20 de marzo de 2015

U.G. Krishnamurti. Una sacudida a nuestra visión del mundo




Hace relativamente poco tiempo en un lugar remoto hallé un libro titulado “El pensamiento es tu enemigo” cuyo autor, U.G. Krishnamurti, no conocía aún. Pero aquel Krishnamurti no era el famoso maestro de nombre Jidu que sí conocía. Aquel libro era una parte de los pensamientos e ideas de un hombre que rechazaba cualquier forma de enseñanza y por tanto el papel del maestro  y del gurú, hasta tal punto que llegaba a decir algo así como que “lo primero que debería hacer cualquier maestro es librarte de sí mismo”. Por ello, llamaba al otro Krishnamurti “un farsante que fomenta las incoherencias porque predica cosas que no hace”  y a Freud “el mayor fraude del siglo XX”. Un hombre que recelaba de la propia esencia de la religión, pero también de la espiritualidad, la ciencia y la filosofía.

Después de leer este libro y algunos otros fragmentos que se encuentran por la red, ya que resulta prácticamente imposible encontrar alguno de sus libros en bibliotecas, he considerado que merece la pena hablar de ello, aunque sea solo de forma superficial. Pero no es el sentido de este artículo ahondar en el terreno personal de este hombre, sino en la esencia de su pensamiento, a pesar de que él mismo recelaba también de todo lo que representa el pensamiento. En relación a dicho libro en forma de ensayo entrevistado uno advierte enseguida al menos dos cosas: el mazazo que supone entender algunas de las partes más explicativas por un lado y por el otro la sensación de que no hay crítica, ni análisis, ni reflexión, nada que salvar ni transformar, nada a lo que renunciar, solo explicación de lo que existe. Recelaba a su vez del concepto mismo de revolución: “revolución significa re-evaluar nuestro sistema de valores, por lo que no existe mejora o como mucho existe una tenue mejora, pero básicamente es una continuidad modificada de lo mismo”.

Sin embargo, tratar de expresar cuántas cosas dijo en este y sus otros libros, también entrevistados, es algo que no está a nuestro alcance y solo lo haremos de forma introductoria. Es por ello que trataré de aglutinar aquellos pasajes de este libro y de otros que he podido constatar por internet y que creo merece la pena resaltar por estar en concordancia con el sentido de este blog y con lo que aquí se suele tratar. Omitiré la parte más enigmática y que al parecer puede guardar relación con algo que le sucede en un momento de su vida después de años de búsqueda y que según él no puede transmitirse.

La intención de Krishnamurti en este libro parece clara: intentar explicar cómo funciona nuestro cuerpo de forma natural. Para él, el pensamiento y toda su extensión posterior es algo que se desarrolla al margen de las necesidades físicas del cuerpo. Según sus palabras “el pensamiento es un mecanismo de autoprotección (del propio pensamiento, se entiende, no del cuerpo), nos ha separado de la sencillez de la vida y de la unidad, nos ha aislado del resto de especies y nos ha imbuido la idea de que somos diferentes, que todo ha sido creado para nosotros y que tenemos el derecho de aprovecharnos de esta superioridad en perjuicio de los demás, de hacer cualquier cosa que queramos”. Después, el pensamiento crea la cultura, la sociedad, la necesidad superflua, el conocimiento, la moral; abstracciones que nos llevan a la destrucción, por eso el silogismo de que “el pensamiento es destructivo” (y se podría añadir “...en su origen”). De hecho, “el paulatino alejamiento de lo que nos rodea, la idea de que todo ha sido creado para nuestro beneficio y que hemos sido creados según un noble propósito en comparación con el resto de especies del planeta son las causas directas de la destrucción”.

Aunque no se menciona, se advierte aquí un rechazo rotundo a la idea antropocentrista imperante hasta nuestros días. Y se hace un análisis de las consecuencias nefastas de esta idea tan antigua y sus causas directas. Pero claro, argumentar que el pensamiento es el causante de todo este mal no es fácil de encajar para nadie. No solo eso, se admite que “el pensamiento no es ni siquiera un instrumento que nos conduzca a vivir en armonía con el medio que nos rodea ni de forma sana ni inteligente”, no sirve, porque es un mecanismo de autoperpetuación; controla, moldea y determina las ideas y sus correspondientes acciones. “En el momento en que el ser humano experimentó la autoconsciencia se sintió superior a otros animales -lo cuál no es así”.

Por eso también “el pensamiento es en su origen, en su contenido, en su expresión y su acción, fascista, en el sentido de agresivo y destructivo; no es altruista: no siente curiosidad por conocer las leyes de la naturaleza por conocerlas, la verdadera motivación es poder utilizarlas para el propósito de preservar la especie humana a  expensas de cualquier otra forma de vida. Matamos a otras especies y a nosotros mismos por una idea”.

Pero hay en esto algo que nos podría recordar al instinto animal, ese comportamiento heredado cuyo fin es únicamente la supervivencia del cuerpo, es decir, su autoprotección. Podríamos decir entonces que el pensamiento no es más que una evolución circunstancial de el instinto animal, ya que ambas cosas sirven para lo mismo. Dicha evolución marcará con el tiempo la diferencia porque mientras el instinto de una especie no humana cualquiera seguirá siendo el mismo y seguirá siendo fiel a la estricta necesidad fisiológica, en el ser humano, el pensamiento se torna un obstáculo continuo en esta necesidad, que a su vez es la misma. Es decir, el pensamiento sigue fiel al instinto animal, desea autoprotegerse y perpetuarse, algo que obedece a las leyes de la biología, pero con el tiempo, este deseo trasciende la mera supervivencia, la sencillez de la vida y camina circunstancialmente hacia la complejidad. Al desmarcarse del instinto, no solo quiere alejarse de su entorno, sino que amenaza seriamente mediante la destrucción su supervivencia arrastrando a otros seres vivos con él.

Con la evolución del instinto animal hacia el pensamiento se desarrolla paralelamente aquella capacidad que hace que una idea se materialice o no en acción, un rasgo eminentemente humano que sirve como timón, aquella cualidad que intenta controlar y censurar el pensamiento y que aquí llamaremos voluntad. “Los pensamientos en sí mismos no pueden hacer ningún daño. Cuando se intenta usar, controlar y censurar los pensamientos es cuando empieza el problema. Así, el condicionamiento es inevitable: los pensamientos no se forman en el cerebro, éste es como una antena que capta otros pensamientos, por eso no hay una mente, ni varias mentes, solo hay mente que transmite pensamientos de generación en generación”.

Sin embargo, frente a la capacidad de controlar dichos pensamientos mediante la voluntad, existe una inevitabilidad apabullante que hace que esta voluntad no pueda ejercer siempre por sí misma cuando es gobernada por circunstancias externas. En la historia, la voluntad de un grupo social x se veía sometida en muchas ocasiones por circunstancias ajenas como las condiciones medioambientales o la invasión de otro grupo social x, derivando en situaciones en donde la voluntad quedaba reprimida.  

Para U.G. el pensamiento tiende a la complejidad y por ello crea la cultura, las técnicas, la ciencia y demás abstracciones. “La búsqueda de un sentido espiritual ha hecho del vivir un problema. Los han alimentado con toda esa basura de la forma de vida perfecta, ideal, pacífica y significativa y dirigen toda la energía a pensar acerca de eso en vez de vivir plenamente. Tan pronto como alguien pregunte cómo vivir, hace de la vida un eterno problema, que debe resolver creando la cultura y las técnicas. En el momento en que alguien pregunta cómo, buscará a alguien que le conteste, volviéndose dependiente. ¿Por qué debería la vida tener un significado? ¿Por qué debería haber alguna razón para vivir?” (La mente es un mito).

Esta búsqueda de significado no sólo inventa abstracciones cada vez más complejas, también inventa miles de necesidades superfluas. El placer o la búsqueda de la felicidad son algunas de las más reverenciadas por el hombre moderno. Pero estas nuevas necesidades, tan alejadas ya del instinto animal, no son más que interpretaciones subjetivas de esa búsqueda de significado de la que hablamos y una alteración en las necesidades del cuerpo. “El organismo no desea el placer porque lo altera. En el momento en que hay una sensación de placer, nace la exigencia de prolongarlo más y más”. Lo acaba convirtiendo en un vicio. Del mismo modo, la idea de encontrar la felicidad a toda costa, que no deja de ser un camelo, es contraria a la necesidad del cuerpo, porque éste no puede soportar la felicidad permanente.

En forma de conclusiones a muchos de sus postulados ofrece una explicación que considero lógica y contradictoria a la vez. ¿Cómo puede ser esto? Según Krishnamurti no hay nada que transformar, nada que comprender, nada a lo que renunciar, porque precisamente es el pensamiento un lastre del que nunca nos podremos librar mientras seamos animales humanos. (Y es seguro que lo seguiremos siendo -por lo menos hasta que gobiernen las máquinas-). “No existe nada que cambiar en la sociedad porque la sociedad no puede ser distinta de lo que es, su naturaleza es mantener el status quo”. Paradójicamente, no resulta extraño leer en algún pasaje decirle a su interlocutor y a quién quiere seguirle algo así como que “si hay alguna lección que dar esta es olvidar todo lo que he dicho” -en un alarde de nihilismo subliminal-. Es por ello que sus palabras suenan contradictorias para quienes acuden a él en busca de alguna enseñanza y se dan cuenta que no son capaces de ubicarlas en ningún contexto adquirido.

Admitiendo por otro lado que la sociedad es un ente inmovilista que además tiende a hacerse más y más grande, puede entenderse eso de que no haya nada que transformar, pero si se admite a su vez esta explicación, su negativa a ofrecerle un mensaje a la humanidad y al mismo tiempo una oculta necesidad para juzgar, encontramos entonces evidentes contradicciones. Cierto es que uno puede comprender cómo funciona la sociedad o parte de ella y lo consigue, pero al mismo tiempo juzga, y porque juzga entra en conflicto con el modo en que opera la sociedad. Dado que no podemos desprendernos del pensamiento en tanto que somos dependientes de él, el contexto nos obliga a utilizarlo para juzgar y actuar en consecuencia, algo que quizás Krishnamurti no parece admitir o al menos no he encontrado algún pasaje que hable de esto. Ya el hecho de querer comprender cómo funciona la sociedad sistematizada es un acto de reflexión, de querer saber, de querer ser objetivo, una reacción que en este contexto dado, es adecuada. Lo contrario es no pensar, no reflexionar, reaccionar siempre con subjetividad, lo cual es lo que necesita la sociedad para continuar sosteniendo su modo de funcionar. 

3 comentarios:

  1. Brillante explicación.
    Gracias
    Cuando leí la primera vez a UG me dejo sin nada a lo que agárrame, me sentí perdida, deprimida y queriendo a toda costa comprender sus palabras...
    Estoy terminando de leer meten y materia de schrödinger (el cual entiendo a medias y me ha llevado hasta ti)en el que aparece una idea muy semejante como el pensmaineto Podríamos decir entonces que el pensamiento no es más que una evolución circunstancial de el instinto animal, ya que ambas cosas sirven para lo mismo.
    Un placer haberte leído.

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  2. Gracias por el comentario. A mí también me chocó mucho esta lectura, por eso lo que hice fue quedarme con los aspectos que entendía y descartar de momento los que no llegaba a comprender. De los primeros rescaté aquellos que me parecían en concordancia con este blog y con su idea fundamental de no considerar al ser humano como el centro de todo y como si tuviera un propósito, algo que hoy por hoy sigue imprerando.

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