7 de septiembre de 2012

La fiebre consumista



No es de extrañar que el materialismo se haya impuesto en nuestra sociedad como una norma a seguir, y que además esté bien vista. La productividad a gran escala, en paralelo al crecimiento demográfico, ha motivado con el paso de los años el aumento vertiginoso del consumo innecesario. A las necesidades primarias se les ha sumado un sinfín de necesidades triviales, que con el tiempo se convierten en nuevas necesidades básicas, y que tienen entre otras características la de que el individuo no puede desembarazarse de ellas a riesgo de caer en el aislamiento o la depresión. Es tal el grado de dependencia que se adquiere de los objetos más novedosos que es prácticamente imposible salir del círculo vicioso que engendra su consumo. Pero es el propio sistema social el causante directo de la necesidad de esta tendencia a la renovación continua de productos y servicios. Porque es importante mencionar que el consumismo extremo no se refiere exclusivamente al mundo material, sino a todo tipo de consumo: alimentos, viviendas, moda, coches, medicamentos, teléfonos móviles, ordenadores, consolas, videojuegos, viajes, seguros, espectáculos, deportes, animales, etc, etc.

Más que una moda, el consumismo se ha convertido en la  ideología que mantiene vivas las leyes del mercado. De hecho, ésta nueva ideología es justificada por los economistas prosistema como la base que regula y sustenta las relaciones comerciales entre las empresas y las multinacionales. Todo lo que es producido pasa por un proceso enmarcado dentro de la ley de la oferta y la demanda, dos conceptos que deben complementarse siempre, pues para que haya oferta debe de haber demanda y viceversa.

Uno de los pilares básicos que sostienen el nivel de consumo actual es el concepto de obsolescencia de los productos, no tanto por la duración física programada del propio objeto en sí cuanto por el conjunto de métodos introducidos en el subconsciente del individuo y que motivan la renovación permanente de dichos productos. Se ha demostrado que muchos objetos fabricados son programados específicamente por los diseñadores con el fin de que dure el tiempo estimado para su consiguiente renovación. Cuanto menos tiempo dure, menor tiempo de renovación, mayor número de compras, y mayor número de beneficios, pues al fin y al cabo vender más es de lo que se trata. No obstante, no todos los productos están programados, y se precisan otras técnicas que incidan en la psique humana para extender la creencia de que renovar es positivo. Por otra parte, el consumo dirigido al sector de servicios como el turismo precisan otros medios alternativos para mantener el ritmo del consumo activo. Es aquí donde juega un papel importante la publicidad como instrumento que incita al consumo, encargada de difundir a nivel global la imperiosa necesidad de estar a la última.

La caducidad de los productos no es la única táctica para incentivar el consumo de lo innecesario. La fantasía de los vendedores dentro de cada industria o sector no tiene límites y las leyes del mercado permiten a las empresas recurrir a todo tipo de artimañas para que sus productos o servicios sean más rentables. Ofertas irresistibles de dos por uno y descuentos inmejorables abarrotan las tiendas y grandes centros de ventas con el único fin de atraer al consumidor y multiplicar las ventas. Tácticas éstas que no dejan de buscar el engaño, pues con la excusa de ofrecer productos más baratos como en ningún otro sitio, consiguen a la vez un mayor número de ventas, ya que es bien sabido que lo barato atrae, pero mucho más si es gratis. Otras consisten en la fidelización del cliente mediante la obtención de tarjetas de puntos, tarjetas regalo, sorteos, en forma de descuentos suculentos, pero que tienen la engañosa finalidad de que el cliente acabe gastando más de lo que gastaba comprando a precios normales. El sector servicios también se aprovecha de estas técnicas. En algunos cines, por poner un ejemplo, han encontrado la excusa perfecta para que el cliente acuda más veces, regalando ofertas a mitad de precio pero con la condición de acudir dentro de las dos semanas siguientes al día que se regalan.

Los días especiales tipo San Valentín o día de la madre o del padre son filones de los que se aprovechan los grandes comercios para hacer su propio agosto, que junto a las campañas de fechas señaladas, como Navidad, las rebajas o la campaña de verano tienen siempre el mismo objetivo: el de mantener el ritmo de consumo a un alto nivel, para que no decaiga la producción.

Esta no pretende ser una crítica al mero hecho de consumir, necesario para la vida, sino el hecho de consumir por consumir. Como ya hemos dicho, existe una clara diferencia entre productos de primera necesidad y productos secundarios, innecesarios o como se le quiera llamar. Mientras los primeros son limitados y son los que biológicamente detentan todos los seres vivos, incluido el ser humano, los segundos son inventados e incrementados de forma indefinida según el ritmo de la producción mundial, sobre todo desde la explosión industrial y demográfica, hechos relativamente recientes. Pero dicha crítica no sería tal si no se mencionaran las consecuencias nefastas que provoca el consumismo extremo.

En primer lugar, consecuencias sociales, de entre las cuales la más grave es la compra compulsiva que afecta a un gran número de personas. Sin embargo, a nivel general, la ideología consumista se encarga de anteponer las relaciones comerciales y la idea de la acumulación material sobre cualquier realización espiritual de las personas. Así, se crea una sociedad superficial y vacía fundamentada por el “tener más”, en vez del “ser más”.

En segundo lugar, las consecuencias humanas, lo que constituye la mano de obra, que inevitablemente repercute en un aumento de la explotación en los países subdesarrollados, esclavitud infantil, aumento desproporcionado en las horas de trabajo, y precariedad en las condiciones laborales en general.

Por último, las consecuencias ecológicas son las más significativas y alarmantes. La irresponsabilidad de que hacen alarde aquellos que abogan por el consumo imparable e ilimitado está haciendo estragos serios en el medio-ambiente, pues es de la naturaleza de donde sale toda la materia prima necesaria para la fabricación de los productos. Expertos ambientólogos ya han advertido sobre la imposibilidad de expolio natural indefinido en un planeta finito como éste, lo cuál ha sido desoído de forma ingenua por empresas y consumidores.

Para concluir creemos oportuno hablar de algunas alternativas a la ideología consumista, como por ejemplo la idea actualizada del decrecimiento, la cuál incide directamente en la necesaria y urgente reducción en el nivel de consumo actual. Ésta idea, convertida hoy en un movimiento, aboga por un cambio significativo en todos nuestros hábitos de consumo que permita reducir en gran parte el ritmo de producción actual y por ende el impacto social y ambiental. Con todo, debemos entender con esto que no se pide que se deje de comer ni vestir con harapos, pues lo que se pretende es reducir las necesidades secundarias, que son muchas más que las primarias. Eso sí, tampoco debemos confundirnos dándole otros significados, pues el decrecimiento no es otra cosa que consumir menos a todos los niveles. Es decir, comprar menos coches, menos televisores, menos móviles y ordenadores, menos ropa; pero también menos viajes y menos entretenimiento; menos de todo. En definitiva, tener menos para ser más. A la vez, se hace necesario recordar la necesidad de reutilizar o reparar los productos ya usados antes de tirarlos y comprarlos nuevos, que sería la decisión más cómoda. Sería incompleto si solo aludiéramos a los fines ambientales que persigue este movimiento, pues es indudable que también contribuye a un cambio en la mentalidad social, necesaria en un planeta donde más de la mitad de la población vive en condiciones de miseria extrema: ser más humildes nos hace ser más humanos. O como decía Gandhi: “vivir de un modo más simple, para que simplemente otros puedan vivir”


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