29 de junio de 2014

La dependencia de lo material

La sociedad moderna occidental ha desechado el cultivo espiritual hasta el punto de sustituirlo totalmente por el afán de lo material. Así, mientras el consumo ejerce un poder irrefrenable en la psique de los individuos cuyo resultante es una nueva ideología, la atracción por todo lo material viene a completar y moldear el comportamiento y los valores de dichos individuos. Al anteponer todo lo que representa los objetos físicos al desarrollo del espíritu, éstos han ido acumulando a lo largo de la historia tal importancia que añadido al sentido de la propiedad han ejercido un poder sublime sin rastro de comparación alguna.

Como decimos, en la historia, la sustitución gradual de la consideración de lo material por la espiritual ha evolucionado como siempre y hartos de ser reiterativos, con el culto al progreso y la tecnología propias de cada época. Todos y cada uno de los acontecimientos históricos desde la esclavitud hasta las conquistas por parte de los grandes imperios precisaron de un alto poder de invención y despliegue de objetos de todo tipo, que fueron evolucionando hasta la culminación de las máquinas modernas y el sistema productivista. Así, mientras sociedades enteras se afanaban en formar y mejorar sus medios, el cultivo de la psique, a lo que llamamos desarrollo espiritual, ha sufrido en detrimento una drástica involución.

Todo viene de la oposición entre materia y espíritu o el equivalente de cuerpo y alma, y de lo que numerosos filósofos han teorizado a lo largo de la historia. Sobre la teoría no vamos a discutir aquí, pues esto no es un tratado filosófico, pero sí que daremos argumentos para tratar de justificar que dicha oposición existe en la práctica como una seria amenaza de la degradación humana. No obstante, debemos empezar diciendo que dicha oposición no puede darse ni se da en los humanos más primitivos ya que todo espíritu -centrándonos esta vez exclusivamente en los animales humanos y considerando que los animales también poseen espíritu- necesita un mínimo de materia para sobrevivir y que debe proveerse del medio, llámese alimento, agua, abrigo o techo. Es decir, el espíritu no puede desarrollarse sin la cobertura mínima de esta materia, por lo que en este estadio primario la relación entre la materia y el espíritu es complementaria. Es con el paso gradual primero y explosivo después de una economía basada en la subsistencia hacia una economía productivista cuando aparece sin preámbulos e irremediablemente la oposición definitiva entre materia y espíritu.

El problema aparece cuando el ser humano evoluciona del largo tiempo de la supervivencia para entrar con fuerza en el período de la economía productivista, la abundancia o el abastecimiento controlado de los recursos. También influye de forma significativa el definitivo paso hacia el sedentarismo, por lo que el almacenaje de materia prima, herramientas y objetos fabricados es posible, ya que no hay que transportarlos. Así, el nuevo ser humano descubre poco a poco que se puede vivir perfectamente con algo más que la materia mínima necesaria, sin preguntarse dónde se hallaría el límite, algo que en pocas ocasiones se ha preguntado. Las necesidades mínimas van perdiendo su importancia dando paso a miles de nuevos deseos que con el tiempo se convierten en necesidades.

En aquel momento se vivía al día y todo era descubrir e inventar, por lo que es difícil pensar que aquellos seres humanos tuvieran la opción de plantearse las consecuencias de la acumulación ilimitada de materia, que por otra parte obedecía a una serie de circunstancias incipientes como el aumento de la población o la especialización en el trabajo. Tampoco podía llegar a imaginarse nadie el nivel de dependencia que ha alcanzado en la era moderna la acumulación material y más concretamente de objetos tecnológicos que nos sumergen en una forma extraña y aparentemente inocua de atracción virtual. Esta dependencia se ve reforzada por la continua incitación de la publicidad a incrementar el consumo. Por desgracia, pocos pudieron a su vez  preguntarse sobre la involución que sufriría el cultivo del espíritu al dedicar tanto empeño, trabajo y tiempo a la incipiente fabricación de materia prima en objetos.

Pero cualquiera podría cuestionar al respecto qué hay de malo en rodearse de cosas materiales e incluso qué significa exactamente eso de cultivar el espíritu y si realmente hay oposición con lo material. Para la primera cuestión debemos ser obligatoriamente objetivos, pues si no, es imposible cerciorarse del problema: si bien para una población rural de hace siglos el gasto de materia prima no era significativo, la acumulación de objetos diversos para abastecer a una población que se cuenta ya en miles de millones de individuos en todo el mundo supone un enorme gasto de materia prima natural, o lo que es lo mismo, la esquilmación extrema de los recursos naturales, su agotamiento y además, la modificación irrecuperable de los ecosistemas con el exterminio de miles de especies vitales para el buen funcionamiento de dicho ecosistema. Esto nos lleva a la conclusión de que la dependencia de lo material del mundo postmoderno es definitivamente incompatible con el equilibrio natural.

La segunda cuestión, concerniente al cultivo del espíritu, es algo complicada de definir, pero lo que sí haremos es delimitar el marco en el que el cultivo del espíritu debe desarrollarse. Como bien nos han enseñado a lo largo de los tiempos algunas de las culturas orientales, únicamente la renuncia a la tentación material puede llevarnos a un estado de paz con nuestra conciencia en nuestra relación con lo que nos rodea, por dos razones eminentemente contextuales: la primera es efectivamente la de no caer en el vicio de la tentación y la dependencia, la segunda es la de llegar a la certeza de que la acumulación y a su vez la incitación por lo material supone en la práctica social un descomunal gasto de recursos, la trágica destrucción de hábitats y formas de vida, y un desproporcionado incremento de la violencia, lo que nos lleva a elegir la renuncia de lo material como uno de los caminos imprescindibles para una futura integración del ser humano en el medio. Por supuesto, hay que añadir que no es la renuncia a lo material el único camino: quizás la continencia reproductiva podría evitar un aumento descontrolado de la población, por poner tan solo un ejemplo, aunque esta sería otra cuestión digna de argumentar de forma más exhaustiva.

En cuanto a si existe una relación inversa entre acumulación de material y descuido de lo espiritual, nos lo suelen demostrar muchas de estas sociedades orientales en épocas más pasadas que actuales -ya que el apego por lo material también tiene la característica aciaga del contagio cultural-. Como decimos, algunas culturas y pueblos orientales han practicado desde hace milenios la renuncia de lo material en detrimento del cultivo espiritual, haciéndonos ver que el desarrollo de lo primero repercute clarísimamente en el desarrollo de lo segundo hasta el punto de que la dependencia de lo material impide de forma definitiva el cultivo del espíritu. Si bien se admite que la vida no es posible sin el consumo de materia mínima necesaria, se admite a la vez que la integración respetuosa de la vida humana en el medio sólo es posible con la continencia o renuncia de los deseos y necesidades subsiguientes.

En la desenfrenada sociedad occidental, el materialismo imperante contribuyó en primer término a la justificación de la propiedad de la tierra, de las viviendas, de los medios de producción y de prácticamente todo. En segundo lugar, supuso un camino fácil hacia la creación de clases sociales y del status, justificando el dicho de “tanto tienes, tanto vales”,  y por último, ha culminado en una aportación insidiosa al culto a la felicidad y el placer, degradando a las personas y convirtiéndolas en máquinas consumistas. Así, el humano occidental se ha rodeado de miles de objetos superfluos de lujo y ha antepuesto su tenencia y conservación a cualquier otro valor humano.

En la actualidad se da ahora una aproximación creciente y a la vez engañosa sobre la espiritualidad y su relación evidente con las culturas orientales. Si bien éstas, como hemos dicho, han dado muestras de un mayor conocimiento del funcionamiento de la mente humana mediante el desapego y las técnicas del desarrollo y control del interior de la mente, no resulta del todo extrapolable dichas técnicas a la cultura occidental debido a la gran cantidad de diferencias esenciales históricas y religiosas entre una cultura y otra. En realidad, no es absolutamente necesario recurrir a ellas para darse cuenta de las consecuencias entre la oposición de materia y espíritu, pues la renuncia de la dependencia material es un ejercicio que deriva de la lógica contextual y de una perspectiva de lo que nos rodea únicamente objetiva.

Al margen de las enseñanzas orientales sobre el cultivo del espíritu, éste debe ser tenido en cuenta más para lo que sirve en su práctica que por la probable ambigüedad de su significado: el cultivo del espíritu tiende a reducir las necesidades físicas anulando por tanto la tentación de la acumulación material, de la idea de propiedad y del consumo frenético; a su vez, el cultivo del espíritu nos ayuda a ver la relación entre la renuncia material y la compatibilidad de la especie humana con el medio natural; en definitiva, el cultivo del espíritu, libre de todo afán material, es por fuerza un propulsor vital en nuestra relación con el medio, basado en el respeto de todas las formas de vida y en la certeza de que la continencia, la moderación y la renuncia son la base de la integración humana en el equilibrio natural.

12 de junio de 2014

De vueltas con el fútbol (2ª parte). Fenómeno de masas

En la primera parte de esta nueva crítica comparábamos al fútbol con los efectos de las religiones en la historia, hasta el punto que lo hemos considerado como una nueva forma de religión moderna. Ahora es el momento de poner las cosas en su sitio en forma de advertencia: el fútbol no es sólo una religión moderna, tampoco es sólo un gran negocio como pocos formado por miles de empresas que genera y mueve legal e ilegalmente millones de euros en todo el mundo, contribuyendo sobradamente a la perpetuación de un sistema económico corrupto en su esencia. El fútbol es algo más peligroso que eso, es la degradación de todo lo humano, porque es una de las muchas formas de fenómeno de masa que solamente puede darse como tal en las sociedades de masas.

Como acabamos de anticipar, el fútbol es un fenómeno inherente a las sociedades de masas, y esto quiere decir que se ha desarrollado con la formación y evolución de las mismas; aun así, hay que dejar claro que el fenómeno en sí es una consecuencia directa de la sociedad de masas, que sólo puede darse cuando ésta se forma y no al revés.

Como fenómeno de masa dirigida, el fútbol consigue reunir a millones de personas en lugares y momentos concretos pendientes de la televisión y no solo eso, consigue que incluso fuera del horario habitual de los partidos, millones de personas continúen pendientes del fútbol. Es más, la pasión que desata este fenómeno social es tan desmedida que consigue que muchas de estas personas queden atrapadas por él y no sean capaces de analizarlo objetivamente. Esto significa que incluso antes y después de cada partido, millones de personas hablan de fútbol a todas horas, desviando al mismo tiempo la atención de otros asuntos, a buen seguro, más importantes que una competición deportiva. Y no solo nos referimos a asuntos políticos o sociales, asuntos que normalmente son importantes porque suelen afectar directamente a la vida de las personas, sino a otros asuntos igual de importantes pero ocultos como la destrucción medioambiental o el holocausto de millones de animales, motivado en gran parte por los fenómenos de masa. De hecho, queda sobradamente demostrado que todo fenómeno de masa se suele formar por la expresión de la barbarie, la irracionalidad, el exclusivismo hedonista o el culto por el progreso, entre otros factores, sin que tengan que reunir todos a la vez.

Como fenómeno de masa, el fútbol crea el aborregamiento de las personas, que sería el equivalente culto de afirmar que crea su alienación, es decir, su potencial estriba en la dirección de las masas por parte del poder como si fueran rebaños de ovejas fácilmente de guiar hacia su propio interés, distrayéndolas de cualquier asunto crucial, privando cualquier atisbo revolucionario o de simple cuestionamiento  de lo establecido, y lo que es fundamental, alinear adeptos y fieles que no se den cuenta nunca de que apoyar el fútbol es apoyar el poder.

Aunque no se debe limitar el fenómeno de masa como algo exclusivo de la era moderna, ya que se puede hablar con rigor de que religiones tan antiguas como el cristianismo o el islam ya fueron auténticos fenómenos de masa intencionadamente dirigidos, sí que se puede hablar como algo que se extiende de forma homogénea en la época postmoderna o era industrial, en donde la masificación en ciudades es un signo evidente y propiciatorio. Es además cuando se consolida definitivamente la sociedad de masas mediante un evidente proceso repetido de factores en tiempos muy próximos y en las zonas más opulentas del planeta: desruralización, urbanismo a gran escala, concentración con ritmo ascendente de personas desconocidas en espacios pequeños (masificación), creación y extensión de estados burocratizados, progreso industrial y tecnológico, sistema de competitividad y sistema de productividad y consumo. El fútbol las cumple sin omisión alguna, y a pesar de que se diga que es un deporte, antes que deporte es consumismo frenético, gran negocio, capitalismo, antiecologismo y fenómeno de masas.

El fútbol es una forma evidente de consumismo ya sea viéndolo en directo o en la televisión, medios idóneos para insertar miles de anuncios que incitan a los espectadores a más consumo. Además, el fútbol se nutre de la promoción de miles de artículos que mediante estrategias publicitarias engañosas aprovechan las grandes competiciones para bombardear no sólo a los adeptos, sino incluso a quienes no les interesa lo más mínimo. Por supuesto, cualquier estrategia publicitaria es dirigida a todo el mundo, porque todo el mundo es susceptible de caer en sus garras y el fútbol es un medio con un potencial inmenso.  

El fútbol fomenta el sentido de la competitividad que es a su vez el sentido básico del sistema económico imperante, y esto no puede ser casual. Aunque a priori son equipos y selecciones de países los que compiten entre sí, a menudo, dichos equipos representan auténticos grupos empresariales que además operan en otros sectores económicos. Se podrá decir que todos los deportes tienen en común la competición y así es, pero ¿por qué la competitividad ha llegado a ser en casi todos ellos lo prioritario? El fenómeno de masa lo puede explicar a la perfección, porque sin competitividad no habría rivalidad entre clubes, ni pasiones desatadas, ni fanatismo, ni euforia colectiva, ni patriotismo. Es por tanto el fenómeno de masa el que pide y justifica el sentido de la competitividad olvidando el sentido del deporte por su pura esencia de simple movimiento para el bienestar de la salud física y psíquica.

El fútbol fomenta valores tan retrógrados como la barbarie, la violencia, la euforia colectiva, el sentido de la gloria, de la supremacía y la rivalidad, el poder, el desahogo, el mal menor y el orgullo local y nacional, pero por otra parte contribuye sin duda y gracias al sistema productivista-consumista al culto del progreso. Esto, que podría presentarse como una incuestionable paradoja, explica sin embargo cómo los fenómenos de masa contribuyen de forma definitiva a perpetuar la idea del progreso, precisamente porque las masas pueden expresar la irracionalidad por un lado y las ansias de consumo por el otro, pueden expresar su lado más visceral al mismo tiempo que exigen innovación. Esta dicotomía, que en esencia presenta sentimientos opuestos, es sin embargo una de las características propias de la modernidad, la mezcla repetida de sentimientos de tradición con los de progreso y no tiene porqué anular de modo alguno el culto por el progreso que se viene dando desde hace miles de años.  

Esto no quiere decir que el fútbol forme parte de la naturaleza humana por la cantidad de valores retrógrados que fomenta, como parece que quiso decir alguien en uno de los comentarios que se hicieron defendiendo este fenómeno. De hecho, es muy difícil hablar a estas alturas de que pueda existir una naturaleza humana concreta, debido a la cantidad de desviaciones evolutivas culturales que gracias a más por las circunstancias que por la voluntad se han dado en la historia de la humanidad. Y en caso de existir es más factible encontrarla en estados primarios de evolución ausentes prácticamente de cultura que no en estados modernos, en donde el ser humano se empeña constantemente en alejarse de la naturaleza creando mundos virtuales que extrañan cada vez más su esencia más natural. Al caso quiero añadir que en este blog se distingue claramente lo que puede definirse como naturaleza humana -aquí no lo haremos por la propia duda de su existencia, salvo en el estado más primario- y la naturaleza de las diferentes especies animales que apenas han sido influenciadas por circunstancias tan especiales como las de la especie humana.

Por supuesto, el fútbol no es el único fenómeno de masa moderno ya que existen otros como la el consumismo en general, la televisión, la tecnología, la moda, el tráfico rodado, el turismo, otros deportes o incluso la religión tradicional, que aunque es un fenómeno muchísimo más antiguo no deja de conservar y mover a millones de fieles en todo el mundo. Con todo, y a pesar de lo cuál, estamos en situación de afirmar que el fútbol es uno de los fenómenos de masa más extendido y que afecta a un mayor número de países en el mundo, pero además es uno de los fenómenos de masa más dañino que afecta gravemente la transformación de una nueva sociedad humana que pueda integrarse en el medio natural y que esté fundada en su respeto absoluto, cuestionando la idea del progreso en todas sus formas. Dicha sociedad, aunque resulte obvio decirlo, debe tender a cuestionar y eliminar la formación de sociedades de masas y de los fenómenos que las sostienen como aspecto de incompatibilidad con el equilibrio natural y como contribución drástica de la degradación humana.

a.

1 de junio de 2014

De vueltas con el fútbol (1ª parte). Una forma moderna de religión

En una de las primeras entradas que publicaba en este blog hacía una breve introducción de   por qué se puede hablar con todo rigor de que el fútbol es el “nuevo opio del pueblo”. Dos años después he comprobado que de todas las entradas que he publicado, ésta ha sido la más visitada con casi mil visitas y numerosos comentarios, de los que la muchos de ellos estaban en claro desacuerdo. Es por este hecho por lo que he creído oportuno volver a sacar el tema con el objetivo de demostrar por qué se puede hablar una vez más y con más argumentos si cabe de que el fútbol es hoy en día el opio del pueblo o lo que es casi lo mismo, una nueva forma de religión.

¿Y por qué se puede equiparar esta frase a la formulada por Carlos Marx allá por el siglo XIX refiriéndose a la religión? Sencillamente porque el fútbol crea los mismos efectos que la ésta, además de otros. El fútbol, al igual que la religión, tiene millones de adeptos que adoran con cánticos y gritos a sus equipos, tiene millones de fanáticos que adoran con la máxima pasión a dichos equipos, y que humillan y desprecian a quienes no piensen como ellos.

Al igual que la religión tiene sus dioses, el fútbol también, aunque eso sí, de carne y hueso: los jugadores, que son tomados como ídolos, modelos a imitar desde la infancia. Al igual que la religión tiene curas y obispos, el fútbol tiene emisarios, representantes que se dedican a formular toda una serie de teorizaciones que justifiquen al populacho la necesidad que tienen de fútbol y al igual que lo hacía la aristocracia más opulenta de la edad dorada de la iglesia católica, por citar un ejemplo de religión, estos emisarios se llenan los bolsillos a costa de los socios y de toda la publicidad que rodea al fútbol, que no es poca.

El fútbol, al igual que las religiones tienen las iglesias, las mezquitas o demás centros de culto, tiene también lugares inmensos donde reunir a los adeptos y fanáticos, los estadios de fútbol, las ciudades deportivas, salas de socios y medios de comunicación, y aunque en principio no sean para eso, multitud de bares se han creado para reunir a los adeptos durante los partidos, ofreciendo televisores gigantes en donde se pueden ver los partidos y donde los adeptos pueden desahogarse tranquilamente.

Al igual que casi todas las religiones tienen sus celebraciones periódicas como días de culto especial en donde millones de fieles exaltaban y exaltan a seres fantásticos como la Virgen o reales como el Papa, el fútbol celebra asimismo cada cuatro años como mínimo los mundiales en los que se enfrentan los países de todo el mundo y que también sirve como una forma de exaltación de la patria, además de otras celebraciones continentales entre clubes de diferentes países en los que se exaltan a los propios clubes o jugadores y en donde el conjunto de símbolos es exhibido como signo de culto. Si bien es cierto que el fútbol es una celebración cuya esencia es la competición entre diferentes equipos, la esencia de la religión es otra cosa muy distinta. Pero aquí lo que estamos analizando son los efectos que comparten como fenómenos de masas dirigidos y controlados.

El último ejemplo de semejanza es de tipo social: la religión desacreditaba y señalaba a aquel que osara rebelarse contra ella y en los casos más extremos, que eran muchos, acusaban de herejes a quienes se rebelaran, los torturaban o los quemaban en la hoguera. Ciertamente en la edad moderna la nueva forma de religión del fútbol no quema a las personas en ninguna hoguera pero los fanáticos desprecian y humillan a quienes se deciden valientemente a criticar con razones la lacra del fútbol. Y para demostrar esto, me remitiré a dos de los comentarios más rabiosos que me llegaron tras el artículo “fútbol: el nuevo opio del pueblo” y que define muy bien a dónde quiero llegar. No deja de ser casual que cuando haces críticas al gobierno o a los bancos o incluso a otro fenómeno de culto moderno como es el progreso o la tecnología pocos o nadie te responde o bien porque están de acuerdo o porque no les importa tanto, pero cuando pones al mismo nivel la religión del fútbol son numerosas las voces que salen en su defensa, eso sí, solo mediante insultos, acusaciones hacia la persona que critica, sin argumentos, sacando de dentro la rabia y el fanatismo, lanzando pobres palabras necias inconscientes de que el fútbol no es más que un obstáculo hacia la transformación social. 

Caer en la demagogia es extremadamente fácil, pero aún así es no excusa si quieres manifestar una opinión mediante argumentos. Hablas como si de no haber forofismo y fanatismo futbolístico las desigualdades sociales, las hambrunas, las guerras y todo tipo de lacras que campan en este planeta cobrarían importancia capital en la sociedad. La culpa de esto no es el fútbol, es del ser humano y su sociedad, que no tomará en importancia algo que no le afecte directamente, y menos si es a miles de kilómetros. El fútbol no es más que una afición exagerada que posiblemente sea más tomada en cuenta de lo que se debe, pero culparle a él del aborregamiento social no es correcto.

Palabras sin sentido y pobres que demuestran no haber entendido nada de lo que se quería expresar en el artículo. Y aunque al primero ya respondí en su momento, vuelvo a aclararlo ahora: nadie culpa al fútbol de los males de la sociedad, porque el fútbol ya es un mal en sí mismo: como he dicho antes, el fútbol impide la transformación de la sociedad porque tiene la capacidad omnipotente de absorber a las masas, de sumirlas en el fanatismo y la ignorancia, de desviar lo trascendental que representa el respeto por la naturaleza y las formas de vida, de no darnos cuenta del desastre del progreso y de la arrogancia humana. Para corregir la frase final del comentario, habría que decir lo siguiente: el fútbol, mal que les pese a los adeptos, contribuye directamente al aborregamiento social.


El texto es demagogia pura y dura.

Igual se puede hablar de los adeptos intelectuales, cada vez más numerosos, que abogan por borrar de la especie humana cualquier atisbo de su esencia, de su naturaleza.

Alguno debería existir sin cuerpo ni alma, su existencia impresa en un circuito o chip que lo hiciera eterno, seguro que sería más feliz que entre tanto "animal y borrego" como nos llaman estos "seres superiores al resto".


El siguiente comentario demuestra una mayor dosis de rabia que el anterior. Las primeras palabras son una copia: aludir a la demagogia es un patético recurso utilizado cuando nada se tiene que decir. Pero la cosa tiene su miga: en este comentario se trata inútilmente de darle la vuelta a la tortilla, diciendo que los “adeptos intelectuales” pretenden borrar la naturaleza humana, pero no aclara a qué se refiere con esto. ¿Cuál es la naturaleza humana? ¿Acaso está sugiriendo que el fútbol forma parte de dicha naturaleza? En el siguiente párrafo, tan escueto como absurdo, es en donde viene la acusación -sin argumentos, claro está- recurriendo al sarcasmo: es la ignorancia la que lleva a sentirse ofendido cuando se hacen críticas comparativas. Si el fútbol es una forma de aborregar a las masas es porque lo es, pero bien dignas que son las ovejas que siguen a un indigno pastor que las amansó, lo mismo se puede decir de los engañados futboleros que no hacen más que seguir a quienes los dirigen en su beneficio, los gobiernos y las empresas de los que, para más inri, luego se quejan. La diferencia es que las pobres ovejas jamás alzarán su voz contra la opresión a las que son sometidas, pero los humanos encima patalean y defienden a quienes los oprimen. El colmo de todos los colmos.

Al margen de estos comentarios que bien podrían generalizarse, citaré como ejemplo dos de las defensas más lamentables que se escuchan por parte de los adeptos. La primera es aquella que dice que “el fútbol une a las personas” (se sobreentiende “une en la amistad”) y que no deja de ser una gran mentira. Esto bien merece una nueva aclaración: entendiendo que el que ha difundido esta majadería no especifica nunca dónde se unen las personas, iremos desgranándola por partes:

Si se afirma que se hacen amigos en los estadios, resulta del todo imposible que miles de personas desconocidas puedan hacer amigos en un lugar en donde solo se va a gritar y despotricar.

Si se afirma que se hacen amigos en las casas en donde se queda para ver los partidos, normalmente con quienes se quedan en estos lugares íntimos es con amigos previos o con familiares, luego no se suelen hacer nuevos amigos.

Si se afirma que se hacen amigos en los bares, hay que reconocer que quizás sea este el lugar más propicio para ello, y posiblemente se harán, pero en el fondo no dejarán de ser casos puntuales y anecdóticos.

Por tanto, podríamos concluir que el fútbol como mucho podrá unir en el fanatismo y en el borreguismo, pero no en una verdadera relación de amistad. Y si hay casos que de verdad se dan, habríamos dado un paso atrás ya que precisamente es lo que quieren los directores de orquesta, que la gente se una por cosas tan nimias como el fútbol y para el fútbol. Esto demuestra quién es el autor de la difusión de esta dichosa frase. A buen entendedor...

Aludir a este recurso tan pobre para defender lo “bueno y maravilloso” que es el fútbol es obviar la realidad, recurrir a lo inrecurrible y encima mentir con alevosía.

La siguiente defensa es mucho más sutil, pero igual de lamentable: se ha difundido la idea de que a quienes no les gusta el fútbol es porque no lo entienden, como queriendo decir que este deporte es una ciencia o un arte, solo apto para quienes se apasionan con él. En primer lugar,  la práctica del fútbol no es más básica y sencilla que cualquier otro deporte de equipo o de pelota y cualquiera puede entenderlo si se lo propone. Pero en segundo lugar, este recurso solo demuestra la arrogancia de quienes lo utilizan porque sirve para darle más importancia de la que realmente tiene, con la intención añadida de despejar cualquier duda al respecto, puesto que no entender de algo no tiene por qué equivaler a no gustarte ese algo. De hecho, a la mayoría de las personas que no les interesa el fútbol no tienen necesidad alguna de entenderlo, ni quieren. Mucho menos a quienes analizan con rigor lo que de verdad representa. En el fútbol, el juego es lo trivial, el poder que ejerce en las personas es lo sustancial. O como dijo Borges: “El fútbol es popular porque la estupidez es popular”.




 

19 de mayo de 2014

El deber de juzgar

Cuando una persona se plantea realizar cambios importantes en sus hábitos de vida, tales como sustituir la bicicleta por el coche o dejar de comer carne, previamente ha hecho un ejercicio necesario de autojuicio. En este caso, el juicio que se ha producido viene motivado al sujeto por la certeza de que muchos de nuestros actos, si no todos, acarrean consecuencias a terceros. Sin este ejercicio, los cambios no se pueden producir. El juicio a uno mismo, que llamaremos autojuicio, es algo que les ocurre a muchas personas individuales en la vida real, pero quizás no suficientes para que sea el conjunto de la sociedad el que aborde cambios significativos. De hecho, la sociedad no está preparada para cambiar precisamente por una excesiva represión de capacidad de juicio, no solo hacia los demás, sino hacia uno mismo.

A menudo se nos recuerda y extrapola aquella bíblica frase de “no juzguéis si no queréis ser juzgados”, como dándonos a entender que ser juzgado es algo malo. Sin embargo, la vida real está llena de ejercicios de juicio: juzgamos a políticos por mentirnos y a banqueros por robarnos; las campañas antitabaco nos recuerdan que dejemos de fumar, los grupos ecologistas nos advierten una y otra vez con razón que nuestros hábitos de consumo y de vida atentan gravemente contra el medio natural, los defensores de los animales afirman que éstos no son recursos y que por tanto comerlos es inmoral, además de que no es necesario; las empresas  aprovechan su poder para juzgar -más bien prejuzgar- quién vale para trabajar en sus filas y quién no; éstas mismas entidades lucrativas bombardean a los ciudadanos con miles de anuncios publicitarios para hacer de ellos máquinas consumidoras; el gobierno fomenta el fútbol para tener al pueblo sumido en el fanatismo, mientras a la vez hace falsas campañas contra las drogas; desde pequeños nuestros padres nos dicen cómo tenemos que vestir y con quién tenemos que juntarnos y de mayores lo hace la televisión y la moda. Todos y cada uno de nuestros actos está condicionado por factores externos y uno de ellos es el juicio y en muchos más casos, el prejuicio.

Ahora bien, ¿son todos los juicios iguales? ¿hay juicios buenos y juicios malos? Hay que hacer una clara distinción: no es lo mismo juzgar a alguien que juzgar sus actos. De hecho, el único juicio válido es el que se dirige a los actos y no a las personas. Es un error juzgar a alguien por un acto, a menos que  sean actos reiterados y enfermizos que deriven de una patología. De hecho, en los ejemplos anteriores, hay claramente juicios que se dirigen a cierto tipo de actos como el de los ecologistas o defensores de los animales mientras que hay otros que se dirigen exclusivamente a las personas como dando a entender que no pueden mejorar ni cambiar. La diferencia es la siguiente: el juicio que se dirige a cierto tipo de actos es un juicio con carácter instructivo. Este tipo de juicio tiene un fin corrector y transformador y nunca es sentencioso ni castigador. Se espera con él la reacción de quien lo recibe y la posibilidad de un cambio en su actitud. Por el contrario, el juicio global hacia una persona es sentencioso porque no da ninguna oportunidad de cambio y lo cataloga como una persona que no puede ni debe cambiar. En la vida real, la inmensa mayoría de los juicios que se dan son juicios de este último tipo.

La frase bíblica a la que hemos hecho referencia arriba ha hecho mella en muchas personas y aunque no literalmente, se nos recuerda una y otra vez fuera de contextos religiosos. Ya hemos demostrado con argumentos que los juicios dirigidos a ciertos actos o actitudes son, para llamarlo con rigor, juicios honestos y revolucionarios. Que tampoco nadie se confunda, la capacidad de juicio que pueda tener cualquiera nada tiene que ver con el concepto tradicional de justicia ni mucho menos con el sistema judicial, sistema inventado por el estado para defender su perpetuación (pero, ¿quién juzga al estado?), sino que es una cuestión de moral y de necesidad de cambio. Todos y cada uno de los grandes cambios sociales considerados avances de la humanidad como la abolición de la esclavitud, la emancipación de las mujeres, los negros o los homosexuales, o la más lenta concienciación ecologista y animalista han sido posibles gracias a que previamente los afectados recurrieron a la necesidad de juicio y lo aplicaron socialmente, de lo contrario todo permanecería estático.

Ahora bien, la consecución de dichos cambios está sometida casi siempre a un proceso de presión y represión social tan fuerte que a menudo su desarrollo es despreciado y olvidado. Además, se da un proceso de incongruencia social cuando en la vida cotidiana se realizan miles de juicios pero se tiene pavor o rechazo a la hora de llamarlo por su nombre. De hecho, en una sociedad que se ha vuelto tremendamente arrogante y orgullosa de sí misma y su existencia, a nadie le gusta ser juzgado, por lo que el “respeto mutuo” que se ven obligados a llevar en un supuesto orden convivencial entre desconocidos, les lleva a la conclusión de que tampoco deben juzgar a nadie directamente de la misma forma que no deben saltarse un semáforo en rojo.

El mayor problema a la hora de emitir juicios en una sociedad tan complejizada es que todo el mundo parece refugiarse en el recurso de la inocencia, ya que “siempre son otros los que cometen las atrocidades y nosotros estamos libres de pecado”. Pero esta interpretación de la realidad comete dos distorsiones graves: la primera es que se trata efectivamente de una emisión de juicio sentencioso, del tipo más común, y la segunda es la ausencia de autojuicio, la necesidad de preguntarse a uno mismo si realmente nuestros actos cotidianos están libres de pecado. Esto ocurre porque la cadena de los actos de las personas es tan larga, compleja y diversa que todos se ven a sí mismos como una parte ínfima del todo, lo que les lleva a no sentirse responsables de nada, cuando en el fondo es la suma de todas estas millones de partes las que acarrean consecuencias nefastas y actos criminales. ¿Acaso no es el consumismo enfermizo de millones de personas lo que hace demandar una mayor producción y por tanto de esquilmación del medio? ¿Acaso no es la demanda de una tecnología más perfeccionada y rápida lo que acarrea más guerras en África y más esquilmación del medio? ¿Acaso no es la demanda de carne lo que perpetúa el mayor régimen esclavista de todos los tiempos y una vez más, mayor esquilmación del medio? Desde luego que es más fácil echar la culpa a otros que hacer una práctica honesta de autojuicio.

Por otro lado, en el lenguaje social la palabra juicio tiene una fuerte carga de significado y a menudo es tomada de forma peyorativa por los prejuicios que ya hemos mencionado, en estos casos se suele recurrir normalmente a otros términos como el de la crítica, pero ¿qué es la crítica sino un juicio más tolerado -siempre eso sí que sea constructiva y bien argumentada-?

A modo de resumen debemos recordar que a la hora de analizar lo que debería ser la capacidad de juicio, se deben hacer una clara distinción entre un tipo de juicios y otros, que ni mucho menos son iguales, que tienen objetivos diferentes y que si unos tienden al conformismo, el pasotismo y la indiferencia, otros son transformadores por su carácter trascendental. Repetimos que los primeros suelen ser sentenciosos, juzgan a la persona y la catalogan, nunca esperan respuesta, digamos que son más prejuicios que juicios, mientras que los segundos son dirigidos a los actos de cada uno y siempre esperan una respuesta o reacción por parte de quienes los reciben. Cabe añadir que para que alguien pueda juzgar los actos de los demás, y antes que nada, es necesario que primero se pregunte si debe juzgarse a sí mismo por los suyos.

Para finalizar, es importante justificar el título de este artículo diciendo que juzgar de la única forma honesta que existe sólidamente argumentada no solo es necesario y moral, sino urgentemente indispensable si queremos salvar al medio natural y las formas de vida que lo componen. Debemos juzgar nuestros actos desde ya si queremos la conservación del medio y la posible integración futura del ser humano en él. Por supuesto, a quien todo esto le dé igual, no tiene nada más que buscar en este blog, puede seguir consumiendo frenéticamente productos nocivos e idiotizando su mente viendo partidos de fútbol o programas televisivos.

24 de abril de 2014

Un libro esencial


Aunque no suelo publicar entradas dedicadas a libros, con éste he de hacer una excepción, pues como dice en su prólogo, no es un libro importante, sino crucial para el curso de la humanidad.

Por fin alguien ha puesto nombre a la ideología que defiende masivamente el consumo de carne en todo el mundo: el carnismo. Una ideología que permanece invisible a casi todos, que no es reconocida y que quiere perpetuarse a costa de la violencia, de un brutal régimen esclavista y de un sistema de opresión que además ha superado ya con creces los mayores holocaustos humanos de toda la historia. Este libro argumenta de forma estudiada y pormenorizada las raíces del consumo de carne y sobre todo porqué seguimos haciéndolo, los intereses que hay detrás y las defensas injustificadas de los consumidores. Aborda de forma excelente las contradicciones en las que caemos al cuidar a unos animales y comernos a otros, los prejuicios culturales que apoyan esta dicotomía y los mitos más importantes que mantienen todo el sistema en pie. Además, aporta testimonios de cómo funciona por dentro el sistema de producción de carne incluyendo numerosas entrevistas y testimonios de quienes lo sustentan.

Desde este blog consideramos imprescindible la lectura de este libro, dirigido a todos los públicos, ya que forma parte de un cambio universal que aboga por un cambio necesario para todos los seres vivos del planeta y para el propio planeta, gravemente amenazado por el virus de la humanidad. No debe haber diferencia de especie, al igual que no hay diferencia de raza ni de sexo, ni de credo, tampoco arrogancia de superioridad ni prioridades para los humanos oprimidos, pues todos y cada uno tienen los mismos deseos de ser libres.

Por último, y no sé si por suerte o por desgracia, quiero decir que este libro ha tenido fuertes ataques en internet por los defensores más fanáticos del carnismo, en donde se han podido constatar insultos y blasfemias de todo tipo a la autora, con una falta total de respeto y de educación, y aportando pocas o nulas argumentaciones. Obviamente era algo de esperar, ya que el descubrimiento de la verdad y el deseo de libertad hace tambalear lo más profundo de las conciencias que sustentan el engranaje del sistema y la ideología que tiende a justificarlo. Estas reacciones masivas responden a la extendida irracionalidad de las sociedades de masas, contraria a cualquier cuestionamiento del status quo y de la que ya hemos advertido a menudo en este blog. Aunque por otra parte, las reacciones fanáticas, y que se pueden comparar a las de la Iglesia Católica del siglo XV contra los supuestos herejes que descubrían verdades o aquellas que repudiaban y blasfemaban a los primeros abolicionistas que reclamaban derechos para las razas o clases más oprimidas son una clarísima muestra de que la justicia y la verdad empiezan a ganar terreno y de que el sistema está construido sobre mentiras que tarde o temprano son derrumbadas por aquellas voces revolucionarias que claman libertad para todos, incluidos por supuesto los animales no humanos.

Es posible que la libertad para los animales esclavizados tarde mucho más en llegar que otros grupos oprimidos humanos, precisamente porque no son humanos, pero sin duda llegará.   


13 de abril de 2014

El sentido de la información

Ante el avance demencial de las nuevas formas tecnológicas de comunicación, los recursos informativos y los noticiarios han alcanzado el nivel de saturación en todos los medios en donde se difunden, hecho que nos obliga a preguntar qué sentido tiene tan abrumadora cantidad de información en un mundo como éste.

Obviamente y bien analizado, tal cantidad de información viene dada en una sociedad masificada y acelerada en la que cualquier cosa se mide en millones o billones y cuya necesidad de noticias es la misma que hace dos siglos se podía dar en otras sociedades mucho más pequeñas, como las poblaciones rurales. La cuestión es que si antes las noticias apenas eran compartidas por unas pocas personas y el medio por el que circulaban eran de viva voz, ahora las noticias más importantes llegan en pocos segundos a miles de millones de personas por medios mayoritariamente informáticos o audiovisuales.

Esto para muchos supuso un avance importante y cientos de ventajas, pero también acarrea serios problemas:

Primer problema: dichos medios están controlados por una ínfima minoría de empresas líderes de comunicación, encargadas de filtrar las noticias una a una y de seleccionar las más convenientes para su interés.

Segundo problema: dado que las noticias son sesgadas por las empresas líderes, el riesgo de interpretación e interés en la selección de noticias es evidente. Pero no solo eso, gracias a la multitud de posibilidades tecnológicas que ofrece la informática, el poder de manipulación, ocultación y distorsión de lo que es la realidad de los hechos que se quieren transmitir supone una ventaja para aquellos que están siempre en la posición de ofrecer noticias.

Tercer problema: exceso de información en internet. A menudo se dice que internet es como un refugio en el que la difusión de información es al menos más libre y democrática que cualquier otro medio de comunicación, pero esto no quiere decir que escape totalmente a los dos problemas expuestos arriba. Es más, puesto que internet es sin duda el medio más usado para la difusión de información, la saturación se hace más patente en este medio que en ningún otro y la falsa percepción como medio libre es fácilmente malentendida.

Independientemente de por dónde viaje la información, el resultado es que tenemos millones de noticias diversas sucedidas a miles de kilómetros que son contadas con importancia y prioridad  interesada y que en muchas ocasiones tienen la función de influir e incluso modificar las pautas de conducta del público receptor y de su análisis de la realidad, pero dado que el porcentaje de manipulación es casi total, el sujeto receptor se convierte en un receptor pasivo incapaz de desarrollar su sentido crítico y de cuestionar la veracidad de la información que recibe. Todo esto se complica más si intencionadamente se ofrece un bombardeo continuo de noticias cuya función es saturar la mente de las personas e incapacitarlas para filtrar noticias.

Pero, ¿cuáles son algunas de las consecuencias de la saturación de información en el mundo globalizado? Si comparamos las noticias que circulan a toda velocidad en cualquier ciudad o entre ciudades de todo el mundo con las noticias que corrían a viva voz en un pequeño núcleo de unos pocos habitantes encontramos enormes diferencias. En un pueblo, cualquier suceso trágico es tan cercano que enfrenta a los habitantes a una dura realidad. Al conocerse entre ellos, es más fácil ponerse en el lugar del otro y las noticias tienen un mayor sentido, además de un menor riesgo de control y manipulación.

A medida que las sociedades crecen y se inventa el periodismo, es inevitable una distorsión de las noticias. En primer lugar, en una ciudad, cualquier hecho importante o suceso tiende a darse lo suficientemente lejos como para no afectarnos o tiende a ocurrirle a cualquier persona que  no conocemos, porque como ya se sabe, en el mundo masificado nadie conoce a nadie, las personas se vuelven autómatas que transitan por las calles de forma acelerada e indiferente. Si esto puede aplicarse a una ciudad cualquiera no hablemos ya de una megaciudad, de un estado -o grupo de ciudades- o la información internacional entre países donde las distancias se miden por miles de kilómetros y donde el sujeto receptor apenas puede verse afectado de alguna forma por lo que suele ocurrir en lugares tan distantes entre sí. En estos casos, ¿para qué sirve tanta información? o mejor aún, ¿para qué sirve la información?

Históricamente, la información ha sido una necesidad desde la formación de las primeras sociedades, digamos que ha formado siempre parte de la naturaleza humana, además de que nació con un carácter neutral, pero la evolución ha querido que mientras sigue existiendo dicha necesidad, la información está perdiendo el carácter neutral de su esencia, y su sentido de cambio, al igual que otras formas de comunicación más nocivas e interesadas como la publicidad, cuya creación y necesidad ha sido consecuencia directa de las relaciones de competitividad del mercado. Así, mientras la publicidad ha tenido siempre un sentido interesado y concentrado únicamente en el poder, la información ha sido usurpada con los años por dicho poder y puesta en evidencia.

Volviendo a los núcleos reducidos de población, ya sean del pasado o del presente, la información tiene en sí muchas utilidades prácticas, porque en primer lugar tiende a ser de viva voz, en segundo lugar no está controlada por ningún medio interesado y en tercer lugar porque es tan cercana que todos se ven afectados. Si hay algo para lo que debería servir la información, si ésta tiene un sentido, es para provocar cambios en las conductas de las personas, algo posible en este tipo de núcleos pero harto improbable en las grandes ciudades donde la masificación se ha impuesto como norma primera de adaptación. Por tanto, ¿qué sentido tendría aquí la información si con ella no se pueden siquiera provocar cambios, más si cabe cuando dicha información está controlada por unos pocos medios al servicio del poder? La información se convierte así en un recurso del propio poder que solo sirve para perpetuarse. Poco importa para esto el contenido de las noticias de las que hablamos, de si son hechos políticos, económicos o sociales, de si son sucesos de asesinatos o accidentes de tráfico.

Precisamente, como decimos, la información de hoy en día sufre un altísimo grado de interés de manipulación y ocultación por parte de quienes la controlan y cuyos objetivos son ofrecer un alto nivel de información que provoque la saturación social para mantener el status quo inviolable, y la falsa idea del progreso estable, bloqueando así cualquier posibilidad de cambio y menos aún cualquier posibilidad de transformación social que derribe el orden existente.

Por desgracia, no se puede hablar de una información alternativa en núcleos tan masificados como las grandes ciudades que forman el mundo globalizado, en donde el único medio de transmisión es tecnológico, precisamente porque la única opción es tecnológica y dicha opción solo favorece el carácter sesgado de la propia comunicación. Esto quiere decir que mientras no haya otra forma de difundir la información, la alternativa no tendrá nunca ningún sentido y dicha forma es incompatible con el mundo urbanizado, sencillamente, ya no existe.

Para recuperar la esencia de la información veraz y neutral son muy pocos los caminos pero los que son, deben ser profundos y radicales -cuestionan cambios desde la raíz-: no necesariamente en este orden, estos caminos empiezan por la desmasificación, la desurbanización y la destecnologización, que a la vez son conceptos claramente transformadores y revitalizadores porque cuestionan directamente la esencia interesada de la información y todas las formas de comunicación además de su intencionada negación de cambiar el orden de las cosas.

27 de marzo de 2014

Decidir por los animales

Hoy en día la adopción y tenencia de animales de compañía en las casas se ve como una posible solución al problema de los “animales callejeros”. Pero, ¿realmente lo es? Si lo vemos desde la perspectiva de las posibles molestias que puedan causar a los ciudadanos parece que sí lo soluciona, aunque solo en parte porque los principales animales de compañía que son los perros deben seguir saliendo a la calle para cumplir parcialmente con algunas de sus necesidades naturales, siempre bajo la vigilancia de los dueños y sin causar molestias al resto de paseantes. Hasta aquí podríamos estar de acuerdo.


Veámoslo ahora desde la perspectiva de los propios animales y la cosa no estará tan clara, pues al fin y al cabo y por mucho que un animal casero esté en mejores condiciones que un animal callejero, al menos en cuestión de su propia seguridad, ninguno de estos animales ha tenido la oportunidad de decidir dónde y cómo quiere vivir. Lógicamente debemos decir que el contexto actual no le da muchas opciones, y es precisamente por esto por lo que a lo largo de miles de años su mundo natural se ha visto reducido por culpa de la civilización y su cercanía a los humanos ha sido impuesta, por lo que se han quedado sin opciones. Pero si lo analizamos más concienzudamente vemos que durante toda esta larga cantidad de años se han tomado miles, sino millones de decisiones en torno a estos animales y en general hacia todos los animales domésticos, desde su domesticación más primaria hasta la modificación genética, pasando por la formación en rebaños, su elección de uso, su amansamiento, la división en razas, o su selección artificial. Todas y cada una de estas decisiones han sido exclusivamente humanas y esto se traduce por una limitación de sus opciones de vida.


Pero hagamos una pequeña digresión: ¿pueden los animales decidir por sí mismos? Si tenemos la certeza y esto nadie lo puede negar, de que los animales domésticos fueron un día animales salvajes que desarrollaban sus necesidades primarias en plena naturaleza y en armonía con ella, debemos afirmar que al menos estos animales gozaron alguna vez de capacidad de decisión propia hasta que la especial evolución de un grupo, los animales humanos, utilizaron su creciente inteligencia para anulársela y transformarlo en esclavo. Por tanto, se puede decir que un animal salvaje tiene más opciones de decisión que un animal doméstico en tanto aquél continúa en libertad mientras que éste ha sido esclavizado y su capacidad de decisión reprimida a lo largo del tiempo. El hecho de que un animal doméstico no pueda decidir por sí mismo es por su condición únicamente de esclavitud (animales como recursos) o tenencia vigilada (animales de compañía o animales caseros) y no por otro hecho. En cuanto la condición de esclavitud se redujera empezaría a recuperarse su capacidad de decisión.


Así las cosas, cualquiera podría decir que un animal doméstico no podría sobrevivir en estado salvaje, pero ni falta que le haría en tanto el período de transición hacia la vida salvaje sería probablemente tan largo como ha sido el contrario. Aún así, no es esto lo que nos preocupa en este artículo, sino el hecho de que debemos afirmar que la domesticidad tan solo es un estado de anulación de voluntad animal o esclavitud que ni mucho menos niega la capacidad de decisión de los animales dotados de alma o conciencia. Por descontado, no discutiremos aquí tampoco si los animales tienen o no tienen alma puesto que no dudamos de ello (en este blog hemos dado ya suficientes argumentos que demuestran que los animales poseen alma).


Volviendo a la cuestión principal y centrándonos únicamente en los animales domésticos, que son sin duda los que poseen menos opciones de decisión, es fácil deducir que a mayor grado de domesticidad o esclavitud, menos opciones de decisión y así, los animales de compañía como los perros o los gatos, gozan de una mayor capacidad de decisión que el resto, siendo los primeros en la pirámide en cuanto a trato recibido por los humanos. Las diferencias abismales en cuanto al trato recibido entre los primeros y los últimos de la pirámide -los animales como recursos- guardan relación con el uso que se les ha dado en la historia aunque no en todos los lugares del mundo han sido siempre utilizados de la misma manera. Al margen de las diferencias culturales y religiosas, el uso de animal de compañía -porque no deja de ser uso- otorga a estos una mayor calidad de vida por lo general dependiendo del dueño que le haya tocado, mientras que el uso como recurso, que son la mayoría (vacas, cerdos, ovejas, cabras, gallinas, pollos, caballos, toros, camellos, etc.) están condenados a una vida de esclavitud y enorme sufrimiento incluso hasta en el momento de su muerte. Cabe decir que hay animales como los conejos que son usados tanto como recurso como animal de compañía.


Tantos unos como otros, los animales siguen siendo sometidos a nuestros deseos y exigencias. En el caso de los animales como recurso, el sometimiento es brutal, su capacidad de decisión es nula puesto que ha sido totalmente sustituida por las innumerables decisiones humanas que aún hoy en día continúan afectando a su esencia comportamental, anatómica y genética. El lugar donde nacen, malviven y mueren está intencionadamente alejado de las grandes poblaciones y los métodos empleados son ocultados al público y a los medios de comunicación para que no se sepa la verdad. No se tiene en cuenta su capacidad de sufrimiento ni su capacidad de decisión y la consideración general hacia ellos es de absoluta indiferencia.


En los animales de compañía, el sometimiento se ha relajado más, son mejor considerados y se tiene en cuenta su capacidad de sufrimiento, pero en absoluto su capacidad de decisión, ya que estos animales siguen siendo sometidos al proceso de vida humana social. Se decide el lugar en donde van a vivir, la compañía que tendrán, su alimentación, el deber de ser castrados como un “mal necesario”, las horas para salir a hacer sus necesidades y a jugar, e incluso el falso convencimiento de interpretar sus sentimientos cuando en el fondo son tan distantes que jamás podremos ni siquiera intuirlos. Tras años de esfuerzo por sacar a los animales de su hábitat y de modificar su esencia solo para satisfacer nuestra sed de dominación, incluso los animales que supuestamente viven mejor y sufren menos están sometidos a nuestros deseos de forma egoísta.


A menudo se fomenta la adopción de los animales de compañía para acabar con su tráfico y abandono, pero la adopción no es más que un mal menor que sirve para calmar las conciencias y potenciar el egoísmo humano frente a los animales sometidos a nuestros deseos. Pese a lo que se diga, ni un piso es un lugar idóneo para un perro o gato ni el pienso industrial su alimentación natural. Y a pesar de que muchos dueños se esfuerzan a diario para darles todo su cariño, las condiciones de vida acelerada, el hacinamiento de las ciudades y la falta de tiempo de las personas en una sociedad de masas no podrán ser nunca compatible con las necesidades de ningún animal doméstico de compañía.


Una solución para devolver a los animales domésticos su capacidad de decisión y que tenga en cuenta sus intereses en vez de los de los humanos, pasa exclusivamente por su desadaptación a las exigencias humanas y por tanto su vuelta a la naturaleza, sea ésta de la forma que sea y tarde el tiempo que tarde.

7 de marzo de 2014

La falacia de la clase media

“La historia humana ha sido una historia de lucha de clases”. Sin duda esta frase resume muy bien una de las partes de la historia, pero no toda. Decimos no toda porque quizás existen otros aspectos más sutiles que definen la historia, pero también porque en las últimas décadas el concepto de lucha de clases está siendo atacado seriamente por aquellos prosistema más arrécimos. Uno de los recursos más utilizado y que confirman este ataque es el de la llamada clase media. Pero ¿qué entendemos comúnmente por clase media? Como es habitual, la definición que podemos ofrecer aquí no será exacta ni totalitaria, sino una entre varias y eso sí, tratando de justificar ésta acorde a la realidad.


La lucha de clases surge en primer lugar por la obviedad de admitir que en las sociedades civilizadas existen clases cuyos privilegios distan mucho de ser igualitarios. El cómo se hayan creado estas clases a lo largo de la historia no es el objetivo de este artículo, pero sí apoyar la justificación de la lucha de clases. Aunque si bien dicha lucha ha de admitir la existencia de las diferentes clases sociales, esto no quita que la lucha ha sido siempre una causa justa en busca de una sociedad más equitativa, independientemente de cómo haya sido abordada por marxistas, leninistas o anarquistas. No ha sido coincidencia tampoco que la lucha de clases se englobe en un movimiento más amplio en donde se cuestione a la vez el sistema económico imperante que favorece, dicho sea de paso, la perpetuación de las clases ricas en detrimento de las clases menos favorecidas.


Es hasta hace poco más de un siglo, con el crecimiento de las ciudades, la instauración del capitalismo como ideología y la invasión del consumismo y la tecnología cuando la lucha de clases histórica ha perdido todo su sentido para dar paso a la creación falseada de la llamada clase media. Podríamos decir en primer lugar que el concepto de clase media es una desvirtuación de la histórica lucha de clases. De hecho, la clase media ya no está inmersa en dicha lucha porque se refiere a una clase global y mayoritaria cuyo principal interés es el consumo y mediante el cuál se tiende irremediablemente a un conformismo insidioso que anula la capacidad de juicio y acción del individuo. No es de extrañar por tanto que dicho concepto haya sido difundido de forma perversa por la propia clase pudiente para acabar para siempre con la amenaza de la lucha de clases. De hecho, el objetivo es claramente desterrar la histórica lucha de clases. Se diría que han sabido aprovechar las nuevas tendencias conformistas para  justificar dicho concepto. Por esto mismo su esencia resulta falaz.


La clase media se ha ido imponiendo en un contexto de bonanza, de aumento constante de población, en donde las guerras quedan van quedando lejos, y en donde el aumento de producción y consumo se hace patente. En este ambiente, las personas se relajan y se dejan llevar por los dirigentes y por las grandes marcas transnacionales. Pero sobre todo, inconscientemente se dejan engañar por los medios de comunicación que son aquellos que mejor conforman el concepto de clase media y quienes finalmente terminan moldeando su esencia.


La clase media alcanza un nivel de vida que sin ser ostentoso y estar basado en el lujo, se encuentra dentro de lo aceptable para vivir una vida sin complicaciones, con los derechos justos y necesarios para no tener razones para quejarse demasiado y con el incentivo de que siempre se puede aspirar a más, aunque en la realidad solo unos pocos lo harán. Esta clase ya no es ni obrera ni luchadora pues se nos vende como la clase que ha superado la histórica lucha de clases, pero lo peor es que se obvia que el principal interés de dicha clase es el consumismo por tener este término una connotación un tanto dudosa y así, en vez de llamarse “clase consumista”, un nombre más apropiado pero lleno de carga, se le llama clase media. En el contexto en el que vivimos, la clase media se ha impuesto porque ofrece precisamente el final de la lucha de clases, pero sin darnos cuenta nos imbuye no solo en el conformismo, sino también en la envidia, la ambición, la condición de estatus o la degradación espiritual.


Ahora, tras la supuesta crisis económica actual, en donde la subida de precios no ha correspondido a la de salarios, en donde el paro ha subido significativamente, la clase media ha sufrido un revés importante pero en absoluto provocado por el poder, sino por las características propias de un sistema tan complejo como absurdo y que en sí mismo justifica la existencia de clases. Así, paradójicamente, los movimientos ciudadanistas, los sindicatos y los grupos izquierdistas que culpan a los políticos de turno, defienden inconscientemente la creación de empleo que no es otra cosa que el aumento de la producción y por ende del consumo, es decir, el reestablecimiento de una nueva clase media (consumista), es decir, la postración ante el poder que tanto atacan. Grupos éstos inconscientes de la verdadera crisis actual económica, inmersa en una mayor crisis de recursos, ecológica y espiritual.


El objetivo de la lucha de clases no fue ni será jamás la creación de una clase media consumista, conformista y condescendiente con el poder establecido porque resulta mucho más cómodo así; no. El objetivo de la lucha de clases es algo mucho más profundo y radical: en primer lugar, la propia eliminación de las clases sociales; en segundo lugar, la destrucción del sistema productivista o capitalista y en tercer lugar, el propio cuestionamiento del progreso, la invasión tecnológica y las sociedades de masas como factores destructivos del medio natural.

16 de febrero de 2014

El precio de la felicidad

Se podría argumentar que la humanidad ha sacrificado todos sus valores más trascendentales por una vida colmada de placeres. No estamos hablando de individuos personales, sino del conjunto de la masa humana civilizada, la humanidad. Dicho de otra manera, el humano moderno ha desarrollado a lo largo de la historia un camino trivial que ha desembocado en la búsqueda de felicidad o placer infinitos ante cualquier otro valor humano, hasta el punto de sustituirlo por cualquier otro valor esencial y propiamente humano. De primeras, tratar de vivir una vida mejor e incluso feliz no debería de ser algo negativo, pero cuando dicho intento se convierte en un signo de fanatismo, de priorización absoluta, en donde el coste por conseguirlo es inmensamente destructivo a distintos niveles, ya no solo es un acto negativo, sino tremendamente cruel, degradante e inhumano, además de falso.

Una de las preguntas que surgen al respecto sería: ¿es justo tratar de ser feliz a costa del sufrimiento de otros individuos? o a un nivel más drástico pero no por ello menos real: ¿es justo tratar de ser feliz a costa de la muerte de otros individuos? La posible objeción que trataría de echar por tierra el sentido de esta cuestión es justificar que la felicidad de unos es independiente del sufrimiento de otros, pero esto en la realidad es totalmente falso y así se hace notar en el presente análisis, así como en el precedente grito de rabia “falsedad”, publicado en este mismo blog. Si decimos que la inmensa totalidad de búsqueda de felicidad o de placer que se otorgan algunos como derecho deriva del sufrimiento de otros tantos, que además son mayoría, es porque tenemos pruebas que lo demuestran, por lo tanto, no se puede hablar de hechos independientes.

Cabe decir que aquí no estamos debatiendo si la felicidad es deseable o si es posible, si es un hecho alcanzable o es una quimera, sino de cuál es el coste que alcanza su generalización social, pues realmente esto es más importante; hay que añadir que no estaríamos juzgando este hecho si dicha búsqueda no tuviera ningún coste, pero como lo tiene, ha de ser juzgada. Por otra parte, el valor de la felicidad resulta ampliamente ambiguo por su tendencia hacia la individualidad. Un acto de valor humano es aquel que en su consumación no deja consecuencias negativas para terceros. Es decir, valores como el respeto mutuo o la solidaridad son valores intrínsecamente buenos porque otorgan desinteresadamente resultados positivos a terceros, además de que tienden siempre a la equidad y reciprocidad, al contrario que la felicidad que es exclusivamente individualista.

El ser humano moderno ha antepuesto el valor de la felicidad y del placer por cualquier otro valor y lo ha hecho universal. Ante la creación paulatina de una sociedad tan compleja como la actual y en su camino hacia la búsqueda del bienestar ante cualquier otra cosa, los riesgos se fueron incrementando a medida que se iba avanzando y las consecuencias de esta anteposición han sido brutales. El coste ha superado ya todo lo inimaginable. Para que millones de seres humanos aspiren a una vida de bienestar y de felicidad, otros miles de millones de seres humanos y otras decenas de miles de millones de seres no humanos o animales tienen que vivir una vida condenada al sufrimiento hasta la muerte porque así lo han decidido la minoría opulenta.

Como ya hemos hecho otras veces, debemos exponer varios ejemplos que corroboren esta afirmación, tan drástica como real:

Uno de ellos es aquel que empezó como rumor hace algunas décadas y que luego cobró auténtica y pasmosa veracidad sobre la explotación infantil que se venía produciendo en la industria textil. Millones de personas en el mundo se escandalizaron porque mucha de la ropa que compraba y vestía en el primer mundo había sido confeccionada en países asiáticos mediante condiciones esclavas. Poderosas multinacionales fueron señaladas como saqueadoras de mano de obra barata con el fin de incrementar sus cifras de beneficios en varios ceros a costa de la esclavitud de personas y niños. Aquella de las primeras fiebres contra la rapiña capitalista tuvo su interés social, pero poco a poco se fue olvidando y hoy el esclavismo infantil continúa aunque quizás en menor grado.

Otro ejemplo menos conocido pero no menos cruel es el de la industria tecnológica en su relación con las guerras ocurridas en las últimas décadas en el Congo y también con la esclavitud infantil y no infantil en la obtención del coltán para la fabricación de teléfonos móviles, televisores, portátiles, gps y otros aparatos electrónicos altamente sofisticados. Por desgracia, esta relación es desconocida por la mayoría de los consumidores del primer mundo que sucumben a las exhaustivas campañas de marketing persuadiéndolos para que compren más aparatos e incrementando a la vez las necesidades de este mineral escaso y maldito. El poder de la tecnología, en continuo crecimiento y su arraigo cada vez mayor en las nuevas generaciones, que son las que más consumen, es lo que posiblemente haya contribuido a que esta fatídica relación no haya sido tenida en cuenta de igual modo a la de la industria textil.

El último ejemplo que citaremos, a pesar de que hay muchos más, es aquel menos conocido todavía que el anterior hasta el punto de que es ignorado por la inmensa mayoría de la población occidental: la esclavitud y asesinato de decenas de miles de millones animales, necesarios para que millones de humanos disfruten comiéndolos o vistiéndose con sus pieles. La relación aquí es más fácil de ver, pues es directa. La diferencia es que ya no son humanos los explotados sino animales que no pertenecen a la especie humana, por lo que la mayoría de dichos humanos no se plantea esto como problema y aún así, el especismo imperante no excluye la verdad de que existe una altísima dosis de sufrimiento en cada uno de los individuos animales condenados y sacrificados para el bienestar humano. Sin embargo, y por lo general, el consumo de carne o pescado está relacionado más con la satisfacción de placeres que con la búsqueda de felicidad. Este culto por el placer tiene además una adicional dosis de autoengaño, pues son muchos los estudios que demuestran que el consumo de carne perjudica seriamente la salud física, algo que resulta incompatible con una vida sana y feliz.

Todos estos hechos y muchos más que obviamente no podemos incluir están claramente relacionados entre sí y tienen relaciones evidentes en algunos casos más que otros entre sufrimiento y búsqueda de felicidad o de placer. Por ello, no deben tomarse como hechos aislados, sino que es el conjunto de todos ellos lo que ratifica la continua búsqueda de placer de la masa opulenta frente a la miseria de la masa mal parada. Quererse vestir a la moda o cambiar de teléfono móvil cada año porque el que tenemos ya está anticuado no garantiza a nadie la felicidad perpetua, ni mucho menos atiborrarse de hamburguesas a diario, pero nos sumerge en un clima de falsedad social porque mediante la publicidad nos convencen para saciar nuestros deseos ante todo y se nos incita a comprar más objetos, lo que lleva irremediablemente a perpetuar el sufrimiento de las víctimas. Sin embargo, y al margen del análisis de las consecuencias del coste del placer, esta forma de condicionamiento mental jamás podrá aspirar a que ningún individuo pueda alcanzar la felicidad plena aún sin perjudicar a otros, pues si se lograra dicha felicidad las personas ya no necesitarían consumir más que lo justo y la trampa se acabaría. Sentimientos como la decepción, la envidia y el vicio son necesariamente mezclados entre la masa con la falsa búsqueda del placer buscando el objetivo de crear un clima de envidia y ambición generalizada y esto no tiene nada que ver con la felicidad.

Si ya de por sí la búsqueda de la felicidad es un valor con riesgos por su clara individualidad, la realidad que nos venden lo desborda ya que lo sitúa en la cúspide de los todos los valores. Que alguien logre ser realmente feliz o no es algo secundario pues lo importante es “vender que tenemos que colmar nuestros deseos a cualquier precio”. Por otra parte, ¿qué clase de mundo es aquel que sacrifica la libertad del individuo o el respeto mutuo por la felicidad y el placer?

Como dijo el filósofo hindú Krishnamurti, “no es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. Cuerpo y mente están incluidos en esta frase y efectivamente es esta falsa adaptación, la cuál nos venden como signo de felicidad e incluso de estatus, la que supuestamente lleva a una vida llena de placeres y posiblemente a la felicidad suprema, cuando en el fondo esto no deja de ser más que un síntoma evidente de la degradación humana. Por supuesto, los elevados costes que conlleva este engaño son siempre omitidos y aquí los hemos sacado a la luz.