25 de febrero de 2013

Cómplices de la violencia

Detrás de la aparente normalidad por la que discurre la vida diaria de las personas, existe otra realidad distinta que resulta inapreciable para casi todo el mundo. Es una realidad cargada de violencia y a pesar de la cual, subsiste la “sociedad del bienestar”. Muchos lo saben pero tratan  de relegarlo al subconsciente para poder seguir con sus vidas; otros, los menos, no pueden dejar de actuar en consecuencia. Pero no hay que confundirse, pues hemos dicho que la normalidad que se respira en apariencia no solo subsiste a pesar de la violencia, sino que también forma parte de ella. Es más, se podría decir que todas y cada una de las relaciones que se dan entre las personas han sido establecidas sobre y a pesar de la violencia.

Cuando a las personas se les habla sobre actos de violencia, generalmente se imaginan a dos hombres exaltados peleándose, a otros pegando tiros, asesinando o cometiendo torturas de todo tipo, etc. También creen que es algo de lo que ellos no participan nunca, que no les toca, y por ello está mal visto y tiende al rechazo general. Es por esto por lo que a una persona corriente le costaría creer el hecho palpable de que todo el conglomerado social ha sido constituido en el pasado por actos de violencia y que actualmente lo sigue siendo. Cabe destacar el hecho de que casi siempre estas mismas personas se imaginan actos de violencia física, pero rara vez se imaginan actos violentos que inciden directa o indirectamente sobre la psique humana, actos que atentan  contra la voluntad de las personas con fines claramente intencionados. El egoísmo, la codicia y la competitividad imperante son la causa directa de las desigualdades y de la miseria. Y esto, mal que les pese a muchos, también son formas de violencia.

Si nos atenemos a la historia, encontramos a menudo referencias que aluden a la violencia física, ya sea en forma de guerras, invasiones de pueblos, colonizaciones de países, dominación extrema, dictaduras, torturas, esclavitud, explotación laboral, etc. No obstante, esto no quiere decir que todos estos actos fueran actos de violencia física únicamente, pues también hay gran parte de violencia psíquica. Por lo general, ambas clases de violencia suelen ir ligadas, pero no siempre, como veremos ahora. Desde tiempos inmemoriales, los seres humanos han buscado mil y una formas de modificar y anular la voluntad de otros seres humanos y también de animales mediante la violencia por cualquiera de los medios al alcance de su mano.

Así, hallamos en la historia la repetición continua de hechos justificados mediante la extrema violencia y que se han visto influenciados por la evolución de las diferentes culturas. El salto inicial se produjo con la llegada de la civilización, en donde el concepto de dominación empezó a extenderse en forma de esclavitud y domesticación de las múltiples formas de vida que existían por aquella época y que eran ajenas a ésta. La civilización avanzaba paulatinamente y se tragaba todo grupo aún no civilizado, lo sometía a sus costumbres, a sus rápidas y nuevas invenciones y por lo común, lo terminaba por esclavizar. Estos hechos constituyen por sí mismos las primeras formas significativas de violencia organizada entre seres humanos y por los cuáles se sentarían las bases de los sucesivos nuevos actos que tenderían a justificar todos los pasados.

En la era moderna aquellos herederos del poder transmitido de generación en generación encuentran la forma de institucionalizar la violencia y hacerla legítima. Podemos decir que el control de la violencia se hace patente en esta época gracias o a pesar de los métodos de persuasión y engaño, que son exclusivamente formas de violencia psíquica y que tienen el objetivo de legitimizar los actos violentos que justificarán la opresión de una minoría poderosa de humanos sobre la mayoría pobre. Esto no quiere decir que estos métodos fueran nuevos, ya que en el pasado el poder de las religiones y las políticas imperialistas ya hicieron estragos, pero sí que es en esta época cuando se puede hablar de un claro perfeccionamiento. Se puede afirmar con seguridad que la primera y la máxima “institución de la violencia” es el estado, y a partir de este, todos los órganos represores que lo sustentan y casi a la vez, la institución de la empresa,  que se convierte en el máximo estandarte del sistema capitalista.

Después de multitud de experimentos sobre cómo dirigir a las masas de la forma más eficaz posible, el estado, que no olvidemos que se ha constituido mediante el uso de la fuerza por la violencia, buscará ansiosamente la fórmula ideal para proclamarse a sí mismo la condición de inexpugnable y hacer creer a las personas que su misión es la de su protección y bienestar. Es a base de difundir mitos cuando se consigue engañar al pueblo y hacerle creer que el estado es un cuerpo legítimo, formado por hombres buenos que solo buscan el bien para ellos y que por tanto tiene la potestad absoluta de crear las leyes y normas necesarias para el mantenimiento del orden establecido y la supuesta paz mundial. El objetivo de todo esto es crear una herramienta útil que tienda al condicionamiento como método de control infalible. Estratégicamente, estos individuos se dieron cuenta de que para controlar a una población en acelerado crecimiento en todo el planeta se hacían necesarias técnicas de control mucho más refinadas y sutiles, es decir, dirigidas a la anulación de las conciencias y por tanto de las voluntades de las personas. Así, esta clase de violencia, inapreciable para casi todo el mundo pero más dañina a la larga que cualquier forma de violencia física, es la que rige hoy en día en nuestras vidas.

A partir de aquí, todos y cada uno de los procederes de un estado se fundamentan mediante la violencia. En primer lugar, aquel que es destinado a difundir la idea de la legítima potestad para gobernar de forma soberana. En segundo lugar, una vez engañado al ciudadano de lo que es y representa el estado y sus secuaces represivos, el control sobre el pueblo se ejerce mediante el sometimiento de sus esfuerzos y sus necesidades, es decir, nuevamente mediante formas de violencia. En un primer momento, se le engaña creando los sistemas de valores a los productos, el dinero y los encargados de administrarlo, los bancos; después, se le exprime a base de pagar impuestos, es decir, se le roba parte de su trabajo para supuestas obras o servicios públicos estatales, o sea, de la propiedad del estado, pero sobre todo para sufragar gastos militares y cuerpos represivos encargados de su defensa  frente a posibles ataques de los ciudadanos que previamente fueron oprimidos. Otro de los sistemas clave y provisto de otra forma de violencia camuflada, es el adoctrinamiento desde la niñez -lo que llaman la educación- imprescindible para encauzar a las personas en función de sus intereses.

La fase final y más destructiva consiste en hacer de éstas instrumentos del consumo y del entretenimiento, sentando las bases para crear una sociedad irracional y hedonista. Es en este momento -en el que supuestamente estamos actualmente-, cuando el proceso de condicionamiento externo de las conciencias empieza a ser perfeccionado, es decir, la violencia psíquica se hace independiente de la violencia física porque ésta ya no es necesaria para el poder, al ser apreciable a simple vista por los ciudadanos y al mismo tiempo contraproducente. Ya no es el estado el principal estandarte de este nuevo sistema, sino las corporaciones. A medida que el condicionamiento avanza, la libertad individual disminuye y su esencia se distorsiona. La ocultación de la verdad resulta una realidad, pero ésta deja de ser relevante cuando la hipocresía que gobierna la mente de las personas y las enormes tentaciones a la que son sometidas por el método brutal de condicionamiento, la engulle de tal manera que pierde todo su valor; es por esto que muchas personas que descubren la incomodidad de las verdades que les afectan a ellos mismos, se muestran indiferentes y prefieren seguir imbuidos en sus mentiras habituales, ya que al menos éstas les proporcionan seguridad y bienestar.

Este es el mundo que nos han vendido. Un mundo que ha sido creado sobre la violencia y que se mantiene no gracias, sino a pesar de ella. Pero las consecuencias externas son trágicas, pues este modo de vida repercute directamente en la suerte de millones de individuos, que se ven obligados a pagar los excesos del mundo civilizado. Así, para que cualquiera de nosotros pueda utilizar el coche y cambiarlo como quien cambia de calzoncillos, millones de personas fueron asesinadas en guerras sangrientas por culpa del petróleo; para que podamos utilizar internet con nuestro ordenador o mandar wasaps por el móvil última generación, millones de congoleños son esclavizados en busca del coltán necesario para su fabricación o asesinados en la guerra que provoca su tráfico; para que podamos vestir a la moda, millones de niños son explotados en países orientales bajo condiciones humillantes e insalubres; para que puedas comer tus preparados a la parrilla, tus bocadillos de embutido o un simple café con leche, millones de animales, utilizados como recursos, son esclavizados desde que nacen hasta que son asesinados. ¿Por qué nos horrorizamos más cuando nos hablan de la lapidación de mujeres en la televisión, un hecho abominable pero con el que no tenemos ninguna relación y sin embargo ante este otro tipo de actos encubiertos en los que participamos indirectamente actuamos como si no fuera con nosotros? Son verdades éstas que no es que sean ocultadas por los medios intencionadamente, sino que son olvidadas por falta de interés, de empatía o de moral por parte del ya condicionado ciudadano de a pie.

Pero lo verdaderamente horrible no es que se sigan produciendo en el mundo atrocidades indignas como estas, sino que un gran número de personas que se benefician de ellas continúen permitiéndolo. Esto es lo que nos lleva a preguntarnos el grado de responsabilidad que tenemos cada uno de nosotros ante el mantenimiento de la violencia. ¿Acaso nos exime de toda culpa el hecho de que estemos hipercondicionados? ¿o aún tenemos la capacidad para discernir y valorar la búsqueda de la verdad que nos ayude a encontrar el camino correcto y actuar en consecuencia? Tolstoi dedicó su vejez a sentar los caminos que llevarían al hombre en su deseo de llegar a ser libre, y entre ellos se dio cuenta del enorme obstáculo que supone que nuestras conciencias estén en continua contradicción con nuestros actos, sumiendo al mundo en la más burda hipocresía. Así, se dio cuenta de que para salir de esta situación, la búsqueda de la verdad -hoy no solo la búsqueda, sino de la valoración de su esencia- no solo era una alternativa más sino la única posible. Suyas son estas palabras sabias de finales del siglo XIX: “La gente inventa los medios más ingeniosos a fin de mejorar la situación que los oprime, pero olvidan el más sencillo de todos: que cada uno dejara de hacer todo aquello que genera esta situación”.

Pero claro, esto equivaldría hoy a dejar de tener móvil, tirar la televisión, no usar coche, ni metro, ni avión, no pagar impuestos, sacar el dinero del banco, consumir lo estrictamente necesario, no comer animales, tener menos hijos, y a poder ser, irse mejor a vivir al campo; algo que no es probable que suceda, porque “siempre será más cómodo y placentero vivir en la hipocresía de la modernidad”.



13 de febrero de 2013

Súbditos y prosistema

Para que la cadena de una bicicleta funcione, todos sus eslabones han de estar bien unidos entre sí. De igual forma ocurre con la cadena del sistema actual, en la que los eslabones son los ciudadanos consumidores. Pero si la cadena de la bici tiene solo unos pocos eslabones, la del sistema se cuentan por miles de millones, que son los que hacen que esta funcione. Por supuesto, hay más diferencias, ya que si los eslabones de una cadena de bici son iguales y cumplen todos la misma función, los del sistema son de múltiples variedades y no solo no cumplen la misma función, sino que lo hacen en diferentes grados. Aún así, todos o casi todos -ya que habría quienes se salen de la norma-, alimentan en mayor o menor medida al sistema. En otras palabras, todos somos súbditos de la Megamáquina.

Pero una cosa es ser súbdito porque no tienes otra alternativa -estamos como dice el dicho entre la espada y la pared- y otra bien distinta es ponerse descarada o inconscientemente de parte de un sistema que atenta contra toda libertad de sus súbditos. Hay quienes creen que la esclavitud ha sido abolida en su totalidad. Nada más falso: ilegalmente, millones de humanos siguen siendo esclavizados; legalmente, miles de millones de animales también, y extraoficialmente, el resto de personas estamos esclavizados mentalmente, porque nuestra libertad ha sido distorsionada en algunos casos y anulada en el resto. Como dijo Goethe, nadie es más esclavo que aquel que falsamente se cree libre. Una gran frase que bien puede ser aplicada hoy. Al margen de los millones de súbditos que hacemos que un sistema destructivo como este siga operando, hay otros tantos que además, no sabemos si conscientemente o no, se postran de rodillas ante él, y hacen la más absurda apología del mismo, sin saber por cierto que están alimentando el sufrimiento de otros tantos millones de seres vivos. Estos son los denominados prosistema, los que defienden ingenuamente sus tentáculos.

Hay muchas clases de súbditos prosistema:

En primer lugar, podemos reconocer los apologistas del estado: los patriotas, nacionalistas o como se les quiera llamar, independientemente de la nación que defiendan. Naturalmente, el sentimiento de apego por la tierra donde uno ha nacido es algo normal. Pero cuando las tierras tienden a tener dueño de uno o de unos pocos oligarcas que las delimitan dibujando fronteras a su conveniencia, creando así los estados, el sentimiento que se profesa ante estos es lo que llamamos patriotismo o nacionalismo, y esto ya no solo implica un simple apego por las tierras, sino por una bandera, un himno, un gobierno o demás parafernalia propia de estos inventos. El fanatismo que promueven los estados para que los súbditos se crean sus patrañas es su razón de ser, pues sin patriotas, un estado no sirve para nada.

Ayer, el enaltecimiento militar era la excusa mejor montada por los estados para afianzar a los fanáticos. Hoy es el deporte. Así, los prosistema patriotas exhiben sus banderas en los estadios, en sus terrazas o en sus coches porque necesitan expresar sus sentimientos ante los demás, característica por cierto muy propia de cualquier fanatismo: la exhibición exteriorizante -valga la rimbombante palabra-. Pero sin darse cuenta, estas personas lo que realmente están haciendo es exaltar la violencia, los privilegios y las desigualdades, además de estar favoreciendo el odio por lo extranjero, pues eso es lo que es el estado ni más menos: un cuerpo represivo y exclusivo que se impuso en el pasado por la fuerza y que lo sigue haciendo en el presente. Poco importa el lugar de donde hablemos, pues el fanatismo patriótico se da prácticamente en todos los países del mundo, sean americanos, franceses o españoles.

Muy en relación con esto, hallamos la apología por el cuerpo que hace que el estado pueda sostenerse, el aparato militar. Obviamente, quienes defienden el estado también defienden el ejército, pero también los hay que cuestionando el estado si no totalmente, al menos en parte no hacen lo mismo con el ejército, que en el fondo es una parte inherente del propio estado. Pero al margen de esto, defender el aparato militar no es otra cosa que defender el derecho inventado por antepasados y continuado vilmente por nosotros, del derecho a la destrucción masiva, de matar por ser diferente y demás cuentos que nos han imbuido a lo largo de los años.

Otro síntoma de prosistemismo -valga de nuevo la palabreja- es el de aquellos que defienden el núcleo esencial del sistema, el factor económico o el llamado capitalismo. Lógicamente, todo el mundo tiene la necesidad y el derecho de, a falta de otra cosa, ganarse la vida allá donde nazca y crezca, pero como el sistema capitalista se ha impuesto en prácticamente todo el mundo, no hay muchas opciones de buscársela al margen de él. Con prosistemas capitalistas no nos estamos refiriendo a quienes montan sus pequeños o grandes negocios para ganarse la vida o para lucrarse hasta que le revienten los bolsillos, sino a aquellos que sin saber lo que realmente representa este sistema, hacen apología del mismo, porque en realidad están haciendo apología de un sistema tan desigual que podría tacharse de infame y que además fomenta una ideología basada en la competitividad entre las personas como motor de toda relación. Dicho sea de paso que no hace falta ser un gran empresario para ser un apologista del sistema económico (éstos son los mayores apologistas), pues hay muchas personas que sin serlo, ambicionan llegar a serlo algún día.

Por extensión, la ideología capitalista se ha impuesto no solo en lo económico, también en lo social. Vivimos en una sociedad en donde el control social se agudiza cada vez más sobre los ciudadanos, creando un vasto número de apologistas que lo defienden ingenuamente mediante métodos de adoctrinamiento, publicidad, televisión, tecnología compleja que todo junto forma el hipercondicionamiento masivo; proceso que tiende como todo a su perfeccionamiento y que amenaza seriamente con destruir lo poco que queda de humano. Es quizás la apología de la tecnología la más extendida, ya que se trata de un poder tan seductor y  embriagador que atrapa hasta a los más “antisistema”, sin darse cuenta de que este poder, controlado siempre por la élite, es responsable de la destrucción del medio natural y de los millones de formas de vida que lo integran. El poder tecnológico, convertido ya en nueva religión, amenaza seriamente toda posibilidad del ser humano de volver a sus raíces, no a los tiempos de su condición primaria y no destructiva, sino a recuperar sus valores morales, si es que alguna vez los tuvo.

Uno de las formas de prosistema más sutiles es de la apología del humanismo, que representa a aquellos que defienden la dominación del ser humano sobre todo lo demás, es decir, defender aquello que lleva haciendo desde hace unos diez mil años. Esta es la raíz de todo el mal de este sistema, lo que ha hecho desembocar en el propio capitalismo, y es que no hay idea más estúpida que creerse y ejercer el dominio sobre todo lo demás con la excusa de que puede hacerse. Por supuesto, no solo estúpida porque a la larga estás destruyendo tus propios intereses -el entorno natural- sino que es cruel porque estás destruyendo otras formas de vida incluida una parte de la propia. La mayor representación del humanismo es la idea antropocéntrica por la que el ser humano, creyéndose superior a todos los demás seres autojustifica usarlos, esclavizarlos y asesinarlos a su antojo como si fueran suyos. Inconscientemente, millones de personas repiten las monsergas que la idea humanista ha difundido durante siglos para darse importancia, como la idea del progreso, el crecimiento a cualquier precio, sin ética alguna y que tanto daña la esencia humana, convirtiendo a esta especie en el mayor depredador de toda la historia del planeta.



31 de enero de 2013

Superpoblación: la antesala del caos (I)

Cuando la población mundial ha rebasado ya los 7.000 millones de personas en el mundo, ni la clase política ni la opinión pública parecen darle mayor importancia a esta cuestión. De hecho, muchos ni siquiera lo consideran un problema. Nada más lejos de la realidad, esto supone la mayor causa de incontables consecuencias nefastas para el planeta y para gran parte de esta cifra astronómica de humanos. Como dijo un autor alemán citado por Marcuse: “solo vuestro número es un crimen”. Es fácil captar el verdadero significado de estas palabras si se analiza el punto más objetivo de la interferencia del hombre en el medio y sus desastrosas implicaciones.

Muchos estudiosos de la materia que rechazan la problemática de la superpoblación, incluidos científicos y ecologistas es porque lo reducen al reparto de los recursos. Según suelen decir: “el problema no es el número de personas sino que los recursos se reparten mal”. Según esta suposición, si se repartieran bien los recursos, o dicho de otro modo, si no hubiera ricos ni pobres o si no hubiera capitalismo, todos los seres humanos tendrían acceso a los recursos y nadie se moriría de hambre, con lo cuál no habría ningún problema en que la población creciera indefinidamente. De hecho, al pensar así en la práctica, no hay motivo para alarmarse por el creciente número de la población porque lo que hay que hacer solamente es tratar de solucionar el problema de la distribución de los recursos. El primer error de esta postura es que ignora que es precisamente el crecimiento poblacional una de las principales causas del problema del hambre y la miseria en el mundo, pero que ya viene de muy antiguo, puesto que como trataremos de hacer ver, la explosión demográfica de hace dos siglos forma parte de un círculo vicioso que comenzó hace muchísimo más tiempo.

De las interpretaciones posibles de esta proposición se derivan otros dos errores más: en primer lugar, si con recursos nos referimos solamente a los alimentos y al agua, se está suponiendo que la Tierra tiene recursos ilimitados y por ende podrá dar de comer siempre a un número infinito de personas (aún contando de forma optimista que el consumo de los países pobres se equiparara al de los ricos). Esta suposición es cuando menos dudosa ya que nadie puede saber a ciencia cierta cuántos recursos alimentarios contiene el planeta y a cuántas personas puede abastecer (algunos ecologistas ya han anunciado que por lo pronto este parece ser un planeta finito, así que de entrada no vamos bien). Pero además, olvida el hecho de que la explotación agrícola indiscriminada supone una degradación continua del suelo y de las aguas subterráneas, por lo que si hay que alimentar a cada vez más personas, el daño será aún mayor (Ehrlich). Segundo: si por distribución igualitaria de los recursos entendemos el acceso de los países pobres a todos los bienes de consumo de los ricos, y dado que solo una mínima parte de la población mundial (la de los países ricos) consume lo que el resto contribuyendo así al incremento del desastre ecológico, si la población mundial entera se sumara al despilfarro es probable que el medio natural terminara por derrumbarse definitivamente.

Esta es la cuestión de presentar el problema de la distribución de los recursos como la causa de todos los problemas, cuando en realidad es solamente un efecto de tantos. En realidad, es el crecimiento poblacional lo que causa la pésima distribución de los recursos, y en todo caso esto no sería más que uno de los múltiples efectos. Por otra parte, paradójicamente, la incapacidad que existe hoy para solucionar el problema de la distribución de los recursos aumenta proporcionalmente a medida que lo hace la población.

Si tratamos de echar la vista atrás, el crecimiento de la población siempre ha sido un hecho recurrente en la historia. De hecho, la explosión demográfica no es un suceso aislado ni mucho menos, sino una evolución lógica del crecimiento poblacional que llevaba operando en la Tierra desde hace milenios, y como tal es coyuntural. El primer incremento poblacional significativo pudo darse por cuestiones favorables externas como la desglaciación. Esto a su vez, hizo que el ser humano tuviera que buscar fuentes de alimentos más abundantes y variados para cubrir el aumento de las necesidades, que dio pie a descubrir poco a poco las primeras técnicas de cultivo y a la rápida expansión de la agricultura.

Esta expansión fue por tanto el fruto de dos causas fundamentales que forman parte del círculo vicioso que acompañaría a la humanidad hasta la actualidad: crecimiento demográfico y técnica. Así, a medida que se producía un crecimiento gradual, las técnicas debían perfeccionarse porque cada vez había que alimentar a más personas; a la vez, como las técnicas eran más eficaces esto hacía que continuara aumentando la población.  La cantidad de innovaciones acaecidas en este periodo fueron causa y consecuencia a la vez de este crecimiento. Así pues, a medida que dicho número crecía, esto permitía una mayor especialización en las técnicas. En La edad de la técnica, Jacques Ellul explica el círculo vicioso con estas palabras:: (...) el aumento de la población entraña un aumento de las necesidades, que solo pueden satisfacerse mediante el desarrollo técnico. Y considerando las cosas desde otra perspectiva, el progreso demográfico ofrece un terreno favorable a la investigación y la expansión técnica (...).

Esta ecuación exponencial no parece tener límite alguno: la población a incrementar su número, y la técnica a mejorar la eficacia. Con el tiempo, estas dos fórmulas interconectadas entre sí serán las que den cuerpo a la idea fundamental que regirá en las primeras sociedades: el progreso. Sin embargo, encontramos aquí una objeción importante, a saber: mientras que las mejoras técnicas repercuten principalmente en más población, a su vez el incremento de la población repercute no solo en mejores técnicas, sino que gracias a éstas posibilita además la creación de formas complejas de estructuración social. ¿Cuáles son estas formas? Urbanismo, masificación, privilegios, perfeccionamiento del poder, esclavismo, guerras, hambre, etc. Así que mientras las técnicas mejoran más o menos dependiendo de la época de la que se trate, las diferentes sociedades con cada vez más números de personas tienden a crear aparatos burocratizados y complejos que a su vez tienden a crear un sistema piramidal de clases mediante el uso de la fuerza.

Encontramos aquí por tanto una relación directa entre el incremento desproporcionado de la población y las primeras formas sistemáticas del poder. Así, este incremento facilitó en la antigüedad la formación de los grandes imperios (control físico) y en la modernidad el perfeccionamiento del control social de las masas (control mental). También vemos una relación lógica entre incremento poblacional y masificación, que son los detonantes más oportunos para incrementar a la vez el peligro del contagio emocional y la cultura de la imitación irracional. Todas estas relaciones lógicas son formas idóneas que el poder aprovecha para autojustificarse y aumentar su potencial para dirigir a las masas. Los estados, los bancos, las corporaciones y demás parafernalia son manifestaciones directas que confirman este potencial. Se puede inferir por último que todo este conjunto de formas complejas que constituyen la base de la estructura social han sido posibles gracias a que el número de personas ha sido lo suficientemente alto para llevarse a cabo.

Aún hay más: los inconvenientes del crecimiento poblacional continuo se multiplican tras la explosión demográfica del siglo XIX hasta nuestros días. Algunos de ellos son la globalización, numerosos movimientos de migración, inmensas desigualdades sociales entre ricos y pobres, innumerables conflictos por la escasez de los recursos y del agua, amenaza nuclear, crisis ecológica mundial, sobreexplotación de los recursos, hambre mundial, pésima distribución de los alimentos, etc. (como vemos esto último solo era un efecto). No podíamos esperar algo diferente de un círculo vicioso que nos engaña a todos. Así pues, no es tanto un problema de repartición de recursos como la organización estructural de la propia sociedad. Al haber un mayor número de personas conviviendo a la vez el sistema piramidal creado en la antigüedad sale reforzado y los perjuicios para el pueblo serán cada vez mayores. Además, dado que la inquebrantable fe en el progreso es su arma para doblegarlo y el avance tecnológico la mejor de las herramientas, la sutilidad con la que opera el poder ahora para adormecer a las masas  e impedir su despertar es el mejor de los resultados para ellos y el peor para nosotros.

En cualquier caso, ocurrida la explosión, la población ha crecido mucho más rápido que los medios de subsistencia, pero no por una cuestión de lógica matemática como formuló Malthus, sino por una fatalidad estructural con la llegada de un sistema que fomentaría las grandes desigualdades entre las personas. Así, mientras la población hasta el año 1800 había crecido muy lentamente debido a los altos índices de natalidad pero también de mortalidad, sufrió ésta una aceleración mayor a partir de 1900 gracias a ciertos factores como el éxodo rural o los avances científicos que disminuyeron la mortalidad infantil y alargaron la esperanza de vida; todos en conjunto contribuyeron a reducir la mortalidad. Desde 1950 el crecimiento en los países desarrollados se disparó y solo se estabilizó a partir de 1990 por la reducción de la natalidad de los países occidentales, mientras que en los países en vías de desarrollo, que siguen más o menos el mismo ritmo se encuentran hoy en la fase más explosiva. El resultado es que la población, sea como fuere, continúa su imparable ascenso: si desde 1850 hasta 1950 se ha duplicado en 100 años aproximadamente, desde 1900 ha ido doblando cada vez en menos tiempo hasta alcanzar el tope de duplicación en unos 37 años desde 1950 hasta 1987 (cifra que no dista demasiado de los 25 años que predijo Malthus); digamos que el año tope de crecimiento se dio en 1965 y a partir de aquí la aceleración se ha estabilizado por motivo del descenso de la natalidad en los países occidentales, que no obstante sigue siendo mayor al índice de mortalidad. Y contando con que la medicina sigue avanzando para seguir alargando la vida, es previsible que la población siga subiendo aunque no tan rápido, por lo menos hasta los 10.000 millones de habitantes antes de 2050 si nada lo frena.

Al margen de todos estos datos que parece que vuelvan loco a cualquiera, hemos enfatizado el hecho que supone el crecimiento poblacional como una de las principales causas de muchos males en la Tierra, no solo ecológico ni de reparto de recursos, sino sobre todo de estructura social. Ehrlich respondió metafóricamente al vaticinio teórico de ciertos obispos (dado que es muy fácil para los que viven en la opulencia afirmar esto) anunciando que la Tierra podría abastecer perfectamente a 40.000 millones de humanos diciendo que todo esto sería posible pero admitiendo que no dejaría el planeta de ser entonces un gigantesco corral humano.

Quizás halla incluso que utilizar otra comparación más oportuna que odiosa y corroborar su pertinencia lingüística: no hay que se sepa ningún medio para medir si una especie ha alcanzado el nivel de plaga, pero diré sin riesgo a equivocarme demasiado que sin tener que esperar a los 40.000 millones, la especie humana ya lo ha superado de sobra. Lo que sí hay son algunas señales que lo atestiguan. La primera es que el ser humano ha ocupado todos los resquicios de la Tierra, más de dos terceras partes del planeta están ocupados y utilizados por el ser humano y la tercera parte se estudian los medios para explotarla; la segunda es que nunca una especie “depredadora” había causado la extinción masiva de tantas otras; la tercera es que esta especie no solo ha ocupado presuntuosamente todo el planeta, sino que a marchas agigantadas lo está esquilmando para el perjuicio de todos. (Pero bueno, al fin y al cabo, somos humanos y podemos hacerlo).


Próximamente, la segunda parte, donde desvelaremos los entresijos del tabú que existe en el crecimiento ilimitado de la población, entre otras cosas.

21 de enero de 2013

El culto al cuerpo

Sin ser consciente de ello, la sociedad actual está promoviendo una serie de antivalores como el de la falsa apariencia o la superficialidad. La constante obsesión por acumular bienes materiales se extiende y se observa como una idea que conduce al éxito. Pero a su vez, no solo importa la cantidad de bienes, sino también la novedad y la calidad de dichos bienes. Hoy el cuerpo es considerado y tratado como un objeto más que se debe cuidar y pulir al máximo, siendo éste por supuesto más valioso que cualquier otro. En este contexto, no es difícil llegar a la conclusión de que la obsesión por la imagen se ha generalizado como un vicio más que trae profundos quebraderos de cabeza a muchas personas y que no es más que un reflejo de un mundo hipermaterialista que otorga más importancia a la apariencia física que al pensamiento.

Es lógico que una especie como el ser humano encumbre el ideal de la belleza como un concepto supremo que hay que perseguir. Pero esto no es más que una ley natural. En muchos documentales de naturaleza podemos contemplar como las hembras animales suelen escoger machos fuertes y esbeltos de forma instintiva con el fin de asegurar una descendencia más próspera y multiplicar así las posibilidades de perpetuar el grupo. El animal humano, como otra especie más, no es diferente.

A pesar de que se suele aducir en muchas ocasiones que la belleza es relativa, sí que es cierto que existen unos cánones de ideal que suelen cumplirse estadísticamente y el concepto de cómo debe ser una persona bella se generaliza y se convierte en un estereotipo. En una especie tan numerosa como es la nuestra la variedad de fachadas es infinita; existen personas consideradas físicamente más agraciadas que otras, comúnmente guapos, feos y del montón, pero siempre los rostros y cuerpos considerados más bellos son los que más se valoran. Y he aquí donde nace la imperiosa necesidad de ésta tendencia a ser más bello para ser más aceptado, que se torna en mera competición. Sin embargo no todos pueden entrar en la competición en igualdad de condiciones, y por el camino, se hace inevitable que miles de individuos sean relegados por no cumplir con los cánones comúnmente aceptados. Hoy en día se valoran los cuerpos delgados en las mujeres y musculosos en los hombres, y el que se salga del estereotipo a menudo es desechado, rechazado y marginado. Algunas de las consecuencias que acaban sufriendo estos individuos son la depresión y el aislamiento social. Éste culto, como todas las formas de veneración caprichosa deja secuelas en muchos casos irreversibles: los casos más extremos conducen a algunos individuos a padecer enfermedades como la anorexia o la bulimia por la enorme presión social que están obligados a soportar.

¿Por qué esta obsesión por el cuerpo? ¿Tiene algo que ver con el deseo de la eterna juventud? Es más que posible. Para mejorar nuestro aspecto y aparentar lo que no somos, temporalmente vale cualquier cosa: maquillaje, potingues en la piel, exfoliantes, depilaciones, pestañas y lentillas postizas, pelucas, uñas postizas, rellenos para pechos, etc. (más propio en las mujeres) Otra forma de modelar nuestro cuerpo es mediante la práctica deportiva en los gimnasios, más generalizado en los hombres por el estereotipo del “hombre musculitos”, y menos en mujeres: pectorales, bíceps, abdominales, piernas son algunas de las partes más comunes a moldear para conseguir una figura diez.

Pero la nueva moda para lograr cambios más profundos y permanentes es la de la cirugía plástica. El hecho de acudir al quirófano para retocarse la cara, los labios, los párpados, la nariz, los pechos, la tripa o las nalgas se ha impuesto actualmente, por motivos casi siempre estéticos, como una manera de retrasar el envejecimiento y en consecuencia alargar la juventud, sinónimo de belleza y esplendor, huyendo de lo grotesco. Según muchos testimonios de las personas que acuden a las operaciones plásticas, el motivo por el que se hace es para gustarse a uno mismo. Pero indudablemente esto esconde un doble sentido. En primer lugar, toda necesidad de cambiar una parte de nuestro cuerpo no tiene su raíz en un sentimiento individual, sino social, ya que son precisamente las pautas sociales las que establecen las formas de conducta. Los estereotipos son aquí los que marcan el cuándo, el cómo y el porqué existe dicha necesidad. Y el individuo la adopta como un derecho. En segundo lugar, al ser una necesidad social y no individual, el motivo inexcusablemente también ha de ser social, es decir, un individuo que ha cambiado parte de su figura se gusta a sí mismo, pero siempre en función de cómo lo verán los demás.

Ya sean los cambios físicos temporales o permanentes, el culto al cuerpo se impone como una norma social a seguir, inmanente a las sociedades de masas; un síntoma más del degradante sistema capitalista. La televisión, la publicidad y los estereotipos contribuyen en gran medida a difundir de manera directa el modelo de hombre y mujer ideal, y relega indirectamente a lo más bajo a quienes no entran dentro de este ideal: las personas feas, obesas y tullidas. Como consecuencia de cultivar durante años una serie de valores distorsionados basados en el egoísmo, la arrogancia y la frivolidad, la propagación de este nuevo culto era un hecho inevitable. Y como suele ocurrir, siempre que algo se impone a un nivel de tal magnitud, deja un detrimento, que en este caso es obvio. Tanto tiempo dedicado a perfeccionar el cuerpo nos ha hecho olvidar la enorme importancia del cultivo de la mente.

9 de enero de 2013

El crimen oculto de la ciencia

Se suele pensar en la ciencia como una bendición humana, una fuente ilimitada hacia el progreso y hacia el saber, observar, medir y cifrar o en otras palabras, el querer explicar; estos son sus fines y en un principio parece que no hay nada malo en satisfacer la curiosidad; así, la ciencia se dedica a investigar para lograr tales fines, pero, ¿quién “investiga” a la ciencia? Maquiavelo dijo en su día que “el fin justifica los medios” y la ciencia, en su viaje hacia el infinito,  ha tomado esta frase categórica y enfermiza, se la ha apropiado y la ha hecho célebre. Este es un breve ejemplo de por qué la “bendita” ciencia debería ser investigada.

En un momento dado, a algún científico se le ocurrió la genial idea de que para que la ciencia fuera más eficaz y precisa se hacía imprescindible probarla en seres vivos, en animales, tanto humanos, como no humanos. Pero como siempre ocurre, son los no humanos los peores parados de esta historia. No nos importa quién ni cuándo, sino el resultado de estas decisiones fatales, aquellas que arrojan en cifras la cantidad de cientos de millones de animales encerrados de por vida en laboratorios de todo el mundo sometidos a pruebas monstruosas, expuestos a una cantidad ilimitada de sufrimiento para comprobar hasta dónde pueden aguantar, vejados, humillados, torturados la mayor de las veces hasta la muerte. Los animales se habían usado como alimento, por su piel, por su lana, para el trabajo, para el deporte, para entretenerse con ellos; pero no bastó con eso, la novedosa aparición y difusión de la ciencia trajo consigo, además de prometedoras expectativas para la mejora de la vida humana y para satisfacer las mentes más curiosas, la práctica monstruosa de la vivisección en animales, un crimen oculto y siniestro que aún hoy sigue perpetuándose.

Es lógico pensar que al principio pudiera surgir la curiosidad de probar, puesto que la idea inicial estaba más enfocada al campo de la medicina. La ciencia argumentaba que si para salvar mil vidas humanas había que sacrificar a un animal, los códigos morales establecían que no solo se podía hacer, sino que debía hacerse en beneficio de los adelantos médicos. Pero es sabido que el método científico no es tan sencillo como eso. La mayoría de los descubrimientos se basan en el método de ensayo y error, y a menudo sucede que los errores se cuentan por miles antes de dar con una demostración concluyente, por consiguiente para hacer un descubrimiento se necesitarían hacer miles de pruebas en animales antes de llegar a algo claro. Entonces ya no estaríamos hablando de experimentar y matar a un animal para salvar mil vidas humanas; lo más probable es que fuera todo lo contrario: matar miles de animales para salvar a unas pocas personas. Pero ¿y si fuera al revés: que miles de animales se pudieran salvar matando a una persona?

El hecho de querer justificar la muerte de tan solo un animal para salvar a mil personas, una afirmación fuertemente atractiva a nivel social y con gran dosis de dramatismo a la par que errónea, surge de una visión antropocéntrica, pues es una forma de decir que “dado que los animales tienen menos valor que los humanos, podemos y debemos utilizarlos para cualquier adelanto en beneficio de la humanidad”. En épocas pasadas puede que esto se viera como algo normal y no se cuestionara; incluso según la teoría de Descartes, por la cuál los animales eran objetos y por tanto carecían de la capacidad de sufrir, se hacía justificable y normal el uso de animales para cualquier cosa. Sin embargo, en el XIX, gracias al hallazgo de la evolución aquellas consideraciones ya no tendrían ningún valor. El homo sapiens era una especie más como otra cualquiera que evolucionaba de otras especies, y por tanto si éste podía sufrir, sentir dolor, placer o miedo, el resto de especies animales también tendrían la misma capacidad de sentir.

Hoy ha pasado un siglo y medio y todavía no solo no se entiende esto, sino que no se quiere entender. Al menos en el ámbito de la alimentación siguen imperando prejuicios antropocéntricos que justifican el consumo de animales -¡y paradójicamente aquí podemos estar seguros de que no es para salvar vidas humanas, sino más bien para deteriorarlas! -. Aún así, tanto hoy como ayer, cualquier razonamiento discriminatorio por cuestión de valor de especie es además de antropocéntrico, inmoral, aun tratándose de una vida para salvar mil (algo que como ya hemos dicho dista mucho de ser fiable); porque, ¿quién establece cuánto vale una vida? Ya puestos a comparar entre vidas humanas ¿vale lo mismo la vida de un preso que la de alguien en libertad? A menudo, como refuerzo justificatorio, se recurren a situaciones hipotéticas como “si tuvieras que decidir entre un perro o una persona...”, pero en realidad éstas situaciones no suelen sacar nada en claro, dada su poca probabilidad de suceder en la vida real.

Pero es necesario decir que el problema no quedaba solo limitado al campo de la medicina, pues suele ocurrir que la ambición humana y su manía de imitación trasladaran la posibilidad de los métodos del plano de la medicina a cualquier ámbito, ya sea militar (aquí los experimentos para pruebas de armas biológicas eran absolutamente “necesarios”), o en el ámbito comercial, como para las pruebas en cosméticos, alimentación o incluso para el tabaco, algo que sobrepasa cualquier consideración condescendiente hacia dichos métodos y que provoca un lógico resentimiento hacia cualquier avance científico. Hoy la gota ha colmado el vaso, pues apenas un porcentaje mínimo de las pruebas es destinado a medicina, mientras que el resto se aplica para uso comercial y militar. Además, es en estos usos en donde se llevan a cabo las pruebas más abominables, donde animales son quemados, radiados o gaseados. Pero es quizás precisamente este hecho por lo que la experimentación en animales siga produciéndose a gran escala, pues lo comercial no entiende de ética, solo de beneficios.

Al margen de todas estas consideraciones morales básicas, el crimen del que es responsable la ciencia por la experimentación en animales es más grave todavía hoy, puesto que los adelantos y las pruebas contrastables de científicos que se han dedicado a desmontar este controvertido asunto, han venido a confirmar lo que ya se sospechaba: el hecho de que aquellas pruebas tan prometedoras no solo son beneficiosas sino que han sido perjudiciales para miles de humanos dada su falta de aplicación motivada por las fuertes divergencias entre la anatomía humana y la animal, tanto fisiológicas como químicas. Más lógico sería pensar que dichas pruebas serían más fiables si se hicieran con humanos, pero claro que esto provocaría el inmediato rechazo de la opinión pública. Por otra parte, un elevado porcentaje de las enfermedades que afectan a animales no suelen presentarse en los humanos, con lo que hacen el método del todo inaplicable.

Aún hay más, pues los adelantos que suponen los métodos alternativos como la investigación in vitro y en tejidos sintéticos o la disección en cadáveres humanos (o animales) echan por tierra cualquier argumento que justifique la vivisección animal, y estos podrían estar más adelantados si todo el dinero invertido en los métodos experimentales con animales se hubieran destinado para métodos alternativos, libres de crueldad y violencia.

La experimentación en animales, que es sin duda otro holocausto silenciado, es un asunto olvidado, no solo por los científicos responsables que han perdido ya la poca dignidad que les quedaba y siguen lucrándose incomprensiblemente, sino por todo el conjunto de la sociedad que ha mirado y mira para otro lado ante este grave problema. Tan solo la voz de unos pocos, dentro del movimiento por la liberación de los animales ha comenzado a denunciar tamaña atrocidad. La ciencia podrá o no ayudar al ser humano a mejorar su calidad de vida, y puede que hasta le ayudara a mejorar como especie, pero jamás lo debería hacer con el perjuicio y asesinato en masa de otras formas de vida, pues el fin no siempre justificará los medios. No puede existir jamás la ciencia sin moral y si existe entonces es que ya no es ciencia.



28 de diciembre de 2012

El mito del “buen civilizado”

El ser humano moderno presume a menudo de serlo y se vanagloria continuamente sin darse cuenta de que no hay nadie distinto a él que escuche tan altivas demostraciones. Por supuesto, tal grado de presunción va dirigido a sí mismo (ésta es, según Nietzsche, la forma más común de engaño). Dicho sea de paso que no ha habido jamás en ninguna parte -que se sepa- tamaña demostración de arrogancia. En efecto, el ser humano actual utiliza varios recursos para justificar dicha demostración. Uno de ellos estriba en hacer denigrante cualquier época pasada -cuanto más lejana más denigrante-, arguyendo con esto que la única vía posible para el ser humano es la del progreso hacia no se sabe dónde, justificando asimismo que para que la idea del progreso fuera válida y además creíble, necesariamente el pasado siempre ha de ser peor. Esta proposición que tanto vende y a la vez arraiga en la mente de las personas es, profundamente analizada, de una estupidez majestuosa, además de que muchas veces resulta falsa. También debemos ser rigurosos y descartar aquello de que “cualquier tiempo pasado fue mejor” -cualquiera no, pero muchos sí-. Ahora el ser humano tiene la excelentísima cualidad de que se va mejorando a sí mismo (en estupidez, por supuesto).

Una de las designaciones más usuales que utiliza el hombre moderno es la de atribuir a todo lo anacrónico como algo primitivo, dándole con esto un sentido peyorativo, es decir, bruto, zafio y retrasado, mientras que ser moderno es estar a la última y además ¡ser más inteligente! Esto es además una señal de inequívoca ingenuidad por la autoprivación que se hace el hombre moderno en cuanto a lo que su pasado puede enseñarle. Concretamente en esta entrada hablaremos no del pasado más reciente sino del más remoto, aquel del que menos se sabe por la propia lejanía, pero del que probablemente tengamos más que aprender: nuestro pasado primitivo previo al gran salto de la civilización, pero eso sí, esta vez al margen de interpretaciones subjetivas.

Son pocos los autores que han hablado del hombre salvaje como un ejemplo a seguir, siendo lo más común presentar la vida primitiva como si fuera mala por naturaleza. Pero al igual que en el mito del buen salvaje atribuido a Rousseau, el resto de acusaciones vertidas por los fieles al progreso sobre la supuesta depravación del mundo salvaje, siempre en comparación con los adelantos de la época civilizada, tienen, examinados profundamente, igual o mayor grado de mito.

En efecto, presentar el mundo salvaje previo al Neolítico como un mundo idílico no podía ser más que una idealización, aunque los nuevos estudios antropológicos tienden a desmentir en parte su naturaleza. Por otro lado, poco o ningún esfuerzo se hizo por entender la obra de Rousseau ni a donde quería llegar con ella. Su especial dedicación en ahondar en las desigualdades sociales le hizo escarbar necesariamente en los inicios de la civilización y en las grandes diferencias que trajo ésta con respecto al mundo salvaje del que evolucionó. El resultado de sus pesquisas, quizás, cierto es, exagerado por sus motivaciones románticas, fue presentar estas diferencias entre uno y otro mundo con el objeto de arrojar algo de luz sobre el origen de las desigualdades. Para él no había duda de que dichas desigualdades surgían de la vida en sociedad y no de la vida salvaje. Suyas son estas palabras que definen muy bien esta postura: ...los vicios que vuelven necesarias las instituciones sociales son los mismos que vuelven inevitable el abuso. Así, estos vicios, lejos de ser propios de la naturaleza humana como nos hizo ver Hobbes afirmando que “el hombre era un lobo para el hombre”, nacen de la vida en sociedad. Rousseau le objetó a Hobbes que cometió este error porque no había escarbado lo suficiente en el tiempo.

Pero cabe mencionar algunos de los cambios básicos que introdujo el mundo civilizado con respecto al mundo salvaje y que un primitivista declarado como John Zerzan se ha dedicado a analizar en esencia, tratando de demostrar que estos grandes cambios son el motor de la degradación de la sociedad. Estos cambios simultáneos unos de otros y acaecidos en cadena tras un largo periodo de estabilidad, comienzan a perfeccionarse tras la llegada definitiva de la agricultura, motivada posiblemente por un incremento previo del sedentarismo y de la población de los grupos primitivos. Cómo y porqué tras un periodo larguísimo de tiempo paleolítico en el que la obtención de recursos se mantuvo estacionaria gracias a la recolección, la caza y la pesca, se dieron las circunstancias para tan drástico cambio es algo difícil de saber. Pero el resultado es que tras este periodo en el que el hombre era una parte integrante más del medio y como tal desarrolló un gran conocimiento del mismo y de sus formas de vida, se vio truncado por culpa de dichos cambios.

La gran cadena de la civilización acababa de comenzar. La nueva era se caracterizaba por una noción básica: el hombre ya no necesitaría ser una parte integrante de la naturaleza porque había aprendido a dominarla. Así, a la vez que se hizo sedentario, descubrió el enorme poder de cultivar la tierra y domesticar animales. En el momento en que empezó a delimitar los terrenos dedicados al cultivo y al pastoreo afianzó las propiedades y los privilegios, potenciando a su vez un sistema de jerarquías cada vez más complejo y la demostración de dicho poder mediante la fuerza; al multiplicar los alimentos, la población creció inevitablemente, se estableció y desarrolló mejores herramientas que posibilitaron la especialización laboral, incrementando el tiempo dedicado al trabajo.

Todos estos grandes cambios acaecidos en cadena necesariamente debían conducir a nuevas formas de dominación que se convertirían en un círculo vicioso. Así, a medida que el hombre creaba más y más trabajos, cada vez más complejos según las necesidades, se hacía necesario a su vez mejorar las técnicas, incrementando la eficacia y aumentando todavía más la población. Y a medida que aumentaba la población, se hacía necesario incrementar dicha eficacia mediante la mejora de las técnicas. Esto a priori no representaría ningún problema de distribución de los recursos y podría pensarse que la igualdad de las personas estaba garantizada. Por supuesto no podía ser así porque la noción de dominación no solo se dirigía a la naturaleza sino también hacia los propios humanos. El sistema de jerarquías que había seguido a la creciente administración de la propiedad propició la instauración de los privilegios como por ley divina y todo el montaje que siguió después para su justificación. Así, poco a poco y según aparecían las primeras ciudades, oligarcas y súbditos empiezan a constituirse en clases. A partir de aquí, la cadena empezaba a declinar en una secuencia imparable de justificaciones que traerían los funestos resultados de la civilización en forma de esclavitud, patriarcado, religiones, militarismo, imperios y conquistas. Es en este momento cuando el poder, corrupto por naturaleza, empieza su particular carrera de perfeccionamiento.

Schopenhauer no es conocido por escribir sobre primitivismo, pero en uno de sus libros dijo algo significativo al respecto: los salvajes se devoran entre sí y los civilizados se engañan mutuamente. La primera de las aserciones podía referirse al canibalismo practicado por algunos grupos minoritarios y motivados por circunstancias especiales; por lo demás nada que se pudiera generalizar a todos los grupos. Pero la segunda no puede ser más acertada. El poder, una vez institucionalizado, no sabe hacer otra cosa que engañar a sus súbditos para justificarse, extendiendo esta práctica entre todos e imponiendo un modo de vida supuestamente cooperativo entre los individuos, pero que no deja de ser una cooperación motivada por el interés personal. El medio usado es el de la mentira mutua y la competitividad por ver quién es el más eficaz. Este es el verdadero legado del “buen civilizado”.

Son muchos los que podrán recurrir al avance tecnológico y la ciencia como signo de progreso. Empezando porque todos estos avances surgen y se extienden gracias al poder y porque a este le interesa, es decir, son impuestos por la violencia para incrementar el control social, aquellos no son más que eslabones de la propia cadena trazada por la civilización. Las supuestas comodidades que dichos avances nos han proporcionado no son más que necesidades inventadas por la civilización y desarrolladas hasta el extremo por el mundo moderno. Recurrir a ellas para vanagloriar el presente no es más que admitir la victoria del poder.

En la actualidad, el mundo ficticio que ha montado este periodo relativamente corto en comparación con el del hombre primitivo amenaza con destruir sino totalmente, al menos parcial e irreversiblemente la naturaleza que el ser humano se ha empeñado en dominar. Mediante un sistema económico imperante que ha desarrollado un modo de vida basado en el consumismo desenfrenado, el despilfarro y el agotamiento de los recursos, una sociedad que no da importancia alguna a que la población crezca de forma desorbitada, y una filosofía absurda por la que el humanismo más obtuso es justificado por la casi totalidad de la humanidad, privándose a su vez cualquier progreso de tipo moral y racional, el resultado es que ahora más que nunca los estragos en la naturaleza y en las formas de vida -tanto humana como animal- son infinitamente mayores que cualquier otra época. Lo extraordinario es que el impacto es tanto mayor a medida que avanzamos en el tiempo. Por tanto, permítaseme justificar que si el estado salvaje que describió Rousseau era un mito en parte, el estado civilizado lo es totalmente.

Marshall Sahlins es un antropólogo que ha estudiado de forma amplia el mundo salvaje previo a la civilización además de los grupos actuales y sus conclusiones van en esta misma línea. Según afirma nunca en la historia ha habido un periodo de hambre como el de la actualidad, hasta el punto de que ésta aumenta según evoluciona la cultura. Él se ha centrado en la cuestión del hambre en el sentido de que no deja de ser un acto criminal el hecho de que más de un tercio de la humanidad pase hambre mientras otros pocos viven en la opulencia. No obstante, la misma regla se le puede aplicar a todos los males derivados de la civilización.

Otro gran estudioso de la condición humana en la historia y la cultura como Lewis Mumford desmonta con pruebas convincentes “el mito de la máquina” para desmentir la teoría oficial por la que durante años se le ha atribuido a la invención de herramientas y a la mecanización una importancia infundada en detrimento del lenguaje o los rituales, incluso afirmando el hecho de que el uso de herramientas no podía haberse desarrollado sin la organización social y la magia atribuidas a los hombres primitivos.

Lejos de los prejuicios primitivos difundidos por la antropología clásica y los apologistas del progreso, la vida salvaje fue una época de integración en el medio, de conocimiento y sabiduría en lugar de inteligencia, de bienestar y moderación en vez de progreso, de equilibrio natural y de austeridad en vez de derroche. Tampoco debemos dejar de omitir que los estudios evidencian la importancia de la mujer, ya que hombre y mujer vivían en el respeto mutuo, que el tiempo dedicado al trabajo era menor y el dedicado al ocio y al cultivo del conocimiento era por consiguiente mayor, que los animales cazados eran venerados, que la propiedad no tenía sentido cuando no había nada que guardar ni cosas de gran valor, y que los únicos líderes a los que había que seguir eran los hombres más longevos de la tribu que transmitían sabiduría al grupo.

Con todo, no podemos a la vez presentar este estado como un mundo de color de rosas, a pesar de que queramos soñar con él como lo hizo Rousseau. Ni existe ni es deseable un mundo idílico hedonista donde todos los individuos sean felices. Evidentemente, la vida no pudo ser tan fácil en la época glaciar en donde  tan solo el frío era un enemigo a combatir, en donde la caza era una práctica arriesgada que en muchas ocasiones dejaba muertos y heridos, y en donde los distintos pueblos al vivir tan separados unos de otros no podían dejar de temerse entre ellos, dando lugar a inevitables conflictos por defender lo propio frente a lo desconocido, pero que ni mucho menos se pueden comparar a las deliberadas guerras e invasiones del mundo civilizado. Kaczynski, de forma sorprendente, escribió un breve ensayo en donde aportaba pruebas para desmitificar el mundo salvaje con el que soñaban los primitivistas como Zerzan, pero incluso en el mismo admite que aún así aquel mundo tuvo que ser mejor en muchos aspectos que el actual.

Lo más importante de esta historia es extraer los elementos más positivos de cada uno de los dos mundos, porque aunque uno evoluciona del otro, los cambios son tan profundos que se diría que son antagónicos. Uno no tiene más que ver cómo viven las tribus actuales para corroborar este dato. Aunque mucha de la información del pasado no es más que mera conjetura, del presente podemos extraer conclusiones reales. Los apologistas del progreso podrán seguir empeñados en hacernos creer que la vida civilizada no solo es mejor que cualquier otra vida pasada sino que es la única posible -este hecho, por otra parte, ha servido para engullir cualquier resquicio primitivo, sometido a la voluntad de las nuevas formas de vida dominantes-. Por desgracia, no se dan cuenta que lo único que consiguen con esto es borrar una parte de nuestro pasado, que sin duda durante mucho tiempo fue mejor en términos generales, privándonos así la posibilidad de aprender todo su legado.

17 de diciembre de 2012

Historia de una difamación

Con toda seguridad, no hay concepto en la lengua castellana más difamado  y calumniado como el del anarquismo. Desde que esta ideología empezara a forjarse entre las conciencias de los oprimidos, el poder burgués de aquélla época y el liberalismo económico empezaron a temer seriamente por la consecuencias que podría tener para sus intereses el hecho de que esta ideología se extendiese como la pólvora. Fueron los primeros teóricos anarquistas como Proudhon o Bakunin quienes recopilaron en libros el conjunto de las ideas que preconizaban las clases trabajadoras, cuya base era la destrucción del estado como premisa clave para acabar con las injusticias sociales. Por ello y en vista de lo cuál fue necesario una política de desacreditación urgente y represión contra estas “peligrosas” ideas, que además tenía la peculiaridad de que escarbaba directamente en el origen de las desigualdades. Lo que nos lleva a preguntar cómo una ideología que reclama la abolición de toda forma de autoridad es calumniada antes siquiera de poder llevarse a la práctica. Es evidente que la amenaza era demasiado patente. Esta es la historia de la gran difamación que ha perpetrado durante siglo y medio el poder burgués en contra de la ideología más renovadora de toda la historia, la que basaba toda su razón de ser en el ejercicio de la libertad suprema, la que podría habernos evitado caer definitivamente en el infantilismo en el que nos ha sumido el tiempo de la máquina y la era digital.

Esta difamación, tan silenciada como olvidada por las nuevas generaciones de ultracapitalistas y prosistemas, está presente en el lenguaje como primer objetivo de desterrar al anarquismo hacia formas degradantes y antisociales. Así, aunque la palabra anarquía conservara etimológicamente su significado inicial (del griego an-arquía: no gobierno), y que a su vez guardaba parentesco directo con la acracia (del griego a-cracia: ausencia de autoridad) se expusieron como formas problemáticas de llevar a la práctica solo por el hecho de definirse a sí mismas como la ausencia de todo poder o autoridad. Por tanto, si el establecimiento del poder y por ende del gobierno eran signo de estabilidad y orden, el no gobierno debía ser todo lo contrario: caos y desorden. He aquí la primera de las calumnias, la cuál se plasmó de forma oficial con su inclusión injusta en el diccionario de la real academia de la lengua. Con los años, esta premeditada y falsa definición se apoderó de las personas que la empezaron a utilizar tal y como venía en el diccionario. Así, en prensa, en televisión y hasta en la literatura podemos encontrar multitud de referencias hacia ella que demuestran el poder inmenso de la seducción de las palabras y de la manipulación de las personas que ocupan el poder.

El otro gran objetivo de la difamación y más importante si cabe se focalizaba en la vida social, en donde el movimiento obrero anarquista, en paralelo muchas veces con las ideas comunistas y socialistas hasta que las evidentes disensiones los separaron definitivamente, emergía de forma esperanzadora a partir de la mitad del siglo XIX y hasta bien entrado el XX en contra de la clase dominante. Sabedora ésta de las aplastantes verdades que aportaba dicho movimiento renovador y de las amenazas reales de echar por tierra sus planes, debía hacerse una política de demonización contra el mismo para impedir toda proliferación, y si era necesario hacerlo inventando las más lamentables argucias para su descrédito. Su oportunidad clave fue el aprovechar la corriente más radical y violenta del movimiento con el fin de generalizarlo y como se dice de forma coloquial “meterlo todo en el mismo saco”, para convencer a la opinión pública de que éstas ideas fomentaban la violencia e iban contra toda estabilidad social.

Alrededor de 1880, coincidiendo con un período de miseria generalizado de la vida rural, en el movimiento obrero se empezó a difundir  “la acción directa” como forma de lucha contra el poder. Si bien esto no era asociado a actuar de forma violenta, algunos anarquistas decidieron que la violencia como defensa propia sí era legítima en algunos casos. Así, los actos terroristas que fueron perpetrados contra ciertos cargos políticos -nunca contra civiles-, fueron actos individuales que cometieron algunos anarquistas, motivados por venganzas personales o intentos de extender entre el pueblo que la violencia era el único medio efectivo para derrocar al poder, pero éstos no representaban al conjunto del movimiento. Algunos se dieron cuenta de que lo relevante no era determinar si la violencia era legítima, sino si era útil para conseguir los fines. De forma paralela, se iba fraguando otra corriente del anarquismo pacifista, promovida por pensadores pacifistas como Thoureau o Tolstoi, que abogaban siempre por la resistencia no violenta y que más tarde serían las ideas que inspiraron a Gandhi.

Independientemente del uso de la violencia que haya ejercido alguna facción del anarquismo en el pasado, es indudable que éste supuso el golpe definitivo que necesitaba el poder para condenar las ideas anarquistas al terrorismo más sanguinario. Aún así, los actos que hayan podido cometer los anarquistas representan una minoría del total de los actos terroristas cometidos por infinidad de grupos en la historia: comunistas, republicanos, fascistas, cristianos, mahometanos, budistas también cometieron actos terroristas y no han sido difamados como lo fue el anarquismo. Con todo, si tenemos que nombrar al mayor de todos los terroristas sin duda éste ha sido y es el estado, a pesar de su autodefinición de “legítimo” que al parecer le dota de total impunidad. A este terrorismo histórico se le ha sumado en la actualidad otro igual de peligroso, si no más, como es el terrorismo patronal.

Y qué mejor que exponer varios ejemplos que corroboren el sentido de la difamación urdida contra el anarquismo:

Uno de los primeros es aquél que sucedió con el caso de la supuesta organización anarquista y secreta “La Mano Negra” en la Andalucía de finales del XIX. La supuesta organización surgiría a principios de la década de 1880 por las extremas condiciones de miseria que padecía el campesinado andaluz y la consiguiente tensión social contra los terratenientes. Según el gobierno, ésta organización terrorista quería imponer sus ideas anarquistas a base del asesinato de las esferas del poder. Por ello, se inició una intensa investigación y persecución de los supuestos integrantes a los que se les atribuía diversos asesinatos ocurridos por aquellos años. Con ello, se inicia un intenso proceso de inculpación en el que se aportan pruebas absurdas, testimonios dudosos, y falsas acusaciones, que culminaron con la condena a muerte de quince acusados, de las que siete fueron ejecuciones en público. Hoy, casi todos los historiadores coinciden en que todo esto fue un invento perfectamente maquinado por parte del gobierno como una clarísima pretensión de asestar un gran golpe y desacreditar al movimiento anarquista.

Otro caso de gran impacto social y de calumnias fue el de la condena a muerte de Sacco y Vanzetti, dos inmigrantes italianos anarquistas que fueron ajusticiados en la silla eléctrica en 1927 por parte del gobierno de los EEUU después incluso de saber éste que eran inocentes. Los dos inculpados, utilizados como cabeza de turco, fueron acusados de robo y asesinato de dos personas. Tras un juicio largo y polémico lleno de dudas, el veredicto del jurado, sospechoso de parcialidad y xenofobia, dictó la pena capital para los dos acusados. Lo dramático del caso es que antes de que dicha condena se produjera, el gobierno supo de la inocencia de los acusados ya que los verdaderos culpables confesaron su autoría. Aún así, ni las siguientes apelaciones por parte de la defensa, ni los millones de voces en todo el mundo que pedían el indulto y la libertad para los dos italianos, el gobierno, temeroso de que una retractación hiciera mostrar su debilidad, decidió continuar con la sentencia. Como ellos mismos dijeron antes de morir, la injusticia que rodeaba todo su proceso haría más fuerte al movimiento libertario en todo el mundo y así, sin saberlo, se convirtieron en dos símbolos de la causa anarquista.

El último caso que queremos contar es el que sucedió de vuelta en España con el fusilamiento de otro cabeza de turco, el pedagogo Francisco Ferrer y Guardia, acaecido tras los sucesos de la Semana Trágica en Barcelona, en los que se le relacionaron injustamente con ciertos delitos, ya que ni siquiera se hallaba en el lugar de los hechos. Entre otras cosas se le acusó falsamente de quemar conventos e iglesias. Además, en su juicio se prohibió el testimonio de personas que pudieran proclamar su inocencia. Todo respondía a una evidente reacción por parte del gobierno que tenía como objetivo eliminar del mapa a un enemigo peligroso para el poder cerrando definitivamente su proyecto libertario y dar ejemplo con ello. Su “delito” fue haber fundado la Escuela Moderna, en la que se impartía un método de enseñanza renovador, libre de adoctrinamiento y competitividad, en la que la libertad era considerada la base de toda educación y que pronto se ganó el desprecio del estado y de la Iglesia.

Estos son solo tres ejemplos de la incesante búsqueda de chivos expiatorios por parte del poder para justificar sus acusaciones sobre el anarquismo y mostrarlo a la opinión pública como un grupo de locos sin ideales y con ganas de sembrar el terror.

Pero lejos de toda esta serie de interminables calumnias injustificadas en contra de los ideales y la práctica del anarquismo, éste siempre se ha mantenido al margen de todo y ha tratado dentro  de lo posible desmitificar las falsas acusaciones que históricamente han sido difundidas en su contra, utilizando simplemente la fidelidad a la verdad que siempre le ha caracterizado.

Al respecto, el anarquismo basa toda su razón de ser en la realización de la libertad plena del individuo para que pueda desarrollar toda su capacidad y autonomía. Como tal,  no quiere decir ni mucho menos que cada cuál haga lo que le dé la gana, idea falsamente difundida también  entre la sociedad. El anarquismo es asociación entre individuos iguales, organizados en asambleas donde se deciden acuerdos mutuos y coherentes encaminados a crear una sociedad estable, libre e igualitaria, que nada tiene que ver tampoco con crear una sociedad perfecta.

El anarquismo se declara antiautoritario porque considera que toda forma de autoridad se basa en la anulación y el dominio de una voluntad sobre otra que es obligada a obedecer. Así, toda forma de dominación tiende a la explotación y al esclavismo, y por tanto es degradante e inmoral. Todas las formas de poder, llámense gobiernos, municipios o partidos políticos son formas de autoridad y dominación que sin embargo ofrecen una cara falsa de libertad por el ejercicio de la representación disfrazada últimamente con la careta de la democracia. Como sistemas de jerarquías impuestos por la fuerza en el pasado, no dejan  de ser más que obstáculos que impiden la realización de toda libertad tanto individual como colectiva.

En el nivel más práctico, la sociedad anarquista es sinónimo de igualdad económica y social. Los medios de producción al servicio del capitalismo, que es el sistema actual, suponen la apropiación de los mismos por parte de un puñado de personas en detrimento de la mayoría. Así, la igualdad plena solo se puede obtener por la liberación de los medios productivos puestos al servicio del pueblo, es decir, comunes. La solidaridad es la clave para hacer efectiva la cooperación entre los trabajadores y sus necesidades. El trabajo deja de ser esclavo y la jornada es reducida al mínimo.

En cuanto a otros ámbitos como la educación, lejos de ser un método de adoctrinamiento y preparación para la vida futura empresarial, se basa en el libre pensamiento, el desarrollo de conocimientos, y la elección libre de enseñanza. El ocio es considerado una parte muy importante para las personas, que buscan el placer mediante el juego o la creación artística, sin caer en el vicio. Las religiones tradicionales como formas de culto (al igual que las modernas) se hacen innecesarias. El planeta y los animales son vistos como algo que hay que proteger y cuidar, por tanto se rechaza cualquier razonamiento antropocéntrico como una forma más de dominación.

Con todo, y a pesar de que los principios básicos que propugna esta ideología se mantienen vigentes y son válidos para su aplicación en cualquier contexto histórico es posible que sea  necesaria una reformulación del anarquismo en relación al contexto actual en el que nos encontramos. Nuevas corrientes del ecologismo profundo o del anarcoprimitivismo advierten que las causas del problema son mucho más complejas de lo que nos imaginamos, que el modo de vida actual repercute directamente en el impacto del hombre en el planeta y en su escala de valores y que solo escarbando en la raíz podremos hallar los orígenes de nuestro comportamiento destructivo. En cualquier caso, a los hechos nos remitimos: la sociedad actual, desbordada por el sistema capitalista, la centralización, la urbanización, el imparable crecimiento demográfico, la masificación, la degradación de lo social y el infantilismo del avance tecnológico es por entero incompatible con el ejercicio de la libertad y la autonomía de los individuos.