24 de abril de 2014

Un libro esencial


Aunque no suelo publicar entradas dedicadas a libros, con éste he de hacer una excepción, pues como dice en su prólogo, no es un libro importante, sino crucial para el curso de la humanidad.

Por fin alguien ha puesto nombre a la ideología que defiende masivamente el consumo de carne en todo el mundo: el carnismo. Una ideología que permanece invisible a casi todos, que no es reconocida y que quiere perpetuarse a costa de la violencia, de un brutal régimen esclavista y de un sistema de opresión que además ha superado ya con creces los mayores holocaustos humanos de toda la historia. Este libro argumenta de forma estudiada y pormenorizada las raíces del consumo de carne y sobre todo porqué seguimos haciéndolo, los intereses que hay detrás y las defensas injustificadas de los consumidores. Aborda de forma excelente las contradicciones en las que caemos al cuidar a unos animales y comernos a otros, los prejuicios culturales que apoyan esta dicotomía y los mitos más importantes que mantienen todo el sistema en pie. Además, aporta testimonios de cómo funciona por dentro el sistema de producción de carne incluyendo numerosas entrevistas y testimonios de quienes lo sustentan.

Desde este blog consideramos imprescindible la lectura de este libro, dirigido a todos los públicos, ya que forma parte de un cambio universal que aboga por un cambio necesario para todos los seres vivos del planeta y para el propio planeta, gravemente amenazado por el virus de la humanidad. No debe haber diferencia de especie, al igual que no hay diferencia de raza ni de sexo, ni de credo, tampoco arrogancia de superioridad ni prioridades para los humanos oprimidos, pues todos y cada uno tienen los mismos deseos de ser libres.

Por último, y no sé si por suerte o por desgracia, quiero decir que este libro ha tenido fuertes ataques en internet por los defensores más fanáticos del carnismo, en donde se han podido constatar insultos y blasfemias de todo tipo a la autora, con una falta total de respeto y de educación, y aportando pocas o nulas argumentaciones. Obviamente era algo de esperar, ya que el descubrimiento de la verdad y el deseo de libertad hace tambalear lo más profundo de las conciencias que sustentan el engranaje del sistema y la ideología que tiende a justificarlo. Estas reacciones masivas responden a la extendida irracionalidad de las sociedades de masas, contraria a cualquier cuestionamiento del status quo y de la que ya hemos advertido a menudo en este blog. Aunque por otra parte, las reacciones fanáticas, y que se pueden comparar a las de la Iglesia Católica del siglo XV contra los supuestos herejes que descubrían verdades o aquellas que repudiaban y blasfemaban a los primeros abolicionistas que reclamaban derechos para las razas o clases más oprimidas son una clarísima muestra de que la justicia y la verdad empiezan a ganar terreno y de que el sistema está construido sobre mentiras que tarde o temprano son derrumbadas por aquellas voces revolucionarias que claman libertad para todos, incluidos por supuesto los animales no humanos.

Es posible que la libertad para los animales esclavizados tarde mucho más en llegar que otros grupos oprimidos humanos, precisamente porque no son humanos, pero sin duda llegará.   


13 de abril de 2014

El sentido de la información

Ante el avance demencial de las nuevas formas tecnológicas de comunicación, los recursos informativos y los noticiarios han alcanzado el nivel de saturación en todos los medios en donde se difunden, hecho que nos obliga a preguntar qué sentido tiene tan abrumadora cantidad de información en un mundo como éste.

Obviamente y bien analizado, tal cantidad de información viene dada en una sociedad masificada y acelerada en la que cualquier cosa se mide en millones o billones y cuya necesidad de noticias es la misma que hace dos siglos se podía dar en otras sociedades mucho más pequeñas, como las poblaciones rurales. La cuestión es que si antes las noticias apenas eran compartidas por unas pocas personas y el medio por el que circulaban eran de viva voz, ahora las noticias más importantes llegan en pocos segundos a miles de millones de personas por medios mayoritariamente informáticos o audiovisuales.

Esto para muchos supuso un avance importante y cientos de ventajas, pero también acarrea serios problemas:

Primer problema: dichos medios están controlados por una ínfima minoría de empresas líderes de comunicación, encargadas de filtrar las noticias una a una y de seleccionar las más convenientes para su interés.

Segundo problema: dado que las noticias son sesgadas por las empresas líderes, el riesgo de interpretación e interés en la selección de noticias es evidente. Pero no solo eso, gracias a la multitud de posibilidades tecnológicas que ofrece la informática, el poder de manipulación, ocultación y distorsión de lo que es la realidad de los hechos que se quieren transmitir supone una ventaja para aquellos que están siempre en la posición de ofrecer noticias.

Tercer problema: exceso de información en internet. A menudo se dice que internet es como un refugio en el que la difusión de información es al menos más libre y democrática que cualquier otro medio de comunicación, pero esto no quiere decir que escape totalmente a los dos problemas expuestos arriba. Es más, puesto que internet es sin duda el medio más usado para la difusión de información, la saturación se hace más patente en este medio que en ningún otro y la falsa percepción como medio libre es fácilmente malentendida.

Independientemente de por dónde viaje la información, el resultado es que tenemos millones de noticias diversas sucedidas a miles de kilómetros que son contadas con importancia y prioridad  interesada y que en muchas ocasiones tienen la función de influir e incluso modificar las pautas de conducta del público receptor y de su análisis de la realidad, pero dado que el porcentaje de manipulación es casi total, el sujeto receptor se convierte en un receptor pasivo incapaz de desarrollar su sentido crítico y de cuestionar la veracidad de la información que recibe. Todo esto se complica más si intencionadamente se ofrece un bombardeo continuo de noticias cuya función es saturar la mente de las personas e incapacitarlas para filtrar noticias.

Pero, ¿cuáles son algunas de las consecuencias de la saturación de información en el mundo globalizado? Si comparamos las noticias que circulan a toda velocidad en cualquier ciudad o entre ciudades de todo el mundo con las noticias que corrían a viva voz en un pequeño núcleo de unos pocos habitantes encontramos enormes diferencias. En un pueblo, cualquier suceso trágico es tan cercano que enfrenta a los habitantes a una dura realidad. Al conocerse entre ellos, es más fácil ponerse en el lugar del otro y las noticias tienen un mayor sentido, además de un menor riesgo de control y manipulación.

A medida que las sociedades crecen y se inventa el periodismo, es inevitable una distorsión de las noticias. En primer lugar, en una ciudad, cualquier hecho importante o suceso tiende a darse lo suficientemente lejos como para no afectarnos o tiende a ocurrirle a cualquier persona que  no conocemos, porque como ya se sabe, en el mundo masificado nadie conoce a nadie, las personas se vuelven autómatas que transitan por las calles de forma acelerada e indiferente. Si esto puede aplicarse a una ciudad cualquiera no hablemos ya de una megaciudad, de un estado -o grupo de ciudades- o la información internacional entre países donde las distancias se miden por miles de kilómetros y donde el sujeto receptor apenas puede verse afectado de alguna forma por lo que suele ocurrir en lugares tan distantes entre sí. En estos casos, ¿para qué sirve tanta información? o mejor aún, ¿para qué sirve la información?

Históricamente, la información ha sido una necesidad desde la formación de las primeras sociedades, digamos que ha formado siempre parte de la naturaleza humana, además de que nació con un carácter neutral, pero la evolución ha querido que mientras sigue existiendo dicha necesidad, la información está perdiendo el carácter neutral de su esencia, y su sentido de cambio, al igual que otras formas de comunicación más nocivas e interesadas como la publicidad, cuya creación y necesidad ha sido consecuencia directa de las relaciones de competitividad del mercado. Así, mientras la publicidad ha tenido siempre un sentido interesado y concentrado únicamente en el poder, la información ha sido usurpada con los años por dicho poder y puesta en evidencia.

Volviendo a los núcleos reducidos de población, ya sean del pasado o del presente, la información tiene en sí muchas utilidades prácticas, porque en primer lugar tiende a ser de viva voz, en segundo lugar no está controlada por ningún medio interesado y en tercer lugar porque es tan cercana que todos se ven afectados. Si hay algo para lo que debería servir la información, si ésta tiene un sentido, es para provocar cambios en las conductas de las personas, algo posible en este tipo de núcleos pero harto improbable en las grandes ciudades donde la masificación se ha impuesto como norma primera de adaptación. Por tanto, ¿qué sentido tendría aquí la información si con ella no se pueden siquiera provocar cambios, más si cabe cuando dicha información está controlada por unos pocos medios al servicio del poder? La información se convierte así en un recurso del propio poder que solo sirve para perpetuarse. Poco importa para esto el contenido de las noticias de las que hablamos, de si son hechos políticos, económicos o sociales, de si son sucesos de asesinatos o accidentes de tráfico.

Precisamente, como decimos, la información de hoy en día sufre un altísimo grado de interés de manipulación y ocultación por parte de quienes la controlan y cuyos objetivos son ofrecer un alto nivel de información que provoque la saturación social para mantener el status quo inviolable, y la falsa idea del progreso estable, bloqueando así cualquier posibilidad de cambio y menos aún cualquier posibilidad de transformación social que derribe el orden existente.

Por desgracia, no se puede hablar de una información alternativa en núcleos tan masificados como las grandes ciudades que forman el mundo globalizado, en donde el único medio de transmisión es tecnológico, precisamente porque la única opción es tecnológica y dicha opción solo favorece el carácter sesgado de la propia comunicación. Esto quiere decir que mientras no haya otra forma de difundir la información, la alternativa no tendrá nunca ningún sentido y dicha forma es incompatible con el mundo urbanizado, sencillamente, ya no existe.

Para recuperar la esencia de la información veraz y neutral son muy pocos los caminos pero los que son, deben ser profundos y radicales -cuestionan cambios desde la raíz-: no necesariamente en este orden, estos caminos empiezan por la desmasificación, la desurbanización y la destecnologización, que a la vez son conceptos claramente transformadores y revitalizadores porque cuestionan directamente la esencia interesada de la información y todas las formas de comunicación además de su intencionada negación de cambiar el orden de las cosas.

27 de marzo de 2014

Decidir por los animales

Hoy en día la adopción y tenencia de animales de compañía en las casas se ve como una posible solución al problema de los “animales callejeros”. Pero, ¿realmente lo es? Si lo vemos desde la perspectiva de las posibles molestias que puedan causar a los ciudadanos parece que sí lo soluciona, aunque solo en parte porque los principales animales de compañía que son los perros deben seguir saliendo a la calle para cumplir parcialmente con algunas de sus necesidades naturales, siempre bajo la vigilancia de los dueños y sin causar molestias al resto de paseantes. Hasta aquí podríamos estar de acuerdo.


Veámoslo ahora desde la perspectiva de los propios animales y la cosa no estará tan clara, pues al fin y al cabo y por mucho que un animal casero esté en mejores condiciones que un animal callejero, al menos en cuestión de su propia seguridad, ninguno de estos animales ha tenido la oportunidad de decidir dónde y cómo quiere vivir. Lógicamente debemos decir que el contexto actual no le da muchas opciones, y es precisamente por esto por lo que a lo largo de miles de años su mundo natural se ha visto reducido por culpa de la civilización y su cercanía a los humanos ha sido impuesta, por lo que se han quedado sin opciones. Pero si lo analizamos más concienzudamente vemos que durante toda esta larga cantidad de años se han tomado miles, sino millones de decisiones en torno a estos animales y en general hacia todos los animales domésticos, desde su domesticación más primaria hasta la modificación genética, pasando por la formación en rebaños, su elección de uso, su amansamiento, la división en razas, o su selección artificial. Todas y cada una de estas decisiones han sido exclusivamente humanas y esto se traduce por una limitación de sus opciones de vida.


Pero hagamos una pequeña digresión: ¿pueden los animales decidir por sí mismos? Si tenemos la certeza y esto nadie lo puede negar, de que los animales domésticos fueron un día animales salvajes que desarrollaban sus necesidades primarias en plena naturaleza y en armonía con ella, debemos afirmar que al menos estos animales gozaron alguna vez de capacidad de decisión propia hasta que la especial evolución de un grupo, los animales humanos, utilizaron su creciente inteligencia para anulársela y transformarlo en esclavo. Por tanto, se puede decir que un animal salvaje tiene más opciones de decisión que un animal doméstico en tanto aquél continúa en libertad mientras que éste ha sido esclavizado y su capacidad de decisión reprimida a lo largo del tiempo. El hecho de que un animal doméstico no pueda decidir por sí mismo es por su condición únicamente de esclavitud (animales como recursos) o tenencia vigilada (animales de compañía o animales caseros) y no por otro hecho. En cuanto la condición de esclavitud se redujera empezaría a recuperarse su capacidad de decisión.


Así las cosas, cualquiera podría decir que un animal doméstico no podría sobrevivir en estado salvaje, pero ni falta que le haría en tanto el período de transición hacia la vida salvaje sería probablemente tan largo como ha sido el contrario. Aún así, no es esto lo que nos preocupa en este artículo, sino el hecho de que debemos afirmar que la domesticidad tan solo es un estado de anulación de voluntad animal o esclavitud que ni mucho menos niega la capacidad de decisión de los animales dotados de alma o conciencia. Por descontado, no discutiremos aquí tampoco si los animales tienen o no tienen alma puesto que no dudamos de ello (en este blog hemos dado ya suficientes argumentos que demuestran que los animales poseen alma).


Volviendo a la cuestión principal y centrándonos únicamente en los animales domésticos, que son sin duda los que poseen menos opciones de decisión, es fácil deducir que a mayor grado de domesticidad o esclavitud, menos opciones de decisión y así, los animales de compañía como los perros o los gatos, gozan de una mayor capacidad de decisión que el resto, siendo los primeros en la pirámide en cuanto a trato recibido por los humanos. Las diferencias abismales en cuanto al trato recibido entre los primeros y los últimos de la pirámide -los animales como recursos- guardan relación con el uso que se les ha dado en la historia aunque no en todos los lugares del mundo han sido siempre utilizados de la misma manera. Al margen de las diferencias culturales y religiosas, el uso de animal de compañía -porque no deja de ser uso- otorga a estos una mayor calidad de vida por lo general dependiendo del dueño que le haya tocado, mientras que el uso como recurso, que son la mayoría (vacas, cerdos, ovejas, cabras, gallinas, pollos, caballos, toros, camellos, etc.) están condenados a una vida de esclavitud y enorme sufrimiento incluso hasta en el momento de su muerte. Cabe decir que hay animales como los conejos que son usados tanto como recurso como animal de compañía.


Tantos unos como otros, los animales siguen siendo sometidos a nuestros deseos y exigencias. En el caso de los animales como recurso, el sometimiento es brutal, su capacidad de decisión es nula puesto que ha sido totalmente sustituida por las innumerables decisiones humanas que aún hoy en día continúan afectando a su esencia comportamental, anatómica y genética. El lugar donde nacen, malviven y mueren está intencionadamente alejado de las grandes poblaciones y los métodos empleados son ocultados al público y a los medios de comunicación para que no se sepa la verdad. No se tiene en cuenta su capacidad de sufrimiento ni su capacidad de decisión y la consideración general hacia ellos es de absoluta indiferencia.


En los animales de compañía, el sometimiento se ha relajado más, son mejor considerados y se tiene en cuenta su capacidad de sufrimiento, pero en absoluto su capacidad de decisión, ya que estos animales siguen siendo sometidos al proceso de vida humana social. Se decide el lugar en donde van a vivir, la compañía que tendrán, su alimentación, el deber de ser castrados como un “mal necesario”, las horas para salir a hacer sus necesidades y a jugar, e incluso el falso convencimiento de interpretar sus sentimientos cuando en el fondo son tan distantes que jamás podremos ni siquiera intuirlos. Tras años de esfuerzo por sacar a los animales de su hábitat y de modificar su esencia solo para satisfacer nuestra sed de dominación, incluso los animales que supuestamente viven mejor y sufren menos están sometidos a nuestros deseos de forma egoísta.


A menudo se fomenta la adopción de los animales de compañía para acabar con su tráfico y abandono, pero la adopción no es más que un mal menor que sirve para calmar las conciencias y potenciar el egoísmo humano frente a los animales sometidos a nuestros deseos. Pese a lo que se diga, ni un piso es un lugar idóneo para un perro o gato ni el pienso industrial su alimentación natural. Y a pesar de que muchos dueños se esfuerzan a diario para darles todo su cariño, las condiciones de vida acelerada, el hacinamiento de las ciudades y la falta de tiempo de las personas en una sociedad de masas no podrán ser nunca compatible con las necesidades de ningún animal doméstico de compañía.


Una solución para devolver a los animales domésticos su capacidad de decisión y que tenga en cuenta sus intereses en vez de los de los humanos, pasa exclusivamente por su desadaptación a las exigencias humanas y por tanto su vuelta a la naturaleza, sea ésta de la forma que sea y tarde el tiempo que tarde.

7 de marzo de 2014

La falacia de la clase media

“La historia humana ha sido una historia de lucha de clases”. Sin duda esta frase resume muy bien una de las partes de la historia, pero no toda. Decimos no toda porque quizás existen otros aspectos más sutiles que definen la historia, pero también porque en las últimas décadas el concepto de lucha de clases está siendo atacado seriamente por aquellos prosistema más arrécimos. Uno de los recursos más utilizado y que confirman este ataque es el de la llamada clase media. Pero ¿qué entendemos comúnmente por clase media? Como es habitual, la definición que podemos ofrecer aquí no será exacta ni totalitaria, sino una entre varias y eso sí, tratando de justificar ésta acorde a la realidad.


La lucha de clases surge en primer lugar por la obviedad de admitir que en las sociedades civilizadas existen clases cuyos privilegios distan mucho de ser igualitarios. El cómo se hayan creado estas clases a lo largo de la historia no es el objetivo de este artículo, pero sí apoyar la justificación de la lucha de clases. Aunque si bien dicha lucha ha de admitir la existencia de las diferentes clases sociales, esto no quita que la lucha ha sido siempre una causa justa en busca de una sociedad más equitativa, independientemente de cómo haya sido abordada por marxistas, leninistas o anarquistas. No ha sido coincidencia tampoco que la lucha de clases se englobe en un movimiento más amplio en donde se cuestione a la vez el sistema económico imperante que favorece, dicho sea de paso, la perpetuación de las clases ricas en detrimento de las clases menos favorecidas.


Es hasta hace poco más de un siglo, con el crecimiento de las ciudades, la instauración del capitalismo como ideología y la invasión del consumismo y la tecnología cuando la lucha de clases histórica ha perdido todo su sentido para dar paso a la creación falseada de la llamada clase media. Podríamos decir en primer lugar que el concepto de clase media es una desvirtuación de la histórica lucha de clases. De hecho, la clase media ya no está inmersa en dicha lucha porque se refiere a una clase global y mayoritaria cuyo principal interés es el consumo y mediante el cuál se tiende irremediablemente a un conformismo insidioso que anula la capacidad de juicio y acción del individuo. No es de extrañar por tanto que dicho concepto haya sido difundido de forma perversa por la propia clase pudiente para acabar para siempre con la amenaza de la lucha de clases. De hecho, el objetivo es claramente desterrar la histórica lucha de clases. Se diría que han sabido aprovechar las nuevas tendencias conformistas para  justificar dicho concepto. Por esto mismo su esencia resulta falaz.


La clase media se ha ido imponiendo en un contexto de bonanza, de aumento constante de población, en donde las guerras quedan van quedando lejos, y en donde el aumento de producción y consumo se hace patente. En este ambiente, las personas se relajan y se dejan llevar por los dirigentes y por las grandes marcas transnacionales. Pero sobre todo, inconscientemente se dejan engañar por los medios de comunicación que son aquellos que mejor conforman el concepto de clase media y quienes finalmente terminan moldeando su esencia.


La clase media alcanza un nivel de vida que sin ser ostentoso y estar basado en el lujo, se encuentra dentro de lo aceptable para vivir una vida sin complicaciones, con los derechos justos y necesarios para no tener razones para quejarse demasiado y con el incentivo de que siempre se puede aspirar a más, aunque en la realidad solo unos pocos lo harán. Esta clase ya no es ni obrera ni luchadora pues se nos vende como la clase que ha superado la histórica lucha de clases, pero lo peor es que se obvia que el principal interés de dicha clase es el consumismo por tener este término una connotación un tanto dudosa y así, en vez de llamarse “clase consumista”, un nombre más apropiado pero lleno de carga, se le llama clase media. En el contexto en el que vivimos, la clase media se ha impuesto porque ofrece precisamente el final de la lucha de clases, pero sin darnos cuenta nos imbuye no solo en el conformismo, sino también en la envidia, la ambición, la condición de estatus o la degradación espiritual.


Ahora, tras la supuesta crisis económica actual, en donde la subida de precios no ha correspondido a la de salarios, en donde el paro ha subido significativamente, la clase media ha sufrido un revés importante pero en absoluto provocado por el poder, sino por las características propias de un sistema tan complejo como absurdo y que en sí mismo justifica la existencia de clases. Así, paradójicamente, los movimientos ciudadanistas, los sindicatos y los grupos izquierdistas que culpan a los políticos de turno, defienden inconscientemente la creación de empleo que no es otra cosa que el aumento de la producción y por ende del consumo, es decir, el reestablecimiento de una nueva clase media (consumista), es decir, la postración ante el poder que tanto atacan. Grupos éstos inconscientes de la verdadera crisis actual económica, inmersa en una mayor crisis de recursos, ecológica y espiritual.


El objetivo de la lucha de clases no fue ni será jamás la creación de una clase media consumista, conformista y condescendiente con el poder establecido porque resulta mucho más cómodo así; no. El objetivo de la lucha de clases es algo mucho más profundo y radical: en primer lugar, la propia eliminación de las clases sociales; en segundo lugar, la destrucción del sistema productivista o capitalista y en tercer lugar, el propio cuestionamiento del progreso, la invasión tecnológica y las sociedades de masas como factores destructivos del medio natural.

16 de febrero de 2014

El precio de la felicidad

Se podría argumentar que la humanidad ha sacrificado todos sus valores más trascendentales por una vida colmada de placeres. No estamos hablando de individuos personales, sino del conjunto de la masa humana civilizada, la humanidad. Dicho de otra manera, el humano moderno ha desarrollado a lo largo de la historia un camino trivial que ha desembocado en la búsqueda de felicidad o placer infinitos ante cualquier otro valor humano, hasta el punto de sustituirlo por cualquier otro valor esencial y propiamente humano. De primeras, tratar de vivir una vida mejor e incluso feliz no debería de ser algo negativo, pero cuando dicho intento se convierte en un signo de fanatismo, de priorización absoluta, en donde el coste por conseguirlo es inmensamente destructivo a distintos niveles, ya no solo es un acto negativo, sino tremendamente cruel, degradante e inhumano, además de falso.

Una de las preguntas que surgen al respecto sería: ¿es justo tratar de ser feliz a costa del sufrimiento de otros individuos? o a un nivel más drástico pero no por ello menos real: ¿es justo tratar de ser feliz a costa de la muerte de otros individuos? La posible objeción que trataría de echar por tierra el sentido de esta cuestión es justificar que la felicidad de unos es independiente del sufrimiento de otros, pero esto en la realidad es totalmente falso y así se hace notar en el presente análisis, así como en el precedente grito de rabia “falsedad”, publicado en este mismo blog. Si decimos que la inmensa totalidad de búsqueda de felicidad o de placer que se otorgan algunos como derecho deriva del sufrimiento de otros tantos, que además son mayoría, es porque tenemos pruebas que lo demuestran, por lo tanto, no se puede hablar de hechos independientes.

Cabe decir que aquí no estamos debatiendo si la felicidad es deseable o si es posible, si es un hecho alcanzable o es una quimera, sino de cuál es el coste que alcanza su generalización social, pues realmente esto es más importante; hay que añadir que no estaríamos juzgando este hecho si dicha búsqueda no tuviera ningún coste, pero como lo tiene, ha de ser juzgada. Por otra parte, el valor de la felicidad resulta ampliamente ambiguo por su tendencia hacia la individualidad. Un acto de valor humano es aquel que en su consumación no deja consecuencias negativas para terceros. Es decir, valores como el respeto mutuo o la solidaridad son valores intrínsecamente buenos porque otorgan desinteresadamente resultados positivos a terceros, además de que tienden siempre a la equidad y reciprocidad, al contrario que la felicidad que es exclusivamente individualista.

El ser humano moderno ha antepuesto el valor de la felicidad y del placer por cualquier otro valor y lo ha hecho universal. Ante la creación paulatina de una sociedad tan compleja como la actual y en su camino hacia la búsqueda del bienestar ante cualquier otra cosa, los riesgos se fueron incrementando a medida que se iba avanzando y las consecuencias de esta anteposición han sido brutales. El coste ha superado ya todo lo inimaginable. Para que millones de seres humanos aspiren a una vida de bienestar y de felicidad, otros miles de millones de seres humanos y otras decenas de miles de millones de seres no humanos o animales tienen que vivir una vida condenada al sufrimiento hasta la muerte porque así lo han decidido la minoría opulenta.

Como ya hemos hecho otras veces, debemos exponer varios ejemplos que corroboren esta afirmación, tan drástica como real:

Uno de ellos es aquel que empezó como rumor hace algunas décadas y que luego cobró auténtica y pasmosa veracidad sobre la explotación infantil que se venía produciendo en la industria textil. Millones de personas en el mundo se escandalizaron porque mucha de la ropa que compraba y vestía en el primer mundo había sido confeccionada en países asiáticos mediante condiciones esclavas. Poderosas multinacionales fueron señaladas como saqueadoras de mano de obra barata con el fin de incrementar sus cifras de beneficios en varios ceros a costa de la esclavitud de personas y niños. Aquella de las primeras fiebres contra la rapiña capitalista tuvo su interés social, pero poco a poco se fue olvidando y hoy el esclavismo infantil continúa aunque quizás en menor grado.

Otro ejemplo menos conocido pero no menos cruel es el de la industria tecnológica en su relación con las guerras ocurridas en las últimas décadas en el Congo y también con la esclavitud infantil y no infantil en la obtención del coltán para la fabricación de teléfonos móviles, televisores, portátiles, gps y otros aparatos electrónicos altamente sofisticados. Por desgracia, esta relación es desconocida por la mayoría de los consumidores del primer mundo que sucumben a las exhaustivas campañas de marketing persuadiéndolos para que compren más aparatos e incrementando a la vez las necesidades de este mineral escaso y maldito. El poder de la tecnología, en continuo crecimiento y su arraigo cada vez mayor en las nuevas generaciones, que son las que más consumen, es lo que posiblemente haya contribuido a que esta fatídica relación no haya sido tenida en cuenta de igual modo a la de la industria textil.

El último ejemplo que citaremos, a pesar de que hay muchos más, es aquel menos conocido todavía que el anterior hasta el punto de que es ignorado por la inmensa mayoría de la población occidental: la esclavitud y asesinato de decenas de miles de millones animales, necesarios para que millones de humanos disfruten comiéndolos o vistiéndose con sus pieles. La relación aquí es más fácil de ver, pues es directa. La diferencia es que ya no son humanos los explotados sino animales que no pertenecen a la especie humana, por lo que la mayoría de dichos humanos no se plantea esto como problema y aún así, el especismo imperante no excluye la verdad de que existe una altísima dosis de sufrimiento en cada uno de los individuos animales condenados y sacrificados para el bienestar humano. Sin embargo, y por lo general, el consumo de carne o pescado está relacionado más con la satisfacción de placeres que con la búsqueda de felicidad. Este culto por el placer tiene además una adicional dosis de autoengaño, pues son muchos los estudios que demuestran que el consumo de carne perjudica seriamente la salud física, algo que resulta incompatible con una vida sana y feliz.

Todos estos hechos y muchos más que obviamente no podemos incluir están claramente relacionados entre sí y tienen relaciones evidentes en algunos casos más que otros entre sufrimiento y búsqueda de felicidad o de placer. Por ello, no deben tomarse como hechos aislados, sino que es el conjunto de todos ellos lo que ratifica la continua búsqueda de placer de la masa opulenta frente a la miseria de la masa mal parada. Quererse vestir a la moda o cambiar de teléfono móvil cada año porque el que tenemos ya está anticuado no garantiza a nadie la felicidad perpetua, ni mucho menos atiborrarse de hamburguesas a diario, pero nos sumerge en un clima de falsedad social porque mediante la publicidad nos convencen para saciar nuestros deseos ante todo y se nos incita a comprar más objetos, lo que lleva irremediablemente a perpetuar el sufrimiento de las víctimas. Sin embargo, y al margen del análisis de las consecuencias del coste del placer, esta forma de condicionamiento mental jamás podrá aspirar a que ningún individuo pueda alcanzar la felicidad plena aún sin perjudicar a otros, pues si se lograra dicha felicidad las personas ya no necesitarían consumir más que lo justo y la trampa se acabaría. Sentimientos como la decepción, la envidia y el vicio son necesariamente mezclados entre la masa con la falsa búsqueda del placer buscando el objetivo de crear un clima de envidia y ambición generalizada y esto no tiene nada que ver con la felicidad.

Si ya de por sí la búsqueda de la felicidad es un valor con riesgos por su clara individualidad, la realidad que nos venden lo desborda ya que lo sitúa en la cúspide de los todos los valores. Que alguien logre ser realmente feliz o no es algo secundario pues lo importante es “vender que tenemos que colmar nuestros deseos a cualquier precio”. Por otra parte, ¿qué clase de mundo es aquel que sacrifica la libertad del individuo o el respeto mutuo por la felicidad y el placer?

Como dijo el filósofo hindú Krishnamurti, “no es saludable estar bien adaptado a una sociedad profundamente enferma”. Cuerpo y mente están incluidos en esta frase y efectivamente es esta falsa adaptación, la cuál nos venden como signo de felicidad e incluso de estatus, la que supuestamente lleva a una vida llena de placeres y posiblemente a la felicidad suprema, cuando en el fondo esto no deja de ser más que un síntoma evidente de la degradación humana. Por supuesto, los elevados costes que conlleva este engaño son siempre omitidos y aquí los hemos sacado a la luz.

23 de enero de 2014

Objeción a la competitividad y el ánimo de lucro

Estamos en esta ocasión ante lo que es quizás el pilar menos cuestionado del sistema: la fórmula económica mundial. Efectivamente, la competitividad se ha impuesto como el modo más rápido y seguro que tiene de funcionar la economía mundial, en lo que se viene a llamar sistema capitalista o monetario. Un sistema basado en la competición entre individuos, asociaciones, empresas o sociedades, cuyo objetivo único y exclusivo no es la administración equitativa de los recursos -si es que alguna vez lo fue- sino la multiplicación de beneficios a cualquier precio. Este modelo permite que muchos ganen demasiado, pero que tarde o temprano muchos más pierdan y se arruinen. Este modelo -y a la realidad nos remitimos- lleva inevitablemente a la opulencia de unos cuantos por la miseria de la mayoría.


Una de las consecuencias más funestas que ha creado este modelo económico es la implantación y extensión de una ideología a nivel social, es decir, su aceptación prácticamente inconsciente por parte de las masas. Muchas de las grandes fortunas y negocios de la historia han sido heredados de padres a hijos, y esto al fin y al cabo es entendible (dudosamente justificable), pero otras muchas han sido la culminación de una gran parte de personas que se han aprendido muy bien el modelo competitivo y lo han aplicado en sus vidas. Éstas son aquellas personas motivadas por la ambición que desde la nada han montado un negocio pequeño y con el paso del tiempo han sabido explotarlo. A estos ahora se les llama “emprendedores”, aunque no todos los emprendedores llegan hasta el mismo nivel de resultados. El resto de humanos, es decir, la mayoría, suele conformarse con tener un sueldo más o menos digno que le dé estabilidad para no calentarse la cabeza haciendo números.


El ánimo de lucro, aunque va unido a la competitividad, crea un mayor número de adeptos porque además de competitivo hace falta ser avaricioso y tener mucha envidia, algo que se hace inevitable en un mundo en donde los objetos materiales y novedosos se multiplican por segundo. Es en los trabajos en donde se encuentran los mejores ejemplos de ánimo de lucro. Millones de personas están dispuestas a ascender de categoría o de puesto con el único objetivo de multiplicar su salario, y para ello deben ser competitivos, pero no con otras empresas sino con sus propios compañeros.


Ambas formas siempre van unidas y por su causa es por lo que millones de personas dan un valor esencial al dinero y en especial a su ganancia ilimitada. Poco importa cómo administra cada uno ese dinero, si lo ahorra o se lo gasta, porque el concepto de ganar siempre está presente ya que ambos fines siempre reclaman más dinero. Así, a menudo se escucha aquello de que “el dinero no da la felicidad pero ayuda”. Esto significa que mucha gente identifica dinero con bienestar o incluso dinero con estatus, ya que en un mundo competitivo inevitablemente se crean clases sociales sujetas a consideraciones exclusivas a la posesión de materiales (“tanto tienes, tanto vales”).


La objeción individual al modelo imperante de la competitividad mundial parte de la base de no contribuir a crear más negocios, sean grandes o pequeños, con el fin de evitar precisamente caer en el dichoso juego de la competición. Otra alternativa se basaría en no pretender ganar más dinero que el resto, reduciendo nuestras necesidades y aprendiendo a vivir con menos, es decir, reduciendo nuestro nivel de vida y nuestra dependencia con el sistema. Para ello existen mil y una fórmulas poco conocidas pero de un valor trascendental::


- Como ya hemos dicho, reduciendo nuestras necesidades, empezando por las superfluas -hasta el punto de eliminar la mayoría de ellas-. Esto parece algo difícil de llevar a cabo si uno piensa siempre en términos materiales, pero el desarrollo de nuestra parte más espiritual nos facilitará el camino hacia el desapego y la renuncia.


- Tratar de eliminar nuestras envidias hacia los demás, que solo sirven para aumentar nuestra dependencia hacia lo material.


- Conceder menos valor al dinero como único medio de conseguir cosas. Debemos darnos cuenta de que el dinero como medio de intercambio nos ha sido impuesto de generación en generación y como tal tiene un potencial inmenso corruptivo en las personas que lleva a su abuso en términos de economía básica.


- Pensar y desarrollar economías alternativas válidas, libres de ánimo de lucro como algo esencial, tratando incluso de prescindir del dinero y sumándose al intercambio de bienes o servicios por trabajo.


- Reducir nuestra dependencia laboral, trabajando menos horas aunque ganemos menos dinero. Tender hacia el trabajo autónomo no lucrativo o hacia la práctica del voluntariado altruista hacia los colectivos más olvidados (tanto humanos como no humanos) para acostumbrarnos poco a poco a tener otro tipo de relaciones no competitivas.


Como estos ejemplos, todos los que se nos ocurran, y siempre con el fin de reducir hasta abandonar nuestra dependencia a la economía imperante, a los grandes negocios, a los centros comerciales, al consumismo frenético, a la competitividad, al dinero y al trabajo asalariado.

4 de enero de 2014

El lastre de las drogas

Mucho se ha escrito y hablado sobre el consumo de las drogas en nuestra sociedad (entiéndase las drogas en su sentido literal y en el contexto actual como sustancias adulteradas químicamente que alteran de alguna forma nuestro comportamiento para bien o para mal). No entraremos aquí en debatir sobre cuestiones como su legalidad o ilegalidad, pues sobre esto ya se ha polemizado mucho. Tampoco nos desviaremos  de la cuestión analizando el origen de las drogas en la naturaleza, una evidencia que pierde todo su sentido en la sociedad occidental ya que por desgracia el uso adecuado de la droga natural, sin adulterar, no se suele dar, aunque sí en otras sociedades primitivas. El objeto principal por tanto es preguntarnos en base a si las drogas pueden favorecer actitudes de cambio o si por el contrario resultan ser un obstáculo constante en este sentido.

¿Son las drogas un obstáculo constante en detrimento de la transformación social? La respuesta no parece sencilla a priori, pero si analizamos algunos de sus efectos, puede que sí lo sea. En primer lugar, cabe señalar que el uso de las drogas se da mayoritariamente entre las personas jóvenes, precisamente aquellas más predispuestas a desarrollar cambios significativos a nivel social. Evidentemente esto no es casual, pues el recurso de las drogas tiene el efecto de lo desconocido y misterioso en un adolescente que está ávido por conocer y a quién influye de forma determinante la presión del grupo. En contrapartida, el uso y abuso de las drogas resulta incompatible, por razones obvias, con cualquier tipo de acción social ya que crean efectos adversos y en muchos casos adicción.

Otro punto que demuestra sobradamente que sí resulta un obstáculo es el propio hecho de la legalización histórica de ciertas drogas por parte del estado como el tabaco o el alcohol. Cuando uno va creciendo y escuchando referencias sobre la legalización, se pregunta porqué unas drogas son legales y otras no, o porqué muchas veces se identifica a las drogas legales con drogas blandas y se utiliza para justificar su propia legalidad. Esto tampoco es casual, con el tiempo uno descubre que si el estado decide legalizar unas drogas e ilegalizar otras es por propio interés. El principal es el económico dado el gran negocio que hay detrás, pero existe otro interés más difícil de ver y es el de desviar el debate hacia una cuestión de mera legalidad y de prohibición, que los movimientos de izquierdas han confundido con una cuestión de falta de libertad. Tener o adquirir libertad para drogarse no solo es una tremenda incoherencia, sino una forma de hacer que el estado siempre tenga el control sobre el gran negocio de las drogas, ya sean éstas legales o ilegales. Es significativo el hecho de que esta lucha se haya centrado básicamente en la legalización de la marihuana y su inclusión como droga blanda, excluyendo las otras supuestas drogas duras.

Podría decirse que es este uno de los mayores intereses del estado en cuestión de uso de drogas entre la juventud, pues ya que ésta representa el posible motor del cambio social, dicho uso es favorable al resultar incompatible e incluso contradictorio con cualquier forma de cambio. No solo eso, el uso masivo de las drogas aleja cualquier posibilidad de cambio social y crea un ambiente de atontamiento cuando no de falsa búsqueda de placer y presión social. Tampoco es casual que las edades de mayor riesgo de enganche se dan entre la adolescencia y la primera juventud, justo antes de entrar en la edad adulta en la cuál se asumen normalmente un mayor número de responsabilidades y se da una mayor tendencia al conformismo.

Dicho esto a modo de apunte, lo que nos interesa aquí es argumentar porqué realmente el uso general de las drogas influye negativamente en la necesidad de transformación social. Mencionaremos dos razones básicas. La primera es contextual: por motivos de imagen mediática, las drogas adulteradas han tenido siempre muy mala prensa entre la sociedad, han sido catalogadas como destructivas y nocivas para el individuo y su desarrollo en la sociedad, pero al mismo tiempo han supuesto un gran negocio para muchos o el medio de vida para otros tantos, algo que resulta paradójico. Esta razón hace que la asociación de las drogas con actitudes de cambio social o movimientos sociales sea siempre nefasta y por lo tanto incompatible.

La otra razón y más importante si cabe es la cuestión física entre los efectos del consumo de drogas y las actitudes de cambio social, la cuál suele ser siempre incompatible por las mismas razones que han esgrimido los medios y que son ciertas en parte aunque muchas veces son manipuladas por interés: las drogas adulteradas por lo general alteran el comportamiento humano de forma determinante además de que crean un deterioro demostrado en la salud, ya sea a corto o largo plazo, algo que indudablemente merma las posibilidades de los individuos, no solo a la hora de emprender el cambio social, sino en su vida normal, con el añadido de que la adicción -muchas veces potenciada por los interesados- que llevan algunas de estas sustancias multiplica el tiempo de desenganche de los afectados y en el peor de los casos los lleva a padecer secuelas de por vida o incluso la muerte. (Nótese que aquí no estamos haciendo diferencia de cuáles son las drogas que peores efectos causan ni cuáles las que más matan, ni si son las legales o ilegales).

Es necesario concluir que en esta entrada nos hemos referido exclusivamente al consumo de drogas que han sufrido distintos grados de adulteración, es decir, que mediante procesos químicos han sido alejadas de su pureza natural, hasta el punto de que muchas de las drogas de hoy en día ya no tienen ningún tipo de pureza y son en su totalidad drogas sintéticas o como han sido llamadas “drogas de diseño”. El porqué las drogas han evolucionado de esta forma en este contexto es algo que podría dar para hablar en otro artículo. Básicamente podemos resumir al respecto que no es sorprendente el hecho de que las drogas se hayan adulterado dada la inmensa cantidad de productos que se comercializan masivamente y que también han sufrido innumerables procesos de selección, modificación y adulteración de su esencia natural, ya sea en el ámbito de la medicina, la alimentación o la industria textil.

Así pues, en la sociedad de masas, el consumo de drogas, tan antiguo como la vida misma, se ha adaptado al contexto artificializado por decirlo de alguna forma, predominando un uso enfocado en el placer y la alteración de la mente y el comportamiento en detrimento de su uso más natural y que está asociado sobre todo a cuestiones  terapéuticas. Lejos quedan aquellas épocas en las que las tribus primitivas gozaban de un amplio conocimiento chamanístico sobre los efectos de ciertas plantas y su alteración con el comportamiento, con absoluto respeto de las mismas, de sus beneficios y de sus riesgos. No cabe irse tan lejos en el tiempo, ya que en la actualidad aún muchas tribus indígenas o incluso con grados de civilización parcial aún practican ritos chamánicos en torno a estas plantas.

Por supuesto, no podemos hacer asociaciones entre estas prácticas y las fiestas desenfrenadas occidentales en donde se consumen todo tipo de sustancias químicas sin control alguno, ni falta que hace. Ambas prácticas no pueden sacarse de su contexto a nivel social. Lo que sí podemos hacer es extraer el aprendizaje básico, que siempre suele ser el mismo: el ser humano, cuanto más trata de alejarse de la naturaleza, más crea un universo de invención y falsa espiritualidad. El consumo de drogas de diseño es otro más de los efectos nocivos que demuestran lo dicho. Si realmente se desea cambiar de rumbo, deberíamos plantearnos si el consumo de drogas adulteradas ayuda o no ayuda en dicho camino. Aquí hemos dado tan solo algunas pistas, pero sin duda faltaría mucho por hablar.

14 de diciembre de 2013

Huir de la muerte

Pocos humanos modernos afrontan la muerte con naturalidad. De hecho, existe una clarísima intencionalidad de negación de la muerte en la sociedad civilizada en general y más concretamente en la occidental. ¿Por qué pasa esto? La respuesta es sencilla, si se niega la muerte, que no es más que una fase natural por la que todo ser orgánico ha de pasar, es porque se da un culto a la vida desmesurado. Consecuentemente, ante este error, solo queda temer la muerte y por tanto morir mal, morir en soledad y con sufrimiento añadido.


La evolución humana del sedentarismo a la urbanidad, y posteriormente hacia el avance de la tecnología y la ciencia para lograr una vida repleta de comodidades y seguridad, han motivado una serie de cambios profundos en favor del culto por la vida, así como del culto por la eterna juventud o el culto al cuerpo. El resultado de todo esto es un total desconocimiento, mito, rechazo y miedo irracional ante el hecho de la muerte. Dado que a ningún animal humano -ni tampoco al resto de animales- le gusta vivir con miedo, éste ha inventado miles de maneras para huir de la muerte, en vez de afrontarla con naturalidad.


Así, ha avanzado en medicina para alargar la esperanza de vida y retrasar la muerte, ha fomentado el valor físico del cuerpo en detrimento del valor psicológico de la mente e incluso ha llegado a querer vencer a la muerte con técnicas avanzadas de crionización pero que resultan al mismo tiempo tan inciertas como antinaturales. Todo con la intención única de burlar a la muerte cuando todos los humanos saben que llegará el día que tendrán que morir. Suena absurdo querer burlar algo que se sabe de antemano inevitable. Y suena absurdo también temerlo toda la vida hasta el punto de que se convierta en miedo irracional.


Sin embargo, han existido y existen otras sociedades que sí que han sabido afrontar la muerte de la forma más natural, principalmente porque no se suele dar en ellas este culto por la vida, pero también porque en estas sociedades existe un contacto más directo con la propia naturaleza y sus procesos, y por ende existe una facilidad mayor de comprensión y aceptación de la muerte. Bien es cierto que las circunstancias también son un atenuante para que muchos de estos grupos de personas puedan asimilar mejor el momento del fin. Por ejemplo, los ancianos de las ancestrales tribus nómadas eran conscientes de que llegado su momento de su muerte no eran más que una carga para el grupo, con lo que fácilmente aceptaban detenerse y no caminar más .


Con el sedentarismo, esta práctica ya no tendría razón de ser, pero la consciencia humana hicieron que otras sociedades postcivilizadas aprendieran a afrontar la muerte sin miedo, tal es el caso de algunos pueblos orientales en donde los ancianos que saben llegado su momento se dejan morir en paz. Por lo general, los pueblos orientales han dado durante su historia una importancia espiritual no solo a la vida, sino también al momento de su muerte.


Con el paso del tiempo y el triunfo de los mitos que se instauraron con la civilización, la aceptación de la muerte se tornó en algo innecesario y no solo eso: algunas instituciones religiosas contribuyeron decisivamente a incrementar el miedo a la muerte aprovechando el poder que daba esta sobre las masas más ignorantes. Así, este miedo se ha ido transmitiendo de generación en generación y si bien en la actualidad la religión tradicional no actúa directamente para incrementar el miedo, son las otras formas de culto modernas que hemos expuesto las que lo hacen de una forma mucho más engañosa.


A nivel social, los medios de interactuación entre las personas no contemplan la aceptación de la muerte como algo natural y se rechaza instintivamente toda alusión hacia ella hasta el punto de ser tabú para casi todo el mundo. Por otra parte, la permanente búsqueda del placer o la ilusión de la felicidad contribuye a incrementar el rechazo.


A nivel institucional, la mayoría de los gobiernos echan por tierra cualquier iniciativa encaminada a cambiar nuestra perspectiva ante la muerte para poder morir mejor. Increíblemente, son pocos los seres humanos los que tienen la libertad absoluta sobre cuándo y cómo desean morir porque los prejuicios religiosos continúan vigentes hoy en día y más específicamente la idea de que “solo Dios tiene el poder de decidir cuándo nacemos y cuando morimos”. La eutanasia está prohibida en la mayoría de países supuestamente avanzados básicamente por la misma razón, lo que lleva al paciente moribundo a tener casi siempre un final trágico y no libre de alguna forma de sufrimiento. Para colmo, el miedo a la muerte que se alberga durante toda la vida y del cuál todo el mundo intenta huir pero nadie logra escapar, se intensifica cuando llega el final precisamente porque sabemos que está llegando el final, incluso en personas que creen que tras la muerte no hay nada.


En la juventud, a pesar de que ya sepamos que como seres vivos que somos algún día moriremos, nos enseñan a apartar todos los pensamientos sobre la muerte y a verlos como pensamientos negativos. La muerte queda como algo tan lejano y distante que no debe perturbar nuestras vidas. El suicidio, salvo en casos excepcionales, no es ninguna forma de aceptación consciente de la muerte, sino más bien el fruto de la desesperación que motiva la presión social.


Dejar de tener miedo a la muerte y afrontarla sin tabús se torna una tarea harto complicada en una sociedad como ésta pues las condiciones no son nada propicias para ello, dada la cantidad de sustitutos artificiales que existen y que se multiplican día a día; solo quizás una vuelta a nuestras raíces podría hacer cambiar nuestra perspectiva ante el momento del fin. Mientras tanto, seguiremos sin saber morir.

28 de noviembre de 2013

Falsedad

Todo en vuestras vidas es falsedad y os diré porqué:

Vivís una vida de excesos, placeres, lujos, envidias y competición a costa del sufrimiento de millones de seres, humanos o animales. Vivís en busca de la felicidad a costa de la condena de otros. Lo sabéis y os da igual.

Cambiáis de móviles cada seis o doce meses, pero...
si alguien os dice que vuestros móviles provienen en gran parte de un brutal régimen esclavista y del genocidio de millones de personas en el Congo no solo os da igual, sino que lo llamáis reaccionario o agorero.

Coméis animales casi a diario, pero...
si alguien os dice que vuestro bocadillo de jamón proviene del peor régimen esclavista de la historia y causa el mayor holocausto de animales os da igual y seguís comiendo como si no os  importara. Si alguien dice que los peces que os coméis sufren lo mismo que si vosotros fuerais ahogados en el agua, lo llamáis radical.

Teméis más que nada en el mundo ser inadaptados sociales, pero...
si alguien os dice que vuestro culto por el progreso y la tecnología está destruyendo a pasos agigantados los ecosistemas vitales del planeta, destruyendo millones de individuos y especies, humanas y animales, también os da igual, miráis para otro lado y seguís con vuestras vidas.

Creéis ser libres, pero...
si alguien os dice que sois víctimas de un poder superior que controla vuestro carácter, vuestro comportamiento, vuestros movimientos y vuestra vida entera, que trata de haceros sujetos pasivos, sumisos y hedonistas no solo os da igual sino que lo negáis como los necios.

En definitiva, vivís en el autoengaño permanente. Lo sabéis y os da igual. Y no solo eso, os engañan y os da igual, engañáis y os da igual.

Y estos son vuestros excesos, los que provocan más muerte, más sufrimiento, más destrucción:

Estudiáis y trabajáis para un sistema corrupto y competitivo, tragáis publicidad como si fuera algo normal, compráis y compráis objetos inútiles, vais de turismo rural o playero simplemente porque está de moda, con vuestros todoterrenos, coches, tablets, portátiles y demás parafernalia tecnófila, aparatos, que sí, son muy atractivos e innovadores, pero son inmensamente más destructivos. Y por eso el resultado de vuestra vida es destructivo.

Seguís engullendo platos basura llenos de químicos, celebráis barbacoas que no son más que un culto a la esclavitud, contamináis el aire con vuestra manía de llegar más rápido a los sitios, en aviones o en coches, lo mismo da, os rendís infantilmente a todas las innovaciones tecnológicas sin plantearos las consecuencias de esta invasión, degradáis vuestro cerebro tragando horas y horas de televisión y de videojuegos y por si no fuera poco acudís a los bares o a las terrazas en verano para enaltecer lo extraordinario que es el ser humano, en vez de decir la verdad: el ser humano es arrogante, depredador y destructivo; despreciáis la gran obra de la Madre Naturaleza, mientras os lleváis por delante a millones de seres que nada tienen que ver con vuestro modo de vida, mientras avergonzáis más y más a la esencia humana.

¿He dicho excesos?

En realidad son crímenes.

Pero la más grande de todas las falsedades es la de aquellos que pretenden hacer la revolución mandándose guasaps con sus teléfonos móviles.

No sois conscientes de que ya no sois humanos, sino autómatas controlados por máquinas.

Por todo lo dicho, el sujeto que suscribe esto, no importa quién sea ni si es uno más de todo este teatro, os advierte:

Todo en vuestras vidas es falsedad,
porque todo alrededor de vuestras vidas es esclavitud, violencia y sufrimiento…

…¡y os da igual!