fin corrector y transformador y nunca es sentencioso ni castigador. Se espera con él la reacción de quien lo recibe y la posibilidad de un cambio en su actitud. Por el contrario, el juicio global hacia una persona es sentencioso porque no da ninguna oportunidad de cambio y lo cataloga como una persona que no puede ni debe cambiar. En la vida real, la inmensa mayoría de los juicios que se dan son juicios de este último tipo.

La frase bíblica a la que hemos hecho referencia arriba ha hecho mella en muchas personas y aunque no literalmente, se nos recuerda una y otra vez fuera de contextos religiosos. Ya hemos demostrado con argumentos que los juicios dirigidos a ciertos actos o actitudes son, para llamarlo con rigor, juicios honestos y revolucionarios. Que tampoco nadie se confunda, la capacidad de juicio que pueda tener cualquiera nada tiene que ver con el concepto tradicional de justicia ni mucho menos con el sistema judicial, sistema inventado por el estado para defender su perpetuación (pero, ¿quién juzga al estado?), sino que es una cuestión de moral y de necesidad de cambio. Todos y cada uno de los grandes cambios sociales considerados avances de la humanidad como la abolición de la esclavitud, la emancipación de las mujeres, los negros o los homosexuales, o la más lenta concienciación ecologista y animalista han sido posibles gracias a que previamente los afectados recurrieron a la necesidad de juicio y lo aplicaron socialmente, de lo contrario todo permanecería estático.

Ahora bien, la consecución de dichos cambios está sometida casi siempre a un proceso de presión y represión social tan fuerte que a menudo su desarrollo es despreciado y olvidado. Además, se da un proceso de incongruencia social cuando en la vida cotidiana se realizan miles de juicios pero se tiene pavor o rechazo a la hora de llamarlo por su nombre. De hecho, en una sociedad que se ha vuelto tremendamente arrogante y orgullosa de sí misma y su existencia, a nadie le gusta ser juzgado, por lo que el “respeto mutuo” que se ven obligados a llevar en un supuesto orden convivencial entre desconocidos, les lleva a la conclusión de que tampoco deben juzgar a nadie directamente de la misma forma que no deben saltarse un semáforo en rojo.

El mayor problema a la hora de emitir juicios en una sociedad tan complejizada es que todo el mundo parece refugiarse en el recurso de la inocencia, ya que “siempre son otros los que cometen las atrocidades y nosotros estamos libres de pecado”. Pero esta interpretación de la realidad comete dos distorsiones graves: la primera es que se trata efectivamente de una emisión de juicio sentencioso, del tipo más común, y la segunda es la ausencia de autojuicio, la necesidad de preguntarse a uno mismo si realmente nuestros actos cotidianos están libres de pecado. Esto ocurre porque la cadena de los actos de las personas es tan larga, compleja y diversa que todos se ven a sí mismos como una parte ínfima del todo, lo que les lleva a no sentirse responsables de nada, cuando en el fondo es la suma de todas estas millones de partes las que acarrean consecuencias nefastas y actos criminales. ¿Acaso no es el consumismo enfermizo de millones de personas lo que hace demandar una mayor producción y por tanto de esquilmación del medio? ¿Acaso no es la demanda de una tecnología más perfeccionada y rápida lo que acarrea más guerras en África y más esquilmación del medio? ¿Acaso no es la demanda de carne lo que perpetúa el mayor régimen esclavista de todos los tiempos y una vez más, mayor esquilmación del medio? Desde luego que es más fácil echar la culpa a otros que hacer una práctica honesta de autojuicio.

Por otro lado, en el lenguaje social la palabra juicio tiene una fuerte carga de significado y a menudo es tomada de forma peyorativa por los prejuicios que ya hemos mencionado, en estos casos se suele recurrir normalmente a otros términos como el de la crítica, pero ¿qué es la crítica sino un juicio más tolerado -siempre eso sí que sea constructiva y bien argumentada-?

A modo de resumen debemos recordar que a la hora de analizar lo que debería ser la capacidad de juicio, se deben hacer una clara distinción entre un tipo de juicios y otros, que ni mucho menos son iguales, que tienen objetivos diferentes y que si unos tienden al conformismo, el pasotismo y la indiferencia, otros son transformadores por su carácter trascendental. Repetimos que los primeros suelen ser sentenciosos, juzgan a la persona y la catalogan, nunca esperan respuesta, digamos que son más prejuicios que juicios, mientras que los segundos son dirigidos a los actos de cada uno y siempre esperan una respuesta o reacción por parte de quienes los reciben. Cabe añadir que para que alguien pueda juzgar los actos de los demás, y antes que nada, es necesario que primero se pregunte si debe juzgarse a sí mismo por los suyos.

Para finalizar, es importante justificar el título de este artículo diciendo que juzgar de la única forma honesta que existe sólidamente argumentada no solo es necesario y moral, sino urgentemente indispensable si queremos salvar al medio natural y las formas de vida que lo componen. Debemos juzgar nuestros actos desde ya si queremos la conservación del medio y la posible integración futura del ser humano en él. Por supuesto, a quien todo esto le dé igual, no tiene nada más que buscar en este blog, puede seguir consumiendo frenéticamente productos nocivos e idiotizando su mente viendo partidos de fútbol o programas televisivos.